Tras mucho tiempo de inactividad vuelve la novela que supo conmover a las masas y a las masitas. Sé que muchos de sus lectores originales ya perdieron el interés después de tener que esperar tres años para una ráfaga de chistes malos que a lo sumo les brinda distracción por unos 15 minutos, pero no puedo negar que sigue siendo divertido escribirla. Como me pasé toda la noche escribiendo y revisando capítulos viejos para que la historia guarde un mínimo de coherencia espero que la disfruten. Sino, quejensé a su gusto, la respuesta les llegará en 8 o 9 meses como todos mis posts.
Tal vez fue la sospechosa ausencia de muebles, tal vez el hecho de que había un inodoro y una cama en la misma habitación, o tal vez el que una de las paredes tuviese barrotes y que a través de ellas pudiera ver a un guardia afuera junto a un cartel que rezaba: "si puede leer esto, usted está en una celda"; pero algo en mi fina intuición me indicaba que me encontraba en algún tipo de prisión… o en la casa de un anfitrión con un sentido del humor tan perverso como su gusto para decorar.
No sabía cuanto tiempo había pasado desde el oscuro desenlace que siguió a mi encuentro con La Mosca, pero la inmunda peste que emanaba de mi cuerpo me permitió suponer que se trataba de más de unas pocas horas… o unos pocos días. Al parecer mi sistema, demasiado ocupado en sobrevivir a la sorpresiva presencia de 3 kilogramos de cocaína en su interior, no se había molestado en problemas menores como el de devolverme a la conciencia.
Lo primero que noté fue que, contrariamente a lo que sucede en general cuando se despierta en el interior de una celda, mi cuerpo no poseía nuevas heridas y mi recto parecía no haber sido vejado por algún preso de manos grande y alma sensible. De hecho, la mayoría de las mutilaciones que había sufrido durante los últimos capítulos, habían desaparecido sin dejar cicatriz de su presencia, salvando la ausencia del pedazo de oreja que McBride había tenido el placer de hacer volar. Nótese inmediatamente que la sorpresa del descubrimiento estuvo lejos de suscitar mi alegría. La evidencia de que mis captores no solamente no habían contribuido a incrementar el número de muestras en el museo del maltrato en el que se había convertido el conjunto de mis órganos, sino que incluso se habían preocupado por limpiar las obras de otros artistas sólo llevaba a una conclusión posible sobre su identidad: Fuerzas Especiales.
Las Fuerzas Especiales de Tareas de Orden (FETO) eran lo que en una novela policial hecha y derecha, y por ende yanqui, sería el FBI. Pero la utilización de una policía, y por consiguiente un país y una locación geográfica, real en esta historia hubiese traído tantas confusiones de trama y juicios legales que habría mandado por el caño todos los intentos de ambientar el relato en un escenario tan ambiguo y maleable como es la ciudad de la que ya no recuerdo el nombre. En el pasado, más de una vez había debido enfrentarme a sus legiones por temas tan triviales como la falta de detalles en un informe, mis conexiones con el bajo mundo de la city y el secuestro extorsivo. Ahora que ya no pertenecía oficialmente a la fuerza, la cosa sólo podía ponerse peor.
Con la paulatina recuperación de mi memoria, la imagen de los gentiles hombres armados que habían obligado a mi cerebro a perder el 30 por ciento de su capacidad de un saque coincidió con el recuerdo que yo tenía de los uniformados de las Fuerzas. Como si aún faltara evidencia, la prueba final para mi brillante deducción la aportaba el hecho de que una operación en la que el primer objetivo primero había sido arrestar a los presentes en la escena y no organizar una pelea de cuchillos para ver quien se apropiaba de la merca no podía ser producto de una inteligencia local.
Descubierta la identidad de mis captores sólo podía esperar. Afortunadamente previamente a mi última incursión al mundo real había terminado de desaparecer toda la evidencia que me comprometiera con el considerable inventario de crímenes en los que me había involucrado durante los años de bonanza, desde la caza de elefantes por las calles de los suburbios hasta la organización de torneos de batallas de pókemons. Descartados los posibles testigos por exceso de muerte en sus archivos policiales, me creí salvado de toda acusación que pudiera manchar mi buen nombre. La conclusión me tranquilizó lo suficiente como para permitirme un momento de descanso. Encendí mi pipa, que por obra de la necesidad escénica había aparecido en mi mano, y me senté en el duro colchón de una de las camas para comenzar a pensar. La mentira de McBride sobre los hábitos drogones de Margaret que me había conducido al escondrijo de La Mosca no dejaba de rondarme en la cabeza y si algo nos han enseñado los grandes maestros de la deducción es que para despejar la mente no hay nada mejor que intoxicar los pulmones.
No habrían pasado quince minutos desde el comienzo de mi meditación cuando una poderosa voz llamó a mi puerta. Frente a mí, cortado verticalmente por los barrotes, la figura del capitán Estaban D. Ramírez, sub-jefe de las FETO, se me presentaba como una visión mitológica. Mitad policía, mitad hombre, esa criatura de leyenda me observaba con sus ojos azules como queriendo deducir de donde corno había sacado yo la pipa y cómo hacía para fumar sin tabaco ni fuego. El hecho es que yo fumaba.
Ramírez golpeó de nuevo los barrotes con su macana, que es siempre mejor que una travesura, intentando llamar mi atención que en ese momento se concentraba con todas mis fuerzas en cualquier cosa que quitara de mi rango visual a aquel ángel de la desgracia. No porque temiera las consecuencias sino porque creí que tal vez aún no hubiera superado el trauma que le causó aquel desafortunado incidente obra del cual me vi obligado a acostarme con su hija, su esposa, su madre y su perra.
- Robredo…- dijo finalmente el corpulento oficial mientras daba señas al mudo guardia de que le permitiera el acceso a mis aposentos.
Me sorprendí de que me hubiera llamado por mi nuevo nombre y no por el de "Reverendo Hijo de Puta", como habituaba hacer continuamente en el pasado, aunque yo nunca adherí a la fe protestante y mucho menos me ordené. Esa muestra de cariño sólo podía significar que algo más importante que su venganza personal me había llevado ante su presencia. Decidí que en lo inmediato lo aconsejable era no suscitar su ira.
-¡Capitán! Tanto tiempo…- vociferé en tono amigable - ¿Cómo está la familia?
- Tan enferma de sífilis como la dejó la última vez inspector. – respondió con una calma tal que le habría helado la sangre a Disney. - ¿Sabe por qué está aquí?
- Porque un gigante uniformado me voló la conciencia contra una pila de cocaína, enviándome a un viaje místico que lamentablemente concluyó acá.
- Veo que no perdió su humor. Veamos si se ríe cuando acabemos. – continuó el impasible capitán mientras se quitaba los guantes y tomaba la macana por el lado fino.
- ¿Acabar? Me parece un poco rápido pasar a esa fase. Recién nos estamos poniendo al día. Si quiere acabar por qué mejor no trae a su muj… -
El repentino golpe en la boca del estómago me dejó sin aliento, cortando mi respiración y dejando mi fino chiste suspendido en el aire como una mariposa a la que un sable samurái le corta las alas.
- Basta de idioteces, Robredo. – musitó el agresor.- ¿Dónde está Melany Bonanzini?
- En el circo, si Dios es misericordioso.
Un nuevo golpe desencajó mis entrañas. Esta vez del guardia que había ingresado junto al oficial. Me pregunté para qué se habían tomado la molestia de acomodarme si igualmente iban a ejercer sobre mí el curioso deporte de la brutalidad policíaca. Luego supuse que simplemente no querrían haberse lastimado practicando con un cuerpo deformado.
- ¿Dónde está la chica, Robredo? Si dice todo ahora lo desmayaremos antes de seguir. – ofreció con una asquerosa sonrisa de satisfacción.
- Debería haber seguido con la estrategia amable, sabe que estoy en contra de toda forma de violencia. Sobretodo si es contra mí y mis amados riñones.- atiné a decir en medio de una ráfaga de puntapiés que impactaron entre mis piernas. Afortunadamente, después del tercero ya había perdido toda sensibilidad en esa zona.
Tras un par de horas de lo mismo, el único resultado visible era el cansancio de los agentes, quienes resoplaban faltos de aire mientras yo los miraba inocentemente entre los pedazos inflamados de mi rostro. Quince minutos con "El Elegante" McBride habrían sido más que suficientes para que yo confesara haberlo secuestrado incluso a él. En comparación, la paliza de los muchachos era como cuando descubrís que tu vecina tuvo sexo contigo sólo para conocer a tu hermano: en apariencia tenés que fingir que te duele, pero en el fondo no te importa.
- Cambiemos de estrategia capitán.- insinué. – ¿Por qué mejor no me explican por qué creen que yo tengo a la chica?
Corto tanto de recursos como de aire, Ramírez decidió acatar mi plan de juego.
- No sabemos exactamente de qué nació su interés por ella, aunque viendo sus antecedentes y el dinero de la familia nada sería sorprendente. Hace días pidió información en el Bar de Gino sobre la muchacha, la siguió durante un encuentro con un joven y luego se encontró con el capo mafioso "Panino" Gordicelli para acordar su participación y porcentaje de ganancia en el secuestro. En algún momento entre aquel encuentro y su arresto la joven Bonanzini desapareció. Ahora, sea usted un buen detective y deduzca por nosotros quien lo hizo.- concluyó el oficial, soltando una carcajada que no fue secundada por su compañero, quien ya se encontraba desmayado por falta de aire desde el comienzo del relato.
- El mayordomo sin dudas. – respondí triunfante. – Al menos él tendría más motivos que yo para secuestrar a ese error de la naturaleza. Y hablando de errores… ¿Qué rol juega en su perfecto cuadro Aurelio Hárisson?
- ¿Quién? – Preguntó extrañado el capitán.
- Tony. – vociferé, rezando porque mi arbitraria imposición de sobrenombre hubiese trascendido los límites de la realidad textual, alternado el conocimiento de todos los personajes de mi universo literario. – El gordito idiota que estuvo conmigo en todas esas travesías que usted menciona.
- No sea estúpido Robredo, si sabemos lo que hizo también sabemos que lo hizo sólo. Sus fantasiosas mentiras no pueden ayudarlo esta vez – respondió el capitán.
Por un momento realmente temí que los traumas de mi infancia finalmente hubiesen hecho mella en mi conciencia obligándome a ver una alucinación formada por todos mis males sufridos con el cuerpo del Tigretonio. Luego me di cuenta que si yo estaba equivocado, nada podía salir de aquello que fuera bueno para mí, por lo tanto debía ser un complot u obra de duendes invisibles, a los cuales siempre he considerado mis más acérrimos enemigos.
- Yo no invento capitán. No secuestré a ese feto infrahumano ni hice nada que no fuera por orden del mismo Bonanzini, a través de su asistente Tony. Ahora, si vamos a hablar de mentiras fantasiosas empecemos por su perra, y si vamos a hablar de perras empecemos por su mujer que…
Nuevamente mi elocuente discurso fue cortado en seco por un golpe de Ramírez.Ya se disponía a atacar áreas más sensibles de mi cuerpo cuando una voz que me sonó angelical, pero que más bien se parecía a lo que suena cuando un taxista tiene un pollo atorado en la garganta, sonó a sus espaldas y lo paró en seco.
- Quieto Ramírez. El idiota es mío.
lunes, febrero 16, 2009
lunes, junio 23, 2008
La importancia de ser boludo
Pequeño ensayo que escribí para una materia de la facultad y del cual me sentí particularmente orgulloso, lo cual no signifique que esté bueno, solo que no me dieron ganas de borrar todo registro de su existencia después de que lo entregué.
Me encontraba en un café en París, un pequeño rincón de barrio que se esconde bajo un arco y cuya fachada cae sobre la rue Jean Giraudaux. De pronto, mientras hundía mi rostro en la taza de café con leche que el local tuvo la gentileza de prepararme para acceder a mis, para ellos, excéntricos gustos, escuché a mis espaldas: “Y sí boludo”. Ya está. “Porteño clavado” pensé. Más allá del acento, o de ese tonito que tiene poco de canchero y mucho de soberbio que tipifica al bonarense en el exterior, la marca registrada del “boludo” fue la prueba más concluyente, aún más que si el misterioso hablante me hubiera ventilado el pasaporte en la cara.
Tanto en el interior o el exterior del país, dondequiera que se haya oído hablar de la Argentina, o a un argentino, se escuchó la palabra fatídica. Y es que el vocablo se halla tan impregnado en el habla cotidiana, particularmente de los jóvenes, que no escucharlo mencionado al menos dos o tres veces en el transcurso de una oración parece casi un insulto. Ironía suprema si tenemos en cuenta que el sentido original de la palabra, sentido del que aún hoy en día no se halla escindido, es justamente un insulto.
Y es que, como afirma José Edmundo Clemente: “Las palabras tienen un impulso, un sentido, que muchas veces concluye por alterar la significación primaria”[1]. Esta frase parece hecha a la medida para describir el vocablo mencionado, y eso que cuando se escribió originariamente el texto no se usaba aún ni en su sentido original. ¿Cómo es posible, se preguntan muchos, que una palabra pueda ser al mismo tiempo ofensiva y cariñosa? Y es que este segundo sentido es el que se ha ganado el “boludo” a fuerza de pura presencia. Hoy en día el boludo es el amigo, el compañero, la persona con la que se tiene confianza. Uno no gasta un “boludo” con desconocidos. Éstos tienen que ganarse el derecho a ser insultados.
Este amor por la contradicción, tan característico en el porteño como el fútbol, el barrio o mi querido café con leche, es la base de ésta y muchas más ironías que se plantea el lenguaje de estos pares rioplatenses. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el secreto no está en el insulto en sí mismo, sino en la forma y el lugar en que se expresa, y la elección adecuada del término. Es a lo que Borges se refiere al decir: “Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.[2] Un “boludo” soltado en un momento equivocado y con un tono poco propicio puede acarrear graves consecuencias. Aunque el insulto ha perdido énfasis por culpa del desgaste, el orgullo de un porteño sigue siendo tan susceptible como para ser herido aún por esta palabra/estandarte.
