lunes, febrero 27, 2006

La Pluma

Sumergido en tristes pensamientos, veo entrar una pluma por mi ventana.
Frágil y temblorosa se acerca tímidamente, intimidada, tal vez por mí.
Le sonrío tiernamente invitándola a acercarse sin miedo,
No comprendo aún el peligro que disfraza tan delicada figura.

De pronto comienza a bailar frente a mí, seduciéndome con sus movimientos suaves.
Reconozco en ella los rasgos de una hermosa mujer.
Mis ojos se regodean con sus vueltas y giros al compás del viento,
Y toda mi mente entumecida se centra en ella, no puedo dejar de observarla.

Acerco mi mano lentamente para tocarla pero me esquiva asustada,
Aún así continúa bailando y tentándome, creo escuchar una risa.
La pluma ya no es pluma, es una joven de cabellos blancos que me llama,
Grita mi nombre y al mismo tiempo me rehuye, me confunde y me incita a perseguirla.

Me levanto despacio y decido acercarme a ella sutilmente,
Ella, leyendo mis movimientos se aleja con gracia, me permite rozarla, pero no tomarla.
Tan libre, tan fresca, tan pura es su esencia, indomable y perfecta.
No es sencillo, atraparla, enamorarla de mí como yo lo estoy de ella, parece imposible.

Cruza mi mente la idea de encerrarla, cortarle el viento que le da vida,
Mas de nada serviría ello más que para matarla, asesinarla brutalmente.
Debo atraparla con vida, debe ser mía a cualquier precio, la amo demasiado.
Ella es todo lo que siempre he soñado, la belleza personificada, el todo y la nada.

Ya no puedo contenerme, salto sobre ella, intento sujetarla, será mía a cualquier precio.
No le cuesta escapar de nuevo entre mis manos, asustada por mi violencia.
Envuelto en el polvo la veo huir despavorida, danzando hacia la ventana abierta.
Se acerca a la libertad que tanto ama, y se aleja de mí abandonándome una vez más.

No dejaré que huya, no después de desearla durante tanto tiempo, por fin será mía.
Corro hacia ella y me preparo a saltar, siento que esta no podrá huir, está tan cerca…
Miro hacia abajo y veo el abismo, un simple salto me separa de la caída y ella lo sabe.
La duda se apropia de mí, ella está a solo un suspiro, pero es el suspiro de la muerte.

¿Será que este es el destino del ser humano? ¿Amar y morir?
¿Valdrá la pena morir por ella? Ella, que me sedujo, me enamoró, y ahora me pide la vida.
Retrocedo lentamente, respiro… con fuerza sobrehumana salto al vacío y tomo la pluma.
Ella ahora me sonríe, me jura amor eterno mientras caemos juntos al vacío, al aire, al viento.
Sí vale la pena.

viernes, febrero 24, 2006

Horóscopo

Debido a la increíble popularidad alcanzada por este blog durante los últimos tiempos (algunos post alcanzaron picos máximos de 6 comentarios) me veo en la obligación de crear el suplemento que toda publicación que se respete posee, el horóscopo. Así que acá van las predicciones para los millones de lectores de este blog, espero que ninguno intente suicidarse después de que le haya develado su futuro.

Capricornio:
Trabajo: No deje que su inminente despido arruine su humor durante la semana, el buen ánimo es lo más importante.
Salud: Descubrirán nuevas enfermedades en usted, alégrese será famoso.
Amor: El simple hecho de que haya estado solo los últimos 20 años no significa que no vaya a estarlo los próximos 20, si es que vive tanto…
Sorpresas: Un amigo le cobrará una deuda de hace diez años para poder costear su adicción a la heroína, y le pedirá los intereses.

Acuario:
Trabajo: Lo ascenderán debido a la muerte de su compañero de oficina. ¡Bien hecho!
Salud: La luna en acuario indica una muerte inminente para usted y todos sus seres queridos producto de un ataque de un país enemigo.
Amor: Se enamorará perdidamente de alguien poco antes de que ambos mueran.
Sorpresas: No vivirá lo suficiente como para recibir ninguna.

Piscis:
Trabajo: Lo arrestarán por sustraer dinero del fondo de caridad de su empresa.
Salud: Contraerá la gripe aviaria por comer cerdo.
Amor: Se casará con una anciana para heredar sus joyas cuando muera. Luego descubrirá que en su testamento pide ser enterrada con ellas.
Sorpresas: “Jedi” no es una religión oficial.

