martes, marzo 20, 2007

La plaga

Iba a revisar este cuento antes de subirlo pero al final me dio mucha paja, en vez de eso invertí el tiempo en en comer manzanas... muchas, muchas manzanas....

Llegó a mi puerta una mañana oscura de Abril, bañada por la lluvia torrencial que azota los montes tras las cosechas del verano. Su cuerpo entero tiritaba bajo el castigo del agua, protegido solo por una fina capa que escondía su figura. Sus manos, pálidas como la nieve, aferraban ya sin fuerza el pequeño atado de ropa que significaba todas sus pertenencias. Coronando la figura una capucha cubría su rostro, dejando entrever el brillo de una cálida sonrisa de dientes color Luna.
Así la encontré al abrir la puerta, y jamás pude olvidar la impresión que me causó esa sonrisa, firme a pesar de la gravedad del estado de quien la portaba. Apenas tuve tiempo de preguntarle quien era antes de que perdiera el sentido y se desplomara sobre mis brazos.
Con la ayuda de mi hermana la llevé hasta la cama de mi habitación, donde mi padre, armado de su estetoscopio y sus jeringas, nos garantizó que aunque su pulso estaba débil se encontraba fuera de peligro. Recomendó no despertarla para que pudiese recuperar sus fuerzas. Pasado el susto comenzó la vigilia en espera de que la bella durmiente obviara el beso del príncipe y abriera nuevamente sus ojos.
Despojada de su capa de viaje pude por fin observar sus hermosas facciones. Su palidez antes espectral ahora parecía más bien un blanco perlado, dándole a aquella figura angelical un aura de pureza, casi perfección. No me había dado cuenta aún, pero ya desde aquel momento me había enamorado perdidamente de ella.
Tardó un día entero en despertar, durante el cual la casa no tuvo un momento de paz. Mi habitación se llenó inmediatamente de curiosos, chismosas y autoridades de todo el pueblo que no podían dejar de dar su experta opinión sobre el proceder de nuestra misteriosa visitante. El padre Gregorio confiaba en que había venido del norte, de la zona de las montañas, y basaba su afirmación en la blancura de la piel de la joven y en el color dorado de sus cabellos. La señora de Mangales refutaba esto alegando que la vestimenta sugería más bien que venía de la costa, y que su blancura se debía más bien a que por una cierta enfermedad que la obligaba a permaneces encerrada en su casa.
Extrañamente la hipótesis más creíble era la dada por Martín, el escritor delirante, quien había tramado una espectacular historia en la que la joven era una noble de sangre quien habiéndose enamorado de un pobre campesino y engendrado un hijo producto de su amor prohibido habría sido obligada por su familia a encerrarse en el convento de las Dominicas como monja, entregando su hijo al cuidado de la madre de su amante. Ya muerto su malvado padre había huido del encierro y de sus votos para reencontrarse con su hijo. Sin embargo a mitad del camino habría sido sorprendida por la tormenta la cual la obligó a salirse del camino para buscar refugio en el pueblo. Concluía su novela afirmando que ahora la joven volvería al fin a su hogar solo para descubrir que su amado se había marchado junto a su hijo... y quien sabe que otros inventos sobre piratas y amores más allá del océano.
Sin embargo todas las teorías y preguntas quedaron sin respuesta cuando la joven por fin despertó sin un solo recuerdo en su mente. Aún recuerdo cuando al abrir sus enormes ojos azules, miró con sorpresa a su alrededor y en vez de preguntar por nuestra identidad nos suplicó que le dijésemos su nombre. El desencanto general fue notorio, y por fin nuestro hogar se vio liberado de la invasión de curiosos, aunque Martín seguía afirmando que la amnesia solo era otro espectacular giro en la historia que no dejaba de desarrollarse en su mente y que aparentemente llegaría a las salas de impresión en no menos de un mes.
Para la casa la llegada de la joven fue un soplo de alegría. Antes de que nos diéramos cuenta ya era parte de la vida familiar, ayudando a mi madre en las tareas domésticas y a mi hermanita con sus tareas del colegio. Incluso nos llevaba la comida a mi y al viejo cuando trabajábamos en la clínica y era quien llevaba la batuta en las charlas alegres después de la cena. Incluso en el pueblo pasó en poco tiempo a ser un miembro más de la comunidad de Montecentro, saludada por las señoras en el mercado y observada por los viejos verdes de la plaza. Todo lo tomaba con gusto, riendo con esa sonrisa de dientes de Luna que tanto me había impresionado la noche de su llegada. Camila fue el nombre que decidimos darle a nuestra huésped, o el que tendría al menos hasta no recordar el propio. Ella pareció feliz de recibirlo, y mucho más lo habría sido quizás de haber sabido que mi hermana quería ponerle Jenoveva.
Así transcurrieron los días, las semanas y los meses... pero ni una sola hora sin que mis sentimientos por ella crecieran hasta ocupar todo mis ser. Muchas veces charlábamos en la orilla del río mientras veíamos el caer de la tarde, y más de una vez nos dormimos sobre el pasto, abrazados para impedir que el frío nos obligara a regresar. Y sin embargo no estaba seguro de que me diría cuando una tarde, cumpliéndose cuatro meses de su llegada a mi puerta, la besé mientras despedía al Sol con su sonrisa de dientes de Luna. Jamás fui tan feliz como en aquel momento, cuando miró mi cara sonrojada y se lanzó sobre mí para cubrirme de besos.