El origen del término en sí mismo es muy simple: el insulto, como casi toda creación vulgar argentina, sale de una referencia a los genitales masculinos, aduciendo que su tamaño influiría en su intelecto de una forma que nos resulta tanto incomprensible como irrefutable. Tal es la fuerza del saber popular. Así el “boludo”, originariamente, se convierte en el tonto, el estúpido, el que no entiende, o simplemente el que hace las cosas mal, el esclavo del error. ¿Cómo es que de tal calibre de atributos se pasó a la muletilla cariñosa de la que antes hacíamos mención?
Cabe destacar que con el tiempo el adjetivo se popularizó también para referirse a las mujeres con idéntica intención, sin embargo al mismo tiempo se establece la pregunta de a que atributo femenino se puede hacer referencia al catalogar a una chica de “boluda”. Problema del idioma que fue solventado en pos de la igualdad de sexos y del derecho a ser insultados por igual, podemos suponer.
Una vez más recurrimos a Clemente en búsqueda de una frase que ilumine nuestro razonamiento: “La modificación etimológica que experimenta una palabra a través de su historia es el resultado del contacto vivo con sus hablantes”.[3] Así, el creador del término se constituye en sus mismos usuarios, que a fuerza de repetición, lo envistieron de un nuevo significado que solo puede ser interpretado en la sociedad donde se forjó.
Haciendo uso de la ya establecida polisemia de la palabra, se podría argumentar, después de escuchar hablar por cinco minutos a cualquier espécimen representativo de la población de la ciudad, que en ésta todos los habitantes son “boludos”. Pequeño juego malicioso que sin embargo conlleva una gran verdad: el que no entiende que es “boludo”, claramente no es porteño. Es decir, que si alguien al ser calificado de tal tomara el adjetivo por ofensa, obviamente sería un intruso desconocedor de la simpatía con la que se lo trata al ser referido de esa forma.
Así, el “boludo” es prueba de pertenencia a la capital, sea si se enuncia, sea si se lo recibe. Por lo tanto, solo aquel que pueda ser llamado “boludo” con sinceridad y aprecio, podrá decir de sí mismo que es un verdadero porteño.
Esta posición que hoy ostenta esta palabra, como marca registrada del ser ciudadano y papel de presentación en el exterior, no fe siempre la misma. En el pasado el “che” era un documento mucho más valedero que cualquier papel para identificar un nacido en suelo nacional. Hoy, esa posta se ha pasado, y aunque a muchos no les guste el envase en que se presenta, debido a su significado original, cabe destacar que este también es una expresión de los tiempos que corren, en los cuales este tipo de palabras se ha naturalizado tanto en nuestra habla que quien no las utiliza forzosamente es muchas veces tachado de poseer excesiva sensibilidad, o un dejo de desprecio sobre una forma de expresarse que a la mayoría se le hace natural.
Más allá de la forma, es importante el saber reconocer los propios caracteres que conforman al ser nacional. Se hace necesario dejar de lado el prejuicio hacia una palabra que, como muchas otras que hoy se usan sin pudor alguno, está cerca de olvidarse de su pasado oscuro y se afirme como simple expresión de ser porteño. Y no está lejos, si no es que no ha llegado ya, el día en que se diga sin remanses: si ser porteño es ser “boludo”, entonces “boludo” soy.
[1] Borges, Jorge Luis y Clemente, José Edmundo, El lenguaje de Buenos Aires, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1963, Página 79
[2] Íbidem, Pag. 25
[3] Íbidem, Pag. 82
Me encontraba en un café en París, un pequeño rincón de barrio que se esconde bajo un arco y cuya fachada cae sobre la rue Jean Giraudaux. De pronto, mientras hundía mi rostro en la taza de café con leche que el local tuvo la gentileza de prepararme para acceder a mis, para ellos, excéntricos gustos, escuché a mis espaldas: “Y sí boludo”. Ya está. “Porteño clavado” pensé. Más allá del acento, o de ese tonito que tiene poco de canchero y mucho de soberbio que tipifica al bonarense en el exterior, la marca registrada del “boludo” fue la prueba más concluyente, aún más que si el misterioso hablante me hubiera ventilado el pasaporte en la cara.
Tanto en el interior o el exterior del país, dondequiera que se haya oído hablar de la Argentina, o a un argentino, se escuchó la palabra fatídica. Y es que el vocablo se halla tan impregnado en el habla cotidiana, particularmente de los jóvenes, que no escucharlo mencionado al menos dos o tres veces en el transcurso de una oración parece casi un insulto. Ironía suprema si tenemos en cuenta que el sentido original de la palabra, sentido del que aún hoy en día no se halla escindido, es justamente un insulto.
Y es que, como afirma José Edmundo Clemente: “Las palabras tienen un impulso, un sentido, que muchas veces concluye por alterar la significación primaria”[1]. Esta frase parece hecha a la medida para describir el vocablo mencionado, y eso que cuando se escribió originariamente el texto no se usaba aún ni en su sentido original. ¿Cómo es posible, se preguntan muchos, que una palabra pueda ser al mismo tiempo ofensiva y cariñosa? Y es que este segundo sentido es el que se ha ganado el “boludo” a fuerza de pura presencia. Hoy en día el boludo es el amigo, el compañero, la persona con la que se tiene confianza. Uno no gasta un “boludo” con desconocidos. Éstos tienen que ganarse el derecho a ser insultados.
Este amor por la contradicción, tan característico en el porteño como el fútbol, el barrio o mi querido café con leche, es la base de ésta y muchas más ironías que se plantea el lenguaje de estos pares rioplatenses. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el secreto no está en el insulto en sí mismo, sino en la forma y el lugar en que se expresa, y la elección adecuada del término. Es a lo que Borges se refiere al decir: “Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.[2] Un “boludo” soltado en un momento equivocado y con un tono poco propicio puede acarrear graves consecuencias. Aunque el insulto ha perdido énfasis por culpa del desgaste, el orgullo de un porteño sigue siendo tan susceptible como para ser herido aún por esta palabra/estandarte.
El origen del término en sí mismo es muy simple: el insulto, como casi toda creación vulgar argentina, sale de una referencia a los genitales masculinos, aduciendo que su tamaño influiría en su intelecto de una forma que nos resulta tanto incomprensible como irrefutable. Tal es la fuerza del saber popular. Así el “boludo”, originariamente, se convierte en el tonto, el estúpido, el que no entiende, o simplemente el que hace las cosas mal, el esclavo del error. ¿Cómo es que de tal calibre de atributos se pasó a la muletilla cariñosa de la que antes hacíamos mención?
Cabe destacar que con el tiempo el adjetivo se popularizó también para referirse a las mujeres con idéntica intención, sin embargo al mismo tiempo se establece la pregunta de a que atributo femenino se puede hacer referencia al catalogar a una chica de “boluda”. Problema del idioma que fue solventado en pos de la igualdad de sexos y del derecho a ser insultados por igual, podemos suponer.
Una vez más recurrimos a Clemente en búsqueda de una frase que ilumine nuestro razonamiento: “La modificación etimológica que experimenta una palabra a través de su historia es el resultado del contacto vivo con sus hablantes”.[3] Así, el creador del término se constituye en sus mismos usuarios, que a fuerza de repetición, lo envistieron de un nuevo significado que solo puede ser interpretado en la sociedad donde se forjó.
Haciendo uso de la ya establecida polisemia de la palabra, se podría argumentar, después de escuchar hablar por cinco minutos a cualquier espécimen representativo de la población de la ciudad, que en ésta todos los habitantes son “boludos”. Pequeño juego malicioso que sin embargo conlleva una gran verdad: el que no entiende que es “boludo”, claramente no es porteño. Es decir, que si alguien al ser calificado de tal tomara el adjetivo por ofensa, obviamente sería un intruso desconocedor de la simpatía con la que se lo trata al ser referido de esa forma.
Así, el “boludo” es prueba de pertenencia a la capital, sea si se enuncia, sea si se lo recibe. Por lo tanto, solo aquel que pueda ser llamado “boludo” con sinceridad y aprecio, podrá decir de sí mismo que es un verdadero porteño.
Esta posición que hoy ostenta esta palabra, como marca registrada del ser ciudadano y papel de presentación en el exterior, no fe siempre la misma. En el pasado el “che” era un documento mucho más valedero que cualquier papel para identificar un nacido en suelo nacional. Hoy, esa posta se ha pasado, y aunque a muchos no les guste el envase en que se presenta, debido a su significado original, cabe destacar que este también es una expresión de los tiempos que corren, en los cuales este tipo de palabras se ha naturalizado tanto en nuestra habla que quien no las utiliza forzosamente es muchas veces tachado de poseer excesiva sensibilidad, o un dejo de desprecio sobre una forma de expresarse que a la mayoría se le hace natural.
Más allá de la forma, es importante el saber reconocer los propios caracteres que conforman al ser nacional. Se hace necesario dejar de lado el prejuicio hacia una palabra que, como muchas otras que hoy se usan sin pudor alguno, está cerca de olvidarse de su pasado oscuro y se afirme como simple expresión de ser porteño. Y no está lejos, si no es que no ha llegado ya, el día en que se diga sin remanses: si ser porteño es ser “boludo”, entonces “boludo” soy.
[1] Borges, Jorge Luis y Clemente, José Edmundo, El lenguaje de Buenos Aires, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1963, Página 79
[2] Íbidem, Pag. 25
[3] Íbidem, Pag. 82
viernes, junio 06, 2008
Capítulo 9: El fantasma, la bruja y el Armando
Después de meses de espera, 3 hijos, 4 operaciones de cambio de sexo, 2 trabajos y una cadera artificial que me provocó escozor en el esfínter, he aquí el 9º capítulo de la novela más absurda de este blog. También la más realista, coherente, sudorosa, ciclotímica, alemana, cincelada y cuanto adjetivo se les ocurra. Que disfruten.
Retornados una vez más al bar de Gino, me pregunté si el autor no estaría pensando transformar esta historia en una película de tan bajo presupuesto que requiriera el repetir tantas veces un mismo escenario o si simplemente su capacidad creativa se había agotado en apenas 24 páginas del word; pero mis cavilaciones fueron interrumpidas por los quejidos constantes de Tony, quien no parecía haberse repuesto del todo de nuestro encuentro con McBride.
Casper nos observaba con sus ojos lechosos, tal vez dudando entre si prohibirnos de una vez la entrada o simplemente echar nuestros cuerpos al mar, mientras refregaba incansablemente el mismo vaso de vidrio que ya debía haber perdido 1 o 2 milímetros de espesor. Al mismo tiempo, yo me debatía entre pedirle ayuda o no. El caso ya estaba resuelto, no tenía sentido el seguir excavando un pozo cuando ya se había encontrado el agua... Un agua marrón y claramente contaminada, pero agua al fin. Sin embargo esa curiosidad innata que caracteriza a la raza de los detectives, y que tan a menudo se confunde con su también innata estupidez, todavía no había muerto del todo en mí, obligándome a seguir con la investigación de un caso que de este punto en adelante solo podía traerme problemas.
Cuando finalmente la mano del cuasi-fantasma se detuvo por un instante para recuperarse de los calambres, supe que era el momento de lanzar mi pregunta.
- Casper, ¿qué sabés de una mujer a la que llaman la Mosca?
Inmediatamente el vaso se estrelló contra el piso. Las manos temblorosas del tabernero habían perdido la capacidad de movimiento y su rostro se hallaba completamente deformado por lo que parecía ser un rastro de rubor.
- ¿Cómo supiste de ella?- Alcanzó a decir tras repetidos balbuceos.
- Por “el Elegante” McBride.- dije, mientras Tony estallaba en nuevos sollozos al escuchar el odiado nombre.
De pronto el rostro de Casper perdió todo rastro de rubor, incluso parecía más pálido que nunca.
- ¿McBride?- gritó con un pavor que se podía palpar en el aire. - ¿Cuándo volvieron a soltar a ese demente? Debería estar en África, ¡o en el infierno! ¡O en Disney por el amor de Dios!
- Aparentemente es el sobrino del Panino y se está encargando de su negocio.- dije, coreado por más gemidos de la bola de grasa húmeda en que se había convertido mi compañero.
El tabernero tuvo que sentarse para asimilar la noticia. Aparentemente su cuerpo también había sufrido las artes de Jeff, y la noticia de su regreso era para él peor que el anuncio del inicio de la temporada de caza de albinos. Aún así, no dejó de extrañarme que el hombre con la mayor red de información de la ciudad no hubiese recibido la noticia de la llegada de un sujeto como McBride. O su retorno se trataba de una operación muy reciente y perfectamente encubierta, o Casper se hacía más merecedor del Oscar de lo que jamás habría podido imaginar. De cualquier forma me prometí no bajar la guardia con él de ahí en adelante, promesa que olvidé segundos después, cuando me invitó a una cerveza a cambio de mayores detalles.
Varias cervezas y explicaciones después, Casper parecía aún más preocupado, pero todavía no del todo dispuesto a llevarnos al paradero de la Mosca. Según él, sería inútil entrevistarla pues dudaba que se tomase el riesgo de venderle droga a la hija de un hombre que en esta ciudad era semejante a una botellita descomunal de Raid.
- Y aunque lo haga, ¿por qué debería molestarse en darles información a ustedes?
- No subestimes mis poderosas artes de convencimiento, además para eso es que venís con nosotros
- Eso es otro tema, ¿en qué parte de su retorcido cerebro se le ocurrió que yo iba a estar dispuesto a ayudarlo?
- En la misma parte en que se me ocurrió la ingeniosa idea de contarle a Jeff quien me ayudó a encontrar su escondite.
Una vez más la sombra del pánico recorrió su rostro. Y más rápido de lo que un adolescente tarda en redecorar el baño, todo deseo de oponerse a mi voluntad desapareció de su ser.