Aries:
Trabajo: Complicaciones debido a una fuga de gas, su secretaria probablemente deberá renunciar a su puesto, lo cual es bueno ya que usted obviamente no la soporta.
Salud: La inhalación de gas le hará que es un personaje famoso (posiblemente el Papa) durante varias horas.
Amor: Tendrá un amorío con su nueva secretaria y su pareja lo abandonará junto con la mitad de sus bienes.
Sorpresa: La nueva secretaria viene con sorpresa (por eso le dicen Huevito Kinder).

Tauro:
Trabajo: Los Taurinos son siempre muy agresivos en su trabajo, por eso se peleará con más de la mitad de sus compañeros provocando su propio despido y el de ellos.
Salud: Sus antiguos compañeros que fueron despedidos por su culpa lo molerán a palos.
Amor: En el hospital conocerá a una hermosa enfermera que se casará con usted por su dinero.
Sorpresa: Para su flamante esposa: ¡Usted no tiene dinero!

Géminis:
Trabajo: Por más que intente evitarlo en la oficina siempre hay alguien que hace todo igual a usted.
Salud: Sufrirá un ligero caso de doble personalidad. Todos sus amigos encontrarán a la otra personalidad mucho más agradable que usted pero no se atreverán a decírselo. Por eso se lo digo yo, gil.
Amor: Conocerá a dos hermosas mujeres y pasará con ellas una intensa noche de pasión. Al momento de decidirse por una descubrirá que son lesbianas.
Sorpresa: Encontrará a su hermano perdido a quien deberá alojar en su casa y pagarle la universidad.

Cáncer:
Trabajo: Usted está desempleado y siempre lo estará. Acostúmbrese.
Salud: Usted padece terribles enfermedades que condicionan su vida y siempre las padecerá. Acostúmbrese.
Amor: Usted está solo, siempre lo ha estado y siempre lo estará. Acostúmbrese.
Sorpresas: Por si aún no le quedó claro: todo va a seguir como está ahora. Acostúmbrese.

Leo:
Trabajo: Sus empleados le darán una fiesta sorpresa por su reciente ascenso. Usted creerá que es un intento de homicidio y huirá despavorido a un país de Europa Oriental.
Salud: Manténgase alejado de las agujas, los ventiladores y las tarjetas de Navidad con un Papá Noel en la tapa y un grupo de renos ebrios en la contratapa.
Amor: Los Leo siempre son winners con las minas. Este no es su caso.
Sorpresas: Alguien de su pasado volverá para atormentarlo. Sospeche de Barney el dinosaurio.

Virgo:
Trabajo: Le ofrecerán una excelente oportunidad de iniciar una carrera que usted rechazará para poder seguir viviendo de sus viejos.
Salud: Los Virginianos siempre cuentan con una excelente salud y viven largas vidas… hasta ESTA semana.
Amor: Como el nombre de su signo lo indica, usted es virgen y no veo ninguna razón por la que debería dejar de serlo en un futuro próximo.
Sorpresas: Aquel oscuro secreto que había sabido guardar tan bien saldrá a la luz.

Libra:
Trabajo: Siga haciendo lo suyo y mantenga su nivel de trabajo, será recompensado con un despido fácil y rápido.
Salud: Deje de torturar a su hígado con cerveza, si quiere chupar que sean bebidas blancas.
Amor: El amor está a la vuelta de la esquina… prostituyéndose por 2 pesos. Mejor evítelo.
Sorpresas: Uno de cada 5 conejos de Birmania es un asesino ninja. Tenga cuidado.

Escorpio:
Trabajo: No sea tan pajero y empiece a hacer algo o se va a cagar de hambre e resto de su vida.
Salud: Veo un Cáncer en su futuro.
Amor: Encontró a una persona con quien podría pasar el resto de su vida y la rechazó. Jódase.
Sorpresas: Le pedirán que se bañe. Hágalo.

Sagitario:
Trabajo: El chuparle las medias durante años a sus jefes por fin dará sus frutos, cambiarán su sobrenombre por uno que demuestre mayor confianza: “boludo”.
Salud: No oprima ese botón.
Amor: Este fin de semana alguien recibirá un flechazo suyo... literalmente. Deberá ser operado de urgencia.
Sorpresa: Este horóscopo es inexacto en un 156% de los casos.

jueves, febrero 23, 2006

Un día en la vida del señor Smith

Bueno, este es un pequeño tributo a la gran serie que es "Desperate Hosewives" que nos demuestra que es inútl aparentar el tener una vida perfecta cuando todos sabemos que no existe nadie sin defectos.
Aprovecho para agradecer a todos los que estuviron poniendo comentarios, mis amigos mi familia y los chicos del foro. Muchas gracias por darme ánimos para seguir escribiendo.


