viernes, abril 16, 2010
Las cinco fases de escuchar a tus vecinos
Una de las bellezas de nuestra sobrevalorada vida moderna es que nos permite vivir en cómodos apartamentos ubicados en edificios (reservando las arcaicas moradas unitarias para los estratos más altos y más bajos de la sociedad) donde la creciente pérdida de intimidad que los inquilinos de las viviendas van sufriendo se hace más evidente a medida que las torres se vuelven más y más altas y las paredes menos y menos gruesas. Por si el título no lo dejó claro, estamos (desde la cuarta línea ya pueden ser considerados cómplices del crimen) hablando de escuchar a quienes viven en los habitáculos contiguos al nuestro cumplir el vil acto que en las sagradas escrituras del Kama Sutra se define como “ponerla”.
El sexo es hoy como siempre la necesidad más básica de quienes reconocen que garantizar la supervivencia de la especie es la razón por la que estamos en el mundo. Al mismo tiempo, es también la necesidad más básica de quienes reconocen el ponerla, o recibirla en todo caso, es la razón por la que estamos en este mundo. Debido a que ese rango abarca un porcentaje presumiblemente alto de la población mundial (decir “todos” es un poco exagerado, asumo que habrá quince personas que prefieren priorizan el escribir un libro, plantar un árbol o jugar al World of Warcraft), no sorprende que la práctica sea tan común entre los seres humanos, aún en ambientes tan escaso de privacidad como el baño de un avión, la fila H del cine y el sillón del living con tu vieja (¿por qué? Porque le encanta). A pesar de los grandes avances que ha hecho el individuo social en aceptar la realidad de que otra gente también la pone, y siempre mucho más seguido que vos, y con tu vieja; una prueba indirecta de este suceso como puede ser el escuchar a alguien dar evidencia concreta de ese hecho durante dos horas seguidas en el apartamento de al lado aún desencadena en nosotros una serie de reacciones perfectamente divisibles en cinco fases para comodidad del lector.
Fase 1: Negación
Se escucha un ruido extraño a través de la pared y lo primero que queremos pensar es en que la vecina no está haciendo lo que a nosotros nos gustaría estar(le) haciendo. Las excusas que tratamos de imponernos como “es una ventana que está abierta” o “es una película”, quedan rápidamente descartadas cuando el ruido de la ventana suena extrañamente parecido al nombre, apellido y número de seguro del señor del sexto piso. A esa altura sólo queda dejar lugar a la aceptación o convencerse de que se trata de un intento de homicidio e irse a dormir con la conciencia tranquila.
Fase 2: Ira
“¡Desubicados!”, piensa nuestro yo hipotético, “Gritar de esa forma sin consideración por los demás inquilinos”. La situación nos parece una vergüenza, una afrenta, un escupitajo en la cara a la moral y a los valores sociales. Hasta que nos damos cuenta que si fuera uno es ser que estuviese llenando el formulario, importaría poco y nada el que él o ella lo grite en los tímpanos de todos tus habitantes contiguos. Es más, si a vos querido lector, tu vecino te encarara a la mañana siguiente de una noche de lujuria desenfrenada, sus apelaciones al respeto y decoro sonarían tan fuera de lugar como los Teen Angels haciendo de teloneros en un recital de la Renga.
Confío en la honestidad intelectual de las 15 personas a las que les llegará esto como una cadena de Spam (reenvíalo a otras 15 o tus vecinos la van a poner todas las noches con lujo de gritos de acá hasta que te mudes a la Patagonia). Ustedes saben que la bronca es por envidia, frustración o porque no tenés ningún huequito en la pared para espiar. Lo que nos lleva a…
Fase 3: Curiosidad
De pronto ya no negás el ruido, mucho menos te resulta molesto. A esta altura estás irremediablemente desvelado y la falta de programación decente en la tele a esas altas horas (a menos que tengan Premium, en ese caso pueden ver a sus vecinos en el canal 548. En el 549 está tu vieja) hacen de quedarse escuchando los ya familiares gemidos la opción más llamativa. Al prestar atención se reconocen tonos, modos, reacciones de ese big bang que ocurre a escasos metros tuyos. El interés se agudiza, se eriza la piel, empiezan las fantasías. El juego empieza.
Fase 4: Diversión
La pared ya un estorbo casi inútil. Escuchás todo con lujos de detalles y ya pensaste en tirar abajo la pared y poner un vidrio para invitar a tus amigos la próxima. La fantasía se dispara para todos lados y la imagen llega a ser más nítida que el HD del televisor/I-pod de Steve Jobs.
Fase 5: Comunicación
Si hubiese una audiencia empezarías un relato, pensás, solo para darte cuenta de que internet ES una audiencia y la computadora un micrófono. Buscás a cualquier amigo que esté conectado y le contás todo lo que está pasando, compartís los detalles, creás una trama… a los 5 minutos ya tenés un guión para venderle a playboy. Sólo te falta abrir un blog sobre tu experiencia, imprimir remeras con la leyenda “Yo escuché a mis vecinos. Sabés perfectamente de qué te hablo… no te hagas el dobolu” y abrir un grupo de fans de Facebook que prometa fotos de Pamela David en bolas si llega a los 4302863 miembros.
