domingo, abril 02, 2006

Capítulo 5: Actividades extracurriculares

Bueno, lo pongo aparte porque si sigo sumando en el otro nadie se va a gastar en leerlo asumiendo que no hay nada nuevo. Como podrán apreciar este capítulo es mucho más lasrgo que los anteriores así que para todos los que me putearon porque no salía el quinto (que serán como mucho 2 personas), un "Já" grande como mi ego. Disfrútenlo (o mueran).

Ningún detective frustrado que quiera ser reconocido como tal puede vagar por las calles de la gran ciudad sin un sobretodo viejo y derruido, es prácticamente una ley universal. Nadie jamás se ha atrevido a oponerse a ella por miedo a contrariar poderes que se encuentran más allá de su comprensión. Sin embargo, a mí no me alcanzaba la guita ni para una foto del impermeable, así que mandé al carajo la ley universal y me puse un buzo negro y un gorro de lana. Más que un detective parecía el marine del commandos (Nota del autor: si usted nunca ha jugado al commandos solo imagínese un francés con buzo negro y gorro de lana, no es tan difícil).
El día era frío y nublado, poco adecuado para la época pero perfecto para que nadie se ponga a criticar mi manera de vestir. Pocas habían sido las veces, durante los meses que precedieron la llegada del caso, en las que había salido de mi pequeño mundo. En general esas cortas incursiones eran principalmente para buscar provisiones y para descargar el balde que servía de desaguadero de mi baño. Debido a esto ya nadie en las calles recordaba mi rostro, y muchos menos mi nombre, de la época cuando era un simple policía barrial; así que lo primero que debía hacer era renovar las viejas conexiones con los siempre útiles informantes y los siempre desagradables soplones. Para encontrar un poco de ambos no había mejor lugar que el Bar de Gino, aquel antro que solía proveerme el alcohol donde ahogar mis penas y los baños para sacarlas completamente de mi sistema.
El Bar de Gino aún se mantenía de pie en la mitad de una cuadra plagada de casas abandonadas, puteríos, firmas legales y demás antros llenos de inmundicia humana. El dueño del lugar, un sujeto flaco y pálido llamado Cásper, había sido en una época lo más cercano que había tenido de un amigo, por el simple hecho de que me daba bebida gratis a cambio de información, la cual la mayoría de las veces resultaba ser equivocada o simplemente inventada. Cásper tenía una enorme red de informantes por todo el bajo mundo de la ciudad, nada sucedía en esas calles sin que él lo supiera, gracias a ella podía saber cualquier cosa, desde la ubicación del juguete perdido del pequeño Timmy hasta la identidad del asesino de Kennedy, pero su información siempre tenía un precio, un precio que yo por supuesto no podía, ni estaba dispuesto a pagar.
Entré al bar disimuladamente, los ex policías nunca contamos con demasiado amor entre la clase de gente que concurre a un bar de mala muerte ya que inspiramos igual asco pero ya no tenemos una comisaría entera para protegernos. A pesar de mis temores nadie pareció reconocerme, tal vez estuviesen esperando a que llegara al centro del bar para así cortarme la retirada y destrozar mi pobre cuerpo entre todos pero para cuando llegué a la barra no había sucedido nada así que me di por salvado y di pequeños saltitos de alegría. Me senté en la barra y busqué al dueño con la mirada. Estaba ocupado atendiendo a un par de sujetos con sobretodos negros, lentes negros, sombreros negros y podría apostar a que estaban usando ropa interior de los Teletubbies. Apenas Cásper me vio sentado en el último banco de la barra su rostro se iluminó con malicia y antes de que pudiese decirle una sola palabra él exclamó:
- ¡Oficial García! ¡Hace tanto tiempo que no lo veía por aquí!