Pero una nube negra tentaba contra nuestra felicidad. Varios, y cada vez más, miembros de la comunidad de Montecentro sufrían una misteriosa enfermedad que no tardó en ser llamada La Plaga. Los enfermos se identificaban por unas extrañas manchas negras que aparecían en su piel en todo el cuerpo, pocos días después de que hubieran aparecido las manchas la persona; fuera hombre, mujer, anciano, joven, diestro o zurdo; moría inevitablemente producto de un paro cardíaco. Lo terrible de esta enfermedad era la imposibilidad de predecir quien sería el siguiente en ser afectado y la inexistencia de una cura. Y como si la enfermedad no fuera lo suficientemente terrible de por sí una oscura leyenda comenzó a rondar por el pueblo. Decían que una figura negra se introducía en las habitaciones de las casas y soplaba sobre los durmientes y a la mañana siguiente las manchas aparecían sobre esa persona. Esta historia, tan increíble de por sí, hallaba soporte en aquellos que afirmaban haber visto a la tal figura encapuchada salir por la ventana de aquellos que luego enfermaron. Muchos de ellos no dudaron en comparar la figura con la famosa imagen de la muerte.
Trabajando en la clínica junto al viejo me pude ver como llegaban decenas de pacientes y morían inevitablemente uno tras otro. Sin embargo el hecho no me golpeó de lleno hasta el día en que mi hermana pequeña cayó enferma y murió tres días después. Fue un duro golpe para la familia, y el luto duró más de un mes. Camila hacía cuanto podía para hacerme sentir mejor, decía que no era culpa mía bien sabiendo la impotencia que yo sentía por no haber podido impedir que su vida se le escapara del cuerpo. Sus intentos dieron fruto finalmente cuando al cabo del mes negro se convirtió en mi esposa. La nube negra de la Plaga se disipó un poco por ese entonces, superada por el blanco del vestido de Camila cuando caminó al altar para hacerse mía. Los casos de muerte se redujeron tanto que hasta llegamos a pensar que la enfermedad ya había pasado. Sin embargo no tardó en regresar con aún más fuerza. En solo una semana murieron el padre Gregorio, el zapatero, la madre de Martín y los trillizos del alcalde. Y durante el siguiente año el número de víctimas aumentó sin frenos. La sombra negra solo se había tomado un descanso.
Ya en ese entonces Camila no era la misma, parecía apagada, como si el brillo que encandiló al mundo en el día de nuestra boda se hubiese esfumado en la noche siguiente. Ni siquiera el nacimiento de nuestro hijo logró devolverle esa sonrisa de dientes de Luna que yo tanto anhelaba ver. Más de una vez me despertó en la mitad de la noche entrando a la habitación. Ante mis sospechas de un engaño mi madre me aseguró que ya lo hacía épocas antes de que estuviésemos casados, ella le había confesado que sufría insomnio y buscaba el sueño caminando por el monte. La confesión aplacó mis ánimos pero seguía sin explicar su cambio de personalidad. Intenté culpar a su amnesia, al cambio de vida que habíamos tenido, hasta a la llegada de nuestro hijo... pero cuando una noche descubrí en su antebrazo las terribles manchas negras no tuve más remedio que aceptar que sufría la Plaga... una variación más lenta y más terrible de la enfermedad tal vez.
En vano intenté persuadirla de que confiara en mí, de que buscáramos la cura. Ella lo negaba todo, y me apartaba de su interior escudándose en su indiferencia. La sonrisa de dientes de Luna ya no volvió a aparecer.
Finalmente una noche se acercó a mí y me abrazó. No me explicó nada sino que simplemente lloró y yo presentí que el fin estaba cerca. Sabía con certeza que a la mañana siguiente ya la habría perdido. No pude contener el dolor y nuestras lágrimas corrieron hasta que ambos nos quedamos dormidos sobre la cama.
Un ruido extraño me despertó pasada la medianoche. Me levanté aún entre sueños y vi como Camila avanzaba deambulando por el pasillo hacia la puerta de salida. Intenté alcanzarla pero comenzó a avanzar más rápido y antes de que tuviese tiempo de tomar su brazo había desaparecido tras la puerta sin dejar rastro.
Antes de que pudiera entender que había sucedido escuché un ruido en la habitación de nuestro hijo. Con el corazón en la garganta corrí hasta la puerta y pude ver a la figura encapuchada inclinada sobre él respirando. El terror se apoderó de mí congelándome el cuerpo e impidiéndome de intervenir. Solo cuando la figura se hubo alejado hacia la ventana recuperé el control de mis movimientos y me abalancé sobre ella. Esquivó mi golpe con facilidad y caí al suelo al tiempo que rompía a llorar de impotencia y odio. Pero las lágrimas se transformaron en absoluto desconcierto cuando mi mirada alcanzó la figura negra que ahora pasaba sobre mí. Todo su cuerpo espectral estaba cubierto por una capa negra que se movía como una sombra. Coronando la figura una capucha cubría su rostro, dejando entrever el brillo de una cálida sonrisa de dientes color Luna.