Por miedo a ver mi amenaza cumplida, Casper decidió cerrar su bar temporalmente y acompañarnos en ese mismo momento. Algunos clientes no estaban tan dispuestos a ceder su posición, como un viejo que parecía haber adquirido una suerte de simbiosis con el asiento u otro que golpeó a Tony salvajemente un par de minutos antes de que una de las botellas que Casper y yo lanzábamos desde una prudente distancia lograra hacer impacto con su cabeza.
Minutos más tarde, un destartalado Caspermóvil nos conducía por las callejuelas de la ciudad, evitando cuanto patrullero pudiese identificar la ya antiguamente vencida patente y haciendo todo lo posible por descargar a sus ocupantes contra las puertas en cada curva cerrada que le presentase una oportunidad. Increíblemente logramos alcanzar nuestro destino sin una nueva demostración de las artes vomitivas de Tony.
Cuando a uno le dicen que va a visitar el antro de una mujer a la que llaman “la Mosca”, uno espera encontrarse con una tienda estilo voodoo, donde se cultivan las artes negras y se pueden encontrar entrañas y huevos de distintos seres colgando de las paredes como decoración. De la misma forma que espera que la dueña sea una inmensa negra vestida con sus ropas de nigromante africana y hablando en una lengua que parece haber sido inventada para ser pronunciada solo por cobayos drogados. Este prejuicio es perfectamente comprensible en una sociedad ebria de cine hollywoodense o que ha jugado demasiado al Monkey Island, sin embargo los estereotipos de nada sirven en una ciudad donde hasta los niños de jardín llevan una magnum 47 metida en los pantalones.
En virtud de lo dicho, entré a lo que en un primer momento me pareció el interior de una tienda de caramelos, pero que resultó ser también de bizcochos y unas apetitosas tartas de las cuales me serví unas 4 porciones antes de que la dueña del local apareciera tras el mostrador. La enorme bruja voodoo de mis sueños parecía más bien una Heidi con varios años de más pero que todavía se piensa que el abuelo sigue vivo en la casa de la montaña. Su cara, impresionantemente sonriente, estaba dibujada por mares de maquillaje que intentaban darle un todo infantil pero que más bien la convertían en un mellizo de Michael Jackson. Todo a su alrededor parecía adquirir un tono de empalagosidad tal que estaba seguro que si hubiese lamido el piso por el que caminaba habría comprobado que era más dulce que todas las tortas que reposaban en mi estómago. Tras una atenta inspección gustativa comprobé que mi suposición era falsa, pero las migas de brownie que encontré entre la pelusa del suelo me dejaron satisfecho.
- ¡Gaspar! ¿Que haces aquí? – preguntó con su, obviamente, melosa voz imitando pésimamente un dudoso acento madrileño.
- Traigo las 10 plagas de Egipto... ¿Qué te parece que hago?
- Es que habías dicho que ya no querías verme, después de que le vendí aquella pequeña cantidad de heroína al hijo del abogado...
- ¿Pequeña cantidad? ¡El tipo murió de sobredosis! ¡Y antes pagarme! Creeme que no estaría acá si fuera por mí. Pero estos caballeros tienen un par de preguntas para vos y una buena dosis de amenazas para mí.
- ¿Qué haces trayendo a la basura de tu bar a este lugar? ¿Sabes lo que cuesta mantener la fachada? ¿Imagínate si alguien los ve aquí y avisa a la policía?
- ¿Qué te importan los policías si ya te los encamaste a todos? Te digo que necesitan un par de datos, dales lo que quieren y nos olvidamos de que alguna vez estuvimos acá.
- ¿Tan fácil es para tí olvidarte de mí? Maldito perro. ¿Por qué debería ayudarte a tí? ¿Qué has hecho por mí? ¡Nada! Un par de erecciones fallidas y clientes inservibles, eso es todo.
- Hija de... ¡Ahora son inservibles! Pero antes vos... y si te agarro ahora... ¡Vení para acá! – rugió tomándola con fuerza de la cintura, al tiempo que clavaba sus blancuzcos labios en el lago de maquillaje que cubría la cara de La Mosca.
Durante varios minutos observé con disgusto como el arco iris de colores pasaba de un rostro al otro mezclándose con la saliva y algo marrón que chorreaba del techo. Cuando la escena adquirió un tono no apto para menores, ni mayores, ni ningún ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, debí apartar mi vista para devolver todas las tortas ingeridas a su lugar original en las bandejas.
Una vez finalizada la turbia ceremonia, noté que Tony se había desmayado sobre un charco de un elemento demasiado sospechoso como para arriesgarse a acercarse. Mientras yo intentaba devolverlo a sus sentidos picándolo con una vara a una prudente distancia, los desagradables amantes se devolvieron a sus ropas entre silenciosas miradas de deseo.
Consumado el acto y satisfecha, o casi, la informante, nos conduzco a la parte trasera de su pequeña tienda, a la cual llamaba “mi pequeño oasis de felicidad”. La felicidad en cuestión estaba desparramada por toda la habitación en paquetes de unos 2 kilos. Aquella imagen fue suficiente para comprender que el ingrediente secreto de las tortas que poco antes habían hecho el camino de ida y vuelta por mi sistema digestivo tenía poco de amor y mucho de Colombia, y por qué durante la última media hora había escuchado una voz relatando cada acción mía con dudosa redacción y pésima ambientación de escena.
- Pues bien- dijo la falsa gallega - ¿qué puedo hacer por ustedes?
- Darme 10 más de esas tortas y no sacarte la ropa nunca más.- respondí con total sinceridad. Por el momento el caso había pasado a tener tanta importancia como el hecho de que Tony se hubiese desmayado con la nariz hundida en nieve mágica.
- ¿Qué quieres decir con 10 más?
- Como decía, ¿qué me podés decir de una tal Magalí Bonanzini?
- Melany...- masculló Tony desde las profundidades de su inconciente.
- ¿Quién? - inquirió la mujer.
- ¿Gordita? ¿Petisa? ¿De 15 años, pero más parecida a un jugador de rugby galés que a una adolescente excitada?
- Imposible, ninguno de mis clientes tiene más de 12 años.
No pude esconder la sorpresa, porque era muy poco probable que un bicho desfigurado como era la hija de Bonanzini pudiera pasar por menos de 43.
- Es posible que McBride te haya mentido para sacarte de encima.- aportó Casper, quien por fin había logrado devolver su rostro a su color supernatural.
- Si hubiese querido sacarme de encima me hubiese transformado en un tapado de piel.- opiné con incomprensible ironía, aunque la duda ya se había instalado en mí y empezaba a armar el complejo turístico.
- ¿Entonces por qué?
Eso fue lo último que pude escuchar antes de que un fuerte golpe en la espalda me disparara de cara contra la pila de cocaína sobre la que respiraba Tony. De inmediato se escucharon gritos y pasos pero el mareo del golpe y el sorpresivo exceso de estupefacientes en mi cuerpo me impidió comprender claramente que sucedía. Lo último que alcancé a ver fue a un hombre de nieve y un arco iris escabulléndose por una puerta en el suelo. Apenas quise levantarme, una fuerte mano me obligó nuevamente a besar el polvo, aunque no nos conocíamos bien ni habíamos llegado a la tercera cita. Finalmente mi conciencia cedió y me encontré navegando en el peligroso mar de la sobredosis.
Estaba en un bosque, y en el centro del bosque había un águila, y en la pata del águila había una uña, y en la uña de la pata había mugre, pero el hecho es que estaba en un bosque. Frente a mí un hombre sin rostro me mostraba una pastilla roja y una azul, en un claro plagio de una película cuyo creador debía pasar la mayor parte del tiempo en el estado en que yo me encontraba.
- ¿Quién sos?- le pregunté al hombre con ganas de saber por donde respiraba sin fosas nasales.
- Soy el Armando.- respondió él solemnemente.
- ¿Y qué hacés acá?
- Justifico el título del capítulo.- dijo, y sin más desapareció en una nube de humo beige.
Retornados una vez más al bar de Gino, me pregunté si el autor no estaría pensando transformar esta historia en una película de tan bajo presupuesto que requiriera el repetir tantas veces un mismo escenario o si simplemente su capacidad creativa se había agotado en apenas 24 páginas del word; pero mis cavilaciones fueron interrumpidas por los quejidos constantes de Tony, quien no parecía haberse repuesto del todo de nuestro encuentro con McBride.
Casper nos observaba con sus ojos lechosos, tal vez dudando entre si prohibirnos de una vez la entrada o simplemente echar nuestros cuerpos al mar, mientras refregaba incansablemente el mismo vaso de vidrio que ya debía haber perdido 1 o 2 milímetros de espesor. Al mismo tiempo, yo me debatía entre pedirle ayuda o no. El caso ya estaba resuelto, no tenía sentido el seguir excavando un pozo cuando ya se había encontrado el agua... Un agua marrón y claramente contaminada, pero agua al fin. Sin embargo esa curiosidad innata que caracteriza a la raza de los detectives, y que tan a menudo se confunde con su también innata estupidez, todavía no había muerto del todo en mí, obligándome a seguir con la investigación de un caso que de este punto en adelante solo podía traerme problemas.
Cuando finalmente la mano del cuasi-fantasma se detuvo por un instante para recuperarse de los calambres, supe que era el momento de lanzar mi pregunta.
- Casper, ¿qué sabés de una mujer a la que llaman la Mosca?
Inmediatamente el vaso se estrelló contra el piso. Las manos temblorosas del tabernero habían perdido la capacidad de movimiento y su rostro se hallaba completamente deformado por lo que parecía ser un rastro de rubor.
- ¿Cómo supiste de ella?- Alcanzó a decir tras repetidos balbuceos.
- Por “el Elegante” McBride.- dije, mientras Tony estallaba en nuevos sollozos al escuchar el odiado nombre.
De pronto el rostro de Casper perdió todo rastro de rubor, incluso parecía más pálido que nunca.
- ¿McBride?- gritó con un pavor que se podía palpar en el aire. - ¿Cuándo volvieron a soltar a ese demente? Debería estar en África, ¡o en el infierno! ¡O en Disney por el amor de Dios!
- Aparentemente es el sobrino del Panino y se está encargando de su negocio.- dije, coreado por más gemidos de la bola de grasa húmeda en que se había convertido mi compañero.
El tabernero tuvo que sentarse para asimilar la noticia. Aparentemente su cuerpo también había sufrido las artes de Jeff, y la noticia de su regreso era para él peor que el anuncio del inicio de la temporada de caza de albinos. Aún así, no dejó de extrañarme que el hombre con la mayor red de información de la ciudad no hubiese recibido la noticia de la llegada de un sujeto como McBride. O su retorno se trataba de una operación muy reciente y perfectamente encubierta, o Casper se hacía más merecedor del Oscar de lo que jamás habría podido imaginar. De cualquier forma me prometí no bajar la guardia con él de ahí en adelante, promesa que olvidé segundos después, cuando me invitó a una cerveza a cambio de mayores detalles.
Varias cervezas y explicaciones después, Casper parecía aún más preocupado, pero todavía no del todo dispuesto a llevarnos al paradero de la Mosca. Según él, sería inútil entrevistarla pues dudaba que se tomase el riesgo de venderle droga a la hija de un hombre que en esta ciudad era semejante a una botellita descomunal de Raid.
- Y aunque lo haga, ¿por qué debería molestarse en darles información a ustedes?
- No subestimes mis poderosas artes de convencimiento, además para eso es que venís con nosotros
- Eso es otro tema, ¿en qué parte de su retorcido cerebro se le ocurrió que yo iba a estar dispuesto a ayudarlo?
- En la misma parte en que se me ocurrió la ingeniosa idea de contarle a Jeff quien me ayudó a encontrar su escondite.
Una vez más la sombra del pánico recorrió su rostro. Y más rápido de lo que un adolescente tarda en redecorar el baño, todo deseo de oponerse a mi voluntad desapareció de su ser.
Por miedo a ver mi amenaza cumplida, Casper decidió cerrar su bar temporalmente y acompañarnos en ese mismo momento. Algunos clientes no estaban tan dispuestos a ceder su posición, como un viejo que parecía haber adquirido una suerte de simbiosis con el asiento u otro que golpeó a Tony salvajemente un par de minutos antes de que una de las botellas que Casper y yo lanzábamos desde una prudente distancia lograra hacer impacto con su cabeza.
Minutos más tarde, un destartalado Caspermóvil nos conducía por las callejuelas de la ciudad, evitando cuanto patrullero pudiese identificar la ya antiguamente vencida patente y haciendo todo lo posible por descargar a sus ocupantes contra las puertas en cada curva cerrada que le presentase una oportunidad. Increíblemente logramos alcanzar nuestro destino sin una nueva demostración de las artes vomitivas de Tony.
Cuando a uno le dicen que va a visitar el antro de una mujer a la que llaman “la Mosca”, uno espera encontrarse con una tienda estilo voodoo, donde se cultivan las artes negras y se pueden encontrar entrañas y huevos de distintos seres colgando de las paredes como decoración. De la misma forma que espera que la dueña sea una inmensa negra vestida con sus ropas de nigromante africana y hablando en una lengua que parece haber sido inventada para ser pronunciada solo por cobayos drogados. Este prejuicio es perfectamente comprensible en una sociedad ebria de cine hollywoodense o que ha jugado demasiado al Monkey Island, sin embargo los estereotipos de nada sirven en una ciudad donde hasta los niños de jardín llevan una magnum 47 metida en los pantalones.