El señor Smith es un hombre común y corriente como cualquier otro. Fiel esposo, padre de dos hijos y empleado ejemplar de una compañía de lavarropas. Tiene 45 años y lleva 20 de ellos casados con Jennifer. Es alto, tiñe su cabello de gris y le encanta la pesca de salmón. Pertenece junto a toda su familia a una Iglesia independiente que se encarga de mejorar la sociedad, la cual fue señalada más de una vez por los miembros de todas las religiones como una secta intolerante que desprecia a todo aquel que no lleve el mismo estilo de vida que sus miembros. Por supuesto que el señor Smith considera estas acusaciones ridículas.
Cada mañana se levanta a las 6 en punto, besa a su esposa en la frente, viste su buzo gris junto con su jogging deportivo, también gris y sus championes de lona blancas impecables cuyos cordones ata cuidadosamente con doble moña. Baja al comedor para prepararse un saludable desayuno base de cereal con leche, a la cual agrega un pequeño trago de whisky para darle más sabor. Sale a la calle al trote al tiempo que pone en marcha el cronómetro de su reloj, ¿quién sabe? Tal vez hoy establezca una nueva marca. Mientras recorre las primeras cuadras de su trayecto divisa al diariero realizar su labor, lo saluda amablemente preguntándose para sus adentros si sabrá que fue él quien lo denunció ante la junta del periódico por tomarse 20 minutos de descanso a la mitad de su recorrido, “En este país ya hay demasiados perezosos”se dice mientras ve al pobre bañado en sudor correr de una casa a otra para cumplir con su horario.
Una hora exacta después de haber salido de su casa para el cronómetro frente a su puerta. “otro tiempo perfecto” piensa satisfecho. Al entrar a su casa ve a su esposa recién levantada sonreírle cariñosamente.
- ¿Cómo estuvo el paseo mi amor?-
- Excelente cariño. ¿Ya se han levantado los niños?-
- Aún no, pero ya no deben tardar.-
El señor Smith culmina con una sonrisa aquella breve conversación que será la última de la mañana, y probablemente la única del día a menos que vuelvan a verse a la hora de la cena.
Jessica Smith es una mujer de unos 43 años, 4 meses y 12 días, de altura normal y un poco rolliza. Trabaja de ama de casa y cada jueves por la noche se junta con otras mujeres del vecindario a jugar bridge y compartir chismes sobre los habitantes del vecindario. Por supuesto que hablan pestes de aquellas señoras que no gustan de compartir con ellas tan importante actividad. A la señora Smith le gusta cocinar platillos de todas partes del mundo por eso cada día de la semana está dedicado a un país diferente, por ejemplo el miércoles es el día de la “comida oriental”, el sábado el de la “comida italiana” y el martes el de la “comida sudaca”. Jessica es también famosa en el vecindario por sus tortas fritas, las cuales son siempre un éxito en la venta anual de la parroquia.
Segundos después los hijos del señor Smith bajan al comedor. Sárah, la mayor, tiene 17 años y es la luz de los ojos de su padre, alumna ejemplar y la niñera más requerida del vecindario. Lamentablemente no es tan hábil para elegir novio como para adular a los profesores que más le conviene. Por suerte su papi se encargó de que el joven Henry, un ayudante de mecánico cuya única aspiración en la vida era la de estudiar arte y convertirse en pintor, fuera reclutado prematuramente por el ejército y enviado a cumplir su servicio en una base en la Antártida donde desapareció misteriosamente durante una tormenta. El señor Smith tuvo que dejar que su amigo el General Watson lo batiera al golf tres veces seguidas para obtener ese favor, pero bien había valido la pena, ahora su dulce hija solo sale con aquellos hombres cuyos nombres estén en la lista que le entregó su papi.
El hijo varón, John, tiene 16, es capitán del equipo de softball y tendría serias chances de convertirse en profesional si la providencia del señor Smith no hubiese ya señalado que se convertirá en un político digno de su país. Por supuesto que cuando John decidió que su futuro era como bailarín profesional el señor Smith no tuvo más remedio que plantar 3Kg de marihuana en su habitación obteniendo así una excusa para enviarlo a la escuela militar durante un año. Cuando regresó ya no hablaba de música y baile, solo de defender los intereses de su país a cualquier precio. El señor Smith tuvo que contenerse para no llorar de la emoción al verlo vestido en su uniforme.
Ambos hijos al llegar al comedor saludan efusivamente a su padre, él responde con afecto, “aún son unos niños” piensa “pero crecen tan rápido”. Luego de esta breve escena familiar se despide de sus hijos y sube a bañarse. Siente que este será un gran día, como todos los demás. Una vez que ha terminado de bañarse y vestirse toma su portafolio y baja a despedirse de su mujer, sin decirle nada, solo le da un gran beso en la mejilla. Mientras cruza la puerta no ve como su esposa se pasa disimuladamente una servilleta por esa misma mejilla.
Al salir de su casa ve a su vecino, el señor Wellington, quien está regando tranquilamente su césped. El señor Smith finge no verlo, como cada vez que se lo cruza. Durante años sostuvieron una amigable rivalidad de vecinos que culminó cuando el señor Smith le envió anónimamente a la señora Wellington una serie de fotografías que mostraban a su esposo en situaciones muy comprometedoras. La broma no resultó exactamente como la había planeado ya que la mujer apareció muerta con un frasco de veneno para ratas en su mano pocos días después de recibir las fotos. Desde entonces el señor Wellington guarda alguna clase de rencor hacia el señor Smith que ni siquiera las tortas fritas de Jessica han sabido disipar. Sube a su camioneta 4X4, ganada en el último sorteo de la parroquia después de realizar una generosa donación a la cuenta bancaria del padre Frederik, y se marcha a su trabajo.