A la mañana siguiente te encontrás con el novio de tu vecina en la puerta de abajo del edificio. Vos sabés que él sabe que vos sabés, lo tenés escrito en la cara… todo culpa del alcohol y de que había un marcador cerca, pero resistís el impulso de llamarlo campeón y palmearle la espalda porque en el fondo sabés que no deberías saber lo que él sabe que sabés (si te mareaste volvé al principio del párrafo, tomá aire y volvé a arrancar. La salud es lo primero). A los pocos segundos el impulso pasa y, sin mirarlo a los ojos te escabullís de su presencia. Tres noches después el ciclo vuelve a comenzar.
jueves, marzo 18, 2010
Registro pendiente
El corto arranca con una escena en un aula de clases donde una maestra se enfrenta a un grupo de alumnos con un enorme libro de esos que en comparación hacen parecer a la Biblia un menú de restaurante. De golpe la “seño” (como le decíamos allá por 1973) empieza a hacer preguntas a los alumnos: “Fernández, dígame quien fue el jugador con más amarillas durante el mundial de 1978”, “Oderto, nómbreme a los cuatro equipos que integraron el grupo C en Francia 98”, “Garibaldi, enumere a los delanteros que logaron más de 5 goles en un mismo Mundial”. A cada pregunta responde un alumno (no puede contestar cualquier cosa porque, a diferencia mía, hay gente que realmente sabe las respuestas y seguramente nos lo hará saber).
Vertiginosamente pasamos a la imagen de una reunión de oficina con un montón de directivos mirando a un joven intrépido exponer por qué el 4-3-3 es el nuevo 4-4-2. Se enfocan las caras de los viejos analizando lo que dice el joven, a quien después se pone en primer plano mostrando gráficos y estadísticas sobre cualquier verdura. Cambiamos de nuevo y nos vamos a un café onda Recoleta, con un grupito de tres señoras bien paquetas tomándose un té o alguna otra porquería. De entrada se escucha que una le dice a sus compinches que le encanta Milito, pero que la dupla delantera tiene que ser Messi/Higuaín. La de al lado la interrumpe y le suelta un “¡Ay, no querida! A Diego no se lo toca. Si desde hace meses que me hablan bárbaro de él en Italia”. Enseguida se cuela el mozo en el plano para acotar que sin el Loco Palermo daría lo mismo no ir a Sudáfrica directamente. Mientras tanto la tercera señora gira la mirada hacia el cielo como diciendo: “¿Y a este pelotudo quien lo llamó? “.
De golpe aparece la Cámara de diputados en el Congreso enfocada desde arriba (ya nos fuimos al carajo con el presupuesto pero no importa nada porque la gente ya está enganchadísima) y se escuchan las voces de los diputados debatiendo sobre sí el equipo tiene que descansar el día antes del partido o concentrarse. Zas, primeros planos de los diputados gritando con cara enrojecida a favor, en contra y de penal también (acá podemos deslizar el anclaje político y hacer que la mitad de los presentes se levanten y dejen a la sesión sin quórum, no sé, las variantes ya son infinitas). Nos vamos a la última escena: Consultorio de un médico con una mujer embarazada tirada en la cama. El doctor le pasa por la panza la sonda de la ecografía o como carajo se llame mientras ambos miran hipnotizados al monitor. De golpe se escucha al relator (si lo conseguimos a Mariano Klos estirando alguna vocal cambiada sale redondo): “patea al arcaaaaa… GOL. GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLLLLLLL” y lo grita el médico, la señora, el gurí que no nació y el tipo que limpia el piso que ni siquiera estaba en el elenco. Todos se abrazan eufóricos mientras funde en negro.
Listo. Todo cocinado. El fanático futbolero está preparado para aceptar dedicar su vida a la compra de cualquier producto que se ponga en pantalla, la mujer ama de casa compra 5 por las dudas de que se acabe y los pibes los cambian como figuritas en los recreos. Es identificación instantánea. Sólo hace falta algún eslogan estúpido como “Porque durante el Mundial existe sólo el fútbol, nosotros también nos hicimos parte del juego. (Inserte marca), sponsor oficial del fanatismo argentino”, que aparezca en letras blancas y azules sobre el fondo negro. Días después el producto X de la marca W está agotado en todo el país y están pensando importarlo de Canadá que es el único lugar donde es posible que no me plagien esta idea, sólo porque allá tienen las peleas del hockey sobre hielo para mantenerlos ocupados.
Eso es todo por hoy lamentablemente. La próxima semana vamos a estar presentando el anticipo del nuevo himno mundialista, con la participación especial de Ricardo Darín porque tiene un octavo de Oscar y se prende en todas.
martes, febrero 16, 2010
So we meet again Mr. Blog…
Un año ha pasado, muchas experiencias se han vivido, poco ha cambiado, aparte mi nueva obsesión por hablar con verbos en voz pasiva. Debe ser la necesidad de alejar un poco de mí toda esa avalancha de responsabilidad que es el crecimiento, la maduración espiritual y ese conjunto de eufemismos que utilizamos para decir que estamos viejos. Viejo estoy, sin duda, aunque no necesariamente por la edad (aunque por la edad también, yo solía mirar a los tipos de 21 como los que tienen la vida resuelta: casa propia, auto, sexo regular). La vejez, después de todo, es un estado mental: La impresión de que ya no tenemos nada que aportar al mundo. Cuando digo que estoy viejo hablo de que ya no siento esa energía, ese chispazo vital necesario para emprender cosas, generar ideas, aportar algo a este sucio e inepto mundo tan falto de creatividad y humor (¿cínico yo?).