En virtud de lo dicho, entré a lo que en un primer momento me pareció el interior de una tienda de caramelos, pero que resultó ser también de bizcochos y unas apetitosas tartas de las cuales me serví unas 4 porciones antes de que la dueña del local apareciera tras el mostrador. La enorme bruja voodoo de mis sueños parecía más bien una Heidi con varios años de más pero que todavía se piensa que el abuelo sigue vivo en la casa de la montaña. Su cara, impresionantemente sonriente, estaba dibujada por mares de maquillaje que intentaban darle un todo infantil pero que más bien la convertían en un mellizo de Michael Jackson. Todo a su alrededor parecía adquirir un tono de empalagosidad tal que estaba seguro que si hubiese lamido el piso por el que caminaba habría comprobado que era más dulce que todas las tortas que reposaban en mi estómago. Tras una atenta inspección gustativa comprobé que mi suposición era falsa, pero las migas de brownie que encontré entre la pelusa del suelo me dejaron satisfecho.
- ¡Gaspar! ¿Que haces aquí? – preguntó con su, obviamente, melosa voz imitando pésimamente un dudoso acento madrileño.
- Traigo las 10 plagas de Egipto... ¿Qué te parece que hago?
- Es que habías dicho que ya no querías verme, después de que le vendí aquella pequeña cantidad de heroína al hijo del abogado...
- ¿Pequeña cantidad? ¡El tipo murió de sobredosis! ¡Y antes pagarme! Creeme que no estaría acá si fuera por mí. Pero estos caballeros tienen un par de preguntas para vos y una buena dosis de amenazas para mí.
- ¿Qué haces trayendo a la basura de tu bar a este lugar? ¿Sabes lo que cuesta mantener la fachada? ¿Imagínate si alguien los ve aquí y avisa a la policía?
- ¿Qué te importan los policías si ya te los encamaste a todos? Te digo que necesitan un par de datos, dales lo que quieren y nos olvidamos de que alguna vez estuvimos acá.
- ¿Tan fácil es para tí olvidarte de mí? Maldito perro. ¿Por qué debería ayudarte a tí? ¿Qué has hecho por mí? ¡Nada! Un par de erecciones fallidas y clientes inservibles, eso es todo.
- Hija de... ¡Ahora son inservibles! Pero antes vos... y si te agarro ahora... ¡Vení para acá! – rugió tomándola con fuerza de la cintura, al tiempo que clavaba sus blancuzcos labios en el lago de maquillaje que cubría la cara de La Mosca.
Durante varios minutos observé con disgusto como el arco iris de colores pasaba de un rostro al otro mezclándose con la saliva y algo marrón que chorreaba del techo. Cuando la escena adquirió un tono no apto para menores, ni mayores, ni ningún ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, debí apartar mi vista para devolver todas las tortas ingeridas a su lugar original en las bandejas.
Una vez finalizada la turbia ceremonia, noté que Tony se había desmayado sobre un charco de un elemento demasiado sospechoso como para arriesgarse a acercarse. Mientras yo intentaba devolverlo a sus sentidos picándolo con una vara a una prudente distancia, los desagradables amantes se devolvieron a sus ropas entre silenciosas miradas de deseo.
Consumado el acto y satisfecha, o casi, la informante, nos conduzco a la parte trasera de su pequeña tienda, a la cual llamaba “mi pequeño oasis de felicidad”. La felicidad en cuestión estaba desparramada por toda la habitación en paquetes de unos 2 kilos. Aquella imagen fue suficiente para comprender que el ingrediente secreto de las tortas que poco antes habían hecho el camino de ida y vuelta por mi sistema digestivo tenía poco de amor y mucho de Colombia, y por qué durante la última media hora había escuchado una voz relatando cada acción mía con dudosa redacción y pésima ambientación de escena.
- Pues bien- dijo la falsa gallega - ¿qué puedo hacer por ustedes?
- Darme 10 más de esas tortas y no sacarte la ropa nunca más.- respondí con total sinceridad. Por el momento el caso había pasado a tener tanta importancia como el hecho de que Tony se hubiese desmayado con la nariz hundida en nieve mágica.
- ¿Qué quieres decir con 10 más?
- Como decía, ¿qué me podés decir de una tal Magalí Bonanzini?
- Melany...- masculló Tony desde las profundidades de su inconciente.
- ¿Quién? - inquirió la mujer.
- ¿Gordita? ¿Petisa? ¿De 15 años, pero más parecida a un jugador de rugby galés que a una adolescente excitada?
- Imposible, ninguno de mis clientes tiene más de 12 años.
No pude esconder la sorpresa, porque era muy poco probable que un bicho desfigurado como era la hija de Bonanzini pudiera pasar por menos de 43.
- Es posible que McBride te haya mentido para sacarte de encima.- aportó Casper, quien por fin había logrado devolver su rostro a su color supernatural.
- Si hubiese querido sacarme de encima me hubiese transformado en un tapado de piel.- opiné con incomprensible ironía, aunque la duda ya se había instalado en mí y empezaba a armar el complejo turístico.
- ¿Entonces por qué?
Eso fue lo último que pude escuchar antes de que un fuerte golpe en la espalda me disparara de cara contra la pila de cocaína sobre la que respiraba Tony. De inmediato se escucharon gritos y pasos pero el mareo del golpe y el sorpresivo exceso de estupefacientes en mi cuerpo me impidió comprender claramente que sucedía. Lo último que alcancé a ver fue a un hombre de nieve y un arco iris escabulléndose por una puerta en el suelo. Apenas quise levantarme, una fuerte mano me obligó nuevamente a besar el polvo, aunque no nos conocíamos bien ni habíamos llegado a la tercera cita. Finalmente mi conciencia cedió y me encontré navegando en el peligroso mar de la sobredosis.
Estaba en un bosque, y en el centro del bosque había un águila, y en la pata del águila había una uña, y en la uña de la pata había mugre, pero el hecho es que estaba en un bosque. Frente a mí un hombre sin rostro me mostraba una pastilla roja y una azul, en un claro plagio de una película cuyo creador debía pasar la mayor parte del tiempo en el estado en que yo me encontraba.
- ¿Quién sos?- le pregunté al hombre con ganas de saber por donde respiraba sin fosas nasales.
- Soy el Armando.- respondió él solemnemente.
- ¿Y qué hacés acá?
- Justifico el título del capítulo.- dijo, y sin más desapareció en una nube de humo beige.
miércoles, mayo 21, 2008
Adicción
Contrariamente a lo que uno pueda pensar este texto no trata sobre mis experiencias personales con la droga. No se decepcionen, el dia que me empiece a drogar en serio escribo algo, les prometo.
Por más que buscaba su reflejo no lograba encontrarlo, a cambio el espejo solo le devolvía una versión sucia y malgastada de sí mismo. Las ojeras ahora eternas, los cabellos sucios y revueltos bajándole por una cara marcada por las arrugas. Arrugas que habían surgido muy pronto, marcando un rostro envejecido joven, torturado por el paso de alguna calamidad que hubiese depositado en él 10 años en uno. Una vez más negó su figura. En el fondo de su inconciente, la certeza de que aquella figura patética que le presentaban en el espejo era él mismo, pujaba desde el fondo de su ser por derribar la represión que su mente, y en parte los restos de su amor propio, ejercían fieramente desde hacía más de 4 años.
Lentamente, con movimientos que apenas alteraban la realidad junto a él, fue acercando las manos al agua que desde hacía minutos corría incansable por el aire, disfrutando el instante de libertad antes de regresar a la cárcel de los tubos. Al alejar de sí sus manos, nuevamente evitó notar el desgaste y mugre que reflejaban la autenticidad del reflejo. Poco a poco sintió al líquido entrando en contacto con su piel, reviviéndola apenas de las penurias de la noche, un toque de vida en la sequía de su cuerpo.
Aún no comprendía sus movimientos, actuando solamente por el impulso irrefrenable de la costumbre matinal. Costumbre que había mantenido a pesar de que en realidad ya pasaban de las 5 de la tarde y el Sol, verdad irrefutable, escondíase ya entre los edificios que se elevaban sobre la ciudad. “Welcome to the jungle”, pensó divertido observando aquellos gigantes de acero atacar con sus puntas el culo del cielo. La melodía de esa canción que no conocía resonaba en su cabeza desde sabe Dios que instante de la noche anterior. Siguió sonriendo, aunque no comprendía ya por qué.
La erupción llegó de improviso y lo tomó a traición, descargando todo el jugo intestinal sobre las manos que aún colgaban delante de él bajo la cascada de agua. Algo, en lo que en un primer momento creyó ver una hamburguesa, aterrizó sobre sus pies descalzos e hizo de ellos su morada, al menos hasta que su reacción por fin alcanzó a sus extremidades y alejó la sustancia de sí con una certera patada.
Limpióse, por reflejo, el vómito de sus brazos, sin sentir asco realmente, solo el recuerdo de que en una situación así debería sentirlo. “Ser humano” pensó que era ese recuerdo, aunque ahora se sentía más humano que nunca “solo y mediocre, igual que todo ser en este mundo que dedique más de dos minutos de su vida a mirar a su alrededor y darse cuenta de que no hay nadie”. Estos nefastos pensamientos lo atravesaban de cuando en cuando, viajando por sus arrugas prematuras como si se trataras de un tren de original traza y destino indefinido. Un dejo de ira había comenzado a nacer en algún punto lúcido de su mente, expandiéndose con peligrosa velocidad y amenazando con desencadenar un entero despertar.
Se apresuró a mojar las áreas de su cuerpo que más reclamaban el pase del agua y abandonó el baño aún a medio vestir. Los pequeños puntos rojos brillaban en la parte interior de su codo, riendo divertidos por la lluvia pasajera.
De inmediato comenzó a revolver las pilas de ropa y basura que inundaban el cuarto único contiguo al baño, al principio con fingidas tranquilidad y seguridad de que sabía exactamente lo que hacía. Muy pronto la desesperación se hizo evidente, la claridad de la conciencia se hacía cada vez más intensa. Palabras, viejas palabras, terribles palabras de un mundo de recuerdos antes vacíos ahora se llenaban de significado e intentaban arrancarlo de la realidad que por tanto tiempo había mantenido existente. Finalmente encontró la aguja, pero el paquete estaba vacío.
“¿Cómo?” era la palabra que retumbaba en su cabeza “¿Cómo?” ¿Cuándo había terminado? ¿Cómo no se había dado cuenta? Maldijo a Dios y a todo lo que se le pareciera mientras las pilas de inutilidades volaban nuevamente por los aires, inútilmente, el paquete estaba vacío y no podría conseguir otro hasta horas, o tal vez días después. Desesperado tomó el teléfono y marcó el número de confianza. Todo inútil, no habría nada hasta el día siguiente.
Minutos más tarde ya se encontraba lamiendo los restos de polvo que habían quedado adheridos al piso del baño y entraba en el trance somnoliento de la adicción. El placer lo invadió una vez más, cerrando la puerta al rincón conciente que una vez más se hundió entre los vahos de la droga.
Una hermosa mujer lo rodea con su cuerpo desnudo sumergiéndolo en un relajante éxtasis. Sus brazos, sus piernas, su rostro, todo es perfecto y a la vez inmaterial… una fantasía que su mente le impone como escape de la realidad. Ella no lo ama, no lo quiere, no lo necesita, y sin embargo de eso lo convence. Lo atrapa, lo sumerge, lo ahoga, lo mata.
Poco después el placer terminaba, marcado por el regreso del fuerte dolor en su vientre que una vez más lo obligó a vomitar. Hincado sobre sus rodillas mientras soportaba los esfuerzos de su estómago por expulsar lo que quedaba de comida sobre el resto de su cuerpo, pensó en su situación, su vida. El efecto de la droga no se había disipado lo suficiente como para permitir que el reflejo de conciencia resurgiera nuevamente. Sin embargo lograba recordar entre incoherencias algunos rasgos de su existencia previa a que la adicción lo atrapara entre sus fieras garras.
Tal vez si dejaba todo aquello, tal vez si la dejaba, tal vez… pudiese volver a se como antes…
Inmediatamente se descubrió recostado nuevamente contra el piso, rogando por un poco de polvo que lo alejara una vez más de la cordura para sumergirlo en su pasión fatal.
Por más que buscaba su reflejo no lograba encontrarlo, a cambio el espejo solo le devolvía una versión sucia y malgastada de sí mismo. Las ojeras ahora eternas, los cabellos sucios y revueltos bajándole por una cara marcada por las arrugas. Arrugas que habían surgido muy pronto, marcando un rostro envejecido joven, torturado por el paso de alguna calamidad que hubiese depositado en él 10 años en uno. Una vez más negó su figura. En el fondo de su inconciente, la certeza de que aquella figura patética que le presentaban en el espejo era él mismo, pujaba desde el fondo de su ser por derribar la represión que su mente, y en parte los restos de su amor propio, ejercían fieramente desde hacía más de 4 años.
Lentamente, con movimientos que apenas alteraban la realidad junto a él, fue acercando las manos al agua que desde hacía minutos corría incansable por el aire, disfrutando el instante de libertad antes de regresar a la cárcel de los tubos. Al alejar de sí sus manos, nuevamente evitó notar el desgaste y mugre que reflejaban la autenticidad del reflejo. Poco a poco sintió al líquido entrando en contacto con su piel, reviviéndola apenas de las penurias de la noche, un toque de vida en la sequía de su cuerpo.
Aún no comprendía sus movimientos, actuando solamente por el impulso irrefrenable de la costumbre matinal. Costumbre que había mantenido a pesar de que en realidad ya pasaban de las 5 de la tarde y el Sol, verdad irrefutable, escondíase ya entre los edificios que se elevaban sobre la ciudad. “Welcome to the jungle”, pensó divertido observando aquellos gigantes de acero atacar con sus puntas el culo del cielo. La melodía de esa canción que no conocía resonaba en su cabeza desde sabe Dios que instante de la noche anterior. Siguió sonriendo, aunque no comprendía ya por qué.
La erupción llegó de improviso y lo tomó a traición, descargando todo el jugo intestinal sobre las manos que aún colgaban delante de él bajo la cascada de agua. Algo, en lo que en un primer momento creyó ver una hamburguesa, aterrizó sobre sus pies descalzos e hizo de ellos su morada, al menos hasta que su reacción por fin alcanzó a sus extremidades y alejó la sustancia de sí con una certera patada.