No tuve tiempo de hacer nada, centésimas de segundos después de que terminara la frase una botella de whisky cuyo sabor aún puedo recordar se estrelló contra mi rostro y la mitad de los sujetos que infestaban el lugar, junto con un par de ratas que pasaban por ahí, se abalanzaron sobre mí y me sacaron el alma a fuerza de golpes. 10 minutos después todos olvidaron por qué me estaban golpeando y volvieron a sentarse.
Con mucho esfuerzo logré incorporarme y sentarme nuevamente en mi banquito, años de golpizas y hemorragias internas me habían dado una especial capacidad en recuperarme fácilmente de este tipo de ataques.
- Sos un hijo de puta.- le dije con todas las ganas a Cásper, transgrediendo todas las reglas de la literatura y utilizando un insulto criollo en vez de un “bastardo”, “maldito” o “pillín”.
- Yo solo quería saludar a un viejo amigo al que no veía desde que se le metió en la cabeza ser uno de esos detectives privados que viven la vida en blanco y negro.- al ver la expresión de mi cara agregó –Además te la debía por la última vez, cuando me pasaste el dato sobre el cargamento de droga de los belgas de la calle Panecillos. A los colombianos no les cayó demasiado bien cuando descubrieron que acababan de secuestrar un cargamento de harina, y encima de mala calidad. Terminé tragando más agua de inodoro que el pez dorado que vive adentro.- El infeliz siempre tenía una de esas viejas anécdotas para echarme en cara.
- Bueno, bueno, no sabías que era tan rencoroso. Pensé que el dato era cierto y que sería un buen regalo de despedida- mentí descaradamente.
- Me imagino. Pero aún así, olvidemos el pasado, ¿qué lo trae por aquí señor detective “Robredo”?- puso especial énfasis al pronunciar mi falso apellido.
- Mi primer caso. Se trata de la hija de un eminente hombre de negocios que se metió en el mundo de la droga y su papi cree que eso le dará una mala imagen para la campaña.
- Se trata de la familia Bonanzini, ¿no?- dijo tranquilamente.
- ¿Sabés algo?
- Tengo un par de contactos que saben bastante, pero te va a costar.
- ¿No puede ser un regalo de reencuentro de viejos amigos?- le pregunté poniendo mi mejor cara de perrito mojado, ante lo cual Cásper dio un respingo de asco.
- Para empezar, no veo nada en nuestra relación que se asemeje a una amistad. Segundo, el regalo es lo que te acaban de repartir los muchachos hace un rato.
- ¡Sangre en los riñones! Que detalle, no te hubieses molestado.- le dije haciendo uso de mi fabuloso sarcasmo. Después agregué: - ¿Cuál es tu precio? Plata tengo poca pero te puedo pagar con algún favor de esos que tanto necesitás.
- En realidad sí hay algo que necesita de tus capacidades. Un hombre extranjero, que obviamente no sabe como funcionan las cosas en esta ciudad, me pidió un par de datos que yo muy gentilmente le suministré. Lamentablemente hace un par de meses que dicho señor se viene olvidando de pagarme lo que me debe y bueno, pensé que debía enviarle algún recordatorio. Yo no puedo ensuciarme las manos mezclándome en esos asuntos, es malo para el negocio, pero si vos lo hacés te paso la información que necesitás gratis.
No lo pensé dos veces, en general Cásper vendía su información a un precio mucho más alto, una ocasión así no era para desaprovecharse.
- Muy bien, es cosa resuelta. ¿Quién es el señor en cuestión y cuánto te debe?
- Acá tenés el nombre y la dirección.- dijo pasándome una servilleta escrita con pésima caligrafía. – La cantidad es de 10.000 dólares, en efectivo.
Ahora entendía por qué Cásper cambiaba valiosa información por ese favor, conseguir 10.000 dólares de alguien es cosa de jugarse la vida en esta ciudad.
La dirección no era muy lejos así que una vez más caminé. La dirección me llevó ante las puertas de una casa bastante grande, protegida por rejas y un gran portón custodiado por un solitario hombre. A él me dirigí.
- Disculpe estimado señor, estoy aquí para hablar con el señor Fibrosa, ¿sabe usted si se encuentra en este momento?