Durante mucho tiempo me sentí así, viejo y gastado, un zapato que ya no sirve para la tarea que cree debe emprender en su paso por la existencia para alcanzar la gloria en el cielo del calzado. Digo que por mucho tiempo porque, y este post es una pequeña prueba de ello, desde hace un tiempito volví a sentir ese gusto por emprender mi utilidad de zapato, que en mi caso considero es la escritura en todas sus formas y colores (Arial 11 en negro, preferiblemente). No sé si fue gracias a ese maravilloso viaje que emprendí hacia el sur argentino con varios de mis colegas de la vida o al hecho de que nueva gente haya pasado por acá y me haya dejado saber que le gustó alguito de que se leyó.
En esos 365 días que transcurrieron desde mi último post hice de todo, y al mismo tiempo hice nada. El único oasis de expresión que tuve durante ese período fue un pequeño programa de radio (La Rockola Informativa para los interesados, si quieren verla de nuevo con vida paguen el rescate, o al menos ofrezcan una pauta publicitaria para bancar los gastos) que hice con dos amigos y con el cual me cagué de risa. La radio es distinta, es motivadora, es interesante y sin duda quiero seguir explorándola, pero no es lo mismo. Existe un poder en la palabra escrita que siento como parte de mí a un nivel muy profundo y es difícil que eso pueda cambiar.
Decía que en 2009 no hice nada, puse mi cerebro en hold y evité cualquier intento de expresión creativa, humorística o de lo que sea que se alimente a este blog (sangre de unicornio, si prefieren). ¿Por qué? Miedo, desidia, vagancia, trabajo, tantas y tantas razones, tengo un depósito lleno, pero no son más que excusas. La realidad es que me encontré en este 2010 sin una verdadera razón por la cual no escribir y decidí obligarme a hacerlo de nuevo. Será duro, será difícil, me pelaré con mi creatividad cuantas veces sea necesario, la cosa es que este blog se merece otro esfuerzo, todos los necesarios hasta que realmente me aburra de esto y pase a otra cosa (estoy entre danza árabe y paracaidismo, y juro que esas fueron las dos primeras cosas que se me ocurrieron al momento de pensar en el chiste).
Sepan disculpar la descarga emocional peo realmente siento que necesito dar explicaciones sobre mis vaivenes con la escritura, al blog, no a ustedes, es más, no sepan disculpar un carajo, es mi espacio y escribo lo que quiero. Es como si tuviera que pedir perdón por hacerme un tatuaje emo en el culo (sí les pido perdón por esa imagen).
Es todo por hoy, ya tendré tiempo de contar más conforme vaya actualizando esta ballena blanca en la que se ha convertido Inmigrante y Legal. Tal vez con el tiempo lo suspenda y arme algo nuevo, con un nombre un poco menos infantil y más filosófico (estoy entre “memorias del naufragio intelectual” y “desmanes de un idilio nostálgico”) o definitivamente me dedique a algo serio y deje de lado este romance adolescente que tuve con las letras. Pero hasta nuevo aviso seguiré enamorado de esa chica vital, divertida, hermosa, decente, pero a la vez tan jodidamente histérica que es la literatura. We are back in businness. (Dos nuevos cambios: me resulta gracioso mandar frases en inglés en la mitad de mis monólogos a pesar de que la inmensa mayoría de la gente que conozco no comparta y me enamoré de los chistes entre paréntesis).
PD: NI ME PREGUNTEN DE LA NOVELA... ¿Cómo que qué novela?
lunes, febrero 16, 2009
Capítulo 10: Fetos
Tal vez fue la sospechosa ausencia de muebles, tal vez el hecho de que había un inodoro y una cama en la misma habitación, o tal vez el que una de las paredes tuviese barrotes y que a través de ellas pudiera ver a un guardia afuera junto a un cartel que rezaba: "si puede leer esto, usted está en una celda"; pero algo en mi fina intuición me indicaba que me encontraba en algún tipo de prisión… o en la casa de un anfitrión con un sentido del humor tan perverso como su gusto para decorar.
No sabía cuanto tiempo había pasado desde el oscuro desenlace que siguió a mi encuentro con La Mosca, pero la inmunda peste que emanaba de mi cuerpo me permitió suponer que se trataba de más de unas pocas horas… o unos pocos días. Al parecer mi sistema, demasiado ocupado en sobrevivir a la sorpresiva presencia de 3 kilogramos de cocaína en su interior, no se había molestado en problemas menores como el de devolverme a la conciencia.
Lo primero que noté fue que, contrariamente a lo que sucede en general cuando se despierta en el interior de una celda, mi cuerpo no poseía nuevas heridas y mi recto parecía no haber sido vejado por algún preso de manos grande y alma sensible. De hecho, la mayoría de las mutilaciones que había sufrido durante los últimos capítulos, habían desaparecido sin dejar cicatriz de su presencia, salvando la ausencia del pedazo de oreja que McBride había tenido el placer de hacer volar. Nótese inmediatamente que la sorpresa del descubrimiento estuvo lejos de suscitar mi alegría. La evidencia de que mis captores no solamente no habían contribuido a incrementar el número de muestras en el museo del maltrato en el que se había convertido el conjunto de mis órganos, sino que incluso se habían preocupado por limpiar las obras de otros artistas sólo llevaba a una conclusión posible sobre su identidad: Fuerzas Especiales.