Limpióse, por reflejo, el vómito de sus brazos, sin sentir asco realmente, solo el recuerdo de que en una situación así debería sentirlo. “Ser humano” pensó que era ese recuerdo, aunque ahora se sentía más humano que nunca “solo y mediocre, igual que todo ser en este mundo que dedique más de dos minutos de su vida a mirar a su alrededor y darse cuenta de que no hay nadie”. Estos nefastos pensamientos lo atravesaban de cuando en cuando, viajando por sus arrugas prematuras como si se trataras de un tren de original traza y destino indefinido. Un dejo de ira había comenzado a nacer en algún punto lúcido de su mente, expandiéndose con peligrosa velocidad y amenazando con desencadenar un entero despertar.
Se apresuró a mojar las áreas de su cuerpo que más reclamaban el pase del agua y abandonó el baño aún a medio vestir. Los pequeños puntos rojos brillaban en la parte interior de su codo, riendo divertidos por la lluvia pasajera.
De inmediato comenzó a revolver las pilas de ropa y basura que inundaban el cuarto único contiguo al baño, al principio con fingidas tranquilidad y seguridad de que sabía exactamente lo que hacía. Muy pronto la desesperación se hizo evidente, la claridad de la conciencia se hacía cada vez más intensa. Palabras, viejas palabras, terribles palabras de un mundo de recuerdos antes vacíos ahora se llenaban de significado e intentaban arrancarlo de la realidad que por tanto tiempo había mantenido existente. Finalmente encontró la aguja, pero el paquete estaba vacío.
“¿Cómo?” era la palabra que retumbaba en su cabeza “¿Cómo?” ¿Cuándo había terminado? ¿Cómo no se había dado cuenta? Maldijo a Dios y a todo lo que se le pareciera mientras las pilas de inutilidades volaban nuevamente por los aires, inútilmente, el paquete estaba vacío y no podría conseguir otro hasta horas, o tal vez días después. Desesperado tomó el teléfono y marcó el número de confianza. Todo inútil, no habría nada hasta el día siguiente.
Minutos más tarde ya se encontraba lamiendo los restos de polvo que habían quedado adheridos al piso del baño y entraba en el trance somnoliento de la adicción. El placer lo invadió una vez más, cerrando la puerta al rincón conciente que una vez más se hundió entre los vahos de la droga.
Una hermosa mujer lo rodea con su cuerpo desnudo sumergiéndolo en un relajante éxtasis. Sus brazos, sus piernas, su rostro, todo es perfecto y a la vez inmaterial… una fantasía que su mente le impone como escape de la realidad. Ella no lo ama, no lo quiere, no lo necesita, y sin embargo de eso lo convence. Lo atrapa, lo sumerge, lo ahoga, lo mata.
Poco después el placer terminaba, marcado por el regreso del fuerte dolor en su vientre que una vez más lo obligó a vomitar. Hincado sobre sus rodillas mientras soportaba los esfuerzos de su estómago por expulsar lo que quedaba de comida sobre el resto de su cuerpo, pensó en su situación, su vida. El efecto de la droga no se había disipado lo suficiente como para permitir que el reflejo de conciencia resurgiera nuevamente. Sin embargo lograba recordar entre incoherencias algunos rasgos de su existencia previa a que la adicción lo atrapara entre sus fieras garras.
Tal vez si dejaba todo aquello, tal vez si la dejaba, tal vez… pudiese volver a se como antes…
Inmediatamente se descubrió recostado nuevamente contra el piso, rogando por un poco de polvo que lo alejara una vez más de la cordura para sumergirlo en su pasión fatal.
martes, diciembre 04, 2007
Casi Perfecto
Un poco de semi poesía depresiva para alegrar un poco el día. La verdad que no sé de donde me salió esto, ni siquiera sé si está bueno o es cualquier cosa. Igual espero que les guste, a ver si alguno se siente identificado, yo por lo pronto no. Saludos
El cielo se cubre de blanco. Las nubes se funden en una, se abrazan con su miles de brazos buscando una sola forma que cubra el cielo entero. Parece nieve caída en un mundo opuesto al nuestro, y pienso que tal vez seamos nosotros los que estamos al revés, viviendo en nubes que se unen y se deshacen, en un caos infinito de formas y tonos de blanco y negro que jamás tiene fin.
Y aquí estamos de nuevo, juntos, mirando el cielo que se mueve debajo de nosotros, con sus nubes danzantes, con su fondo azul y perfecto, el mismo azul perfecto que me mira cada vez que miro en tus ojos. Tus terribles ojos. Quisieran que fueran como aquel otro cielo, el de aquella tarde, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. Como tú. Como quisiera que fueras tú.
Tu beso me despierta de mis ensueños y vuelvo a tu lado. Ahí están tus ojos, clavados en mí como agujas, con esa mirada infernal que no puedo dejar de odiar. Y sin embargo la miro, te miro, sintiendo aún el calor encendido por tus labios en la comisura de los míos. Tan cerca, pienso, y a la vez tan lejos, triste ironía que no cansa de repetirse. Y suspiro, pobre iluso, como siempre por un momento creí que esta vez no sería igual.
Tomando coraje giro a mi cuerpo hacia ti. Ahí está esa maraña de cabellos que el viento revuelve, como queriendo castigar tu belleza y solo haciéndola más evidente. Detrás de tu pelo descubro ese rostro que el viento intentaba ocultar. La nariz altiva y perfecta, la frente lisa y extensa. Tu sonrisa, falsa. Tus ojos, terribles.
No soporto la idea de que estés tan cerca sin ser mía, y al mismo tiempo esa cercanía es mi pequeño trofeo, pues en ese rincón del mundo perdido, en ese instante en que las nubes se funden en un blanco perfecto eres mía. Simplemente mía. Lo repito tanto que casi parece verdad. Casi...
Dejo escapar la palabra sin pensarlo. Tal vez, inconcientemente busco tu reacción que llega inevitablemente. ¿Casi que? Casi eres mía, pienso, casi me besas, casi estamos juntos. Pero no, nada de eso es realidad. El encanto del momento se rompe en la nada y eso te respondo, nada. Eso soy yo, nada. Me arrepiento de haberme dejado llevar nuevamente. Pongo mi mano en tu rostro para tranquilizarte y otra vez despierto esa sonrisa tan dulce, tan hermosa y tan falsa que hace de tu rostro una pintura perfecta. Casi perfecta.
Me incorporo para irme. Siento en tu cuerpo la sorpresa de la separación, tal vez un poco de alivio. Ya mi presencia no te hace feliz y sé que esta tarde sin tiempo, mirando el cielo nublado, llegará pronto a su fin. Demasiado pronto, pienso, cuando siento que tu mano toma la mía para reclamar una despedida. No quiero, no puedo. Mil excusas que quieren evitar el dolor de tus palabras cruzan mi mente, inútilmente. Finalmente tendré que rendirme a tus deseos y escuchar tus razones, tu lógica, tus mentiras.
El cielo blanco se tiñe de negro, amenazando a la tierra con la furia de sus lágrimas. El cuadro perfecto ahora llora al saber que no estás aquí para contemplarlo. Ahora solo miro como el gran cielo blanco se desarma en un caos de espuma, devorándose a si misma bajo la furia de los vientos. Veo tu figura de espaldas deslizándose lejos, rápida, libre.
Pienso en el cielo de nubes y en ese mundo sobre el nuestro, opuesto, en el que existe un instante al que podemos llamar perfecto. Y me pregunto si en la nieve que cubre aquel lugar, si estuviésemos tirados allí en vez de aquí, observando el césped del parque sobre nosotros, si sin un casi que sofoque las esperanzas de un sí, sería posible que al despertar de mis ensueños tu beso fuera a mis labios. No sería una ilusión llamarte mía, y el tenerte sería el todo que vacíe la nada. Si tal vez estuviésemos allí en vez de aquí, podría ser feliz, aunque fuera solo en el instante en que las nubes se unen en un blanco perfecto.
Ahora ya no veo el cielo reflejado en tus ojos, ya no siento tu cuerpo pegado al mío, ni tu beso que me despierte del ensueño y me devuelva a tu lado. Ya no estás, y el cielo ya no es uno, no es nada. Sin embargo tu sombra sigue allí. Y cuando cierro los ojos, y mi mente me lleva a pensar en ti, lo único que veo nuestro cielo, tu cielo, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. O casi.
El cielo se cubre de blanco. Las nubes se funden en una, se abrazan con su miles de brazos buscando una sola forma que cubra el cielo entero. Parece nieve caída en un mundo opuesto al nuestro, y pienso que tal vez seamos nosotros los que estamos al revés, viviendo en nubes que se unen y se deshacen, en un caos infinito de formas y tonos de blanco y negro que jamás tiene fin.
Y aquí estamos de nuevo, juntos, mirando el cielo que se mueve debajo de nosotros, con sus nubes danzantes, con su fondo azul y perfecto, el mismo azul perfecto que me mira cada vez que miro en tus ojos. Tus terribles ojos. Quisieran que fueran como aquel otro cielo, el de aquella tarde, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. Como tú. Como quisiera que fueras tú.
Tu beso me despierta de mis ensueños y vuelvo a tu lado. Ahí están tus ojos, clavados en mí como agujas, con esa mirada infernal que no puedo dejar de odiar. Y sin embargo la miro, te miro, sintiendo aún el calor encendido por tus labios en la comisura de los míos. Tan cerca, pienso, y a la vez tan lejos, triste ironía que no cansa de repetirse. Y suspiro, pobre iluso, como siempre por un momento creí que esta vez no sería igual.
Tomando coraje giro a mi cuerpo hacia ti. Ahí está esa maraña de cabellos que el viento revuelve, como queriendo castigar tu belleza y solo haciéndola más evidente. Detrás de tu pelo descubro ese rostro que el viento intentaba ocultar. La nariz altiva y perfecta, la frente lisa y extensa. Tu sonrisa, falsa. Tus ojos, terribles.
No soporto la idea de que estés tan cerca sin ser mía, y al mismo tiempo esa cercanía es mi pequeño trofeo, pues en ese rincón del mundo perdido, en ese instante en que las nubes se funden en un blanco perfecto eres mía. Simplemente mía. Lo repito tanto que casi parece verdad. Casi...
Dejo escapar la palabra sin pensarlo. Tal vez, inconcientemente busco tu reacción que llega inevitablemente. ¿Casi que? Casi eres mía, pienso, casi me besas, casi estamos juntos. Pero no, nada de eso es realidad. El encanto del momento se rompe en la nada y eso te respondo, nada. Eso soy yo, nada. Me arrepiento de haberme dejado llevar nuevamente. Pongo mi mano en tu rostro para tranquilizarte y otra vez despierto esa sonrisa tan dulce, tan hermosa y tan falsa que hace de tu rostro una pintura perfecta. Casi perfecta.
Me incorporo para irme. Siento en tu cuerpo la sorpresa de la separación, tal vez un poco de alivio. Ya mi presencia no te hace feliz y sé que esta tarde sin tiempo, mirando el cielo nublado, llegará pronto a su fin. Demasiado pronto, pienso, cuando siento que tu mano toma la mía para reclamar una despedida. No quiero, no puedo. Mil excusas que quieren evitar el dolor de tus palabras cruzan mi mente, inútilmente. Finalmente tendré que rendirme a tus deseos y escuchar tus razones, tu lógica, tus mentiras.
El cielo blanco se tiñe de negro, amenazando a la tierra con la furia de sus lágrimas. El cuadro perfecto ahora llora al saber que no estás aquí para contemplarlo. Ahora solo miro como el gran cielo blanco se desarma en un caos de espuma, devorándose a si misma bajo la furia de los vientos. Veo tu figura de espaldas deslizándose lejos, rápida, libre.
Pienso en el cielo de nubes y en ese mundo sobre el nuestro, opuesto, en el que existe un instante al que podemos llamar perfecto. Y me pregunto si en la nieve que cubre aquel lugar, si estuviésemos tirados allí en vez de aquí, observando el césped del parque sobre nosotros, si sin un casi que sofoque las esperanzas de un sí, sería posible que al despertar de mis ensueños tu beso fuera a mis labios. No sería una ilusión llamarte mía, y el tenerte sería el todo que vacíe la nada. Si tal vez estuviésemos allí en vez de aquí, podría ser feliz, aunque fuera solo en el instante en que las nubes se unen en un blanco perfecto.
Ahora ya no veo el cielo reflejado en tus ojos, ya no siento tu cuerpo pegado al mío, ni tu beso que me despierte del ensueño y me devuelva a tu lado. Ya no estás, y el cielo ya no es uno, no es nada. Sin embargo tu sombra sigue allí. Y cuando cierro los ojos, y mi mente me lleva a pensar en ti, lo único que veo nuestro cielo, tu cielo, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. O casi.
lunes, noviembre 12, 2007
Capítulo 8: "El Elegante"
Sentado con las manos apoyadas sobre su vientre, intentaba aparentar una calma reflexiva que habría sido más creíble en la figura de un babuíno no esterilizado. Sin embargo, segundos después de haber penetrado nosotros en la habitación ya había perdido toda noción de nuestra presencia y embarcose en la tarea de formar un pequeño ejército de bolas de papel con las que luego acribilló certeramente todos los desafortunados ornamentos de la habitación, incluido Tony, al que parecía haber confundido con la media estatua de Buda que se encontraba a sus espaldas. Aprovechando una temporal ausencia de proyectiles, intenté interrogarlo sobre Meredith, pero pronto debí aceptar que toda aquella travesía había sido un intento desesperado e inútil. La mente del Panino se encontraba en una dimensión en la que nada importaban ya las drogas, los territorios, ni aún esa persecución en la que había invertido tanto tiempo y recursos.
