viernes, mayo 26, 2006

Excusas

Imaginando variadas formas de explicar por qué carajo me comprometí conmigo mismo a subir un post por semana al menos y ahora no pongo ni siquiera uno por mes se me ocurrieron tantas idioteces que pensé que serían dignas de un post. ¿Ven? Mis problemas se auto-resuelven, después dicen que el Karma no existe. Es así que creé esta hermosa lista (sí, me encantan las listas, es más, cuando sea grande me voy a casar con una y vamos a tener pequeños párrafos para alimentar hasta que me venga la crisis de los 40 y me escape con una novela, pelotudos) de excusas, habladurías y razones varias por las que no le presto suficiente atención a mi querido blog. Luego procederé a desmentir cada una de estas historias, no porque sea un George Washington cualquiera que no versea ni para encamarse a una mina (bue, en lo de patéticos si tenemos algo en común), sino porque sé que les resulta gracioso más el verme hablar mal de mí mismo que el simplemente enumerar una incoherencia tras otra.

No escribo en mi blog porque me falta tiempo: una mentira que cualquiera que me haya conocido por más de 15 minutos sabe que es casi una blasfemia. No es secreto que soy un maldito vago que se rasca todo el día y abusa de su buena suerte para zafar de pruebas, exámenes y lecciones en el colegio. El día que aquella buena suerte se acabe (es decir, el primer día que pise el suelo de cualquier instituto universitario) voy a terminar lavando inodoros de baños químicos en villa Fiorito antes de lo que puede decirse “Tomoyosita”.

No escribo en mi blog porque no me dejan usar la PC tanto tiempo: Creo que ya estoy empezando a desarrollar raíces de tanto tiempo que paso con mi trasero adherido a la silla que se encuentra frente a mi ordenador.

No escribo en mi blog porque sino me pierdo la novela de las 4:37: la única vez que vi algo remotamente parecido a una novela de la tarde estaba solo, era la 1 de la mañana, estaba puesto en I-sat y había mucha gente desnuda. Ya se pueden hacer una idea.

No escribo en mi blog porque tengo miedo que critiquen lo que escribo: Ya me acostumbré a vivir en el fracaso, si no me creen miren la lista de novias que tuve durante los últimos 4 años y dense cuenta de quien les está hablando. Si me afectase la opinión ajena sobre lo que escribo no hubiese creado este blog en primer lugar, no voy a ser uno de esos tipos que ante la primer opinión negativa se encierran en el closet a escuchar alguna canción de Evanescence (sé que seré insultado por este comentario) que los ayude a superar su depresión sin meterse 3476 pastillas por la boca.

No escribo en mi blog porque Marte entró en Sagitario: es sabido que Marte para entrar en Sagitario tiene que agarrar por Cáncer y seguir hasta Libertador, ahí dobla a la derecha hasta que se encuentra un cartel que reza: "Jorgito es hincha del Pincha”. Desde allí ve una licorería de aspecto respetable y se dirige en sentido opuesto hacia la luz del horizonte donde debería tomarse el 60 (¿y cuál sino?) para llegar a Sagitario, pero no puede porque hay paro de colectiveros en reclamo de una mejora de presupuesto para los adornos de techo de sus vehículos. Así que resumiendo: Marte no puede entrar en Sagitario por los próximos 5 años al menos.

No escribo en mi blog porque mis creencias no me lo permiten: no existe ninguna cláusula en la “Guía del pseudo intelectualoide que se la tira de groso” que prohíba la creación y publicación de incoherencias en un blog, es más, la estimula. Sí tiene un par de tratados contra las masacres de ortografía en los fotologs y las viejas que dicen “timbero”, pero muy pocos les dan importancia.

No escribo en mi blog porque aún no he descubierto la razón de mi existencia: un viejo sabio me confesó hace tiempo que la razón de mi existencia era convertirme en el capitán de la selección de softball de Japón. Después me di cuenta de que el viejo era en realidad una maceta, pero esa idea quedó marcada en mi subconsciente para siempre, en 3 meses saco la residencia y me mudo a Kyoto para empezar a entrenar.

No escribo en mi blog porque se me bajan virus de Internet cuando subo los posts: mi computadora contiene todo tipo de virus habido y por haber, además creo que están empezando a reproducirse y hasta se armaron una ciudad con edificios, micros, villas, chorros, policía violenta y barrios cerrados como en la vida real. El que yo le tenga miedo a los virus sería como que un fanático de Miranda que le tiene miedo al rímel.

No escribo en mi blog porque el gobierno me censura: El saber que escribo cosas lo suficientemente importantes como para ser censurado haría maravillas en mi autoestima. Lamentablemente el único cambio que me pidieron que hiciese hasta ahora fue que sacara la foto que tengo sobre la derecha de la página porque supuestamente le estoy robando la imagen al tipo de Everwood.

No escribo en mi blog porque nadie lo lee: viendo el enorme número de comentarios que recibió el último post se podría decir que esto es verdad, pero la realidad es que hay mucha gente que se me acerca todos los días (o todos los meses cuando sale algo por lo menos) para decirme que entró y le gustó (si no le gustó en general no me lo dice pero me doy cuenta igual por su reacción). Así que bueno, agradezco a los que leen y me dan su apoyo porque me ayudan a mejorar y a esforzarme más, a pesar de todas las excusas que pongo para seguir en la vagancia, sin ustedes este blog probablemente habría dejado de existir hace tiempo, si la muerte hubiese sido por sobredosis o ataque de ardillas rabiosas lo dejo a su criterio. ´Chas gracias.

martes, mayo 16, 2006

Despertar

Hace casi dos meses que no aparece nada por acá y decir que ando escaso de tiempo sería como decir que Uruguay este año pega la vuelta olímpica en Alemania. La verdad es que lo que escasea es la inspiración así que si no les gusta este último trabajo o no le encuentran un sentido me importa un huevo batido con vanilla porque, como dijo algún viejo sabio, "es lo que hay". Saludos.


Acostado en la cama comienza a despertar, el sueño placentero que vive se va desvaneciendo lentamente. Las imágenes se ofuscan y pierden su color a medida que la consciencia regresa a su ser. El rostro de aquella mujer desaparece con una sonrisa calma y una palabra en sus labios que no alcanza a oír. Ve figuras corriendo, niños jugando tal vez, y siente que esa felicidad se le escapa de entre el cuerpo. Pasan ante él miles de caras y sentimientos que recuerda haber sentido en ese corto tiempo, todo es parte de él, y todo lo abandona ahora pues el despertar llega, implacable y terrible.
Siente que sus ojos se abren por sí mismos ante una luz cegadora y hermosa que lo invita a alejarse del mundo en que aún está sumergido. Pero él no quiere despertar, se rehúsa a dejar inconcluso un sueño tan placentero, pues la historia no tiene aún final y más que nada desea vivir en ese mundo hasta el último instante. Su despertar es similar a una tormenta, la ve acercarse y nada puede hacer para detenerla, por más que huya y se esconda siempre llegarán las nubes, la lluvia y la muerte sobre él.
Justamente es la muerte lo que él teme, la muerte de ese sueño al que jamás volverá tras el despertar. Teme que ese mundo pase al olvido, que todo lo que significa, todo lo que es, desaparezca apenas abra sus ojos. Por eso lucha desesperadamente contra lo inevitable, se niega a aceptar su inminente destino y se revuelve una y otra vez con el único deseo de llevarse una parte de ese lugar, un simple recuerdo, una palabra, un nombre.
De pronto su mano alcanza el sueño, y roba ese nombre de ese mundo, esa sola palabra que vale todo el sueño entero, el nombre que le quita el miedo y le infunde el valor para enfrentar el despertar. Ese nombre que fue todo en el sueño, el centro mismo de su existencia, con ese nombre en su memoria puede por fin dejarse llevar del otro lado, y dejar morir el sueño que tanto amó. O más bien es el quien muere en el despertar, pues el sueño continúa sin él presente, notando apenas su ausencia. El sueño es el mismo, solo falta un nombre. Camina ahora sin miedo hacia la luz, el despertar llega finalmente pero el ya no lo teme, sonríe y se repita una y otra vez el nombre por el que tanto ha luchado. Nada más necesita.

El doctor abre lentamente la puerta y deja salir a la mujer que con dulces ojos llenos de lágrimas saluda por última vez el cuerpo su marido. El doctor dice que no se rindió en ningún momento, que luchó hasta al final para seguir con vida y que solo al final cuando la vida se escapaba de su cuerpo pronunció una palabra sola, tan clara como la luz que lo iluminaba, un nombre, el nombre de ella, seguido de un último suspiro. De todo cuanto existe en este mundo se ha llevado consigo lo más preciado.

miércoles, abril 26, 2006

¡Has ganado!