martes, marzo 06, 2007

Pesadilla de Autor

Respiro despacio al girar la perilla de la puerta, el exterior me atemoriza como los monstruos invisibles que asediaban mi habitación desde la oscuridad impenetrable. Lamentablemente esta vez no cuento con ninguna luz salvadora para desaparecer todas las miradas insidiosas que me esperarán acosadoras, una vez surcada la puerta. Mirando una vez más de reojo la pantalla vacía de la computadora pidiendo a gritos una solución tomo el coraje para empujar la puerta. El alivio de verme solo en el jardín de mi casa me infunde los ánimos para emprender la marcha solitaria.
El Sol brilla escondiéndose tras hilos de nubes blancas que, pudorosas, buscan cubrir el brillo de sus rayos. Mas, al igual que mis ojeras cubiertas tras los cristales oscuros de los lentes, la luz escapa a toda prisión mofándose de sus captores mientras baila alegremente sobre el rocío matutino. Creyéndome ya a salvo de los mayores peligros recuerdo con dolor que mi mujer se ha llevado el coche aquella mañana, obligándome ahora a exponerme al mundo exterior sin más defensa que una sarta de mentiras. Y la oportunidad de ponerla en práctica no se hace esperar.
- ¡Buenos días maestro!- dice, esgrimiendo una sonrisa asesina, aquel vecino obeso, el que todos tenemos y del que jamás recordaremos el nombre.
- Buenos días...- repito, evitando la vergüenza de equivocar el apellido.
- ¿Cómo anda todo?- continúa cándidamente. Dudo que tenga intención de hacer corta esta entrevista.
- Bien- primera mentira – ya sabe, nada fuera de lo común.
La conversación deriva hacia temas intrascendentes como el estado del tiempo y la guerra en Medio Oriente. Doy cátedra sobre los males de la guerra sin siquiera saber de que países estoy hablando, al vecino no parece importarle, escucha embobado memorizando palabras y frases cuyo significado no le interesa. Lo único que desea es poder citarme en la cena con sus suegros el sábado a la noche.
Un ademán con el sombrero me indica que la conversación llega a su fin. Aliviado, le doy la espalda para marcharme antes de que su mujer u otro vecino me sorprenda por los flancos y me asalte con más preguntas. Mis esperanzas de escapar con mi orgullo intacto se desvanecen cuando a mis espaldas el vecino me ataca con la frase:
- ¿Qué lleva en la bolsa maestro? ¿Un nuevo manuscrito?
- Sí, ahora mismo lo llevo a que lo vea mi editor.- Mi sonrisa apenas puede resistir el peso de la vergüenza de saber que la bolsa en realidad solo está llena de papeles inútiles.
- ¡Ya era hora!- exclama el vil gusano – No sabe hace cuanto que mi suegro espera un nuevo trabajo suyo.
El golpe duele pero es justo. A diferencia mía el hombre no miente, pero ¿por qué la verdad habrá de ser tan cruel?
Ahora sí, me despido y me marcho sin pensarlo, la consciencia me pesa tanto que casi no puedo caminar derecho. Ya me voy haciendo la idea de que no podré llegar a destino sin tener que afrontar decenas de conversaciones iguales cuando al final de la calle veo un espejismo tan real que el corazón me da un vuelco, ¡un taxi! El hecho de encontrar uno vacío a estas horas de la mañana es tan milagroso como que el montón de basura en mi bolsa se conviertan en un best seller. La idea de publicarlos es por un momento tan tentadora que casi no reacciono a tiempo para frenar el vehículo.
Me subo, discreto, rezando porque no me reconozca, que no esté en ánimos de hablar o por lo menos que haya perdido la lengua... Doy la dirección. Hasta aquí todo bien, el conductor se da vuelta para consultarme sobre el camino a tomar y en seguida se pone en marcha.
Intento distraerme con el paisaje, intento no notar como los ojos del taxista me escrutan por el espejo retrovisor, intento no escuchar su exclamación de sorpresa, intento, pero no puedo, ignorar su voz cuando me pregunta por fin:
- ¡Usted! ¿Usted no es el autor ese... el del libro de los vagabundos?
- ¿Se refiere a “Ángeles de la calle”?
- Ese mismo.
- Sí... soy yo.
- Ya me parecía, vi su cara en la contratapa del libro.
- ¿Lo ha leído usted?
- Claro que sí, bueno, me obligó mi mujer. ¿Es gran fanática suya sabe?
Me falta el aire, no puedo hablar. Apenas llego a atinar una sonrisa. Espero una tregua pero el siguiente ataque no se hace esperar.
- Ya desde hace tiempo se viene quejando de que no sale nada suyo, no sabe como me tiene... que busque en las librerías, que pregunte en la casa editora... no le alcanza con que le diga que nadie sabe nada de ningún libro y punto. Y ahora justo me viene a tocar usted acá, debe ser cosa del destino, ¿no?
Otra tímida sonrisa es mi única respuesta. No me gusta para donde va esta conversación.
- Así que dígame, ¿Para cuando su próximo libro?
No tengo otra opción más que contestar.
- Y, eso depende de la editora, del tiempo de publicación, usted me entiende... el trabajo ya está escrito. Ahora, no podría decirle cuanto va a tardar, no depende de mí.
El hombre por un momento parece desalentado, sin embargo inmediatamente recupera la alegría.
- Pero ya lo escribió ¿no? Tanto no puede tardar ¿no?- y sin esperar mi respuesta agrega – ¡Que lindo! ¡No sabe que contenta que se va a poner mi señora!- y antes de que pueda esconderlo ve el paquete, ya está, estoy perdido. – Osea que... ¿el libro es eso que lleva ahí?
Trago saliva, no quiero contestar, no quiero mentir... y al mismo tiempo no puedo evitarlo.
- Sí, este es.
El hombre pone cara como si acabaran de decirle que el tumor en su próstata es benigno.
- Y entonces...- dice tímidamente – ¿no me dejaría darle una ojeada?
Mi mente se acelera en la búsqueda desesperada de una excusa
- Me encantaría...- tartamudeo – pero si en la editora ven que el paquete está abierto van a pensar que se lo ofrecí a alguna otra antes que ellos, ¿me entiende?
Increíblemente no solo me entiende, sino que me cree, pero no por eso se rinde.
- Entonces dígame por favor, ¿de qué va?
- ¿Cómo?
- Que de que va el libro.
- ¿El libro?
- Sí, el libro, ¿no me puede dar un anticipo sobre que trata para darle una sorpresa a mi mujer?
- Pero... le voy a arruinar la sorpresa.
- ¡Pero no se preocupe!- ríe el desgraciado – A mi no me va a arruinar nada, a mi mujer veo yo que le cuento y que no. Usted dígame que yo después el libro se lo compro igual.- me guiña el ojo socarronamente. Y yo desearía poder arrancárselo y hervirlo en aceite de girasol.