Entonces comprendí que no había forma de que aquel hombre cuya cordura parecía haberle alquilado su piso a una familia de enfermedades mentales pudiese estar al frente de aquella organización que tan efectivamente lograba eludir todo intento por encontrar su localización. El Panino, al menos temporalmente, se había visto obligado a pasar la antorcha.
Antes de que pudiese tan siquiera abrir la boca para preguntar quien era aquella mente suprema que había logrado idear un plan que solo otra de idéntica grandeza como la de vuestro humilde servidor sería capaz de defenestrar, la respuesta llegó por sí misma, en la forma de Jeff “el Elegante” McBride.
- Buenas tardes inspector.- dijo su voz de niño a nuestras espaldas, al tiempo que el martilleo de un revólver sonaba lo suficientemente alto como para hacernos desistir de cualquier intento de resistencia que pudiésemos oponer. Medida por demás inútil ya que la sola presencia de aquel hombre había bastado para helar mi sangre, aunque lamentablemente no logró el mismo efecto sobre el sistema urinario de Tony.
No se cuanto tiempo pasó aquel hombre observándonos antes de que lográramos percatarnos de su presencia. Lo cierto es que compartir la habitación con el Elegante por más de 5 minutos era algo que estaba muy lejos de alcanzar el grato placer que produce una pesadilla. El problema con aquel hombre, a diferencia de los miles otros que también habían sentido el calor de mi sangre sobre sus manos, era que se trataba de un artista de la tortura, capaz de doblegar a militares, guerrilleros, criadores de abejas y lesbianas feministas en tan solo un par de horas.
Pero lo peor de aquel ser era que disfrutaba de su trabajo, y nunca faltaba quien afirmase que aquel abrigo color piel del que nunca se desprendía estaba hecho con recuerdos que arrancaba de sus queridas víctimas. Aunque de haber sido cierto también el número de víctimas que se le atribuía habría tenido suficientes recuerdos como para tres colecciones de abrigos, un yate y una isla en la costa del Perú.
- Jeff, tanto tiempo sin verte, pensé que estabas en el África masacrando misioneros, ¿cómo viniste a parar a este lugar?- dije intentando no imaginar que pedazo de mi cuerpo arrancaría esta vez si se encontraba en ánimos de jugar. Afortunadamente esta vez para el peor de los casos contaba con un depósito de carne, lo suficientemente grande como para saciar su sed de sangre, a escasos metros de mí que en aquel momento intentaba disimular el hecho de que estaba creando una nueva formación lagunosa en esa misma oficina.
- Estaba, estaba, pero tuve que volver al recibir un llamado de los colaboradores del Panino pidiendo mi asistencia- dijo manteniendo su sonrisa sarcástica, observándome entre divertido y expectante, como si el encontrarme ahí significase para él una especie de absurdo chiste del destino en favor de su propia diversión. Su explicación, sin embargo, no lograba convencerme. Por más que entre el Elegante y el Panino siempre había habido buenas relaciones el primero no tenía experiencia alguna en el negocio de la droga, y el primero no tenía razones para cederle su posición a un novato, por más respetable que fuera su sádica reputación.
Adivinando mi pensamiento, Jeff se apiadó de mi ignorancia y me reveló un hecho hasta entonces poco conocido en el mundo del crimen.
- Después de todo.- dijo como continuando la frase anterior – mi tío Gordicelli siempre me ha tenido en muy alta consideración.-
Intenté no pensar que clase de abominable ser humano podía ser el que pusiera en relación indirecta a aquellos dos excelentes ejemplos de lo que no debe ser humano, pero la figura de Silvia Suller en su pleno esplendor invadió igualmente mi pobre y virgen cerebro. A pesar de mi sorpresa la explicación era convincente: el Panino jamás confiaría en nadie que no fuera de su propia familia, y el Elegante tenía la suficiente astucia como para mantenerlo con vida a pesar de su lamentable estado.
Otra desagradable sonrisa me arrancó de mis cavilaciones sobre Jeff, el panino, Silvia Suller y los pandas gigantes.
- ¿Y bien Robredo, que puedo hacer por usted hoy? ¿O vino solo para recordar lo que hicimos en el frigorífico hace un par de años?
El solo recuerdo de aquella fatídica noche en la que mis testículos adquirieron más formas que una bola de plastilina, condenándome posiblemente a una dolorosa aunque nada despreciable esterilidad, rindió mis últimas esperanzas de oponerme al profundo terror que el Elegante provocaba en mí. Sabía perfectamente que si no creía mi historia sodomizaría mi cuerpo con placer sin darme tiempo siquiera de comprender que estaba sintiendo dolor. En menos de 5 minutos ya había relatado los hechos con lujo de detalles morbosos e innecesarios halagos hacia su virilidad.
Durante un breve instante temí que no fuera a creerme. A pesar de que sostenía aún su terrible sonrisa, su semblante había cambiado ligeramente y parecía estar meditando. Si alguno de ustedes es aún lo suficientemente inocente como para creer que esto era una buena señal créanme que lo último que uno quiere es darle a un torturador sanguinario es un algo en que pensar mientras tiene un arma en la mano. Finalmente bajó el arma. Su sonrisa había vuelto a ser tan asquerosa como antes pero parecía no tener intenciones malévolas. Seguramente había visto la gran oportunidad que encerraba el prestar un servicio a uno de los hombres más poderosos de la ciudad, oportunidad que momentáneamente parecía ser lo bastante importante como para aplacar su sed de sangre.
- Muy bien detective, digamos que le creo.- dijo midiendo sus palabras para que sonaran lo suficientemente generosas - ¿Cómo me beneficia a mí el darle información?
- Bueno, para empezar tendrías mi gratitud...- Otro chiste genial desperdiciado en un tipo sin sentido del humor. – Pero bueno, supongamos que el señor Bonanzini se enterara de que un cierto grupo distribuidor de drogas pervirtió a su querido intento de hija... yo creo que no podría dejar que esos malhechores siguieran tranquilamente en actividad y arruinando las vidas de otros jóvenes, ¿no te parece?
Una bala pasó silbando a milímetros de mi cabeza, llevándose como recuerdo un considerable pedazo de oreja. Mientras yo me contenía de la tentación de retorcerme de dolor observé como la mano temblorosa de Jeff se iba calmando lentamente. El hecho de que se tratase de alguien tan conocido había resultado levemente beneficioso por una vez, casi como encontrarse con el director de tu escuela en un bar nudista. A pesar del pavor que el Elegante inspiraba en mí yo sabía perfectamente que una falta de respeto lo desestabilizaría, y un pedazo de oreja menos bien valía la pena si lograba desestabilizar a mi oponente. Segundos después del disparo una decena de hombres entraban apuntando a la habitación pero su jefe les indicó que se retiraran. El Panino mientras tanto seguía sin inmutarse, ocupado como estaba en dar un discurso a los retratos de la pared de su derecha.
- No creo que esté en posición de faltarme el respeto con ese tipo de amenazas Robredo.- rugió el Elegante apretando los dientes.
- No quise faltarte el respeto Jeff, solo te aclaraba como está la situación, y el hecho de que mi cabeza siga sin huecos de bala demuestra que entendiste mi punto después de todo.
- Tu cabeza sigue sin huecos porque disparé sin mirar.- admitió recuperando su semblante tranquilo, aunque aún apretaba los dientes.
- Entonces tendré que agradecer a mi buena suerte.- dije riendo mientras intentaba no perder el conocimiento. – Igualmente comprenderás que si decidís ayudarnos el señor Bonanzini también sabría encontrar la forma de recompensarte. Él sabe que un caballero como vos no sería capaz de lastimar a una inocente joven...
Su sonrisa enigmática volvió a adornar su rostro, noté también una extraña mueca en su expresión. Como si reprimiera una burla que rogaba por escapar de su boca. De cualquier forma la mueca si disipó apenas volvió a hablar.
- Si lo hubiese planteado de esa forma desde un principio aún tendría su oreja entera. Ahora bien, acepto ayudarlo pero recuerde que me debe un favor y que se lo cobraré cuando mejor me venga.
- Tony estará muy feliz de pagártelo.- contesté aprovechando que mi compañero estaba tendido sin sentido desde el momento del disparo. – Ahora decime lo que sepas.
- La chica anda en las drogas desde hace poco, usó nuestros distribuidores hasta que nos dimos cuenta de quien era y obviamente dejamos de suministrarle el producto. Sin embargo de alguna forma sigue obteniéndolo. Si el hombre que vieron con ella no es su dealer actual creo que su mejor opción es probar con la Mosca. Se trata de una mujer que trabaja de forma independiente con jóvenes de la alta sociedad. Vende un producto de alta calidad a precios elevados y solo trabaja con clientes que nosotros y los dueños de los demás territorios rechazamos. La chica es una presa perfecta.
- ¿Y pensás que esta mujer estará dispuesta a darnos más información?
- Seguramente, si pueden pagarla por supuesto. Le convendría llevar a Cásper, aparentemente anda en muy buenos términos con ella.
La sola idea del cuerpo fantasmal de Cásper penetrando a una mujer me provocó arcadas, sin embargo la situación parecía ir tomando color, aunque la pista seguía tan frágil como antes.
- Supongo que tendré que volver al bar de Gino entonces. Muchas gracias por la colaboración Jeff, sabía que podías ser un hombre gentil cuando no hay una sierra en tus manos.
- Puedo ser un hombre razonable. Ahora, le recomiendo que se apresure a salir por la ventana, mi mano está rogándome desde hace más de una hora que le permita apretar el gatillo y ya no siento ningún deseo de resistirme.
Apenas tuve tiempo de tomar a Tony por la cintura y saltar rompiendo las tablas que tapiaban la ventana antes de que 5 disparos se perdieran sobre mi cabeza buscando provocar nuevos orificios en mi maltratado cuerpo. Mientras caía pude darle una última mirada al Panino, quien ahora se encontraba callado contemplando el techo de la habitación, casi parecía estar pensando. Tan atrapado quedé por esa imagen que no me di cuenta que estaba cayendo desde un segundo piso. Afortunadamente un vagabundo logró amortizar nuestra caída, aunque sacar su cabeza de entre las nalgas de Tony luego costó más esfuerzo del que uno pudiera suponer.
Entonces comprendí que no había forma de que aquel hombre cuya cordura parecía haberle alquilado su piso a una familia de enfermedades mentales pudiese estar al frente de aquella organización que tan efectivamente lograba eludir todo intento por encontrar su localización. El Panino, al menos temporalmente, se había visto obligado a pasar la antorcha.
Antes de que pudiese tan siquiera abrir la boca para preguntar quien era aquella mente suprema que había logrado idear un plan que solo otra de idéntica grandeza como la de vuestro humilde servidor sería capaz de defenestrar, la respuesta llegó por sí misma, en la forma de Jeff “el Elegante” McBride.
- Buenas tardes inspector.- dijo su voz de niño a nuestras espaldas, al tiempo que el martilleo de un revólver sonaba lo suficientemente alto como para hacernos desistir de cualquier intento de resistencia que pudiésemos oponer. Medida por demás inútil ya que la sola presencia de aquel hombre había bastado para helar mi sangre, aunque lamentablemente no logró el mismo efecto sobre el sistema urinario de Tony.
No se cuanto tiempo pasó aquel hombre observándonos antes de que lográramos percatarnos de su presencia. Lo cierto es que compartir la habitación con el Elegante por más de 5 minutos era algo que estaba muy lejos de alcanzar el grato placer que produce una pesadilla. El problema con aquel hombre, a diferencia de los miles otros que también habían sentido el calor de mi sangre sobre sus manos, era que se trataba de un artista de la tortura, capaz de doblegar a militares, guerrilleros, criadores de abejas y lesbianas feministas en tan solo un par de horas.
Pero lo peor de aquel ser era que disfrutaba de su trabajo, y nunca faltaba quien afirmase que aquel abrigo color piel del que nunca se desprendía estaba hecho con recuerdos que arrancaba de sus queridas víctimas. Aunque de haber sido cierto también el número de víctimas que se le atribuía habría tenido suficientes recuerdos como para tres colecciones de abrigos, un yate y una isla en la costa del Perú.
- Jeff, tanto tiempo sin verte, pensé que estabas en el África masacrando misioneros, ¿cómo viniste a parar a este lugar?- dije intentando no imaginar que pedazo de mi cuerpo arrancaría esta vez si se encontraba en ánimos de jugar. Afortunadamente esta vez para el peor de los casos contaba con un depósito de carne, lo suficientemente grande como para saciar su sed de sangre, a escasos metros de mí que en aquel momento intentaba disimular el hecho de que estaba creando una nueva formación lagunosa en esa misma oficina.
- Estaba, estaba, pero tuve que volver al recibir un llamado de los colaboradores del Panino pidiendo mi asistencia- dijo manteniendo su sonrisa sarcástica, observándome entre divertido y expectante, como si el encontrarme ahí significase para él una especie de absurdo chiste del destino en favor de su propia diversión. Su explicación, sin embargo, no lograba convencerme. Por más que entre el Elegante y el Panino siempre había habido buenas relaciones el primero no tenía experiencia alguna en el negocio de la droga, y el primero no tenía razones para cederle su posición a un novato, por más respetable que fuera su sádica reputación.
Adivinando mi pensamiento, Jeff se apiadó de mi ignorancia y me reveló un hecho hasta entonces poco conocido en el mundo del crimen.
- Después de todo.- dijo como continuando la frase anterior – mi tío Gordicelli siempre me ha tenido en muy alta consideración.-
Intenté no pensar que clase de abominable ser humano podía ser el que pusiera en relación indirecta a aquellos dos excelentes ejemplos de lo que no debe ser humano, pero la figura de Silvia Suller en su pleno esplendor invadió igualmente mi pobre y virgen cerebro. A pesar de mi sorpresa la explicación era convincente: el Panino jamás confiaría en nadie que no fuera de su propia familia, y el Elegante tenía la suficiente astucia como para mantenerlo con vida a pesar de su lamentable estado.