Buenos días, hoy nos hemos reunidos frente a esta cálida pantalla de computadora (si usted está leyendo esto en papel sepa que es un desperdicio de tinta, papel y tiempo el imprimir una incoherencia como esta) para hablar sobre las benditas promociones que todo producto que se respete manda alguna vez en su historia. ¿Quién de nosotros no levanta la tapita de una gaseosa, envoltorio de chicle o hasta el interior de una baguette francesa en busca del ansiado papelito que diga “Te ganaste un (inserte aquí boludez que dan en dichos concursos)”? Se dice que dichas promociones fueron inventadas hace miles de años en china para promover el consumo de arroz, imagino que la promoción debe haber sido algo tipo “con cada compra de 200 kilogramos de arroz usted se gana un automóvil 0 kilómetros”, claro que la gente de la época no tenía la más puta idea de lo que era un auto, menos aún de lo que era un kilómetro y ni siquiera se había inventado el sistema decimal, pero la curiosidad podía más que ellos, como aún sucede hoy en día. Por supuesto ningún chino veía ni la foto del tipo que se suponía que tenía el taller donde alguna vez había trabajado el que había ajustado el embriague del auto en cuestión, como aún sucede hoy en día, pero todos eran felices con solo participar. Ilusos.
La historia demuestra, paradójicamente, que la historia se repite y así sucedió con los griegos los cuales compraban enormes cantidades de vino “Dionisio” porque te si mandabas el envase al Olimpo participabas en el sorteo de 15 entradas para una orgía, casualmente siempre ganaban 14 minas buenísimas y el hijo del dueño de la vinería. Los romanos adoptaron esta costumbre y regalaban orgías en casi todos sus productos, es más, solo por entrar al coliseo te repartían 20 folletos invitándote a varias fiestas de este tipo, en las que por diversas razones terminaban siendo todos tipos, pero bueno, ya sabemos como acabaron estos muchachos.
Así llegamos a la edad media, donde este tipo de promociones adquirió un tono más clandestino. Constaba principalmente en los clásicos productos dobles, es decir, si te llevabas un anillo de oro te regalaban un cepillo para la nena de la casa o un caballito de madera para que el joven noble jugase a asesinar brutalmente miles de campesinos como hacía su papá. Sin embargo la mayoría de estos productos regalo, al estar exentos de impuestos, cobraban un carácter más ilegal, hasta llegar al extremo de que el producto era cualquier boludez para justificar el regalo, algo así como “compre este pedazo de pasto a 200 pesos y de regalo llévese este hermoso frasquito con veneno”. Encima cuando los historiadores se preguntan de donde venían tantas pestes y epidemias culpan a las pobres e inocentes ratas.
Durante el renacimiento a estas promociones infames se les unió un aliado poderoso, el marketing. ¿Quien podía resistirse a pagar 10 mangos extra por esa hermosa colección de platos de porcelana que aparecía pintada en un cuadro digno de artistas de la talla de da Vinci, Botticelli, Rafael Nadal o el mismísimo Ronaldinho? Después cuando uno recibía tres platos de plástico, todos distintos y con la figura de Barney el dinosaurio (sí, pongo una referencia a este maldito bastardo cada vez que puedo) pintada se ponía a pensar que demonios había pasado, pero ya era demasiado tarde para quejarse, aparte si pensabas mucho te agarraba la inquisición y ¡a la hoguera!
Así llegó la edad moderna, los medios de comunicación masiva, la propaganda subliminal y el rey de las promociones inútiles: Tevé Compras (productos pensados para su satisfacción cuando les pase por arriba con una aplanadora), mejor conocido como el “¡Llame ya!”. No hace falta decir que esta última época reúne todas las peores cualidades de las anteriores, aumentadas por los recursos de la tecnología moderna (como el tipo que te reparte folletos por la calle). Veamos ahora algunas de las características de las promociones actuales:

El límite de vencimiento: esta estrategia es muy común. Se trata de poner una promoción a un producto con límite de vencimiento en una fecha dos días posterior a cuando el producto sale a la venta. Así la gente ve el embase de galletitas que dice “junte mil paquetes y llévese una cartuchera firmada por Moria Casán” y comienza a llenar su despensa de paquetes cuyo contenido termina muchas veces en la basura. Para cuando milagrosamente alcanza el número necesario, descubre que la promoción finalizó hace 4 años pero que igual siguen sacando el paquete con la promoción anunciada en la tapa (esto no es solo una estrategia comercial, muchas veces simplemente les da paja cambiar el diseño).

El “ya se llevaron el premio”: uno soporta largos meses de consumo de alguna porquería que ni siquiera les gusta solo para sacar el cartoncito que les dice que se ganaron otra porquería que encima es inútil. Cuando van al kiosco, kiosko, quisko, quiosquito, maxi-kiosco, kiosco de Rubén o tienda de la esquina a cambiar el cartoncito les dicen que se terminaron. A continuación sigue la trágica escena del tipo colgándose una piedra del cuello y saltando al Támesis en un acto de desesperación.

La publicidad miente: Muchas veces el increíble pela papas a energía solar que nos mandan gratis con la aspiradora de bolsillos (no confundir con “de bolsillo”, son cosas completamente diferentes) no resulta ser tan magnífico. Empezando porque nos rebana los dedos y se lanza contra nuestra yugular cada vez que lo prendemos, también gasta una pila tamaño D en 2 minutos y se le quema el cablecito cada vez que se lo acerca a una papa real. Tanto el pela papas como la aspiradora (que la quedó porque no se le puede introducir polvo) terminan en un cajón lleno de basura similar que no tiramos porque nos da vergüenza admitir la forma en que desperdiciamos nuestro dinero.

Después de este breve resumen de la estafa de los concursos vamos a aclarar lo que quise plantear en un principio en el título de este invaluable manuscrito: ¿Qué pasa cuando uno gana un premio medio decente? No hay mejor forma de explicarlo que con un ejemplo de la vida real totalmente inventado:

Hace algunos meses y por esas casualidades de la vida resultó que, habiéndome comprado una gaseosa de 600cc de una marca poco conocida que no voy a nombrar para que no me manden a sus abogados a chuparme la sangre (sé lo que pasó por sus cabezas, tienen la mente pervertida), miré el reverso de la tapita y descubrí, oh gran alegría, que me había ganado un televisor de 29 pulgadas (osea, bastante grande). Muy feliz conmigo mismo corrí hasta mi casa para llamar a la compañía y preguntar como podía retirar mi premio, ahí empezaron los problemas. Este fue el diálogo con el primero de los muchos recepcionistas que me atendió.

Recepcionista 1: ¿quién es? (en tono de “me agarraste en la mitad de una actividad manual”)
Yo: Esteeeee… llamaba por lo del concurso del televisor… (la comunicación telefónica no es muy fuerte, se podría contar como una de mis muchas discapacidades).
Sr. Manuela: Sí, ¿qué querés?
Yo: Bueno, es que acabo de encontrar la tapa ganadora.
Sr. Escéptico: No puede ser (eso ya no era una buena señal). Qué culo que tenés pendejo (esto en vez de reconfortarme me puso más nervioso todavía).
Miedoso: bueno, gracias. Es que quería saber cuando y donde puedo retirar el premio.
Sr. Desinformado: Ah, ni idea, tenés que llamar al número de información.
Gran Miedoso: ¿y no es este?
Sr. Excusa: Bueno sí, pero es que esto es más para atención al cliente viste, entonces medio como que no sé mucho de eso, probá a llamar más tarde a ver si alguien te puede decir algo.
Enorme Miedoso: Está bien pero, este… me podés dejar tu nombre así cualquier cosa pregunto por vos (Yo interno: te voy a hacer echar pajero de mierda).
Sr. “Regreso a mi” Manuela: piiiiiiiiii

Después de varios llamados atendidos por el mismo tipo y una gran serie de discusiones y amenazas, por fin 2 días después me atendió otro recepcionista, un sujeto de voz afrancesada.

Recepcionista 2: Hola, ¿qué necesita?
Yo (tomando confianza): Hola, encontré la tapa ganadora de su concurso, el del televisor, necesitaba saber como y cuando podía retirar el premio.
Recepcionista 2: Ay, ¿sabés que no tengo ni idea? Esperame un sec que te derivo con una chica amorosa que te va a decir todo lo que necesitás.
Yo: Gracias.
30 minutos de la 9ª sinfonía
Recepcionista 3: Buenas tardes.
Yo: Hola, encontré la tapa ganadora de su concurso, el del televisor, necesitaba saber como y cuando podía retirar el premio.
Recepcionista 3: Ah, vos sos el que me pasó Javier… mirá, tenés que llamar a este número (me da el número), ahí dejás tus datos para que te manden el televisor.
Yo: ¿y no me van a pedir ningún comprobante ni nada?
Recepcionista 3: Llamá allá y preguntá. (piiiiiiii).