Las Fuerzas Especiales de Tareas de Orden (FETO) eran lo que en una novela policial hecha y derecha, y por ende yanqui, sería el FBI. Pero la utilización de una policía, y por consiguiente un país y una locación geográfica, real en esta historia hubiese traído tantas confusiones de trama y juicios legales que habría mandado por el caño todos los intentos de ambientar el relato en un escenario tan ambiguo y maleable como es la ciudad de la que ya no recuerdo el nombre. En el pasado, más de una vez había debido enfrentarme a sus legiones por temas tan triviales como la falta de detalles en un informe, mis conexiones con el bajo mundo de la city y el secuestro extorsivo. Ahora que ya no pertenecía oficialmente a la fuerza, la cosa sólo podía ponerse peor.
Con la paulatina recuperación de mi memoria, la imagen de los gentiles hombres armados que habían obligado a mi cerebro a perder el 30 por ciento de su capacidad de un saque coincidió con el recuerdo que yo tenía de los uniformados de las Fuerzas. Como si aún faltara evidencia, la prueba final para mi brillante deducción la aportaba el hecho de que una operación en la que el primer objetivo primero había sido arrestar a los presentes en la escena y no organizar una pelea de cuchillos para ver quien se apropiaba de la merca no podía ser producto de una inteligencia local.
Descubierta la identidad de mis captores sólo podía esperar. Afortunadamente previamente a mi última incursión al mundo real había terminado de desaparecer toda la evidencia que me comprometiera con el considerable inventario de crímenes en los que me había involucrado durante los años de bonanza, desde la caza de elefantes por las calles de los suburbios hasta la organización de torneos de batallas de pókemons. Descartados los posibles testigos por exceso de muerte en sus archivos policiales, me creí salvado de toda acusación que pudiera manchar mi buen nombre. La conclusión me tranquilizó lo suficiente como para permitirme un momento de descanso. Encendí mi pipa, que por obra de la necesidad escénica había aparecido en mi mano, y me senté en el duro colchón de una de las camas para comenzar a pensar. La mentira de McBride sobre los hábitos drogones de Margaret que me había conducido al escondrijo de La Mosca no dejaba de rondarme en la cabeza y si algo nos han enseñado los grandes maestros de la deducción es que para despejar la mente no hay nada mejor que intoxicar los pulmones.
No habrían pasado quince minutos desde el comienzo de mi meditación cuando una poderosa voz llamó a mi puerta. Frente a mí, cortado verticalmente por los barrotes, la figura del capitán Estaban D. Ramírez, sub-jefe de las FETO, se me presentaba como una visión mitológica. Mitad policía, mitad hombre, esa criatura de leyenda me observaba con sus ojos azules como queriendo deducir de donde corno había sacado yo la pipa y cómo hacía para fumar sin tabaco ni fuego. El hecho es que yo fumaba.
Ramírez golpeó de nuevo los barrotes con su macana, que es siempre mejor que una travesura, intentando llamar mi atención que en ese momento se concentraba con todas mis fuerzas en cualquier cosa que quitara de mi rango visual a aquel ángel de la desgracia. No porque temiera las consecuencias sino porque creí que tal vez aún no hubiera superado el trauma que le causó aquel desafortunado incidente obra del cual me vi obligado a acostarme con su hija, su esposa, su madre y su perra.
- Robredo…- dijo finalmente el corpulento oficial mientras daba señas al mudo guardia de que le permitiera el acceso a mis aposentos.
Me sorprendí de que me hubiera llamado por mi nuevo nombre y no por el de "Reverendo Hijo de Puta", como habituaba hacer continuamente en el pasado, aunque yo nunca adherí a la fe protestante y mucho menos me ordené. Esa muestra de cariño sólo podía significar que algo más importante que su venganza personal me había llevado ante su presencia. Decidí que en lo inmediato lo aconsejable era no suscitar su ira.
-¡Capitán! Tanto tiempo…- vociferé en tono amigable - ¿Cómo está la familia?
- Tan enferma de sífilis como la dejó la última vez inspector. – respondió con una calma tal que le habría helado la sangre a Disney. - ¿Sabe por qué está aquí?
- Porque un gigante uniformado me voló la conciencia contra una pila de cocaína, enviándome a un viaje místico que lamentablemente concluyó acá.
- Veo que no perdió su humor. Veamos si se ríe cuando acabemos. – continuó el impasible capitán mientras se quitaba los guantes y tomaba la macana por el lado fino.
- ¿Acabar? Me parece un poco rápido pasar a esa fase. Recién nos estamos poniendo al día. Si quiere acabar por qué mejor no trae a su muj… -
El repentino golpe en la boca del estómago me dejó sin aliento, cortando mi respiración y dejando mi fino chiste suspendido en el aire como una mariposa a la que un sable samurái le corta las alas.
- Basta de idioteces, Robredo. – musitó el agresor.- ¿Dónde está Melany Bonanzini?
- En el circo, si Dios es misericordioso.