El edificio donde trabaja el señor Smith se erige en el centro de un grupo de edificios más bajos, pertenecientes a compañías menos importantes. Sobre la enorme entrada se puede ver el letrero que dice “Lavarropas Hertinger, líderes en el cuidado de su ropa”. El señor Smith mira ese letrero con orgullo, tanto el genial slogan como la idea de cambiar el nombre de “Manolo” a “Hertinger”, fueron obras suyas. Porque eso es lo que hace el señor Smith para su empresa, tener ideas. Su poderoso automóvil ingresa en el estacionamiento y se dirige directamente al espacio donde brilla la frase “reservado para el vicepresidente de márquetin”. “Muy pronto ese vice desaparecerá” piensa confiado recordando que su superior padece un serio caso de cáncer de pulmón. Baja del vehículo y observa su perfecta figura refejada en e espejo retrovisor, está preparado para enfrentar el día. Si su casa es su reino, su trabajo es su campo de batalla, “y yo jamás pierdo” se dice a sí mismo para darse confianza.
Una vez que el ascensor lo ha llevado hasta uno de los pisos superiores, el señor Smith comienza a recorrer las diferentes habitaciones para hacer notar su presencia a sus subordinados, ellos deben saber que é está allí para no sentir miedo, sin su presencia estarían tan perdidos como un latino en la feria de la tecnología. Entre estos empleados sonrientes y corteses hay muchos de sus ex compañeros a quienes tuvo que aplastar y manipular para lograr alcanzar su puesto, él no les guardaba ningún rencor por haber intentado impedir su ascenso hasta la cima, y suponía que como buenos perdedores ellos lo reconocían como ser superior y merecedor del puesto. Se encuentra tan hundido en estos pensamientos que no ve al señor Pellinger santificarse al pasar él frente a su escritorio, al mismo tiempo que la señorita Fellaon saca de su bolso una figura de madera similar a la él y la apuñala varias veces con un cortaplumas.
El día transcurre sin ninguna complicación. A la hora del almuerzo varios empleados le ofrecen alguna delicia que sus mujeres, o ellos mismos, han preparado especialmente para él. El señor Smith promete comprtirlos después con su fmilia y guarda todo en una bolsa que horas más tarde le entregará a algún vago estando más que seguro que la mitad de esos pastelillos contienen laxantes y distintos tipos de viagra. Son las típicas bromas de oficina.
Pocos minutos antes de abandonar la oficina para regresar a su hogar el señor Smith llama a su oficina a Arthur Grimer, un simpático anciano que ha trabajado para la empresa casi desde el día de su fundación.
- Buenas tardes Arthur- dice el señor Smith sonriendo.
- Buenas tardes hijo, ¿cómo están su esposa y sus hijos?- replica el anciano.
- Fenomenal Arthur, fenomenalmente bien.
- Me alegro.
- Arthur…- dice el señor Smith simulando una mueca de tristeza - ¿sabes por qué te he llamado aquí?
- Supongo que no fue para charlar sobre golf.
- Así es Arthur, no se trata de golf. En realidad esta tarea correspondería al presidente de recursos humanos pero como se trataba de ti prefiero hacerlo personalmente. La verdad es que eres un excelente empleado, el mejor de todos, es más, creo que esta empresa ya te queda pequeña y…
- Hijo, déjate de estupideces. He trabajado en esto durante mucho tiempo y sé perfectamente que lo que ustedes quieren es saber si planeo retirarme. Pues planeo hacerlo exactamente a fin de año, y cobrar así un retiro por 30 años de fiel servicio. Si eso era lo que querías saber sabrás disculparme, esta noche vienen mis nietos a cenar…
- En realidad Arthur, es un poco más complicado que eso.- dice abruptamente el señor Smith, avergonzándose por no haber terminado antes con el discurso del anciano – Verás, justamente por ser tu un empleado ejemplar no puedo comprender por qué a esta altura de tu vida has caído en la tentación de robar artículos invaluables de las oficinas de esta empresa…-
- ¿De qué demonios hablas?- interviene el viejo.
- Hablo de las 20 engrampadoras, los 10 mouses y la computadora portátil de la empresa que encontramos en tu portafolio. Lamentablemente esto nos pone en una situación muy penosa Arthur, nos vemos en la necesidad de despedirte sin que recibas la pensión que tan bien te has ganado.
- Maldito bastardo- grita Arthur Grimer –te voy a…
Es mejor no describir en detalle lo que sucede a continuación, digamos simplemente que la situación de Arthur se complicó aún más y que el señor Smith se acercó un escalón más a su anhelado ascenso.
Debido a las complicaciones del final de su jornada laboral, el señor Smith llega tarde a su casa y encuentra a su familia entera ya acostada y descansando pacíficamente. Camina hasta la cocina y calienta en el microondas la suculenta comida que su esposa la ha dejado preparada sobre un plato. Después de deleitarse con tan delicioso platillo el señor Smith se prepara ara la tarea más desagradable, aunque sin duda la más importante, de todo su día. Pone sobre una bandeja restos diversos de comida y baja hasta el espacioso sótano que se encuentra iluminado por una tenue luz proveniente de una pequeña lámpara de techo. El señor Smith deja la bandeja en el piso, sobre los restos de la comida que su esposa llevó allí más temprano.
Alumbrado por la luz se puede ver en una esquina de la habitación un cuerpo tirado sobre un colchón y con ambas piernas y manos atadas tras la espalda. El colchón está plagado de manchas de sangre y restos de comida cuto olor se entremezcla con el de la de la suciedad del lugar. Al percibir la llegada de alguien el cuerpo intenta incorporarse pero se encuentra demasiado débil y cae nuevamente sobre el colchón. Luego de unos segundos de pausa el cuerpo se arrastra hasta donde se encuentra la bandeja y hunde su cara en la comida, haciéndola desaparecer en pocos minutos. Después del breve festín el señor Smith toma las manos del sujeto y las cuelga de un gancho de carnicería que cae del techo. A continuación coloca un pañuelo en su boca y toma un látigo para caballos que adorna la habitación y comienza a golpear la espalda del pobre con fuerza al tiempo que le dice: -Tal vez lo pensarás dos veces la próxima vez que quieras salir con mi hija sin mi permiso joven Henry.-
El joven se retuerce del dolor ante cada nuevo golpe mientras que nueva sangre brota de sus viejas heridas. Finalmente el señor Smith se detiene, se seca el sudor de la frente, tira al joven nuevamente sobre su colchón y guarda el látigo. Luego recoge la bandeja y sale de la habitación procurando apagar la luz y cerrar la puerta con varias llaves al salir.
Cansado por todos los esfuerzos del día sube hasta su habitación y se mete en la cama inmediatamente después de desvestirse. Se duerme enseguida pensando en todo el bien que ha hecho por el mundo en un solo día.
Otro feliz día en la vida del señor Smith.