Llamo al número nuevo

Máquina contestadota: (no hace falta aclarar, ¿verdad?)
Yo: (dejo mi número y aclaro que acabo de ganarme un puto televisor y me gustaría poder verlo antes del nuevo milenio)

Hora y media después suena el teléfono

Recepcionista 4 (el amo del sistema): ¿Hola?
Yo: hola ¿Quién habla?
R4 EADS: Hola
Yo: hola ¿Quién habla?
R4 EADS: ¿Hola? ¿Hola?
Yo: Hola, ¿¿Quién habla??
R4 EADS: ¿¿¿Hola???
Yo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¿Quién carajo es?!!!!!!!!!!
R4 EADS: Hola, sí, te llamo de (compañía de bebidas con abogados vampiros). ¿Vos sos el que llamó para decir que había ganado el concurso?
Yo: Sí, quería saber co…
R4 EADS: Sí sí, mirá, primero dame el número del código de tu tapita a ver si corresponde.
Yo: (se lo doy, me sorprendió que fuese tan fácil, pobre de mí).
R4 EADS: Listo, es auténtico. Lo que tenés que hacer ahora es dejarme tus datos y venir acá a la central en (la loma del orto). Traés tu tapita, comprobamos tu documento para ver si está todo bien, si sos mayor y sos legal acá en Argentina (grave error eso de dejar dicho que era uruguayo). Si todo está bien en 2 meses vas a recibir el televisor, ¿entendiste?
Yo: Digamos que sí.
R4 EADS: Listo, dame tus datos por favor.
Yo: (le doy los de mi viejo porque no me da la cara para agregarme 5 años en el documento)
R4 EADS: Todo listo. (pip)

Pocos días después mi viejo fue al susodicho lugar donde comprobaron sus datos y le prometieron que el televisor llegaría en 3 meses.
1 años después recibí un televisor de 11 pulgadas del año 60, el cual tuve que tirar porque no tenía control remoto y eso de pararme a cambiar el canal no va con mi forma de ser.

En fin, con estos tipos no se puede ganar, mejor comprar productos sin ninguna promoción y ahorrarse la plata para comprar un billete de lotería o gastar todo en un casino, ahí tendremos mejores chances de ganar algo que en esas estúpidas promociones.
Fin de la transmisión.

domingo, abril 02, 2006

Capítulo 5: Actividades extracurriculares

Bueno, lo pongo aparte porque si sigo sumando en el otro nadie se va a gastar en leerlo asumiendo que no hay nada nuevo. Como podrán apreciar este capítulo es mucho más lasrgo que los anteriores así que para todos los que me putearon porque no salía el quinto (que serán como mucho 2 personas), un "Já" grande como mi ego. Disfrútenlo (o mueran).