Un nuevo golpe desencajó mis entrañas. Esta vez del guardia que había ingresado junto al oficial. Me pregunté para qué se habían tomado la molestia de acomodarme si igualmente iban a ejercer sobre mí el curioso deporte de la brutalidad policíaca. Luego supuse que simplemente no querrían haberse lastimado practicando con un cuerpo deformado.
- ¿Dónde está la chica, Robredo? Si dice todo ahora lo desmayaremos antes de seguir. – ofreció con una asquerosa sonrisa de satisfacción.
- Debería haber seguido con la estrategia amable, sabe que estoy en contra de toda forma de violencia. Sobretodo si es contra mí y mis amados riñones.- atiné a decir en medio de una ráfaga de puntapiés que impactaron entre mis piernas. Afortunadamente, después del tercero ya había perdido toda sensibilidad en esa zona.
Tras un par de horas de lo mismo, el único resultado visible era el cansancio de los agentes, quienes resoplaban faltos de aire mientras yo los miraba inocentemente entre los pedazos inflamados de mi rostro. Quince minutos con "El Elegante" McBride habrían sido más que suficientes para que yo confesara haberlo secuestrado incluso a él. En comparación, la paliza de los muchachos era como cuando descubrís que tu vecina tuvo sexo contigo sólo para conocer a tu hermano: en apariencia tenés que fingir que te duele, pero en el fondo no te importa.
- Cambiemos de estrategia capitán.- insinué. – ¿Por qué mejor no me explican por qué creen que yo tengo a la chica?
Corto tanto de recursos como de aire, Ramírez decidió acatar mi plan de juego.
- No sabemos exactamente de qué nació su interés por ella, aunque viendo sus antecedentes y el dinero de la familia nada sería sorprendente. Hace días pidió información en el Bar de Gino sobre la muchacha, la siguió durante un encuentro con un joven y luego se encontró con el capo mafioso "Panino" Gordicelli para acordar su participación y porcentaje de ganancia en el secuestro. En algún momento entre aquel encuentro y su arresto la joven Bonanzini desapareció. Ahora, sea usted un buen detective y deduzca por nosotros quien lo hizo.- concluyó el oficial, soltando una carcajada que no fue secundada por su compañero, quien ya se encontraba desmayado por falta de aire desde el comienzo del relato.
- El mayordomo sin dudas. – respondí triunfante. – Al menos él tendría más motivos que yo para secuestrar a ese error de la naturaleza. Y hablando de errores… ¿Qué rol juega en su perfecto cuadro Aurelio Hárisson?
- ¿Quién? – Preguntó extrañado el capitán.
- Tony. – vociferé, rezando porque mi arbitraria imposición de sobrenombre hubiese trascendido los límites de la realidad textual, alternado el conocimiento de todos los personajes de mi universo literario. – El gordito idiota que estuvo conmigo en todas esas travesías que usted menciona.
- No sea estúpido Robredo, si sabemos lo que hizo también sabemos que lo hizo sólo. Sus fantasiosas mentiras no pueden ayudarlo esta vez – respondió el capitán.
Por un momento realmente temí que los traumas de mi infancia finalmente hubiesen hecho mella en mi conciencia obligándome a ver una alucinación formada por todos mis males sufridos con el cuerpo del Tigretonio. Luego me di cuenta que si yo estaba equivocado, nada podía salir de aquello que fuera bueno para mí, por lo tanto debía ser un complot u obra de duendes invisibles, a los cuales siempre he considerado mis más acérrimos enemigos.
- Yo no invento capitán. No secuestré a ese feto infrahumano ni hice nada que no fuera por orden del mismo Bonanzini, a través de su asistente Tony. Ahora, si vamos a hablar de mentiras fantasiosas empecemos por su perra, y si vamos a hablar de perras empecemos por su mujer que…
Nuevamente mi elocuente discurso fue cortado en seco por un golpe de Ramírez.Ya se disponía a atacar áreas más sensibles de mi cuerpo cuando una voz que me sonó angelical, pero que más bien se parecía a lo que suena cuando un taxista tiene un pollo atorado en la garganta, sonó a sus espaldas y lo paró en seco.
- Quieto Ramírez. El idiota es mío.
lunes, junio 23, 2008
La importancia de ser boludo
Me encontraba en un café en París, un pequeño rincón de barrio que se esconde bajo un arco y cuya fachada cae sobre la rue Jean Giraudaux. De pronto, mientras hundía mi rostro en la taza de café con leche que el local tuvo la gentileza de prepararme para acceder a mis, para ellos, excéntricos gustos, escuché a mis espaldas: “Y sí boludo”. Ya está. “Porteño clavado” pensé. Más allá del acento, o de ese tonito que tiene poco de canchero y mucho de soberbio que tipifica al bonarense en el exterior, la marca registrada del “boludo” fue la prueba más concluyente, aún más que si el misterioso hablante me hubiera ventilado el pasaporte en la cara.
Tanto en el interior o el exterior del país, dondequiera que se haya oído hablar de la Argentina, o a un argentino, se escuchó la palabra fatídica. Y es que el vocablo se halla tan impregnado en el habla cotidiana, particularmente de los jóvenes, que no escucharlo mencionado al menos dos o tres veces en el transcurso de una oración parece casi un insulto. Ironía suprema si tenemos en cuenta que el sentido original de la palabra, sentido del que aún hoy en día no se halla escindido, es justamente un insulto.