martes, febrero 14, 2006

Muerte a Cupido

El día de los enamorados es simplemente otra fecha que solo me sirve para amargarme la existencia, porque me recuerda que mientras el maldito gordo con alas anda enamorando a diestra y siniestra a mí solo me deja sufriendo en un rincón, y eso que yo nunca en mi vida hice nada para molestarlo, joderlo ni pasparle los huevos (si es que llegara a tener). Así que esta es una pequeña venganza personal contra ese angelito pedorro que nunca me quiso dar una mano.







En realidad lo único que demuestra este post es la poca capacidad que tiene su autor para aceptar sus propios errores y seguir con su vida. Sepan perdonarlo si les cayó mal este pequeño acto de descarga emocional, pero para eso existe este blog.

lunes, noviembre 28, 2005

El Almacen de la Esquina

Este cuento lo escribí para un concurso, pero como no salí premiado tengo libertad de publicarlo donde se me canta así que acá lo dejo.

Ni siquiera recuerdo cuando fue la primera vez que entré allí. Solo sé que el viejo Raúl ya era el dueño del lugar, aunque entonces aún no tenía arrugas en la cara. Mi vieja nos mandaba a mí y a Guille al almacén a comprar los bizcochos todos los miércoles y Raúl siempre nos recibía con su sonrisa cordial y sincera, llena de experiencia de vida ya en esa época. Siempre nos regalaba un par de medialunas a cada uno porque decía que así íbamos a crecer fuertes como papá.
Los sábados, de noche, los hombres del pueblo se juntaban en el almacén para jugar al truco o al siete y medio, mientras los chicos nos apiñábamos en las ventanas para poder ver el padre de quien se llevaría el pozo de la noche y tendría que “armar” el asado para el día siguiente. En la casa de mi familia hubo muchos asados en mi infancia porque a mi viejo, en el truco, no le ganaba ni Raúl.
En el almacén de la esquina probé mi primera cerveza, cuando el viejo Raúl se olvidó de juntar una botella medio llena y todos los muchachos nos turnamos para darle un probadita. El pobre Guille se quedó sin nada porque el gordo Zamora se bajó casi la mitad. Raúl nos vio, pero no dijo nada, él sabía que algún día y de algún lado íbamos a tener que empezar. Pero de ahí en más se cuidó de no dejar medias cervezas tiradas por ahí.
Cuando ya era más hombre, Raúl me regalaba los fondos de las botellas que iban quedando en la noche, pero yo sólo miraba con anhelo las copas de vidrio con los nombres de sus dueños marcados. “Algún día” le decía yo a todos “el Raúl va poner mi nombre en una de esas copas. Así nadie me va a poder robar la cerveza” y todos se mataban de risa, aunque yo lo decía muy en serio.
Un día llegó la fábrica, y con la fábrica llegó el trabajo, y con el trabajo se agrandó el pueblo. Hubo más casas a los lados de las calles, que se llenaron de chicos llorones y chicas muy lindas. El viejo Raúl, que ya estaba más viejo, tenía siempre el almacén lleno de gente que iba por ir y compraba por comprar. Papá lo gastaba diciéndole que muy pronto se iba a olvidar de los amigos de siempre. Sin embargo los sábados de noche eran siempre los mismos, y siempre, mi viejo el que ganaba, por supuesto.
Así yo fui creciendo, entre amigos y maestros de la vida, y el almacén era mi escuela, y el mundo era mi patio. Ya me quedaba, los sábados de noche a jugar al truco con papá y sus amigos, y yo con mis amigos los retábamos a duelos donde les mostrábamos todo aquello que allí habíamos aprendido. Llegó el día en que el Raúl me agarró de los hombros y entre lágrimas y risas fui junto a él hasta la barra donde me entregó una copa con mis iniciales marcadas, las mismas que mi viejo, pero al revés, para no confundirse. Esa noche mis amigos me emborracharon y me sacaron en andas, porque yo era el primero de nosotros que se había hecho hombre.
Así pasaron los años. Terminé de estudiar y empecé a trabajar en la fábrica. Me esforzaba mucho y ganaba muy bien, pero ya entonces andaba con ganas de irme, de ver el mundo, pero sin dejar al almacén. También por ese entonces la conocí a Sofía, y solo por ella decidí quedarme. Pasaron seis meses antes de que me diera un beso, pero sólo pasó uno más para que fuera mi esposa. En el casamiento lo vi por primera vez a Raúl fuera del almacén, parecía otra persona, más viejo y cansado. Igual se me acercó a paso lento y me dijo muy bajo al oído “vos sos el único que se la merece”. Después se rió, y yo me reí con él. Era el día más feliz de mi vida.