Ningún detective frustrado que quiera ser reconocido como tal puede vagar por las calles de la gran ciudad sin un sobretodo viejo y derruido, es prácticamente una ley universal. Nadie jamás se ha atrevido a oponerse a ella por miedo a contrariar poderes que se encuentran más allá de su comprensión. Sin embargo, a mí no me alcanzaba la guita ni para una foto del impermeable, así que mandé al carajo la ley universal y me puse un buzo negro y un gorro de lana. Más que un detective parecía el marine del commandos (Nota del autor: si usted nunca ha jugado al commandos solo imagínese un francés con buzo negro y gorro de lana, no es tan difícil).
El día era frío y nublado, poco adecuado para la época pero perfecto para que nadie se ponga a criticar mi manera de vestir. Pocas habían sido las veces, durante los meses que precedieron la llegada del caso, en las que había salido de mi pequeño mundo. En general esas cortas incursiones eran principalmente para buscar provisiones y para descargar el balde que servía de desaguadero de mi baño. Debido a esto ya nadie en las calles recordaba mi rostro, y muchos menos mi nombre, de la época cuando era un simple policía barrial; así que lo primero que debía hacer era renovar las viejas conexiones con los siempre útiles informantes y los siempre desagradables soplones. Para encontrar un poco de ambos no había mejor lugar que el Bar de Gino, aquel antro que solía proveerme el alcohol donde ahogar mis penas y los baños para sacarlas completamente de mi sistema.
El Bar de Gino aún se mantenía de pie en la mitad de una cuadra plagada de casas abandonadas, puteríos, firmas legales y demás antros llenos de inmundicia humana. El dueño del lugar, un sujeto flaco y pálido llamado Cásper, había sido en una época lo más cercano que había tenido de un amigo, por el simple hecho de que me daba bebida gratis a cambio de información, la cual la mayoría de las veces resultaba ser equivocada o simplemente inventada. Cásper tenía una enorme red de informantes por todo el bajo mundo de la ciudad, nada sucedía en esas calles sin que él lo supiera, gracias a ella podía saber cualquier cosa, desde la ubicación del juguete perdido del pequeño Timmy hasta la identidad del asesino de Kennedy, pero su información siempre tenía un precio, un precio que yo por supuesto no podía, ni estaba dispuesto a pagar.
Entré al bar disimuladamente, los ex policías nunca contamos con demasiado amor entre la clase de gente que concurre a un bar de mala muerte ya que inspiramos igual asco pero ya no tenemos una comisaría entera para protegernos. A pesar de mis temores nadie pareció reconocerme, tal vez estuviesen esperando a que llegara al centro del bar para así cortarme la retirada y destrozar mi pobre cuerpo entre todos pero para cuando llegué a la barra no había sucedido nada así que me di por salvado y di pequeños saltitos de alegría. Me senté en la barra y busqué al dueño con la mirada. Estaba ocupado atendiendo a un par de sujetos con sobretodos negros, lentes negros, sombreros negros y podría apostar a que estaban usando ropa interior de los Teletubbies. Apenas Cásper me vio sentado en el último banco de la barra su rostro se iluminó con malicia y antes de que pudiese decirle una sola palabra él exclamó:
- ¡Oficial García! ¡Hace tanto tiempo que no lo veía por aquí!
No tuve tiempo de hacer nada, centésimas de segundos después de que terminara la frase una botella de whisky cuyo sabor aún puedo recordar se estrelló contra mi rostro y la mitad de los sujetos que infestaban el lugar, junto con un par de ratas que pasaban por ahí, se abalanzaron sobre mí y me sacaron el alma a fuerza de golpes. 10 minutos después todos olvidaron por qué me estaban golpeando y volvieron a sentarse.
Con mucho esfuerzo logré incorporarme y sentarme nuevamente en mi banquito, años de golpizas y hemorragias internas me habían dado una especial capacidad en recuperarme fácilmente de este tipo de ataques.
- Sos un hijo de puta.- le dije con todas las ganas a Cásper, transgrediendo todas las reglas de la literatura y utilizando un insulto criollo en vez de un “bastardo”, “maldito” o “pillín”.
- Yo solo quería saludar a un viejo amigo al que no veía desde que se le metió en la cabeza ser uno de esos detectives privados que viven la vida en blanco y negro.- al ver la expresión de mi cara agregó –Además te la debía por la última vez, cuando me pasaste el dato sobre el cargamento de droga de los belgas de la calle Panecillos. A los colombianos no les cayó demasiado bien cuando descubrieron que acababan de secuestrar un cargamento de harina, y encima de mala calidad. Terminé tragando más agua de inodoro que el pez dorado que vive adentro.- El infeliz siempre tenía una de esas viejas anécdotas para echarme en cara.
- Bueno, bueno, no sabías que era tan rencoroso. Pensé que el dato era cierto y que sería un buen regalo de despedida- mentí descaradamente.
- Me imagino. Pero aún así, olvidemos el pasado, ¿qué lo trae por aquí señor detective “Robredo”?- puso especial énfasis al pronunciar mi falso apellido.
- Mi primer caso. Se trata de la hija de un eminente hombre de negocios que se metió en el mundo de la droga y su papi cree que eso le dará una mala imagen para la campaña.
- Se trata de la familia Bonanzini, ¿no?- dijo tranquilamente.
- ¿Sabés algo?
- Tengo un par de contactos que saben bastante, pero te va a costar.
- ¿No puede ser un regalo de reencuentro de viejos amigos?- le pregunté poniendo mi mejor cara de perrito mojado, ante lo cual Cásper dio un respingo de asco.
- Para empezar, no veo nada en nuestra relación que se asemeje a una amistad. Segundo, el regalo es lo que te acaban de repartir los muchachos hace un rato.
- ¡Sangre en los riñones! Que detalle, no te hubieses molestado.- le dije haciendo uso de mi fabuloso sarcasmo. Después agregué: - ¿Cuál es tu precio? Plata tengo poca pero te puedo pagar con algún favor de esos que tanto necesitás.
- En realidad sí hay algo que necesita de tus capacidades. Un hombre extranjero, que obviamente no sabe como funcionan las cosas en esta ciudad, me pidió un par de datos que yo muy gentilmente le suministré. Lamentablemente hace un par de meses que dicho señor se viene olvidando de pagarme lo que me debe y bueno, pensé que debía enviarle algún recordatorio. Yo no puedo ensuciarme las manos mezclándome en esos asuntos, es malo para el negocio, pero si vos lo hacés te paso la información que necesitás gratis.
No lo pensé dos veces, en general Cásper vendía su información a un precio mucho más alto, una ocasión así no era para desaprovecharse.
- Muy bien, es cosa resuelta. ¿Quién es el señor en cuestión y cuánto te debe?
- Acá tenés el nombre y la dirección.- dijo pasándome una servilleta escrita con pésima caligrafía. – La cantidad es de 10.000 dólares, en efectivo.
Ahora entendía por qué Cásper cambiaba valiosa información por ese favor, conseguir 10.000 dólares de alguien es cosa de jugarse la vida en esta ciudad.
La dirección no era muy lejos así que una vez más caminé. La dirección me llevó ante las puertas de una casa bastante grande, protegida por rejas y un gran portón custodiado por un solitario hombre. A él me dirigí.
- Disculpe estimado señor, estoy aquí para hablar con el señor Fibrosa, ¿sabe usted si se encuentra en este momento?
El tipo, descolocado por mi extremadamente educada forma de hablar dudó un segundo, luego, utilizando el mismo tono educado, preguntó -¿Y por qué desea usted, gentil señor, hablar con mi empleador, el señor Fibrosa?
- Vengo de parte de un tabernero de nombre Cásper quien, muy a mí y su pesar, desea recordarle al señor Fibrosa la deuda que este tiene con él por cierto servicio que le ha prestado.
- Espere un momento.- dijo el cortés guardia mientras tomaba su radio y repetía exactamente lo que yo acababa de decirle. Tras una breve espera durante la cual escuchó la contestación del otro lado de la radio me miró.
Antes de darle tiempo a que dijera nada hablé yo: - Disculpe, ¿le molestaría mucho que fuese solo en la cara? Es que tengo los riñones un poco débiles.
- No hay problema.- contestó. Tras lo cual me golpeó despiadadamente en el rostro con su puño, armado con una serie de anillos de acero.
Como dentro de todo se ve que le había caído bien solo me pegó un par de veces más hasta que perdí el conocimiento. Cuando desperté habían pasado un par de horas y la sangre que había salpicado por toda la vereda ya estaba seca. Me incorporé sin dificultad y me dirigí a ver a la única persona que podía ayudarme en una situación como esa.
Ese hombre era Jeremy Anderson, un ex convicto inglés de 2 metros, cuyo puño solamente era más grande que la cabeza de la mayoría de las personas. Después de muchos años de haber trabajado para distintos jefes, los cuales siempre terminaban presos, muertos o simplemente no le pagaban suficiente, Jeremy descubrió que la mejor forma de hacer valer sus múltiples talentos era haciendo favores a cambio de dinero. No importaba si se trataba de tráfico de droga, asesinato o golpear a algún pervertido sexual, él siempre cumplía, nunca hacía preguntas y más valía que uno le pagara lo que le habían prometido. Contrariamente a o que uno pensaría a primera vista era un tipo bastante inteligente, hasta tenía un diploma de Oxford en letras y asesinato serial. A pesar de que nunca le faltaba trabajo vivía con escaso dinero, principalmente porque invertía gran parte de su fortuna en alcohol, prostitutas, coimas y jugando al Counter Strike en cybercafés. Sabía como funcionaban las cosas en la ciudad y hasta se podría decir que varias de las leyes callejeras que todos seguían habían sido impuestas por él. Lo conocí en mi época de policía, en una ocasión en que lo habían arrestado por un total de 24 crímenes de los que resultó inocente mediante coimas y más coimas. A mí, que me había tocado el turno de guardia mientras él estaba encerrado, me había tomado un cierto cariño y cuando salió libre me ofreció sus servicios para cuando los necesitara. Más de una vez lo había llamado para que cumpliera actos de venganza personal que yo era demasiado cobarde para realizar.
Jeremy no tenía residencia fija, dormía cada noche en un lugar diferente, pero por esas horas de la tarde se lo podía encontrar en la esquina de las calles Tetra y Cantautor, esperando a que su cyber favorito abriese sus puertas. Allí estaba cuando, habiendo recuperado el uso de mis piernas, llegué al bendito cruce de calles.
- Hola Jeremy, ¿cómo has estado?- lo saludé tímidamente.
- ¿Y vos quien sos?- me preguntó con voz áspera.
- ¿No te acordás del policía pelotudo que te pasaba las porno a la celda una vez que estuviste en cana?- dije adoptando un tono más confianzudo.
- Aaaa, sos vos García. ¿Cómo va todo? Escuché que ahora sos uno de esos detectives chantas.
- Exactamente, y ahora me lamo Robredo, no García, ya hay como 40 detectives García en esta ciudad, tengo que diferenciarme.
- Muy bien, pero basta de presentaciones, vamos al grano.- dijo cortante - ¿Qué te trae por aquí?
- Te tengo un pequeño negocio rápido de cobro de deudas de parte de Cásper.
- ¿Cuánto va a tardar? Esto ya abre.- indicó el local a sus espaldas con su macizo pulgar.
- No más de 30 minutos. Son 100 mangos fáciles.
- Muy bien. Vamos.
Nos encaminamos nuevamente hacia la casa del señor Fibrosa, interrumpiendo la marcha solamente para tomarme el tiempo de escupir un poco más de sangre. Una vez frente a la reja saludé gentilmente al guardia antes de que Jeremy lo estampara contra el piso tan fácilmente como uno se raja un pedo. A continuación trepó ágilmente la reja y mientras yo lo seguía torpemente se deshizo otros dos guardias armados y entró a la casa bajando la puerta de una patada. Yo entré tranquilamente siguiendo el ruido de golpes y muebles destrozados, ocasionalmente se oía algún grito. Me detuve frente a una puerta cerrada desde donde se podía escuchar claramente la conversación.
- Pague lo que le debe a Cásper señor.
- Yo no le debo nada... (Grito de dolor).
Durante unos 5 minutos me dediqué a ver los cuadros en las paredes de la sala conjunta a aquel provisorio cuarto de torturas. El mirar pinturas de barcos navegando al tiempo que escucho los quejidos de algún hombre poderoso realmente me tranquiliza. En realidad llamar a Jeremy había mi plan sido desde un principio, solo había hecho esa ridícula primera a visita al señor Fibrosa porque necesitaba tener una excusa para después haber utilizado la violencia, de otra forma hubiese perjudicado a Cásper. Podré ser un imbécil en muchas cosas pero conozco muy bien las reglas de la calle.
Cuando por fin finalizó la tortura Jeremy salió limpiándose la sangre del señor Fibrosa, quien aparentemente había quedado inconsciente, que manchaban su ropa. Me entregó una bolsa de supermercado con billetes de distintos valores adentro.
- Está todo, lo conté yo mismo.- me dijo Jeremy. No me atreví a contarlo nuevamente, hay que estar loco para contradecir a un tipo como él.
- Muy bien, nos vemos entonces.- le respondí al tiempo que le entregaba dos billetes de 100 de la bolsa.
Me encaminé hacia el Bar de Gino sintiéndome orgulloso de mí mismo, mi sentido de supervivencia en las calles no estaba del todo oxidado. Cuando llegué al bar Cásper me recibió con una sonrisa y una cerveza espumosa.
Tras contar el dinero y notar los 200 faltantes simplemente preguntó: -¿Jeremy?
- Sip.- contesté mientras saboreaba mi cerveza.
- Buena elección. Fácil, barato y rápido.
Una vez guardado el dinero y terminada la birra, Cásper me entregó una carpeta con todo lo que necesitaba saber sobre las actividades extracurriculares de la señorita Bonanzini y personas a las que podía dirigirme para conseguir más información.
- Adiós. Un día de estos vuelvo por acá.-dije al tiempo que me llevaba toda la comida de la barra que estuviese a mi alcance.
- Un gusto hacer negocios contigo.
De nuevo en mi querida oficina revisé un poco la información que me había dado Cásper. De pronto vi sobre mi escritorio los papeles que me había dejado Tony y me asaltó una gran duda. Comparé los dos pares de hojas y pude comprobar que eran exactamente iguales, sin duda Cásper era quien había proporcionado la información al señor Bonanzini y el muy hijo-de-su-madre-que-se-llama-Clotilde no me dijo nada.
“Bueno, por lo menos me tomé una cerveza gratis” pensé al mismo tiempo que masajeaba los múltiples moretones y heridas que cubrían mi cuerpo.

jueves, marzo 30, 2006

Pétalos

Caminando por los prados sin ninguna razón aparente, pensando en mi dulce dama y si algún día llegaría a quererme, me crucé con una flor muy solitaria, y respondiendo a algún instinto que seguramente quedó oculto en mi subconsciente desde algún trauma de mi infancia, la recogí y comencé a arrancar sus bellos pétalos. Y con cada uno de ellos que volaba, una nueva respuesta surgía a mi tan ansiada pregunta: ¿Por qué ella pasa tanto tiempo conmigo?