Otra desagradable sonrisa me arrancó de mis cavilaciones sobre Jeff, el panino, Silvia Suller y los pandas gigantes.
- ¿Y bien Robredo, que puedo hacer por usted hoy? ¿O vino solo para recordar lo que hicimos en el frigorífico hace un par de años?
El solo recuerdo de aquella fatídica noche en la que mis testículos adquirieron más formas que una bola de plastilina, condenándome posiblemente a una dolorosa aunque nada despreciable esterilidad, rindió mis últimas esperanzas de oponerme al profundo terror que el Elegante provocaba en mí. Sabía perfectamente que si no creía mi historia sodomizaría mi cuerpo con placer sin darme tiempo siquiera de comprender que estaba sintiendo dolor. En menos de 5 minutos ya había relatado los hechos con lujo de detalles morbosos e innecesarios halagos hacia su virilidad.
Durante un breve instante temí que no fuera a creerme. A pesar de que sostenía aún su terrible sonrisa, su semblante había cambiado ligeramente y parecía estar meditando. Si alguno de ustedes es aún lo suficientemente inocente como para creer que esto era una buena señal créanme que lo último que uno quiere es darle a un torturador sanguinario es un algo en que pensar mientras tiene un arma en la mano. Finalmente bajó el arma. Su sonrisa había vuelto a ser tan asquerosa como antes pero parecía no tener intenciones malévolas. Seguramente había visto la gran oportunidad que encerraba el prestar un servicio a uno de los hombres más poderosos de la ciudad, oportunidad que momentáneamente parecía ser lo bastante importante como para aplacar su sed de sangre.
- Muy bien detective, digamos que le creo.- dijo midiendo sus palabras para que sonaran lo suficientemente generosas - ¿Cómo me beneficia a mí el darle información?
- Bueno, para empezar tendrías mi gratitud...- Otro chiste genial desperdiciado en un tipo sin sentido del humor. – Pero bueno, supongamos que el señor Bonanzini se enterara de que un cierto grupo distribuidor de drogas pervirtió a su querido intento de hija... yo creo que no podría dejar que esos malhechores siguieran tranquilamente en actividad y arruinando las vidas de otros jóvenes, ¿no te parece?
Una bala pasó silbando a milímetros de mi cabeza, llevándose como recuerdo un considerable pedazo de oreja. Mientras yo me contenía de la tentación de retorcerme de dolor observé como la mano temblorosa de Jeff se iba calmando lentamente. El hecho de que se tratase de alguien tan conocido había resultado levemente beneficioso por una vez, casi como encontrarse con el director de tu escuela en un bar nudista. A pesar del pavor que el Elegante inspiraba en mí yo sabía perfectamente que una falta de respeto lo desestabilizaría, y un pedazo de oreja menos bien valía la pena si lograba desestabilizar a mi oponente. Segundos después del disparo una decena de hombres entraban apuntando a la habitación pero su jefe les indicó que se retiraran. El Panino mientras tanto seguía sin inmutarse, ocupado como estaba en dar un discurso a los retratos de la pared de su derecha.
- No creo que esté en posición de faltarme el respeto con ese tipo de amenazas Robredo.- rugió el Elegante apretando los dientes.
- No quise faltarte el respeto Jeff, solo te aclaraba como está la situación, y el hecho de que mi cabeza siga sin huecos de bala demuestra que entendiste mi punto después de todo.
- Tu cabeza sigue sin huecos porque disparé sin mirar.- admitió recuperando su semblante tranquilo, aunque aún apretaba los dientes.
- Entonces tendré que agradecer a mi buena suerte.- dije riendo mientras intentaba no perder el conocimiento. – Igualmente comprenderás que si decidís ayudarnos el señor Bonanzini también sabría encontrar la forma de recompensarte. Él sabe que un caballero como vos no sería capaz de lastimar a una inocente joven...
Su sonrisa enigmática volvió a adornar su rostro, noté también una extraña mueca en su expresión. Como si reprimiera una burla que rogaba por escapar de su boca. De cualquier forma la mueca si disipó apenas volvió a hablar.
- Si lo hubiese planteado de esa forma desde un principio aún tendría su oreja entera. Ahora bien, acepto ayudarlo pero recuerde que me debe un favor y que se lo cobraré cuando mejor me venga.
- Tony estará muy feliz de pagártelo.- contesté aprovechando que mi compañero estaba tendido sin sentido desde el momento del disparo. – Ahora decime lo que sepas.
- La chica anda en las drogas desde hace poco, usó nuestros distribuidores hasta que nos dimos cuenta de quien era y obviamente dejamos de suministrarle el producto. Sin embargo de alguna forma sigue obteniéndolo. Si el hombre que vieron con ella no es su dealer actual creo que su mejor opción es probar con la Mosca. Se trata de una mujer que trabaja de forma independiente con jóvenes de la alta sociedad. Vende un producto de alta calidad a precios elevados y solo trabaja con clientes que nosotros y los dueños de los demás territorios rechazamos. La chica es una presa perfecta.
- ¿Y pensás que esta mujer estará dispuesta a darnos más información?
- Seguramente, si pueden pagarla por supuesto. Le convendría llevar a Cásper, aparentemente anda en muy buenos términos con ella.
La sola idea del cuerpo fantasmal de Cásper penetrando a una mujer me provocó arcadas, sin embargo la situación parecía ir tomando color, aunque la pista seguía tan frágil como antes.
- Supongo que tendré que volver al bar de Gino entonces. Muchas gracias por la colaboración Jeff, sabía que podías ser un hombre gentil cuando no hay una sierra en tus manos.
- Puedo ser un hombre razonable. Ahora, le recomiendo que se apresure a salir por la ventana, mi mano está rogándome desde hace más de una hora que le permita apretar el gatillo y ya no siento ningún deseo de resistirme.
Apenas tuve tiempo de tomar a Tony por la cintura y saltar rompiendo las tablas que tapiaban la ventana antes de que 5 disparos se perdieran sobre mi cabeza buscando provocar nuevos orificios en mi maltratado cuerpo. Mientras caía pude darle una última mirada al Panino, quien ahora se encontraba callado contemplando el techo de la habitación, casi parecía estar pensando. Tan atrapado quedé por esa imagen que no me di cuenta que estaba cayendo desde un segundo piso. Afortunadamente un vagabundo logró amortizar nuestra caída, aunque sacar su cabeza de entre las nalgas de Tony luego costó más esfuerzo del que uno pudiera suponer.
Capítulo 7: Máxima intimidad
Tras haber rematado el capítulo anterior con un chiste pésimo y sin sentido, decidí, junto a mi fiel ejército de alucinaciones, que para poder dilucidar de una vez mi primer caso (que aparentemente iba también a convertirse en el más largo y trabajoso de mi brillante carrera) debía atenerme al único hecho sobre el que no parecían tener dudas ni los topos ciegos del zoológico del centro: la relación de Morgany con las drogas. Afortunadamente mis largos y corruptos años en la policía me habían puesto en contacto con más de un vendedor de polvo mágico de nieve, por lo que no tardé en dar con la dirección temporal del famoso Gordicelli, el enanísimo capo distribuidor de toda la pasta y harina del sur de la ciudad. El “Panino”, como todos lo llamaban tanto por su afición a los sandwiches de mortadela y limón como por su obsesión con los álbumes de figuritas de los personajes de Disney (se dice que una vez asesinó a sangre fría a un niño de 8 años por un “bambi en cuatro” en perfectas condiciones, resultando después que ya tenía unas 15... la mortadela puede tener terribles efectos en la memoria... en fin), el Panino y yo jamás nos habíamos llevado bien. Fuera que yo le pasara información sobre sus clientes a sus rivales o porque él me enviara al hospital por un mes sin siquiera enviarme un ramo de flores, jamás habíamos podido confraternizar, sin embargo su memoria funcionaba cada vez peor por lo que verlo nuevamente después de tanto tiempo sería como un primer encuentro.
La nueva casa de Gordicelli parecía erigirse invisible sobre un terreno baldío. Me tomó minutos deducir que la casa que hasta poco antes había albergado al pequeño capo mafioso ya no existía. Sin pistas y con un hambre de la san bondiola, dejé que el gordo Tony me invitara a comer una vez más. A todo esto el recipiente de estupidez y grasa que se hacía llamar mi empleador estaba de lo más contento con el supuesto misterio que ahora, vaya uno a saber como, rodeaba al asunto y no dejaba de fantasear sobre doncellas raptadas y mafiosos malvados, mientras un chorro de mayonesa resbalaba por sus cachetes abultados por años de crímenes contra la salud. Por como hablaba y comía, parecía que en cualquier momento iba a tener un orgasmo oral. Por suerte pude escapar al baño antes de verlo suceder. A mi regreso me horroricé con la visión de un par de personas sentadas cerca nuestro vomitando incontrolablemente. Otros simplemente habían optado por el suicidio antes que correr el riesgo de ver algo así suceder nuevamente. Tony parecía estar absolutamente orgulloso de sí mismo por lo que no solo pagó sin protestar sino que además me regaló un muñequito de Darth Vader en bikini que vendían en el almacén frente al restaurante.
Estando necesitado de información sobre el paradero del Panino, caminé con Tony hasta el estacionamiento de escoria social de Cásper. A pesar de la tierna broma que se había jugado a costa de mis órganos días antes, ya no sentía ningún deseo de agarrar su cabeza y meterla abajo de un martillo neumático, atraer a todas las ratas de la ciudad sobre su cuerpo mientras que el payaso triste de los sims le invade la despensa, y echar sus restos a los indigentes famélicos del parque Medaunpesojefe... no, absolutamente ninguno.
Viéndome ya recompuesto y acompañado por un chanchito alcancía viviente, puso su mejor cara de hombre honesto y bueno, comparable a la de Chuky Dennerty en “un hombre honesto y bueno 2, la venganza del subíndice violador”, película muy interesante que logré ver en la tele de un vecino gracias a un par de binoculares que le robé a un ciego. Igualmente él no los iba a necesitar.
- ¡Inspector!- dijo Cásper jovialmente mientras tanteaba abajo del mostrador en busca de su escopeta, en caso de que mis intenciones fuesen poco diplomáticas. -¿Le sirvió la información que le di?- agregó con la inocencia de un niño... un niño homicida neonazi miembro del Ku-Klux-Klan.
- No tengas miedo, por más que seas un traidor hijo de un contingente de containers cargados de mierda no te voy a hacer nada, es más, te traje un nuevo negocio.- respondí utilizando mi actitud de falso duro que tan poco me ayudaba en estas situaciones.
Los ojos de Cásper brillaron ante la posibilidad de exprimir todo dólar que mi acompañante estuviese cargando consigo. De inmediato desistió de su intención de transformar mi encéfalo en queso gruyère y escuchó nuestro pedido.
Después de que hube relatado nuestras peripecias matutinas, agregando detalles insignificantes como la marca de goma de mascar que masticaba un perro cimarrón mientras se volteaba un poste de luz y exagerando de modo obsceno la forma en que yo había rescatado a esas calientes modelos rusas de las garras de un asaltante, le comentamos nuestro desacierto al dar con el paradero del enano Panino.
- Lo que más me sorprende es que tus contactos te hayan dado direcciones tan acertadas, ese lugar fue la casa del Panino durante solamente una semana y estuvo ahí hasta hace dos días. Aparentemente se metió con alguien de categoría muy superior y tiene que volar constantemente de un lugar a otro para evitar ser capturado.- afirmó dándose aires de gran entendido.
- Y por supuesto el gran y omnisciente dueño del bar de Gino puede decirnos donde se está quedando actualmente.- repliqué yo con sarcasmo suficiente para asesinar una ballena de Groenlandia.
- En realidad tengo una dirección, pero es muy posible que ya haya pasado a otro lugar. Con la estrategia que el enano mantiene se asegura de sembrar la duda sobre toda información que hable de su paradero. Solo sus colaboradores más cercanos son informados de los futuros traslados. Pero parece que hoy es tu día de suerte viejo amigo, porque puede que haya otra solución a sus problemas.
- Dispara.- durante una fracción de segundo temí que su pésimo sentido del humor lo llevara al asesinato, pero por suerte la escopeta no se movió de su lugar.
- En la mesa detrás de ustedes, y ya casi medio ebrio, está uno de esos fieles asistentes.- su dedo lechoso señaló a nuestras espaldas a un hombre grueso de estatura media al que pude reconocer como Cris “Tina” Burrow, el cobrador de Panino. Recordé penosamente las numerosas veces en que sus manos habían tenido más de mi sangre sobre ellas que la que había en todo mi cuerpo. Aún en ese estado el escuchar su sobrenombre no dejaba de arrancarme fugaces sonrisas entre golpe y golpe.
- Te veo después, acá o en el infierno.- dije a Cásper a modo de despedida, bien sabiendo que si moría e iba al infierno no habría forma de que lo encontrara entre tanta gente.
Con mi fiel Tony cuidando mis espaldas me senté en la mesa junto a Tina y puse en su mano una copa de cerveza, recientemente servida y mezclada con orina de mi cosecha personal.
- ¡Tina! Tanto tiempo sin verte. ¿Como te ha ido?- anuncié mientras me sentaba en el asiento opuesto al suyo. Su respuesta fue una mirada asesina que puedo helar mi sangre, si no hubiese estado tan caliente por el vodka que acababa de ingerir, la hazaña que me proponía realizar necesitaba de toda mi astucia y de la mitad de mi consciencia.
- ¿Cómo? ¿Desaparezco un par de años y ya se olvidan todos de quién soy? Vamos, mi cara fue la que te dejó esa cicatriz en el nudillo cuando me dejaste medio desangrado en este mismo bar... buenos tiempos...
La expresión de Tina cambió levemente como si intentara concentrar sus pocas neuronas disponibles en recordar mi rostro. Finalmente esbozó una leve sonrisa y asintió, justo antes de desplomarse nuevamente sobre la mesa tras depositar grandes cantidades de vómito en su bebida. Minutos después ya se había incorporado nuevamente y bebía de su cerveza a grandes sorbos, ante el gesto de profundo desagrado de Tony, Cásper y todos los presentes que habían observado mi obra.