Pero entonces sucedió. Mi viejo cayó enfermo de tuberculosis, “sin cura” decía el doctor. La fábrica lo despidió cuando se le terminó la licencia y yo tuve que trabajar el doble, para mantener a mis viejos y a Guille, que había entrado a la facultad de veterinaria en la ciudad y le iba muy bien. Pero la fábrica no duró mucho, me bajaron el sueldo más de diez veces antes de que cerrara del todo, dejando a casi mil familias en la calle.
Unas pocas semanas después murió papá. Intenté no llorar, pero fue muy fuerte, las lágrimas caían solas, llenas de odio hacia nadie y de impotencia ante todo. En el velorio vi a Raúl por segunda y última vez fuera de su almacén. No lloraba, pero el dolor se le veía en los ojos. Esta vez no me dijo nada, no hizo falta que lo hiciera. Con sólo verlo entendí todo lo que sentía, y por primera vez pensé que no estaba solo en mi dolor.
No pasó mucho tiempo antes de que decidiera irme. Me habían ofrecido un trabajo en la ciudad que no podía rechazar. Una tarde de mayo cargué junto a Sofía todo cuanto tenía y me despedí de mi hermano y mi vieja. Les prometí que apenas pudiese los llevaría a vivir conmigo. Sólo paré en el almacén para poder hablar una vez más con Raúl, para llevarme un recuerdo de aquel lugar que me había dado tanto. Sólo me tomó dos minutos, pero fueron más que suficientes. Aquella fue la última vez que lloré.
Volví al pueblo muchos años más tarde, ya tenía algunas canas y un par de hijos esperándome en casa. Guille se había llevado a mamá a vivir con él poco tiempo después de terminar su carrera y conseguir trabajo. No se casó hasta que la pobre vieja murió también, con una sonrisa en los labios, porque sabía que se iba a reunir con papá.
El pueblo estaba desierto, ni un alma vivía ya en esas casas viejas y hermosas, consumidas por el tiempo y por la soledad. Sin embargo al pasar por enfrente del viejo almacén vi una luz encendida y un sentimiento de felicidad recorrió todo mi cuerpo. Entré corriendo por la puerta como cuando de chico iba a comprar los bizcochos. El viejo Raúl estaba ahí, con un mazo de cartas como todos los sábados. Estaba muy viejo y muy cansado. De tantas arrugas casi no se le veían los ojos. Aunque una luz hermosa brillaba en ese rostro sereno, estaba feliz, seguía feliz, después de tantos años, porque yo estaba allí, y él estaba allí.
Nos sentamos tranquilamente a jugar un partido de truco como en los viejos tiempos, mientras yo me tomaba una cerveza en esa copa que tenía mis iniciales grabadas al revés. Le conté mi vida en muchas palabras y él escuchó con atención cada una de ellas, manteniendo la misma expresión serena que tanto lo distinguía.
Al terminar el partido nos despedimos con un abrazo estrecho y sincero. Sentí como si mi padre estuviera de nuevo allí, orgulloso de todo lo que había logrado en mi vida. Pero sus últimas palabras me dejaron perplejo “Ahora andáte muchacho que yo también tengo que partir”. Salí del almacén pensando en eso, pero no fue hasta que llegué a la otra cuadra que comprendí su significado.
Volví corriendo sobre mis pasos lo más rápido que pude, pero ya era demasiado tarde. La cabeza del viejo Raúl estaba recostada sobre la misma mesa que ambos habíamos compartido. Su expresión tenía la misma tranquilidad de siempre y, en cierto modo, me tranquilizó a mi también. Muy despacio cerré sus párpados con mi mano y acaricié sus pocos blancos cabellos. “nos vemos Raúl” le susurré al oído, antes de salir del almacén.
Llamé a la ambulancia desde el único teléfono público que aún funcionaba, pero no me quedé a esperarla. Recorrí largo rato las calles del pueblo hasta llegar a mi auto. Pensé que tal vez el viejo Raúl hubiese vivido desde que todos se fueron del pueblo, sólo para compartir ese momento conmigo, para recordarme quién fui y quién sigo siendo. Esa noche, cuando el viejo Raúl se fue y el almacén cerró por última vez, el pueblo no murió del todo, porque sigue vivo en mí y en todos aquellos que compartimos nuestras vidas con aquel almacén de la esquina.