Pétalo 1: Me ama.
Pétalo 2: No me ama pero no se da cuenta.
P(étalo) 3: Me quiere como a un amigo (gay).
P 4: Me tiene las re-ganas porque estoy re-fuerte, me la re-banco, soy re-groso y re-abuso del “re” hasta re-desvirtuarlo.
P 5: Quiere acercarse a mí porque es una agente antinarcóticos encubierta que sospecha que mi familia pertenece al cartel de Juárez.
P 6: Le parezco repulsivo pero cree que no puede conseguir nada mejor que yo.
P 7: Me usa para poner celoso a su antiguo novio, Jeff, el mariscal de campo del equipo de football y el chico más popular de toda la secundaria Thompson, que tiene las mejores calificaciones y todos admiran, respetan y adoran aunque secretamente quieren meterlo en una picadora de carne gigante; pero que la abandonó porque se la come doblada.
P 8: Ama mi escaso dinero.
P 9: Me quiere usar para experimentar con mis órganos antes de que termine de arruinarlos.
P 10: Piensa que si está conmigo las demás personas pensarán que es sensible.
P 11: Solo me quiere como su rival de backgammon extremo.
P 12: Me trata como si le importara para que le ponga una firma en el fotolog de su coatí.
P 13: Cree que si pasa suficientemente tiempo conmigo la idea de unirse a la legión extranjera será más aceptable.
P 14: Está conmigo solo para ver si logra averiguar por qué yo quiero pasar tiempo con ella.
P 15: Es una extraterrestre que vino a investigarme antes de llevarme a su planeta natal y meterme una sonda por el-que-te-dije.
P 16: Quiere averiguar el secreto de mi fabuloso peinado.
P 17: Me ve como su tesis de psicología.
P 18: Solo se acerca a mí porque su madre cree con toda razón que soy una mala influencia.
P 19: Es adicta al olor que se desprende de mi sucio cuerpo.
P 20: Me habla solo para luego burlarse a mis espaldas con todos sus verdaderos amigos cuyo único fin en la vida es reírse de mí.
P 21: Admira mi capacidad de encontrar flores con un increíble número de pétalos.
P 22: Me quiere para que le alcance cosas que están en estantes altos.
P 23: Cree que soy miembro de una secta adoradora de los pretzels a la que ha intentado entrar durante toda su vida.
P 24: Está conmigo porque cree que soy Jerry Seinfeld, aunque se pregunta por qué aún no he dicho un solo chiste bueno.
P 25: Me ve como su proveedor de música pirata.
P 26: Piensa que le enseñaré a mover cosas con la mente.
P 27: Nunca lo averiguaré si sigo buscando la respuesta en una estúpida flor.

domingo, marzo 05, 2006

Uno de detectives

Después de muchos poemas, historias, cuentos cortos, anécdotas y demás boludeces que este blog ha presentado he aquí su primera novela. Por supuesto que esto está recién empezado, solo están los dos primeros capítulos, pero a medida que pase el tiempo iré agregando lo que vata escribiendo, ¿y quien sabe? Tal vez algún día hasta la termine. Mientras tanto ojalá que disfruten de esta pequeña creación y que me ayuden a saber si realmente vale la pena darle una continuación. Saludos, el autor (osea yo).

Título de la novela: En progreso

Capítulo 1: Humos de la oficina

Estaba solo en mi oficina que por aquella época se encontraba en el 4º piso de un edificio ubicado en el cruce de la calle del infierno con la avenida del demonio, una de las zonas más alegres de la ciudad. Bandas de vándalos, adolescentes adictos a la coca y probablemente a la popsi, infestaban el lugar como ratas en una quesería, las metáforas nunca fueron mi fuerte. Por las noches las calles estaban desiertas pues todos sabían que el diablo caminaba por la calle del infierno, rumbo a una licorería a tres cuadras de la plaza donde se ponía en pedo y armaba una joda tremenda, eso sí, era una joda diabólica. En aquel barrio las mujeres no podían tener hijos, sin embargo muchos sospechaban que eso se debía más a los desechos radiactivos diseminados por las calles que a la presencia diabólica. Nunca se supo de una mujer de aquella zona que antes de cumplir los 16 años no fuese violada por el mismísimo Satanás, aunque sorprendentemente el presunto Lucifer siempre terminaba llamándose también Carlitos o Fabio. En fin, era una zona bastante agradable una vez que uno se acostumbraba al poderoso aroma fétido que distinguía al barrio.
Y allí me encontraba yo, balanceándome en mi silla y pensando cuanto tiempo más tardaría en caerme, cuando por fin alguien llamó a la puerta. Es difícil describir la alegría que uno siente cuando, después de meses sin que aparezca un maldito cliente, alguien toca la puerta. También es difícil describir la paja que a uno le da levantarse después de meses de no mover el culo de la silla ni para dormir, mucho menos pa comer. En fin, tras varios minutos de esfuerzo logré caerme de la silla, y un par de minutos más tarde ya había logrado levantarme. Cuando alcancé la puerta tanta era la emoción que sentía que no pude contener las ganas de ir al baño. Unos cuantos minutos después volvía a estar frente a la puerta detrás de la cual un impaciente cliente, no sin razón, azotaba la puerta con furia. Finalmente extendí mi huesuda mano y abrí la puerta.
Frente a mí apareció la figura de una mujer de unos 30 años, rubia, de labios carnosos, para hacerla más corta: estaba que se partía en ocho, y lo que es mejor, parecía tener mucha guita. Me miraba como si me tratase de un chicle en la suela de su costoso zapato, asqueroso pero imposible de separarse de él, se notaba a un kilómetro que me tenía ganas. Todo era perfecto, esta era la razón por la que había entrado a la escuela de detectives, para que una hermosa rubia me encargara alguna misión pedorra que llevaría a cabo arriesgando mi vida inútilmente varias veces y como recompensa se casaría conmigo y me llevaría a vivir a su mansión para que nunca más en mi vida tuviese que mover un dedo que no fuera el que sirve para cambiar el canal del televisor de 50 pulgadas con el control remoto. Mi vida estaba resuelta.
Mientras fantaseaba con todos los castillos de cartas que construiría una vez que esa hermosa rubia me mantuviese, su angelical voz me interrumpió de súbito.
- ¿Este no es el consultorio del Dr. Hemorragia no?- Mis castillos de cartas se vinieron abajo.
- No. Me temo que se encuentra dos pisos más arriba- dije muy educadamente mientras pensaba “Maldita bastarda, dame tus millones”.
- Muchas gracias…- se quedó oliendo el aire mientras pensaba en alguna frase ocurrente para rematar la conversación -… que olor tan peculiar hay aquí ¿no le parece?-
- Es todo el barrio- respondí poniendo mi mejor cara de matador y tratando de no pensar que el olor en realidad provenía de la atrocidad que acababa de realizar en el baño. Igualmente continué mintiendo – con el tiempo uno se acostumbra.-
- Debes ser un hombre muy duro para soportarlo.- dijo poniendo su mejor cara de gato. Ya no era joda, esta mina me estaba tirando onda posta, nunca hubiese creído que podía ser posible, la sola idea de que mi maravillosa fantasía se hiciese realidad me hacía dar saltos de alegría… literalmente. Tal vez fue eso, o el hecho de que se dio cuenta que yo no estaba usando pantalones, lo que la hizo salir corriendo escaleras arriba. “Igualmente no habría funcionado” fue lo que me dije para sentirme mejor.
Con los pantalones nuevamente puestos y la seguridad de que nadie volvería a tocar la puerta en por lo menos una semana decidí regresar a mi extremadamente entretenida actividad de balancearme en mi silla. Hacer eso realmente libera mi niño interno, el cual generalmente se encuentra en un oscuro lugar de mi mente consumiendo crack y haciéndome creer que mi infancia fue algo mejor que el infierno que viví en el maldito orfanato de Childrenmeat. Cada una de las cicatrices de mi espalda corresponde a una noche pasada en ese asqueroso lugar… tan frío… tan solo… daban ganas de tomar un cuchillo y masacrar a todos y cada uno de esos hijo de… Volviendo a nuestra historia, me encontraba una vez más en mi oficina, solo, sin trabajo y con la seguridad de que la situación no cambiaría por un largo tiempo o hasta que por fin alguno de mis enemigos imaginarios lograra acabar con mi miserable existencia. El sonido de un nuevo golpe sobre la puerta fue lo último que esperaba escuchar, sin embargo allí estaba.
Tal fue la sorpresa que perdí control de mi silla y caí estrepitosamente al suelo. Esta vez logré reincorporarme con una agilidad digna de un anciano con cadera artificial. En esta ocasión no titubeé al abrir la puerta aunque, por si se trataba de la rubia de antes, me aseguré de que mis pantalones estuviesen en su lugar. Todo en orden.
Para mi enorme decepción tras la puerta había un hombre gordo de edad avanzada y escasa talla, que vestía un sobretodo beige, como odio ese color, nunca entiendo si es amarillo o marrón, da igual, no viene al caso. Era sin duda el exacto opuesto de la mujer que había venido antes, y lo que era peor, parecía no tener dinero, y lo que era aún peor, parecía haberse dado cuenta de que el olor que impregnaba la habitación no era el que venía de la calle. Recé con todas mis fuerzas que fuese otro paciente perdido del Dr. Hemorroides. No sé por que siempre recurro al rezo en situaciones inútiles.
- ¿Es usted el Detective Robredo, especialista en crímenes paranormales?
- Soy yo. ¿Quién me busca?- Respondí intentando imitar la actitud de algún personaje famoso de dudoso origen.
Tanto mi apellido como mi especialización los había inventado en un intento desesperado por darme un toque de distinción de los demás detectives con oficinas en un cuarto piso de un edificio en un barrio que huele peor que un caballo muerto. Intento que naturalmente demostró ser un rotundo fracaso a la hora de conseguir clientes.
- Mi nombre es Aurelio Hárisson, mucho gusto señor… perdón, Detective Robredo- confesó, al tiempo que estrechaba mi mano. La cual luego limpié disimuladamente con mi pantalón. – Estoy aquí para ofrecerle un caso.-
Realmente me costó un enorme esfuerzo contenerme de abrazar y besar a ese tipo, más aún del que me costó con la rubia. No podía creer lo que mis oídos veían, mi primer caso. Aleluya, ¡Aleluya!
- Pase a mi oficina por favor para discutir los detalles del caso.- dije cuando recuperé la capacidad de hablar.