El tipo, descolocado por mi extremadamente educada forma de hablar dudó un segundo, luego, utilizando el mismo tono educado, preguntó -¿Y por qué desea usted, gentil señor, hablar con mi empleador, el señor Fibrosa?
- Vengo de parte de un tabernero de nombre Cásper quien, muy a mí y su pesar, desea recordarle al señor Fibrosa la deuda que este tiene con él por cierto servicio que le ha prestado.
- Espere un momento.- dijo el cortés guardia mientras tomaba su radio y repetía exactamente lo que yo acababa de decirle. Tras una breve espera durante la cual escuchó la contestación del otro lado de la radio me miró.
Antes de darle tiempo a que dijera nada hablé yo: - Disculpe, ¿le molestaría mucho que fuese solo en la cara? Es que tengo los riñones un poco débiles.
- No hay problema.- contestó. Tras lo cual me golpeó despiadadamente en el rostro con su puño, armado con una serie de anillos de acero.
Como dentro de todo se ve que le había caído bien solo me pegó un par de veces más hasta que perdí el conocimiento. Cuando desperté habían pasado un par de horas y la sangre que había salpicado por toda la vereda ya estaba seca. Me incorporé sin dificultad y me dirigí a ver a la única persona que podía ayudarme en una situación como esa.
Ese hombre era Jeremy Anderson, un ex convicto inglés de 2 metros, cuyo puño solamente era más grande que la cabeza de la mayoría de las personas. Después de muchos años de haber trabajado para distintos jefes, los cuales siempre terminaban presos, muertos o simplemente no le pagaban suficiente, Jeremy descubrió que la mejor forma de hacer valer sus múltiples talentos era haciendo favores a cambio de dinero. No importaba si se trataba de tráfico de droga, asesinato o golpear a algún pervertido sexual, él siempre cumplía, nunca hacía preguntas y más valía que uno le pagara lo que le habían prometido. Contrariamente a o que uno pensaría a primera vista era un tipo bastante inteligente, hasta tenía un diploma de Oxford en letras y asesinato serial. A pesar de que nunca le faltaba trabajo vivía con escaso dinero, principalmente porque invertía gran parte de su fortuna en alcohol, prostitutas, coimas y jugando al Counter Strike en cybercafés. Sabía como funcionaban las cosas en la ciudad y hasta se podría decir que varias de las leyes callejeras que todos seguían habían sido impuestas por él. Lo conocí en mi época de policía, en una ocasión en que lo habían arrestado por un total de 24 crímenes de los que resultó inocente mediante coimas y más coimas. A mí, que me había tocado el turno de guardia mientras él estaba encerrado, me había tomado un cierto cariño y cuando salió libre me ofreció sus servicios para cuando los necesitara. Más de una vez lo había llamado para que cumpliera actos de venganza personal que yo era demasiado cobarde para realizar.
Jeremy no tenía residencia fija, dormía cada noche en un lugar diferente, pero por esas horas de la tarde se lo podía encontrar en la esquina de las calles Tetra y Cantautor, esperando a que su cyber favorito abriese sus puertas. Allí estaba cuando, habiendo recuperado el uso de mis piernas, llegué al bendito cruce de calles.
- Hola Jeremy, ¿cómo has estado?- lo saludé tímidamente.
- ¿Y vos quien sos?- me preguntó con voz áspera.
- ¿No te acordás del policía pelotudo que te pasaba las porno a la celda una vez que estuviste en cana?- dije adoptando un tono más confianzudo.
- Aaaa, sos vos García. ¿Cómo va todo? Escuché que ahora sos uno de esos detectives chantas.
- Exactamente, y ahora me lamo Robredo, no García, ya hay como 40 detectives García en esta ciudad, tengo que diferenciarme.
- Muy bien, pero basta de presentaciones, vamos al grano.- dijo cortante - ¿Qué te trae por aquí?
- Te tengo un pequeño negocio rápido de cobro de deudas de parte de Cásper.