- Bueno...- busco desesperadamente por una idea, aunque sea pésima, para que me saque del apuro – el libro es sobre...- la expectativa en su rostro bloquea mi mente, no puedo pensar en nada. Nada de lo que diga se lo va a creer... – sobre...- esquimales, paraguas, una fuga de un instituto mental, canciones de cuna, el matrimonio, el divorcio, autos, caníbales, un hombre en una isla desierta... no eso ya existe, la historia de la caña de azúcar, otro tipo que viaja en el tiempo... demasiado gastado, una sociedad secreta de pediatras, la vida en un submarino, el impacto en la sociedad del mp3... ¡Algo! – ¡ratones!
La palabra se desliza sola, como impulsada por lo más hondo y lo más estúpido de mi mente.
- ¿Ratones?- dice el taxista, sin creerlo.
- ¡Ratones! Un grupo de ellos, que viaja por el mundo... buscando un hogar, y uno a uno van muriendo... hasta que el último descubre que el viaje mismo ha sido su hogar.-
- Es... bueno. Es muy bueno.- Ni yo ni él le creemos, pero fingimos hacerlo, por el bien de ambos. El resto del viaje transcurre en silencio, ni siquiera me mira cuando me dice lo que le debo. Entre nosotros hay una cortina invisible de frialdad. A pesar de todo estoy aliviado, cambié mi vergüenza por mi orgullo. Aunque creo que este último tampoco ha salido muy bien parado.
Ya en la calle no dudo más, me dirijo directamente al edificio que tengo enfrente sin importarme si me reconocen o no. Quiero terminar con esto lo antes posible. En mi camino al pequeño condominio de cuatro pisos escucho susurros detrás de mí, miradas... dedos señalándome. No lo soporto. Comienzo a correr y entro a los tropezones en el vestíbulo. Está vacío. Me creo a salvo hasta que escucho voces desde las escaleras, se acercan. Con un movimiento felino entro al ascensor y presiono el botón del tercer piso. No quiero correr riesgos inútiles. No quiero más preguntas sobre mis trabajos, mi próximo libro o los estúpidos ratones viajeros.
Llego finalmente hasta la oficina buscada. El soplo del aire acondicionado limpia las gotas de sudor y me devuelve el aliento tras la maratónica subida. Varias son las miradas que me observan curiosidad pero yo a no temo, allí me siento a salvo, los monstruos no pueden entrar.
- Ah, es usted- dice una voz profunda a mis espaldas. Antes de que pueda terminar de girarme para encarar a mi interlocutor su mano ya estrecha la mía – es un honor conocerlo. Por favor pase a mi oficina.
El hombre tiene una edad indefinible, parece pulcro y correcto, inteligente, lo hace sentir uno a gusto, en confianza. No puedo evitar preguntarme si así se verían los ángeles, si los hay, o los agentes demoníacos, esos los hay seguro.
Pasamos a una oficina elegante, plagada de cuadros de artistas extranjeros cuyos nombres son tan impronunciables y desconocidos como la corriente artística que siguen. Me siento a gusto, tranquilo, la atmósfera logra quebrantar todo recelo que aún pueda conservar. Sin embargo no olvido para que estoy ahí, quiero ir justo al punto.
- Usted disculpará que lo hayamos hecho venir hasta aquí.- no se si es una disculpa o una orden, su tono me confunde. – pero según me ha sido informado su caso es algo sumamente peculiar.
- Lo es- atiné a decir – y en realidad es algo que prefiero discutir en persona que por teléfono. Los contacté a ustedes porque tengo entendido que son los mejores en su campo y además muy discretos en relación a sus clientes.
- Correcto. Entonces dígame, ¿qué es lo que necesita que encontremos por usted?
- Mi inspiración.
- ¿Su inspiración?
- Me oyó, mi inspiración.- la sorpresa en el rostro del hombre me causa una extraña satisfacción, seguramente se esperaba todo menos lo que le dije.
- Creo que no lo entiendo.- dice al fin
- Es muy simple. Yo soy un autor conocido, eso le debe saber. Hace más de tres años estaba buscando ideas para mi siguiente obra, y como siempre fui a buscar mi inspiración en una plaza que se encuentra a pocas cuadras de mi casa. Sin embargo al llegar descubrí que ya no estaba. Se había marchado sin siquiera avisar a donde iba o cuando regresaría. Desde entonces la busco, sumido en la vergüenza de que sin ella mi carrera está acabada, no puedo escribir. Y en todos lados la gente me pregunta por un próximo libro que jamás habrá de llagar. Fíjese que tan desesperado estoy por mantener las apariencias que a cualquier lugar que vaya me traigo este montón de papeles inútiles para que la gente crea que tengo una nueva novela a punto de salir.
- ¿Entonces lo que usted quiere es... que encontremos esa inspiración perdida?
- Exactamente. Después de tanto tiempo decidí que era hora de contratar profesionales, y un amigo me dijo que ustedes eran los mejores en cuestiones de recuperación de bienes extraviados.
- Es verdad pero este caso francamente...- sé que intenta encontrar una excusa pero no la tiene. En el fondo sabe que mis razones son perfectamente válidas.
- Mire, usted solo dígame si van a tomar mi caso, de lo contrario me marcho inmediatamente. Tengo el presentimiento de que mi inspiración podría estar ahora en el bar donde conocí a mi mujer o en el asiento trasero del auto donde perdí la virginidad.
- Este... espéreme aquí afuera por favor, consultaré con mis superiores y le haré saber nuestra respuesta.- ya no parece tan seguro de sí mismo como al principio, se nota que lo abruma la responsabilidad de la tarea que quiero encomendarle.
Me siento en una silla apenas afuera de la oficina del sujeto. A pocos metros se encuentra la ventana, enfocando un par de pájaros que intentan inútilmente armar su nido con pajillas de plástico que han de haber encontrado tiradas en la vereda. Me pregunto si ellos sabrán mi secreto, si podrán ver más allá de esta fachada, si esos ojos acusadores lograrán verme no como el gran autor e incomparable novelista sino como un mediocre en decadencia y falto de ideas. Aparto ese pensamiento con furia, ahora podré volver a ser lo que era, la agencia encontrará mi inspiración y podré volver a escribir. ¡No seré un fracasado!
La idea bombea con tal fuerza en mi mente que no alcanzo a escuchar al hombre sin edad hablando por teléfono.
- Hola, ¿operadora? Comuníqueme con el hospital psiquiátrico de San Fermín... sí, no se preocupe, puedo esperar...