Capítulo 2: El último de la lista

Por más que el capítulo anterior pueda dar esa impresión, no siempre fui un exitoso detective, enemigo del crimen y de las frases rebuscadas. Yo también fui joven e inexperto, yo también soñaba con algún día ser un abogado exitoso, un astronauta o el director de películas porno. Pero el destino fue cruel conmigo, mis padres me abandonaron después de que una adivina gitana borracha les develara que entes de mi duodécimo cumpleaños cometería tales atrocidades que harían que Edipo pareciese un pan de Dios. Francamente no los culpo, sé que solo querían lo mejor para ellos mismos. Tras días de pasar de un hogar a otro llegué al orfanato Childrenmeat. Durante toda mi vida adulta he intentado olvidar las innumerables torturas que sufrí en ese lugar, y no tengo las más mínima intención de recordarlas ahora.
El deficiente sistema educativo de ese matadero de sueños solo me permitía aplicar a los trabajos más bajos y sucios en la zona más pobre de la ciudad. De todos ellos el destino quiso que eligiese el peor, policía. La idea de tener un arma entre mis manos y la enorme cantidad de alcohol presente en mi organismo la noche después de que fui liberado del orfanato alcanzaron para convencerme de que se era el trabajo perfecto para mí.
Contaba con unos 16 años cuando ingresé en la academia. Tenía la perfecta ilusión de que algún día me darían mi placa y mi arma y saldría a combatir a los malhechores de la ciudad por uno o dos días, tras lo cual me pegarían un balazo que me dejaría incapacitado de por vida, viviendo de una hermosa pensión pagada por el gobierno que el mundo me enseñó a odiar. Poco después descubrí que eso raramente sucede, en esta ciudad recibir un balazo significa la muerte, instantánea y prematura. Los pocos que sobrevivían eran trasladados a las oficinas de alguna comisaría, donde trabajaban 16 horas por día, perdiendo tanto su capacidad para pensar como su voluntad para vivir. En resumen, solo uno de cada diez policías en esta ciudad llegaba vivo al retiro, y yo comenzaba a pensar que tal vez no hubiese elegido la mejor opción, debería haberme convertido en un empleado promedio de oficina como quería mi papá, antes de abandonarme en un baño químico de un recital de Heavy Metal.
Dicho esto no es para sorprenderse que en la academia aceptasen a cualquier clase de sicótico maniático con una claras tendencias suicidas y depresión casi permanente, no me refiero a mí por supuesto, mis tendencias suicidas nunca fueron muy serias. El curso en sí era bastante sencillo, se trataba de una serie de entrenamientos básicos en armas, interrogación de testigos, insultos ocurrentes, yoga, arte y manualidades, abuso de autoridad y corrupción, de ahí en más todo el resto se aprendía en la calle o viendo una serie de videos instructivos. No hace falta decir que no llegué a destacarme en ninguna de esas disciplinas, aunque muchos opinaban que mis puteadas eran geniales.
Tras varios años en el fantástico mundo de la policía citadina, una noche desperté en el piso de un bar del centro y descubrí que estaba desperdiciando mi vida. No me avergüenza decir que pasé gran parte del resto de la noche sentado en la barra llorando prendido a una botella de whisky que estaba seguro que no podría pagar… en realidad sí me avergüenza un poco, pero ya es muy tarde para borrar lo que está escrito, además me da mucha paja. Ya estaba listo para abandonar el bar y huir de la ciudad cuando un oficial de más o menos mi misma edad se sentó a mi lado y pidió un trago con tal alegría que me hizo dudar de si realmente era un policía. Intrigado, me acerqué a él y empezamos a charlar sobre la vida, la muerte, la responsabilidad de ser policía y la matanza de ballenas en el sur de Argentina. Se llamaba Pepe Canova y había hecho a instrucción apenas pocos meses antes que yo, al parecer odiaba ese trabajo casi tanto como yo odio la salsa golf por lo que no lograba explicarme e motivo de su felicidad. El tipo era bastante simpático, cosa que me desagradó bastante, igualmente pude soportar la conversación el suficiente tiempo como para sentirme en confianza y preguntar:
-¿A qué se debe tanta alegría compañero?- dije mientras me mandaba otro trago de lo que fuere que estuviese tomando en ese momento.
-A que esta mañana pedí una transferencia. Abandono las calles compadre.- Nos llamábamos con esos sobrenombres porque ninguno de los dos lograba recordar bien el nombre del otro. Lo cual, tras 3 horas de conversación, se había vuelto bastante grotesco.
-¡Brindo por eso!- grité mientras levantaba con mi mano el cenicero, creyendo que se trataba de mi bebida, ya se pueden imaginar lo que sucedió cuando quise tomar otro trago. -¿A qué departamento te vas?-
-¡Al glorioso departamento de detectives privados!- gritó y soltó una carcajada que sonó algo así como una carcajada perfectamente común y corriente por lo que no le veo sentido a esta inútil aclaración.
No pude evitar escupir las colillas de cigarrillos que había en mi boca en la cara del pobre Pepe, no solo por el asco de sentir la ceniza sobre la lengua, sino también por la sorpresa.
-Creí que el trabajo de detective privado era el peor de lo peor. No solo no te pagan el maldito sueldo regular sino que también uno tiene que trabajar solo y ocuparse de todo el papeleo. Aparte de la libertad para asesinar impunemente a cuanto punga se te cruce por la calle, no le veo absolutamente ninguna ventaja.
-Amigo, yo pensaba lo mismo, pero acercate un poco que te voy a contar un secreto.-
Yo pensé que el tipo era medio raro y me estaba tirando onda, sin embargo lo único que hizo fue darme una charla que cambiaría el rumbo de mi vida. Eso e intentar cholearme la billetera que igual estaba vacía.
Me contó que el trabajo del detective privado consistía principalmente en tratar casos que los clientes no se atrevían a llevar a la policía regular, a veces por vergüenza, muchas más veces porque se trataba de algo ilegal. Por eso pagaban bastante mal por el servicio, pero muy bien para que mantuviesen la boca cerrada. Otra ventaja de esta profesión según mi compañero, era el poder actuar al margen de la ley pero teniendo siempre una placa a mano para zafar de varias situaciones incómodas de ser necesario. Tenía que admitir que la propuesta era bastante interesante, aunque en ese momento hasta el trabajo de muñeco de pruebas de vehículos me habría parecido bastante interesante. Sin embargo lo que terminó de convencerme fue su frase final:
-Lo mejor del trabajo de detective privado son sin duda las rubias ricachonas. Cualquiera que haya visto una película de detectives, o una parodia basada en una de ellas, sabe con seguridad que en algún momento de la vida de un detective una atractiva mujer rubia le ofrecerá un caso muy boludo para que este resuelva fácilmente y como recompensa lo mantendrá de por vida con sus millones. Ese es el destino del detective privado.- concluyó antes de caer desmayado sobre la barra.
No necesitaba agregar nada más, yo ya estaba en camino a solicitar el registro de detective privado. Aunque tuve que esperar un par de horas frente a la estación porque el tal Pepe me había manoteado las llaves.
Sin embargo todo resultó mucho más complicado de lo que esperaba, ya que aparentemente Pepe no era el único que conocía los beneficios del oficio. Una vez que hube anotado mi nombre noté que había otros 14 aspirantes antes de mí. Yo era el último de una larga lista de fracasados y perdedores que buscaban salir de su miseria con ese supuesto trabajo soñado. Como en mi departamento solo daban una de esas licencias cada año desde el comienzo supe que si quería ganar el puesto debería recurrir al fino arte del sabotaje, es decir, lograr que cada uno de los aspirantes cuyos nombres estaban antes que el mío desapareciesen de la lista.
El primero en irse fue el mismísimo Pepe, quien había caído en coma alcohólico la misma noche en que me develó el secreto de la felicidad policíaca. Para deshacerme de los demás tuve que dar uso a mi poderosa imaginación. En los meses sucesivos fueron muchos los accidentes que ocurrieron en la estación. El agente Dedorans, por ejemplo, fue atropellado por un automóvil mientras dirigía el tráfico, suplantando a un semáforo que había sido oportunamente saboteado. Otro ejemplo es el de la agente Tyler, quien fue atacada por una horda de gatos atraídos por el fuerte olor a pescado que despedía su uniforme. Admito que no todos estos accidentes que supe hacer provocar fueron tan ingeniosos, pero todos fueron efectivos. Al momento de otorgar el puesto de detective privado, aunque más que un puesto era una liberación, mi nombre era el único en la lista.
En una pequeña ceremonia, en la que no faltaron globos y pasteles envenenados, me dieron mi diploma junto con mi nueva placa y una pistola aún más vieja que la anterior, aunque metía mucha más facha. Luego de despedirme con lágrimas en los ojos de mis antiguos superiores y varios colegas que me odiaban profundamente, busqué en los clasificados un apartamento ubicado en la zona caliente de la ciudad y me encontré con el 4º piso que ustedes ya tuvieron el placer de conocer. Pocos días después mudé allí todas mis cosas, planté el culo en el sillón y comencé a hamacarme esperando la llegada de una hermosa ricachona rubia, o por lo menos de un caso.