Y es que, como afirma José Edmundo Clemente: “Las palabras tienen un impulso, un sentido, que muchas veces concluye por alterar la significación primaria”[1]. Esta frase parece hecha a la medida para describir el vocablo mencionado, y eso que cuando se escribió originariamente el texto no se usaba aún ni en su sentido original. ¿Cómo es posible, se preguntan muchos, que una palabra pueda ser al mismo tiempo ofensiva y cariñosa? Y es que este segundo sentido es el que se ha ganado el “boludo” a fuerza de pura presencia. Hoy en día el boludo es el amigo, el compañero, la persona con la que se tiene confianza. Uno no gasta un “boludo” con desconocidos. Éstos tienen que ganarse el derecho a ser insultados.
Este amor por la contradicción, tan característico en el porteño como el fútbol, el barrio o mi querido café con leche, es la base de ésta y muchas más ironías que se plantea el lenguaje de estos pares rioplatenses. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el secreto no está en el insulto en sí mismo, sino en la forma y el lugar en que se expresa, y la elección adecuada del término. Es a lo que Borges se refiere al decir: “Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.[2] Un “boludo” soltado en un momento equivocado y con un tono poco propicio puede acarrear graves consecuencias. Aunque el insulto ha perdido énfasis por culpa del desgaste, el orgullo de un porteño sigue siendo tan susceptible como para ser herido aún por esta palabra/estandarte.
El origen del término en sí mismo es muy simple: el insulto, como casi toda creación vulgar argentina, sale de una referencia a los genitales masculinos, aduciendo que su tamaño influiría en su intelecto de una forma que nos resulta tanto incomprensible como irrefutable. Tal es la fuerza del saber popular. Así el “boludo”, originariamente, se convierte en el tonto, el estúpido, el que no entiende, o simplemente el que hace las cosas mal, el esclavo del error. ¿Cómo es que de tal calibre de atributos se pasó a la muletilla cariñosa de la que antes hacíamos mención?
Cabe destacar que con el tiempo el adjetivo se popularizó también para referirse a las mujeres con idéntica intención, sin embargo al mismo tiempo se establece la pregunta de a que atributo femenino se puede hacer referencia al catalogar a una chica de “boluda”. Problema del idioma que fue solventado en pos de la igualdad de sexos y del derecho a ser insultados por igual, podemos suponer.
Una vez más recurrimos a Clemente en búsqueda de una frase que ilumine nuestro razonamiento: “La modificación etimológica que experimenta una palabra a través de su historia es el resultado del contacto vivo con sus hablantes”.[3] Así, el creador del término se constituye en sus mismos usuarios, que a fuerza de repetición, lo envistieron de un nuevo significado que solo puede ser interpretado en la sociedad donde se forjó.
Haciendo uso de la ya establecida polisemia de la palabra, se podría argumentar, después de escuchar hablar por cinco minutos a cualquier espécimen representativo de la población de la ciudad, que en ésta todos los habitantes son “boludos”. Pequeño juego malicioso que sin embargo conlleva una gran verdad: el que no entiende que es “boludo”, claramente no es porteño. Es decir, que si alguien al ser calificado de tal tomara el adjetivo por ofensa, obviamente sería un intruso desconocedor de la simpatía con la que se lo trata al ser referido de esa forma.
Así, el “boludo” es prueba de pertenencia a la capital, sea si se enuncia, sea si se lo recibe. Por lo tanto, solo aquel que pueda ser llamado “boludo” con sinceridad y aprecio, podrá decir de sí mismo que es un verdadero porteño.
Esta posición que hoy ostenta esta palabra, como marca registrada del ser ciudadano y papel de presentación en el exterior, no fe siempre la misma. En el pasado el “che” era un documento mucho más valedero que cualquier papel para identificar un nacido en suelo nacional. Hoy, esa posta se ha pasado, y aunque a muchos no les guste el envase en que se presenta, debido a su significado original, cabe destacar que este también es una expresión de los tiempos que corren, en los cuales este tipo de palabras se ha naturalizado tanto en nuestra habla que quien no las utiliza forzosamente es muchas veces tachado de poseer excesiva sensibilidad, o un dejo de desprecio sobre una forma de expresarse que a la mayoría se le hace natural.
Más allá de la forma, es importante el saber reconocer los propios caracteres que conforman al ser nacional. Se hace necesario dejar de lado el prejuicio hacia una palabra que, como muchas otras que hoy se usan sin pudor alguno, está cerca de olvidarse de su pasado oscuro y se afirme como simple expresión de ser porteño. Y no está lejos, si no es que no ha llegado ya, el día en que se diga sin remanses: si ser porteño es ser “boludo”, entonces “boludo” soy.
[1] Borges, Jorge Luis y Clemente, José Edmundo, El lenguaje de Buenos Aires, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1963, Página 79
[2] Íbidem, Pag. 25
[3] Íbidem, Pag. 82
viernes, junio 06, 2008
Capítulo 9: El fantasma, la bruja y el Armando
Retornados una vez más al bar de Gino, me pregunté si el autor no estaría pensando transformar esta historia en una película de tan bajo presupuesto que requiriera el repetir tantas veces un mismo escenario o si simplemente su capacidad creativa se había agotado en apenas 24 páginas del word; pero mis cavilaciones fueron interrumpidas por los quejidos constantes de Tony, quien no parecía haberse repuesto del todo de nuestro encuentro con McBride.