lunes, diciembre 04, 2006

El Campo

No hay mucho que decir, mis excusas para la tardanza ya las conocen, usen la que quieran.

El Campesino se levanta al amanecer como cada día. El mundo le entrega una nueva mañana de sol, bañada por el rocío de la humedad primaveral. Allí apostado sobre el árbol del jardín canta un pequeño pájaro, el ritmo su música atrapa al Campesino y termina de expulsarlo del reino de los sueños. Se viste, despacio, sintiendo el aire a su alrededor como el alma propia, un soplo de vida que huele a libertad. Se toma unos segundos para disfrutar el instante en que una suave brisa penetra por la ventana y le atraviesa el cuerpo, como una flecha apasionada infunde fuerza en su espíritu.
Tras calzarse las botas besa a su esposa durmiente entre los cabellos. Luego besa su vientre abultado, señal de la vida que lleva dentro y a la que pronto podrá llamar hijo. Sonríe al pensar en aquella vida que crecerá en la libertad del campo, ese campo que hoy cultiva para él. El Campesino se dirige a la cocina ya vestido para preparar su desayuno. Saborea el pan horneado el día anterior, pero aún cálido, mientras la leche tibia moja sus labios sedientos.
Todo lo hace lentamente, no tiene prisa, sabe que el campo no va a moverse hasta que termine, y que seguirá allí durante todo el día de trabajo, “no hay apuro”, “todo a su tiempo”, esos son sus lemas. Nada lo obliga a dejar de disfrutar el pequeño y sencillo placer que significa el desayuno. Finalmente baja la taza vacía, satisfecho. Tras lavar todo lo usado se dirige pesadamente a la puerta, listo para enfrentar el día de trabajo. Cruza el umbral y sale.
La hermosura del campo se extiende ante sus pies como un manto de flores, a pesar de que nada ha comenzado a crecer aún ya se puede sentir la vida futura palpitando bajo la tierra. Respira profundamente una vez más, como queriendo hacer del campo parte de sí mismo, un solo ser, uniéndose en un lazo único bajo el sol de la primavera. El campo pasa a ser mucho más que la fuente del alimento, de la ganancia, el campo es la vida misma, es la razón en sí misma del por qué de la vida.
Termina las tareas habituales en poco tiempo, la rutina y el rocío facilitan tanto su trabajo que apenas siente la carga. Insatisfecho con lo poco trabajado en el día se dirige a preparar el almuerzo a su esposa. Mientras cocina una nueva idea cruza su mente, tomar el arado y preparar nueva tierra para la cosecha, el campo jamás se agota, y conforme las cosechas aumentan sus fuerzas y tiempo de trabajo crecen al compás.
Con el arado atado al buey comienza la ardua tarea de trazar los surcos que serán la cuna del alimento de sus hijos. La esperanza de alimentos futuros lo motiva a acelerar su trabajo. No siente la carga, no siente el cansancio, jamás se agota, como el campo.
Al llegar a la tercera pasada, hacia el centro del laberinto de surcos, el arado se detiene de golpe. El Campesino imagina una piedra o huesos de algún animal, pero tampoco se sorprende al ver un brazo esquelético saludándolo desde la tierra. La mano empuña una pistola oxidada que aún parece humear por el calor de la descarga. El Campesino suspira y va en busca de la pala guardada en el cobertizo.
Su mujer al verlo cavar se apresta a alcanzarle dos tablas firmes junto a los clavos y un rosario, el cual reza de principio a fin mientras el Campesino devuelve al cuerpo a la tierra que lo vio nacer, sobe el montículo erige con las tablas una cruz a modo de lápida. Tras terminar el rosario su esposa se retira silenciosa, dejándolo solo con sus pensamientos.
El Campesino voltea y observa las demás cruces solitarias que se erigen en el campo. Cientos de hermanos muertos que vertieron su sangre por hacer del campo una patria libre. Es esa sangre la que abona la tierra, la que limpia el agua, la que hace llover y salir el sol. Pues es la sangre del sacrificio que tantos hicieron para que sus hermanos pudieran vivir en paz. El campo pagó su libertad con esa sangre de sus hijos, y es a aquellos hijos que quedaron que hoy se entrega sin condiciones. Y de esa tierra nacerán nuevos hijos, que poblarán el campo que sus padres les han entregado con sus vidas.
Tomando el arado nuevamente en sus manos, el Campesino rodea el suave montículo que yace bajo la cruz. El trabajo aún no termina, porque el trabajo no es solo suyo, sino de todos los hijos de la tierra, de todos los mártires del campo.

martes, octubre 17, 2006

Capítulo 6: El arte del acoso

Muchos dijeron que era imposible, otro dijeron que ya me había rendido, la mayoría me llamó pajero de mierda (no sin razón)... pero hoy estoy aquí para demostrarles a todos que los que no creyeron en mí que estaban equivocdos, y se los voy a refregar en la cara por el resto de sus vidas. En definitiva, hoy, tras 6 meses y medio de trabajos intensivos, llega el nuevo capítulo de la novela!! ........ bueno, no era una noticia taaaan importante pero al menos una aclamación podían hacer no? manga de desconsiderados. En fin, quiero agradecer a Fer, Pau, Nacho y todas esas personas que me hincharon las pelotas para que siguiera con esta historia y no la abandonara como hago con todo lo demás. Los dejo con el relato, que lo disfruten.