Capítulo 3: Tony presenta su caso

No se como me daba la cara en esa época para llamar ese antro lúgubre e inmundo “oficina”. Era una habitación bastante pequeña que servía de oficina, dormitorio, cocina, comedor, living, sala de billar, prostíbulo y ocasionalmente de baño. Las pocas partes de las paredes que no estaban cubiertas por moho dejaban ver un color que en alguna época supo ser amarillo pero que ahora más parecía ser algo salido del ano de un elefante diarreico. Los únicos muebles que había allí eran el indispensable escritorio, el cual también servía de cama y mesa, un archivo para guardar la información sobre los más increíbles misterios que por aquellos años contenía la más grande colección de pornografía que cualquiera de ustedes haya tenido el lujo de imaginar. También había una heladera, generalmente vacía, un par de fotos de antepasados de otras personas y una con mi cara pegada sobre la de alguien que estaba abrazando al que hacía de Larry en los tres chiflados. Otro pequeño cuarto armado por mí mismo en una esquina servía de baño, aunque rara vez era utilizado por alguien que no fueran las ratas.
En esta inmunda pocilga fue donde recibí a mi primer cliente al cual, por comodidad de todos y por paja mía, de ahora en adelante llamaré “Tony” o “gordo Tony” y en ocasiones “Tigretonio”.
Invité a Tony a sentarse en el piso porque el único asiento disponible era mi sillón, y bueno… era mi sillón carajo. Él rechazó amablemente la invitación y se quedó parado.
- ¿De qué se trata el caso?- inquirí decidido a hacer todo lo posible por parecer el talentoso profesional que no era ni nunca iba a ser.
- Bueno…- comenzó a decir el gordo, visiblemente intimidado por mi actitud.
- No me haga perder el tiempo.- interrumpí antes de que pudiese pronunciar otra palabra – vaya al grano-
Más que plantar una actitud de duro estaba poniendo a Tony bastante incómodo pero por alguna razón me sentía muy satisfecho de mi mismo, sin duda debido a los estupefacientes que había estado inhalando un par de horas antes. Eso explicaría también por qué en ese momento veía cinco Tonys en vez de uno.
- ¿Conoce usted a la familia Bonanzini?-
- Por supuesto- respondí.
Por supuesto que no la conocía.
- Entonces no debo molestarlo en explicarle la situación que vive hoy en día esa familia.-
A pesar de que mi capacidad de razonamiento estaba seriamente disminuida logré reaccionar a tiempo y formular una brillante replica digna del mismísimo Cherloc Jolms.
- Creo que no vendría mal repasar todos detalles desde sus bases, Tony.-
- ¿Por qué me llama Tony?- preguntó sorprendido – Mi nombre es Aurelio.-
- Lo llamo así por comodidad del lector-
- ¿Lector? ¿De que diantres habla?
- No tengo tiempo de ponerme a explicar el concepto de ente de ficción, solo acepte el hecho de que de ahora en adelante usted es Tony y siga con su explicación.-
Tony, aparentemente admirado por mi brillante retórica volvió a su relato.
- Yo soy el abogado de la familia Bonanzini y cuento con la confianza del señor Marco Pedo Bonanzini para esta clase de asuntos delicados… Así que me encargó de contactarlo a usted específicamente para este trabajo.-
Sinceramente me estaba cansando de tanta vuelta. Me moría por saber de que mierda se trataba el caso y el gordo divagaba de tal forma que llegué a sospechar que él también había consumido su buena dosis de porro.
- Prosiga.- dije simplemente a ver si se apuraba un poco.
- Muy bien. Como ha de saber la familia Bonanzini es una de las más ricas de la ciudad.- la cosa se ponía interesante – El señor Marcos hace varios años se hizo cargo de la compañía tras la muerte de su padre y en poco tiempo la convirtió en una de las empresas más lucrativas del mundo a pesar de su poca experiencia en el negocio de los waffles. La señora Olivia también proviene de una prestigiosa familia pero no se interesa en los negocios, es famosa por sus fiestas y sus obras de beneficencia. El hijo mayor, Michelle, estudia en la universidad de Green Beach, y muy pronto se recibirá con todos los honores.- hasta acá la familia era un estereotipo viviente, de esos que aparecen una y otra vez en miles de series iguales que uno nunca se cansa de ver con la triste esperanza de que por una vez en la vida se trate de algo distinto.- La hija Melany sin embargo es la oveja negra de la familia…- Todos mis sentidos se agudizaron.
- ¿Hay una hija? ¿Por casualidad es rubia y está más buena que la barbie Malibú?- dije con mi mejor cara de violador abusivo.
- No sé a que se refiere pero la señorita Melany tiene 17 años, es morocha y su cara podría compararse con cualquier obra de picasso. ¿Por qué lo pregunta?-
- Por nada.- dije haciéndome el boludo, aparentemente Tony no era muy vivo que digamos y no se había dado cuenta de mis morbosas intenciones.-Prosiga.- repetí. Ya empezaba a gustarme esa palabra.
- Bueno, Melany es justamente la razón por la que necesitamos sus servicios.-
Me abstuve de la enorme tentación de decir de nuevo “prosiga”.
- Verá,- continuó Tony – no es ningún secreto que el señor Bonanzini está a punto de lanzar su candidatura a la alcaldía de la ciudad y que con su reputación intachable si victoria es casi segura.-
No solo era la primera vez que escuchaba el apellido Bonanzini, sino que nunca había escuchado palabras tales como candidatura, alcaldía y reputación. Pero pensé que si preguntaba que garcha era todo eso el gordo Tony dudaría de mi sobreestimado intelecto.
En su lugar pregunté -¿Cómo se relaciona esto con Mellon? ¿Y como es que en el registro civil les permitieron a sus padres ponerle semejante nombre?
- Querrá decir Melany…-
- Ni yo sé lo que quiero decir a esta altura…-
- El hecho es que Melany se ha estado juntando con jóvenes de muy mala reputación, drogadictos, bandas de punk, irlandeses, Ashlee Simpson… ya se puede hacer una idea.- hizo una breve pausa para eructar – en especial ha estado tratando un conocido vendedor de droga del bajo mundo. Ya se imaginará el impacto que podría tener esto en a campaña de su padre si sale a la luz Esto es estrictamente confidencial, así que le ruego que no lo cuente a nadie o nos veremos obligados a demandarlos- agregó, frustrando mi fugaz fantasía de contar todo a la primera revista de chismes y chimentos que se cruzase en mi camino.
- ¿Y qué es lo que usted propone que yo haga?- esa era la primera pregunta coherente que yo había realizado en toda la entrevista.
- Usted deberá seguirla a los lugares que ella frecuenta, averiguar quienes son sus amigos, que come, donde come, como come, sus intereses, sus sueños, su visión del mundo moderno y principalmente si realmente consume drogas. Si esto último resulta ser verdad su padre intervendrá y se ocupará personalmente.-
Debo admitir que en el momento me sentí un tanto decepcionado. Después de tanto misterio esperaba que el trabajo resultara ser algo un poco más interesante. Igualmente lo único en lo que quería en aquel momento era averiguar lo más importante.
- ¿Cuánto hay?-
- ¿Disculpe?- preguntó sorprendido. Sin duda este tipo nunca había salido de su maldita oficina de dos por dos.
- La remuneración, ¿de cuánto sería?- pregunté esforzándome por encontrar un sinónimo que pudiese entender sin poner cara de boludo hasta descifrar mis palabras.
- ¿Cuál es su tarifa habitual?
Nunca había necesitado tener una antes.
- 20.000 dólares.
- Le daremos 200 pesos, en patacones, hasta 50 pesos para gastos personales, un sándwich de milanesa y el señor Marco podrá abusar sexualmente de usted cuando mejor le venga.
- ¿Dónde firmo?- dije sin dudar… era aún mejor de lo que había esperado en un principio. Francamente sentía que estaba estafando al pobre multimillonario y su ingenuo abogadillo.
- Aquí mismo- respondió ofreciéndome una servilleta de papel donde se hallaban escritas un par de puteadas y un “firme aquí”, seguido por una línea punteada absolutamente torcida. Me apresuré a estampar m autógrafo sobre el papel.
- Muy bien. Todo listo. Ah, lo olvidaba. Yo personalmente lo vendré a visitarlo periódicamente para evaluar su progreso y llevar las novedades al señor Bonanzini.- dijo el gordo entusiasmado. Como si la idea de salir regularmente de su pequeño infierno laboral opacara totalmente el hecho de que tendría que pasar la gran mayoría de ese tiempo de libertad en mi enorme y diabólico infierno laboral.
Mientras Tigretonio se dirigía hacia la puerta aproveché para pegar un pequeño saltito de alegría, retomando inmediatamente mi falsa postura seria.
- Adiós. Que la fuerza te acompañe.- dije imitando el diálogo de alguna película cuyo nombre no voy a mencionar para evitar cargos de plagio.
- Hasta pronto entonces, detective… aquí tiene toda la información que puede serle útil para seguirle el rastro a Melany.- dijo sacando un manojo de hojas de su portafolio e invitándome a tomarlas.- Por lo que más quiera, no permita que ella note su presencia, también recuerde que…- en este punto me aburrí de tanta charla inútil y me quedé dormido. Al despertar Tony había desaparecido, junto con la rosquilla rancia que tenía guardada en un cajón y el manojo de papeles estaba sobre mi escritorio. Era hora de ponerme manos a la obra o de dormir. Elegí dormir.