La atmósfera se iba tornando cada vez más amigable. Tina y yo recordábamos viejos tiempos, viejos compañeros, gente que había muerto de causas poco probablemente naturales, hacía ya mucho tiempo. Mientras tanto Tony seguía pagando un trago tras otro para nuestro amigo, al cual cada vez se le aflojaba más la lengua y cada vez tenía menos posibilidades de regresar vivo a su casa. Así nos fuimos enterando de que el Panino de hecho se había metido en un problema mucho más grande de lo que estaba acostumbrado a manejar, algo que sin duda se relacionaba con algunos de los peces más gordos de la ciudad. Sin embargo, nadie sabía que clase de amenaza había recibido, ni quién la había formulado, para atemorizarlo al punto de querer borrar sus huellas a toda costa.
Ya iba oscureciendo. Las calles se convertían rápidamente en depósitos de los seres más bajos y repugnantes de la sociedad como prostitutas, drogadictos y las ancianas que contratan para hacer los avisos en teve-compras testeando un producto que ni siquiera pueden pronunciar. Justamente fue uno de estos parásitos el que se nos acercó a mí y a Tony, mientras cargábamos al semiconsciente gangster hasta su hogar provisional, para que le explicáramos el funcionamiento del tertergoister, una herramienta para el hogar con el poder de sacar a cualquier mayor de 90 años de su senilidad. Deshacerse de ella fue fácil en cuanto le demostramos con pruebas irrefutables que en sus manos solo había un pájaro muerto a medio digerir.
El plan, aunque nos había costado varias decenas de cervezas más de lo supuesto, había funcionado perfectamente. Una vez más me enorgullecí de mi habilidad por robar grandes ideas de películas que solo yo, y un par de adolescentes granulientos de Taiwan a los que jamás conoceré, hemos visto. Sin embargo en la susodicha película jamás mostraban al héroe teniendo que soportar la serenata del poroto que nos dedicó Tina. Si no hubiese tenido las manos ocupadas en cargarlo y en rascarme el boliche, no habría dudado en rellenar mi cuerpo con el contenido de su pistola... y la mierda que mal sonó esa frase.
Finalmente llegamos ante las puertas de lo que aparentaba ser un burdel de pésima categoría, pero una vez dentro descubrimos que se trataba de un prostíbulo de cuarta. Al tener a Tina como nuestro mugriento y ebrio pasaporte no tuvimos problemas para dejar atrás la aduana de la puerta, consistente en un ex luchador mexicano (aparentemente el ser nicaragüense le daba más confianza al pelear) y el enano de circo más grande del mundo. Como nuestro vomitado amigo gangster comenzaba a ser una carga inútil, además de maloliente, decidimos abandonarlo cerca de lo que alguna vez quiso ser un retrete, pero no aprobó el curso de manejo y tuvo que conformarse con ser un hueco en el piso. Por suerte antes de hundir su cabeza entre las heces de algún flatulento ser humano, alcanzó a indicarnos donde se encontraba la oficina del Panino.
En realidad una habitación con solamente un escritorio y una cama en la que aún había una pareja practicando el fino arte del masoquismo, merecía aún menos el título de oficina que la mía, sin embargo allí estaba el pequeño gran Panino, fumando opio y discutiendo con un invisible ejército de bufandas grises. Es realmente lamentable ver a un hombre al que se le ha tenido respeto caer en ese tipo de decadencia. En la mitad de su arenga a los inexistentes pedazos de lana, se le quebró la voz y se declaró vencido, tras lo cual un breve momento de lucidez le indicó que había un par de extraños en la habitación que lo observaban con una indisimulada mezcla de pavor y morbo. De forma sorprendentemente ágil para un hombre de su Ecuador, trepó a la destartalada silla que se acomodaba detrás del escritorio y clavó su mirada en nosotros.
La nueva casa de Gordicelli parecía erigirse invisible sobre un terreno baldío. Me tomó minutos deducir que la casa que hasta poco antes había albergado al pequeño capo mafioso ya no existía. Sin pistas y con un hambre de la san bondiola, dejé que el gordo Tony me invitara a comer una vez más. A todo esto el recipiente de estupidez y grasa que se hacía llamar mi empleador estaba de lo más contento con el supuesto misterio que ahora, vaya uno a saber como, rodeaba al asunto y no dejaba de fantasear sobre doncellas raptadas y mafiosos malvados, mientras un chorro de mayonesa resbalaba por sus cachetes abultados por años de crímenes contra la salud. Por como hablaba y comía, parecía que en cualquier momento iba a tener un orgasmo oral. Por suerte pude escapar al baño antes de verlo suceder. A mi regreso me horroricé con la visión de un par de personas sentadas cerca nuestro vomitando incontrolablemente. Otros simplemente habían optado por el suicidio antes que correr el riesgo de ver algo así suceder nuevamente. Tony parecía estar absolutamente orgulloso de sí mismo por lo que no solo pagó sin protestar sino que además me regaló un muñequito de Darth Vader en bikini que vendían en el almacén frente al restaurante.
Estando necesitado de información sobre el paradero del Panino, caminé con Tony hasta el estacionamiento de escoria social de Cásper. A pesar de la tierna broma que se había jugado a costa de mis órganos días antes, ya no sentía ningún deseo de agarrar su cabeza y meterla abajo de un martillo neumático, atraer a todas las ratas de la ciudad sobre su cuerpo mientras que el payaso triste de los sims le invade la despensa, y echar sus restos a los indigentes famélicos del parque Medaunpesojefe... no, absolutamente ninguno.
Viéndome ya recompuesto y acompañado por un chanchito alcancía viviente, puso su mejor cara de hombre honesto y bueno, comparable a la de Chuky Dennerty en “un hombre honesto y bueno 2, la venganza del subíndice violador”, película muy interesante que logré ver en la tele de un vecino gracias a un par de binoculares que le robé a un ciego. Igualmente él no los iba a necesitar.
- ¡Inspector!- dijo Cásper jovialmente mientras tanteaba abajo del mostrador en busca de su escopeta, en caso de que mis intenciones fuesen poco diplomáticas. -¿Le sirvió la información que le di?- agregó con la inocencia de un niño... un niño homicida neonazi miembro del Ku-Klux-Klan.
- No tengas miedo, por más que seas un traidor hijo de un contingente de containers cargados de mierda no te voy a hacer nada, es más, te traje un nuevo negocio.- respondí utilizando mi actitud de falso duro que tan poco me ayudaba en estas situaciones.
Los ojos de Cásper brillaron ante la posibilidad de exprimir todo dólar que mi acompañante estuviese cargando consigo. De inmediato desistió de su intención de transformar mi encéfalo en queso gruyère y escuchó nuestro pedido.
Después de que hube relatado nuestras peripecias matutinas, agregando detalles insignificantes como la marca de goma de mascar que masticaba un perro cimarrón mientras se volteaba un poste de luz y exagerando de modo obsceno la forma en que yo había rescatado a esas calientes modelos rusas de las garras de un asaltante, le comentamos nuestro desacierto al dar con el paradero del enano Panino.
- Lo que más me sorprende es que tus contactos te hayan dado direcciones tan acertadas, ese lugar fue la casa del Panino durante solamente una semana y estuvo ahí hasta hace dos días. Aparentemente se metió con alguien de categoría muy superior y tiene que volar constantemente de un lugar a otro para evitar ser capturado.- afirmó dándose aires de gran entendido.
- Y por supuesto el gran y omnisciente dueño del bar de Gino puede decirnos donde se está quedando actualmente.- repliqué yo con sarcasmo suficiente para asesinar una ballena de Groenlandia.
- En realidad tengo una dirección, pero es muy posible que ya haya pasado a otro lugar. Con la estrategia que el enano mantiene se asegura de sembrar la duda sobre toda información que hable de su paradero. Solo sus colaboradores más cercanos son informados de los futuros traslados. Pero parece que hoy es tu día de suerte viejo amigo, porque puede que haya otra solución a sus problemas.
- Dispara.- durante una fracción de segundo temí que su pésimo sentido del humor lo llevara al asesinato, pero por suerte la escopeta no se movió de su lugar.
- En la mesa detrás de ustedes, y ya casi medio ebrio, está uno de esos fieles asistentes.- su dedo lechoso señaló a nuestras espaldas a un hombre grueso de estatura media al que pude reconocer como Cris “Tina” Burrow, el cobrador de Panino. Recordé penosamente las numerosas veces en que sus manos habían tenido más de mi sangre sobre ellas que la que había en todo mi cuerpo. Aún en ese estado el escuchar su sobrenombre no dejaba de arrancarme fugaces sonrisas entre golpe y golpe.
- Te veo después, acá o en el infierno.- dije a Cásper a modo de despedida, bien sabiendo que si moría e iba al infierno no habría forma de que lo encontrara entre tanta gente.
Con mi fiel Tony cuidando mis espaldas me senté en la mesa junto a Tina y puse en su mano una copa de cerveza, recientemente servida y mezclada con orina de mi cosecha personal.
- ¡Tina! Tanto tiempo sin verte. ¿Como te ha ido?- anuncié mientras me sentaba en el asiento opuesto al suyo. Su respuesta fue una mirada asesina que puedo helar mi sangre, si no hubiese estado tan caliente por el vodka que acababa de ingerir, la hazaña que me proponía realizar necesitaba de toda mi astucia y de la mitad de mi consciencia.
- ¿Cómo? ¿Desaparezco un par de años y ya se olvidan todos de quién soy? Vamos, mi cara fue la que te dejó esa cicatriz en el nudillo cuando me dejaste medio desangrado en este mismo bar... buenos tiempos...
La expresión de Tina cambió levemente como si intentara concentrar sus pocas neuronas disponibles en recordar mi rostro. Finalmente esbozó una leve sonrisa y asintió, justo antes de desplomarse nuevamente sobre la mesa tras depositar grandes cantidades de vómito en su bebida. Minutos después ya se había incorporado nuevamente y bebía de su cerveza a grandes sorbos, ante el gesto de profundo desagrado de Tony, Cásper y todos los presentes que habían observado mi obra.
La atmósfera se iba tornando cada vez más amigable. Tina y yo recordábamos viejos tiempos, viejos compañeros, gente que había muerto de causas poco probablemente naturales, hacía ya mucho tiempo. Mientras tanto Tony seguía pagando un trago tras otro para nuestro amigo, al cual cada vez se le aflojaba más la lengua y cada vez tenía menos posibilidades de regresar vivo a su casa. Así nos fuimos enterando de que el Panino de hecho se había metido en un problema mucho más grande de lo que estaba acostumbrado a manejar, algo que sin duda se relacionaba con algunos de los peces más gordos de la ciudad. Sin embargo, nadie sabía que clase de amenaza había recibido, ni quién la había formulado, para atemorizarlo al punto de querer borrar sus huellas a toda costa.
Ya iba oscureciendo. Las calles se convertían rápidamente en depósitos de los seres más bajos y repugnantes de la sociedad como prostitutas, drogadictos y las ancianas que contratan para hacer los avisos en teve-compras testeando un producto que ni siquiera pueden pronunciar. Justamente fue uno de estos parásitos el que se nos acercó a mí y a Tony, mientras cargábamos al semiconsciente gangster hasta su hogar provisional, para que le explicáramos el funcionamiento del tertergoister, una herramienta para el hogar con el poder de sacar a cualquier mayor de 90 años de su senilidad. Deshacerse de ella fue fácil en cuanto le demostramos con pruebas irrefutables que en sus manos solo había un pájaro muerto a medio digerir.
El plan, aunque nos había costado varias decenas de cervezas más de lo supuesto, había funcionado perfectamente. Una vez más me enorgullecí de mi habilidad por robar grandes ideas de películas que solo yo, y un par de adolescentes granulientos de Taiwan a los que jamás conoceré, hemos visto. Sin embargo en la susodicha película jamás mostraban al héroe teniendo que soportar la serenata del poroto que nos dedicó Tina. Si no hubiese tenido las manos ocupadas en cargarlo y en rascarme el boliche, no habría dudado en rellenar mi cuerpo con el contenido de su pistola... y la mierda que mal sonó esa frase.
Finalmente llegamos ante las puertas de lo que aparentaba ser un burdel de pésima categoría, pero una vez dentro descubrimos que se trataba de un prostíbulo de cuarta. Al tener a Tina como nuestro mugriento y ebrio pasaporte no tuvimos problemas para dejar atrás la aduana de la puerta, consistente en un ex luchador mexicano (aparentemente el ser nicaragüense le daba más confianza al pelear) y el enano de circo más grande del mundo. Como nuestro vomitado amigo gangster comenzaba a ser una carga inútil, además de maloliente, decidimos abandonarlo cerca de lo que alguna vez quiso ser un retrete, pero no aprobó el curso de manejo y tuvo que conformarse con ser un hueco en el piso. Por suerte antes de hundir su cabeza entre las heces de algún flatulento ser humano, alcanzó a indicarnos donde se encontraba la oficina del Panino.
En realidad una habitación con solamente un escritorio y una cama en la que aún había una pareja practicando el fino arte del masoquismo, merecía aún menos el título de oficina que la mía, sin embargo allí estaba el pequeño gran Panino, fumando opio y discutiendo con un invisible ejército de bufandas grises. Es realmente lamentable ver a un hombre al que se le ha tenido respeto caer en ese tipo de decadencia. En la mitad de su arenga a los inexistentes pedazos de lana, se le quebró la voz y se declaró vencido, tras lo cual un breve momento de lucidez le indicó que había un par de extraños en la habitación que lo observaban con una indisimulada mezcla de pavor y morbo. De forma sorprendentemente ágil para un hombre de su Ecuador, trepó a la destartalada silla que se acomodaba detrás del escritorio y clavó su mirada en nosotros.
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