Casper nos observaba con sus ojos lechosos, tal vez dudando entre si prohibirnos de una vez la entrada o simplemente echar nuestros cuerpos al mar, mientras refregaba incansablemente el mismo vaso de vidrio que ya debía haber perdido 1 o 2 milímetros de espesor. Al mismo tiempo, yo me debatía entre pedirle ayuda o no. El caso ya estaba resuelto, no tenía sentido el seguir excavando un pozo cuando ya se había encontrado el agua... Un agua marrón y claramente contaminada, pero agua al fin. Sin embargo esa curiosidad innata que caracteriza a la raza de los detectives, y que tan a menudo se confunde con su también innata estupidez, todavía no había muerto del todo en mí, obligándome a seguir con la investigación de un caso que de este punto en adelante solo podía traerme problemas.
Cuando finalmente la mano del cuasi-fantasma se detuvo por un instante para recuperarse de los calambres, supe que era el momento de lanzar mi pregunta.
- Casper, ¿qué sabés de una mujer a la que llaman la Mosca?
Inmediatamente el vaso se estrelló contra el piso. Las manos temblorosas del tabernero habían perdido la capacidad de movimiento y su rostro se hallaba completamente deformado por lo que parecía ser un rastro de rubor.
- ¿Cómo supiste de ella?- Alcanzó a decir tras repetidos balbuceos.
- Por “el Elegante” McBride.- dije, mientras Tony estallaba en nuevos sollozos al escuchar el odiado nombre.
De pronto el rostro de Casper perdió todo rastro de rubor, incluso parecía más pálido que nunca.
- ¿McBride?- gritó con un pavor que se podía palpar en el aire. - ¿Cuándo volvieron a soltar a ese demente? Debería estar en África, ¡o en el infierno! ¡O en Disney por el amor de Dios!
- Aparentemente es el sobrino del Panino y se está encargando de su negocio.- dije, coreado por más gemidos de la bola de grasa húmeda en que se había convertido mi compañero.
El tabernero tuvo que sentarse para asimilar la noticia. Aparentemente su cuerpo también había sufrido las artes de Jeff, y la noticia de su regreso era para él peor que el anuncio del inicio de la temporada de caza de albinos. Aún así, no dejó de extrañarme que el hombre con la mayor red de información de la ciudad no hubiese recibido la noticia de la llegada de un sujeto como McBride. O su retorno se trataba de una operación muy reciente y perfectamente encubierta, o Casper se hacía más merecedor del Oscar de lo que jamás habría podido imaginar. De cualquier forma me prometí no bajar la guardia con él de ahí en adelante, promesa que olvidé segundos después, cuando me invitó a una cerveza a cambio de mayores detalles.
Varias cervezas y explicaciones después, Casper parecía aún más preocupado, pero todavía no del todo dispuesto a llevarnos al paradero de la Mosca. Según él, sería inútil entrevistarla pues dudaba que se tomase el riesgo de venderle droga a la hija de un hombre que en esta ciudad era semejante a una botellita descomunal de Raid.
- Y aunque lo haga, ¿por qué debería molestarse en darles información a ustedes?
- No subestimes mis poderosas artes de convencimiento, además para eso es que venís con nosotros
- Eso es otro tema, ¿en qué parte de su retorcido cerebro se le ocurrió que yo iba a estar dispuesto a ayudarlo?
- En la misma parte en que se me ocurrió la ingeniosa idea de contarle a Jeff quien me ayudó a encontrar su escondite.
Una vez más la sombra del pánico recorrió su rostro. Y más rápido de lo que un adolescente tarda en redecorar el baño, todo deseo de oponerse a mi voluntad desapareció de su ser.
Por miedo a ver mi amenaza cumplida, Casper decidió cerrar su bar temporalmente y acompañarnos en ese mismo momento. Algunos clientes no estaban tan dispuestos a ceder su posición, como un viejo que parecía haber adquirido una suerte de simbiosis con el asiento u otro que golpeó a Tony salvajemente un par de minutos antes de que una de las botellas que Casper y yo lanzábamos desde una prudente distancia lograra hacer impacto con su cabeza.
Minutos más tarde, un destartalado Caspermóvil nos conducía por las callejuelas de la ciudad, evitando cuanto patrullero pudiese identificar la ya antiguamente vencida patente y haciendo todo lo posible por descargar a sus ocupantes contra las puertas en cada curva cerrada que le presentase una oportunidad. Increíblemente logramos alcanzar nuestro destino sin una nueva demostración de las artes vomitivas de Tony.
Cuando a uno le dicen que va a visitar el antro de una mujer a la que llaman “la Mosca”, uno espera encontrarse con una tienda estilo voodoo, donde se cultivan las artes negras y se pueden encontrar entrañas y huevos de distintos seres colgando de las paredes como decoración. De la misma forma que espera que la dueña sea una inmensa negra vestida con sus ropas de nigromante africana y hablando en una lengua que parece haber sido inventada para ser pronunciada solo por cobayos drogados. Este prejuicio es perfectamente comprensible en una sociedad ebria de cine hollywoodense o que ha jugado demasiado al Monkey Island, sin embargo los estereotipos de nada sirven en una ciudad donde hasta los niños de jardín llevan una magnum 47 metida en los pantalones.