Capítulo 4: Sándwiches, sexo y sorpresas

Durante tres días esperé impacientemente el regreso de Tony con mi adelanto para así poder comenzar mi “seguimiento de actividades del sujeto”, mejor conocido como “acoso”. Cualquier detective respetable y dedicado a su trabajo habría aprovechado ese tiempo de espera para comenzar a moverse y realizar sus propias averiguacones sobre el objetivo y así lograr causar una mejor impresión ante el cliente, haciéndole saber que su dinero no sería gastado en vano. Yo dediqué ese tiempo a ver como una mancha de humedad se extendía por la pared de mi oficina devorando todo lo que encontrara a su paso, sembrando el caos, el moho y el terror. Realmente es fascinante lo que el hombre puede llegar a encontrar interesante siempre y cuando sea la alternativa a hacer su bendito trabajo.
Cuando finalmente apareció Tony la mancha había alcanzado las épicas proporciones de un metro cuadrado y yo no podía imaginarme cual sería su destino una vez que recubriese toda la pared, su ambición no parecía tener límites. Tony, quien extrañamente no compartía mi interés por aquella gran historia, me abstrajo de mis pensamientos y me devolvió a la triste y penosa realidad.
- Aquí le traigo su adelanto- dijo Tony al tiempo que exhibía en su mano un pequeño fajo de billetes y un sándwich de jamón y queso.
- Habíamos quedado en milanesa.- dije sorprendido.
- ¿No hablará en serio? Era una simple broma detective. Este es mi almue…- dijo, demasiado tarde, ya me había abalanzado sobre la presa, haciéndola desaparecer en cuestión de segundos.
- Espero que este incumplimiento me exima del servicio sexual.- dije intentando fingir algo de compostura y con la cara aún manchada de mayonesa.
Tony se limitó a observarme extrañado, como dudando si estaba hablando en serio o simplemente le seguía el juego a su pequeña broma de pésimo gusto. Finalmente me entregó el dinero, al tiempo que me preguntaba cuanto había avanzado en la investigación.
- Hice algunas averiguaciones.- respondí vagamente. Tony pareció darse por satisfecho.
Al parecer por esta vez había zafado, sin embargo el gordo no parecía tener la más mínima intención de irse y permitirme volver a dedicarme a mi querida mancha de humedad.
- Detective…- balbuceó en un tono apenas perceptible al oído humano, o por lo menos al infrahumano, en mi caso – ¿le molestaría mucho si uno de estos días me permitiese acompañarlo en su trabajo?- No lo podía creer. El peor de mis miedos acababa de llegar a mí en forma de un gordito estúpido.
Porque por supuesto que hasta ese momento yo no tenía la más mínima intención de seguir a la drogona esa, solo para comprobar lo que sus padres ya sabían. Simplemente pensaba perder el tiempo durante una o dos semanas y luego notificarle a los papis que su querida hijita tenía un problema. Ellos, muy agradecidos, me entregarían mi paga y yo me sentiría satisfecho por haber contribuido a hacer de este mundo un lugar mejor. Y ahora este gordo infame quería mandar todo por el caño con esa propuesta indecente, pero yo no me rendiría fácilmente.
- ¿Tienen miedo de que no haga mi trabajo como se debe?- dije intentando sonar indignado.
- Por supuesto que no.- exclamó Tony. Parecía estar muy nervioso, casi asustado, de lo que iba a decir a continuación. – Es que… siempre admiré el trabajo de detective, todo ese misterio y acción es algo que no se ve en la vida de un simple abogado. Este trabajo tiene algo de glamoroso, algo que me atrae inmensamente. Discúlpeme si lo he ofendido pero es que no podía dejar pasar esta oportunidad.- Lo soltó todo de corrido y al final tuvo que volver a tomar aire como si el admitir todo eso le hubiese costado un gran esfuerzo.
Mi primera reacción fue mirar a mi alrededor buscando algo que tan siquiera tuviese pinta de glamoroso, con un obvio fracaso. Luego caí en la cuenta de que el gordo se acababa de inventar una de las excusas más rebuscadas que había tenido el lujo de oír. Sinceramente en ese momento me percaté de que había subestimado a Tony, a pesar de que parecía tener una inteligencia que no superaba la de un chimpancé pasado de sidra, había logrado elaborar una mentira a la que nada podía replicar, porque si le decía que no sospecharía que no pensaba hacer nada de lo que me estaba pagando por hacer. No me quedaba otra opción más que aceptar y pensar que hacer después de darle un rato a la pipa.
- No hay ningún problema entonces.- dije esgrimiendo mi peor falsa sonrisa, mientras que internamente le deseaba al gordo una muerte lenta y dolorosa.
- Vendré en un par de días, ¿le parece bien?- preguntó lleno de felicidad. Parecía que le acababan de decir que se había curado de la gastroenteritis.
- Muy bien, nos vemos.- respondí mientras lo escoltaba afuera y le cerraba la puerta en la cara.
- ¡Muchas gracias!- escuché gritar desde el otro lado.
No podía creer mi buena suerte. El gordo, a pesar de su ingenioso plan, acababa de darme la oportunidad de fugarme a Dinamarca con los 50 mangos que ya me había pagado y salir impune. Sin embargo, mientras me dirigía a mi escritorio para buscar mis pocas pertenencias, sentí que algo estaba mal. Yo no me había hecho detective por unos míseros 50 pesos, había razones que iban mucho más allá de esa pequeña suma de dinero, razones que finalmente me hicieron abandonar mi plan de escape y resignarme a realizar el trabajo que me había sido encomendado. 200 razones en patacones valían el esfuerzo.

jueves, marzo 02, 2006

Hipódromo

No sé si esto entra dentro del rubro "cuentos en joda" o "cuentos para pensar", capas en los dos, lo dejo a su criterio.

Los competidores están en posición de largada, el objetivo a la vista, la pista despejada, todo listo para comenzar. La bandera está alta y los músculos se tensan, cada milésima de segundo cuenta al momento de ganar, por eso una buena salida es lo más importante.
Baja la bandera y comienza la carrera, los 4 adversarios salen bastante parejos, con ligera ventaja de “Remera blanca” gracias a su sorprendente agilidad al esquivar los primeros obstáculos que se cruzan en su camino.
“Rugbier” va quedando atrás por culpa de un impertinente que se le acerca a pedirle fuego, ¡pero esperen! Con un certero manotazo aleja al obstáculo y retoma terreno.
Ay, ay, ay, “Gorrita” parece estar teniendo problemas al acercarse a la barra, pierde ventaja con los múltiples borrachos que le cortan el paso. Tal parece que toda esperanza está perdida para él, pero aún no se rinde, los milagros son siempre posibles.
¡Increíble maniobra de “Punky” al deslizarse por el borde de la tarima! Le saca dos cabezas a “Rugbier” y “Remera blanca” que persisten en su intento por llegar primeros. “Gorrita” sigue último perdiendo aun más terreno.
“Rugbier” se acerca a “Remera verde” de costado… ¡y lo saca de su camino! ¡Sí señores, jamás visto! “Remera blanca” se cruzó en el camino de “Rugbier” y este lo sacó volando. Parece que todo se decidirá entre él y “Punky” ahora.
“Punky” va perdiendo terreno pero sigue a la cabeza, ya no queda mucho terreno, parece que va a llegar… ¡Una mujer se cruza en el camino y se la lleva puesta! ¿Aprovechará “Rugbier” esta ventaja? ¡No! Tropieza con “Punky” y termina también en el suelo, que tragedia señores…
Y “Gorrita” vuelve de entre los muertos para reclamar su título. Salta por encima de sus rivales abatidos… ¡Y llega a la meta! Que carreras señores, que carrera… “Gorrita” está ahora hablando con la muchacha, veamos si consigue llevarse el premio.
- Hola, ¿Cómo te llamás?
- Laura, ¿Vos?
- Joaquín… ¿Querés ir a charlar un rato?
- Bueno, dale.
Un justo premio para un justo vencedor… Vamos ahora a la 3ª carrera del boliche “Tatú”, las apuestas están 5 a 1 para “Pelo negro”, 3 a 1 para “Bufanda”, 2 a 1 para…