miércoles, octubre 19, 2005

La Pausa

El señor camina por la calle con aire apurado, seguramente está llegando tarde a algún lado. Camina apenas apoyando los pies, casi corriendo, ¿si el reloj no para, por qué él debería hacerlo? Los negocios, las calles, las personas… todo pasa desapercibido a su lado a una velocidad anormal, no tiene tiempo para fijarse en nada, cada segundo de distracción es un segundo perdido, y el señor odia perder el tiempo, porque sabe que jamás lo recuperará ni le darán nada a cambio por él, por eso debe aprovecharlo al máximo, no permitir que se le escape un solo segundo de la billetera.
Cada paso que da se siente más pesado, sabe que podría ir mucho más rápido, caminar es solo una pérdida de tiempo, debería viajar en automóvil, o mejor aún, en helicóptero, así no perdería ni un solo segundo en hacer aquel molesto viaje.
Mira a su alrededor buscando algún camino que lo lleve más rápido a su destino, solo ve una pequeña plaza olvidada. A falta de un mejor camino decide atravesarla, allí podrá apurar un poco el paso. Marcha decidido cruzando la calle, sabiendo que no puede esperar a que pasen los autos, cruza decidido entre ellos, el tiempo ganado bien vale el riesgo.
Sin embargo al pisar el primer espacio verde siente algo diferente, ya no está tan apresurado como antes, el tiempo parece correr más despacio, ya no lo persigue sino que camina lentamente a su paso. El señor aminora el paso, ya no siente los pies pesados, se siente libre, como si flotara en el aire, cada paso es un enorme salto que lo eleva en el aire lentamente y lo aleja del mundo y de las preocupaciones.
Comienza a fijarse en lo que lo rodea, las flores que parecen sonreír a su lado, los tristes árboles que lo atrapan con sus ramas, todos lo invitan a detenerse, a mirarlos y jugar con ellos. Más a lo lejos ve la ciudad, pero es una imagen borrosa, como si en realidad se encontrara a kilómetros de distancia. Su ritmo acelerado ya no lo altera, ahora está escondido del mundo real, protegido de todo, a salvo del mundo. El tiempo ya no tiene sentido, solo siente esa libertad del momento, un escape de la realidad.
De pronto cae de nuevo en la fría acera, ya ha atravesado todo el parque. Pero, ¿Cuánto ha tardado? Podrían haber pasado horas, días enteros, ya no le importa, sigue respirando esa sensación de libertad aún ahora. Ya no lo preocupa el tiempo o, mejor dicho, ahora sabe en qué vale realmente la pena invertirlo. Ahora el señor camina observando todo a su alrededor, todo le parece igual de hermoso que en aquel parque. Las cosas cobran un nuevo significado, ya nada es igual que antes. Ya no corre, camina despacio, prestando atención a todo cuanto lo rodea. Cada segundo es importante, y por eso lo aprovecha al máximo.