- ¿Cuánto va a tardar? Esto ya abre.- indicó el local a sus espaldas con su macizo pulgar.
- No más de 30 minutos. Son 100 mangos fáciles.
- Muy bien. Vamos.
Nos encaminamos nuevamente hacia la casa del señor Fibrosa, interrumpiendo la marcha solamente para tomarme el tiempo de escupir un poco más de sangre. Una vez frente a la reja saludé gentilmente al guardia antes de que Jeremy lo estampara contra el piso tan fácilmente como uno se raja un pedo. A continuación trepó ágilmente la reja y mientras yo lo seguía torpemente se deshizo otros dos guardias armados y entró a la casa bajando la puerta de una patada. Yo entré tranquilamente siguiendo el ruido de golpes y muebles destrozados, ocasionalmente se oía algún grito. Me detuve frente a una puerta cerrada desde donde se podía escuchar claramente la conversación.
- Pague lo que le debe a Cásper señor.
- Yo no le debo nada... (Grito de dolor).
Durante unos 5 minutos me dediqué a ver los cuadros en las paredes de la sala conjunta a aquel provisorio cuarto de torturas. El mirar pinturas de barcos navegando al tiempo que escucho los quejidos de algún hombre poderoso realmente me tranquiliza. En realidad llamar a Jeremy había mi plan sido desde un principio, solo había hecho esa ridícula primera a visita al señor Fibrosa porque necesitaba tener una excusa para después haber utilizado la violencia, de otra forma hubiese perjudicado a Cásper. Podré ser un imbécil en muchas cosas pero conozco muy bien las reglas de la calle.
Cuando por fin finalizó la tortura Jeremy salió limpiándose la sangre del señor Fibrosa, quien aparentemente había quedado inconsciente, que manchaban su ropa. Me entregó una bolsa de supermercado con billetes de distintos valores adentro.
- Está todo, lo conté yo mismo.- me dijo Jeremy. No me atreví a contarlo nuevamente, hay que estar loco para contradecir a un tipo como él.
- Muy bien, nos vemos entonces.- le respondí al tiempo que le entregaba dos billetes de 100 de la bolsa.
Me encaminé hacia el Bar de Gino sintiéndome orgulloso de mí mismo, mi sentido de supervivencia en las calles no estaba del todo oxidado. Cuando llegué al bar Cásper me recibió con una sonrisa y una cerveza espumosa.
Tras contar el dinero y notar los 200 faltantes simplemente preguntó: -¿Jeremy?
- Sip.- contesté mientras saboreaba mi cerveza.
- Buena elección. Fácil, barato y rápido.
Una vez guardado el dinero y terminada la birra, Cásper me entregó una carpeta con todo lo que necesitaba saber sobre las actividades extracurriculares de la señorita Bonanzini y personas a las que podía dirigirme para conseguir más información.
- Adiós. Un día de estos vuelvo por acá.-dije al tiempo que me llevaba toda la comida de la barra que estuviese a mi alcance.
- Un gusto hacer negocios contigo.
De nuevo en mi querida oficina revisé un poco la información que me había dado Cásper. De pronto vi sobre mi escritorio los papeles que me había dejado Tony y me asaltó una gran duda. Comparé los dos pares de hojas y pude comprobar que eran exactamente iguales, sin duda Cásper era quien había proporcionado la información al señor Bonanzini y el muy hijo-de-su-madre-que-se-llama-Clotilde no me dijo nada.
“Bueno, por lo menos me tomé una cerveza gratis” pensé al mismo tiempo que masajeaba los múltiples moretones y heridas que cubrían mi cuerpo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Holass!! pasaba nuevamente a leer el siguiente capítulo.

está bueno!!! y kedé asi: ¬¬ cuando vi qeu se habia terminado...¬¬ xD

en fin,ahora kiero el 6!! asi q t pones las pilas eh :P ^-^

un besoo!!!
t kierooo!!!

(¯`·.·´¯) (¯`·.·´¯)
*`·.¸(¯`·.·´¯)¸.·´
¤ º° ¤`·.¸.·´ ¤ º° ¤`·.¸.·´` Misty

Anónimo dijo...

tincho
bue aca ando recien terminado de ller el capitulo q bastanbte largoo hicisteee jaja
esta buenoo chee
x ahora es el q mas intriga me deja para saber como siguee jaja
bue nos vemos
abrasosssss