Me despertó dos días después un terrible timbrazo a las 7 de la madrugada. Yo estaba tirado encima del escritorio cubierto con el diario que en mi última incursión al mundo real había robado a algún vagabundo, y una vez más no tenía la más mínima intención de levantarme. Pero la insistencia del visitante, y el fuerte olor a orina que desprendía el periódico, terminaron por convencerme.
Arrastré mi dolorido y enfermo cuerpo hasta la puerta y dejé que el peso de mi mano girase el pestillo de la puerta. Segundos después ingresaba a la habitación nada menos que un muy alegre gordo Tony, arruinando con su pestilencia a felicidad el hermoso ambiente de desolación y muerte reinante. La gente feliz siempre destruye los buenos momentos. Notando mi deplorable estado Tony se aventuró a preguntar:
- ¿Se encuentra bien?
- Por supuesto- respondí – La hemorragia interna es uno de mis pasatiempos favoritos-
Los desafío a encontrar una respuesta más ingeniosa.
Tony parecía preocupado, pero mi sonrisa medio desdentada alcanzó para infundirle nuevos ánimos.
- Bueno, ¿entonces está pronto para comenzar el seguimiento de hoy? – exclamó exuberante. Si hubiese podido mover mi cabeza lo hubiese mordido.
- Creo que sería mejor la próxima semana, como verá me encuentro un poco indispuesto.- Como una señal divina, en ese preciso instante comencé a escupir sangre.
La cara de decepción de Tony logró animarme por breves instantes, pero inmediatamente recuperó su desagradable optimismo.
- Vamos inspector, si usted parece estar más en forma que nunca. Vamos, lo invito a un trago, eso lo reanimará.
Son muchas las cosas que extraña un hombre que ha caído en la miseria: la luz eléctrica, el pan caliente sobre la mesa, las prostitutas libres de sífilis, caminar por la calle con el culo limpio. Pero la que sin duda más apremia tanto al ex obrero como al ex explotador de obreros es la posibilidad de ingerir alcohol, aquella bebida mágica que logra hacerle olvidar a instantes el asqueroso olor a estiércol del que está hecha su vida.
No hace falta decir que la posibilidad de una borrachera en plena mañana a cuenta de un gordito boludo que no sabía en que se estaba metiendo bastaron para renovar mis fuerzas lo suficiente para que me incorporara, unas gotas del néctar de la resaca harían el resto del trabajo curativo.
En menos de lo que canta un colibrí estábamos ambos sentados en la barra de un bar cercano al lugar donde se suponía que iniciaríamos el seguimiento. Tony parecía no aguantar tan bien la bebida como su grasosa figura sugería, por lo que apenas después del 5º trago ya había bailado sobre la mesa, atacado a vagabundo que lo confundió con su primo segundo, besado una monja y vomitado sobre los zapatos de un coreano que pasaba por ahí.
Cuando pareció haberse calmado un poco aproveché para inquirir sobre aquellas cosas que un hombre jamás cuenta a menos que piense que se lo esté contando a un topo parlanchín gigante, afortunadamente aquel era el caso. Así supe que era nativo de Georgeville, un pueblo jamás ha sido y jamás será importante para esta historia por lo que no vale la pena ni nombrarlo, como ya está nombrado pásenlo por alto. Sus padres al parecer fueron buenas personas, esperaron hasta que supiese cocinar solo antes de mandarlo a vivir con su bisabuela parapléjica para que cuidara de ella, lo cual hizo durante 3 años hasta que murió, aunque realmente había muerto 5 años antes sin que nadie notara la diferencia. A los 18 años la familia Bonanzini, la cual recientemente había cerrado su fábrica de trampas para osos en el lugar condenándolo a la ruina, le ofreció pagar sus estudios como acto de caridad, para luego emplearlo como trabajador explotado, con plan dental, seguro médico y un garche gratis con la dama de la compañía, ingenioso doble sentido que no debe ser pasado por alto. Fue con esta mujer, a la cual llamaban Gervasio, que Tony perdió finalmente su virginidad, junto con su salud y su autoestima, incursionando en el mundo del sexo, experiencia corta pero sin duda útil ya que el deseo de alejarse por siempre de ese monstruo gonorreico lo impulsó a subir peldaños en la compañía hasta que por fin el señor Pedo consideró que tenía las aptitudes necesarias, es decir ser el único abogado recibido legalmente en toda la empresa, para convertirse en su asistente legal.
Según él, el señor Pedo Bonanzini era un gran hombre, rodeado de pésimas compañías y malos consejeros; muchos de sus negocios sonaban turbios pero él luchaba valientemente por transformarlos en actividades legales. Muchas veces debía ensuciarse las manos, pero solo con quienes lo merecían realmente. De él Tony había aprendido que no todo en la vida es blanco o negro, también hay orientales y latinos, y ni hablar de los esquimales. Así que las veces que algo parecía turbio en sus negocios Tony lo veía como parte inevitable del mundo empresarial. Íntimamente era un hombre bueno y cariñoso que apenas si golpeaba a su mujer una vez por semana, engañándola solo porque ella no podía satisfacer su gran virilidad. Además era un excelente jugador de “chancho va”, metralletista olímpico y fumador empedernido. Jamás he escuchado mejores palabras para describir a un mafioso.
Fue esta serie de grandes desaventuras y pequeñas catástrofes lo que lo llevó hasta los zapatos vomitados del chino en ese bar, y a todo el mundo de posibilidades que se abriría ante él a partir de entonces. Todo gracias al que les habla… escribe… a menos que estén escuchando la versión en casette, si es así quiere decir que el libro tuvo relativo éxito y que yo estoy nadando en dinero, o lo estaría si no estuviese muerto… ja, ahora los dejé con la intriga.
Cuando hube bebido suficiente como para no recordar cuanto había bebido, procedí a despertar a Tony, quien ahora se abrazaba tercamente a un gato que había muerto de asfixia tras forcejear valientemente por recuperar su libertad.
- Tony, ya es hora de movernos o vamos a perder a la pendeja.- dije al tiempo que lo pateaba gentilmente en los testículos.
- msffdfjghf.- fue su respuesta y – Ay ay ay, que dolor.- cuando hube retirado mi pie de su entrepierna.