miércoles, setiembre 21, 2005

Ira

Caminaba por la ciudad como si nada, sin destino fijo, uno más en la marea de gente que recorre las calles día a día. No se por qué me eligió justo a mí, no tenía nada en especial, había varias personas alrededor mío que habrían servido mucho mejor para sus propósitos. Sin embargo fui yo quien, al quedarme parado esperando a que cambiara el semáforo, sentí algo frío y metálico que se apoyaba en mi espalda al tiempo que una voz profunda me susurraba al oído “Si hacés algo te mato”. Una ola de terror invadió mi cuerpo.
El asaltante me obligó a cruzar la calle, al tiempo que sus amenazas impregnaban mis oídos hasta dejar en mi cerebro solo espacio para el miedo. Yo miraba sin cesar a las personas que pasaban a mi lado, ¿cómo podía ser que no vieran lo que sucedía? ¿Acaso, no era obvio? ¿Acaso no veían el arma que presionaba contra mi espalda? Ahora que lo pienso, tal vez sí lo veían, pero por miedo o por indiferencia miraron a otro lado creyendo que no sería más que un simple robo, un simple susto para la pobre víctima. Me gustaría que ahora supieran lo equivocados que estaban.
Caminamos un par de cuadras hasta llegar a un callejón donde las luces habían dejado de funcionar hacía mucho tiempo, no se veía una sola alma alrededor. Aún permanecía detrás mío mientras su brazo impedía que me girara para ver su rostro, lo cual me asustaba todavía más. Por fin nos detuvimos en la mitad del callejón, donde la falta total de luz hacía imposible que nos vieran. El ladrón me ordenó vaciar mis bolsillos. Yo hasta el momento había creído que se conformaría con las pocas monedas que llevaba en los bolsillos o, en el peor de los casos, se llevaría mis zapatos también. Sin embargo por su reacción al ver tan poco dinero pude comprender que aquello no terminaría allí.
Comenzó a preguntarme sobre mi casa, si tenía dinero allí, que tan lejos quedaba. Al mismo tiempo no dejaba de repetir que no intentara nada estúpido y que si hacía lo que me decía no sucedería nada. Pero el tono de su voz había cambiado, parecía casi tan asustado como yo. En ese momento pensé que si no huía las cosas solo se pondrían peor para mí.
Aprovechando un segundo de distracción empujé con todas mis fuerzas hacia atrás y pude sentir el filo del metal cortar mi espalda. Apenas vi al ladrón caer al suelo me abalancé sobre él y de un golpe le quité la navaja de la mano. Sin embargo él no tardó en reaccionar, sentí su puño chocar contra mi rostro al tiempo que yo golpeaba el suyo. Continuamos forcejeando por varios minutos, ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Mi mano se cerró sobre una gran piedra tirada en el suelo e instintivamente golpeé al ladrón en el cráneo. Por fin dejó de moverse, su cuerpo se desplomó a mi lado mientras respiraba con dificultad. Lo único que podía ver era la sangre que brotaba de entre sus cabellos, quería irme de allí cuanto antes. Pero de pronto recordé todo el miedo que había sentido, la impotencia y la vergüenza que había sufrido. Podía sentir la ira y el odio recorriendo mi cuerpo. Tomé nuevamente la piedra y comencé a golpear con furia la cabeza de mi atacante, hasta que su respiración cesó y me levanté temblando con las manos bañadas en sangre.
Entonces, a pesar de la oscuridad, pude ver por primera vez el rostro del ladrón. Yo creí que vería algún borracho o un vagabundo, sin embargo solo pude ver a un chico que no tendría más edad que yo. La piedra resbaló de mis manos y cayó al suelo con un ruido sordo.