Una vez recompuesto Tony y comido algo a sus expensas salimos a la soleada calle para iniciar nuestra pequeña persecución. Era a esa hora que la joven Melany salía de su costoso colegio para dirigirse a su supuesta clase de baile finlandés, pero el hecho de que no supiese hacer ni un Schrumut inverso había hecho entrar en sospecha a su padre, además de otros hechos secundarios como sus cambios de humor, sus horarios irregulares, la cocaína encontrada en su cuarto o el hecho de que ella hubiese publicado en su página web un poema pseudo-dark titulado “Me drogo en vez de ir a clase de baile Finlandés”, el cual recibió un premio por el uso más creativo de la palabra “putrefacción”.
Dada la descripción otorgada por mi compañero de investigación, y a partir de entonces también de borracheras, esperaba ver a una hermosa muchacha vestida de negro cuyo hermoso cuerpo estuviese siendo lentamente carcomido por el gusano de la adicción. Sin embargo grande fue mi sorpresa cuando Tony me señaló a un monstruo horripilante que parecía haber sido engendrado por hienas mutantes del pacífico sur. “Ah, se refería a esa etapa de Picasso…” fue todo lo que mi cerebro pudo pensar, dado el estado de semi ebriedad reinante. Realmente era la personificación del Güernica, el único cuadro de que conozco de ese autor, aunque nunca lo vi, tal vez no se parezca, no sabría decirles. Se preguntarán como no había visto su rostro antes en alguna de las fotos que sin duda estaban en los dos archivos que tenía sobre ella en mi oficina, o tal vez no lo hagan… me quedo con el no y seguimos sin problemas.
La muchacha estaba sola y parecía esperar a alguien. Su presencia se fue quedando sola en la puerta del edificio a medida que los otros jóvenes que aparentemente llevaban vidas más llenas de emociones iban abandonando el lugar. El gordo y yo continuamos espiándola desde la calle opuesta, tomando yo breves intervalos para expulsar el alcohol y sangre aún presentes en la orina en la pared de un restaurante Esloveno. Había llegado a escribir los primeros tres versos del estribillo de “Love me do” cuando Tony llamó mi atención. Un muchacho de entre 20 y 40 años se había acercado a la joven y ahora platicaba amistosamente con ella al tiempo que intentaba manosearla un poco, reflejo natural de todo hombre que se considere tal. Tony por supuesto estaba horrorizado. Afortunadamente logré impedir que interviniera apuntándole con mi arma descargada, no por piedad sino por falta de presupuesto para balas.
Tras minutos de cortejo la feliz pareja se alejó velozmente, al tiempo que nosotros nos poníamos tras su pista a unos escasos metros de distancia. Al trotar por media ciudad con el rechoncho Tony a mi lado me sentí como una de esas figuras novelescas a quienes jamás les falta un compañero subido de peso que los haga quedar estéticamente bien. ¿Qué sería de Don Quijote sin su Sancho? ¿De Holmes sin Watson? ¿De Tinelli sin Larry? ¿Del pollito sin la vaca? Es un hecho, los compañeros gordos son la última moda, y yo había conseguido uno de la mayor calidad prácticamente gratis.
El dúo delante de nosotros seguía caminando casi sin hablar y echando funestas miradas suspiciosas a diestra y diestra de nuevo. Grande fue mi sorpresa cuando pasaron por alto un sinnúmero de albergues transitorios y terrenos baldíos que habrían sido lugares más que apropiados para saciar las ansias carnales que sin lugar a dudas en mi sórdida mente eran el motivo de aquel encuentro. Es más, no se detenían en ningún lado, simplemente avanzaban continuamente dando vueltas y giros y apenas intercambiando palabra un par de veces por cuadra. Mi atenta, aunque alterada, mirada tampoco había logrado ver ningún tipo de intercambio de paquetes ni dinero. Era una situación desesperante, 2 horas caminando sin cometer un mísero crimen, debía ser un récord en la ciudad. Finalmente se detuvieron frente al mismo lugar del que habían partido sin que yo lograra obtener un solo dato claro para mi investigación. Justo cuando creí que el día hubiese sido mejor aprovechado si me hubiese dedicado a plagiar autógrafos de Jennifer López las palabras de despedida alcanzaron mis oídos.
- La semana que viene a la misma hora.- dijo él en un artificial tono de misterio.
- Bueno… pero… ¿estás seguro que va a estar todo bien? ¿No corro peligro?- preguntó esa abominación de la naturaleza que se hacía llamar mujer. Estaba temblando como un mamut epiléptico durante la noche de las luces.
- Vos tranquila nena- la elección de palabras denotaba que se trataba de un tipo duro – mientras mantengas cerrada la boquita y hagas tu trabajo nadie se va a dar cuenta.
- Está bien… confío en vos- quiso agregar algo más pero el hombre ya se alejaba con paso apresurado.
Solo cuando él hubo desaparecido tras la esquina ella retomó la compostura y, asegurándose de que nadie la viera, aunque estando en la mitad de la calle la podía ver hasta el espía sueco escondido en el sótano del bar de Gino, dio tres fuertes inhaladas a un polvo blanco que guardaba en un sobrecito en su bolso.
- Que decepción, tantas horas de trabajo solo para verla pasear con un extraño que no abusó de ella, probablemente se arrepintió tras verla de cerca, y descubrir que su única adicción es la harina Blancaflor.- Exclamó Tony en un intento por figurar de nuevo en los diálogos.
- Sinceramente no creo que el autor podría haberte hecho más imbécil, pero es comprensible, así yo no quedo tan mal.- dije pacientemente. Tras un breve seminario sobre la cocaína y sus usos proseguimos con nuestro análisis.
- Es una lástima enterarse así de esto, el señor Bonanzini se va a decepcionar mucho cuando sepa que sus sospechas eran correctas.- suspiró. – Supongo que con esto concluyen sus servicios. El caso se cierra ¿no?
Hoy en día creo que habría hecho mejor quedándome callado y aceptando los hechos, el dinero y el sándwich gratis, pero en el momento algo en mí que podría denominarse tanto instinto de detective como estupidez crónica me llevó a decir: - Me parece que aún hay algo que no cierra en todo esto.- y por una vez afortunadamente no se trataba del cierre del pantalón de Tony.

sábado, octubre 07, 2006

Inmigrante y legal versión 1.02

Vientos de renovación han soplado sobre este blog... y al cruzarse con la sudestada dejaron un desastre digno del huracán Graciela. Así que cuando volví de mi viaje espiritual alrededor del mundo y me encontré con tal desorden, pensé que era una buena oportunidad para deshacerme de este blog sin quedar demasiado pegado y poder dedicar mi tiempo a darme vuelta el warcraft 3 de una puta vez. Sin embargo descubrí que esta monstruosa creación mía ya no puede ser destruida (algo a que ver con juicios pendientes en su contra en Albania), por lo que en vez de mandarlo al tacho decidí llamar a mi decorador y dejarlo como nuevo. De más está decir que el muy hijo de la santa muestra de pintura huyó después de aceptar mi jugoso anticipo de $5, dejándome desamparado ante la titánica tarea de renovar esto yo solo.
Haciendo uso de mis nulos conocimientos de html y mi pésimo gusto para combinar colores, logré alcanzar la combinación que hoy pueden observar pero manteniendo el mismo formato de siempre porque muchos lectores de capacidad limitada perderían la cordura intentando encontrar donde está cada cosa. Otro importante cambio fue el del estandarte de esta página que hasta ahora había sido mi peludo rostro veraniego y que ha sido reemplazado por mi símbolo chino favorito. Sé que va a ser duro no poder verme cada mañana alegrando su día, pero algún día me lo agradecerán, y sus hijos que no me imitaron, también. Aquel de ustedes que cada tanto revise un poco lo que hay en la página más allá del último post habrá notado la aparición de un contador de visitas. Sepan de antemano que el 99% de las entradas que aparecen ahí son mías revisando la página y que el único que tiene forma de saber cuáles son las verdaderas visitas soy yo (ñaca ñaca). Así que no se gasten en inútiles cumplidos sobre la enorme cantidad de gente que nos está visitando porque sabré reconocer su sucia mentira piadosa.
Creo que eso es todo, tampoco me iba a tomar la molestia de hacer grandes cambios, simplemente quería personalizar un poco este espacio sacándolo del estereotipo blanco sobre fondo negro que se puede ver en miles de otros blogs. Si tienen alguna queja o consejo no duden en presentarla sin miedo, yo por mi parte me comprometo a fingir preocupación y luegollenarles la casilla de mail de spam pornográfico como siempre.
Aprovecho este boletín informativo para aclarar que no me olvidé de esa maldita novela que estaba escribiendo y, aunque muy lentamente, sigue avanzando, así que en un par de años podrán disfrutar del siguiente capítulo, que será más corto, peor escrito y con más errores de ortografía que los anteriores. Sé que así les gusta más.

Como no me gusta dejar este post sin ningún trabajo acá les dejo algo que escribí hace bastante tiempo, cuando todavía me gustaba la poesía.

Orígenes

Dividido entre dos orillas,
Viviendo dos realidades.
El niño se hace hombre,
Un hombre que aún es niño.

La ternura de la infancia
Por un lado le sonríe.
Lo persiguen los recuerdos,
El pasado invade el presente.

Por el otro está el futuro,
Brillante y de mil colores,
Hermosa luz de Luna
Perversa en su lazo mortal.

Montevideo sonríe tranquila,
Madre paciente y comprensiva,
Espera al hijo pródigo
Que regresa a recibir perdón.

Buenos Aires la altiva
Lo mira con desdén.
Pobre joven inmigrante
Perdido en sus encantos.

Una madre y una novia
Lo atraen a sus costas,
Ahogando el grito desesperado
En el río de lágrimas de plata.

Deber vivir dos realidades,
Dos mujeres, dos ciudades.
Preferible es morir solo
Que desgarrado por amor.

Esto fue todo por hoy. Los dejo con mi contador de visitas, no dejen de saludarlo.

domingo, setiembre 10, 2006

Puerta Cerrada

¿Cómo es esto? ¿Dos posts en un día? ¿Se habrá vuelto loco? Sí, pero de eso hace ya mucho tiempo, ya deberían haberse acostumbrado. El hecho es que el anterior no cuenta como post hecho y derecho porque es un video y porque no es solamente obra mía. Además tengo que cumplir con una promesa, y para mí la promesa es tan sagrada como el día de la marmota. Es por eso que hoy, por segunda vez, les presenta la obra del día.
Este texto en realidad ya apareció publicado en un foro pero al releerlo me gustó bastante, así que tras corregirle un par de severos errores de ortografía fue publicado.

Espera solo en la habitación vacía observando la puerta cerrada, aguarda porque ese alguien por fin la cruce y lo encuentre allí sentado, esperando por ella, la mujer con la que todas las noches sueña. Mira la puerta y piensa: "Hoy será el día, hoy la veré por fin, y ella me reconocerá como yo a ella, porque sé que ella también sueña conmigo cada noche." Y así en los sueños se encuentran, se conocen, se aman y se unen en uno solo, pero jamás se tocan, jamás se hablan, jamás se miran realmente. No es una ilusión pero tampoco es algo cierto, y él espera por el día en que ella cruce aquella puerta y el sueño ya no sea necesario. Aún así él jamás la abre, teme salir pues ella podría no encontrarlo, teme perderla, teme arriesgarse a salir de la habitación y descubirir que ella no existe. Por eso aún espera, por eso aún sueña, porque teme dejar ir el sueño y que este jamás vuelva. Y así vive esperando eternamente por una mujer que aún no conoce, por un amor que aún no siente, encerrado en la habitación.
Del otro lado de la puerta una mujer espera. Espera por aquel hombre de sus sueños, aquel que la ama cada noche y desaparece cada mañana. Y mira sentada la puerta sin atreverse a abrirla.

Dedicado a Maki, porque le prometí que le dedicaría mi próximo trabajo y yo soy un hombre de palabra (y ahora de video también).

Playmovie

En honor al espíritu innovador de este blog les presento el día de hoy un corto que realicé con tres amigos para un proyecto escolar, hace ya casi un año. La razón por la que tardé tanto en subirlo es un gran misterio, el cual sus pequeñas mentes consumidoras de telenovelas y música dance no están preparadas para comprender (imagino que a esta altura ya habrán decifrado que simplemente antes no sabía cómo hacerlo). Sin más preámbulos he aquí nuestro trabajo.



PD1: para evitar cargos legales e insultos los nombres de todos sus creadores y colaboradores están al final.
PD": sí, ya sé que lo que lo que está ahí al final es cualquiera, pero editarlo para sacarle esa parte me daba una paja tremenda así que no se quejen.