En virtud de lo dicho, entré a lo que en un primer momento me pareció el interior de una tienda de caramelos, pero que resultó ser también de bizcochos y unas apetitosas tartas de las cuales me serví unas 4 porciones antes de que la dueña del local apareciera tras el mostrador. La enorme bruja voodoo de mis sueños parecía más bien una Heidi con varios años de más pero que todavía se piensa que el abuelo sigue vivo en la casa de la montaña. Su cara, impresionantemente sonriente, estaba dibujada por mares de maquillaje que intentaban darle un todo infantil pero que más bien la convertían en un mellizo de Michael Jackson. Todo a su alrededor parecía adquirir un tono de empalagosidad tal que estaba seguro que si hubiese lamido el piso por el que caminaba habría comprobado que era más dulce que todas las tortas que reposaban en mi estómago. Tras una atenta inspección gustativa comprobé que mi suposición era falsa, pero las migas de brownie que encontré entre la pelusa del suelo me dejaron satisfecho.
- ¡Gaspar! ¿Que haces aquí? – preguntó con su, obviamente, melosa voz imitando pésimamente un dudoso acento madrileño.
- Traigo las 10 plagas de Egipto... ¿Qué te parece que hago?
- Es que habías dicho que ya no querías verme, después de que le vendí aquella pequeña cantidad de heroína al hijo del abogado...
- ¿Pequeña cantidad? ¡El tipo murió de sobredosis! ¡Y antes pagarme! Creeme que no estaría acá si fuera por mí. Pero estos caballeros tienen un par de preguntas para vos y una buena dosis de amenazas para mí.
- ¿Qué haces trayendo a la basura de tu bar a este lugar? ¿Sabes lo que cuesta mantener la fachada? ¿Imagínate si alguien los ve aquí y avisa a la policía?
- ¿Qué te importan los policías si ya te los encamaste a todos? Te digo que necesitan un par de datos, dales lo que quieren y nos olvidamos de que alguna vez estuvimos acá.
- ¿Tan fácil es para tí olvidarte de mí? Maldito perro. ¿Por qué debería ayudarte a tí? ¿Qué has hecho por mí? ¡Nada! Un par de erecciones fallidas y clientes inservibles, eso es todo.
- Hija de... ¡Ahora son inservibles! Pero antes vos... y si te agarro ahora... ¡Vení para acá! – rugió tomándola con fuerza de la cintura, al tiempo que clavaba sus blancuzcos labios en el lago de maquillaje que cubría la cara de La Mosca.
Durante varios minutos observé con disgusto como el arco iris de colores pasaba de un rostro al otro mezclándose con la saliva y algo marrón que chorreaba del techo. Cuando la escena adquirió un tono no apto para menores, ni mayores, ni ningún ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, debí apartar mi vista para devolver todas las tortas ingeridas a su lugar original en las bandejas.
Una vez finalizada la turbia ceremonia, noté que Tony se había desmayado sobre un charco de un elemento demasiado sospechoso como para arriesgarse a acercarse. Mientras yo intentaba devolverlo a sus sentidos picándolo con una vara a una prudente distancia, los desagradables amantes se devolvieron a sus ropas entre silenciosas miradas de deseo.
Consumado el acto y satisfecha, o casi, la informante, nos conduzco a la parte trasera de su pequeña tienda, a la cual llamaba “mi pequeño oasis de felicidad”. La felicidad en cuestión estaba desparramada por toda la habitación en paquetes de unos 2 kilos. Aquella imagen fue suficiente para comprender que el ingrediente secreto de las tortas que poco antes habían hecho el camino de ida y vuelta por mi sistema digestivo tenía poco de amor y mucho de Colombia, y por qué durante la última media hora había escuchado una voz relatando cada acción mía con dudosa redacción y pésima ambientación de escena.
- Pues bien- dijo la falsa gallega - ¿qué puedo hacer por ustedes?
- Darme 10 más de esas tortas y no sacarte la ropa nunca más.- respondí con total sinceridad. Por el momento el caso había pasado a tener tanta importancia como el hecho de que Tony se hubiese desmayado con la nariz hundida en nieve mágica.
- ¿Qué quieres decir con 10 más?
- Como decía, ¿qué me podés decir de una tal Magalí Bonanzini?
- Melany...- masculló Tony desde las profundidades de su inconciente.
- ¿Quién? - inquirió la mujer.
- ¿Gordita? ¿Petisa? ¿De 15 años, pero más parecida a un jugador de rugby galés que a una adolescente excitada?
- Imposible, ninguno de mis clientes tiene más de 12 años.
No pude esconder la sorpresa, porque era muy poco probable que un bicho desfigurado como era la hija de Bonanzini pudiera pasar por menos de 43.
- Es posible que McBride te haya mentido para sacarte de encima.- aportó Casper, quien por fin había logrado devolver su rostro a su color supernatural.
- Si hubiese querido sacarme de encima me hubiese transformado en un tapado de piel.- opiné con incomprensible ironía, aunque la duda ya se había instalado en mí y empezaba a armar el complejo turístico.
- ¿Entonces por qué?
Eso fue lo último que pude escuchar antes de que un fuerte golpe en la espalda me disparara de cara contra la pila de cocaína sobre la que respiraba Tony. De inmediato se escucharon gritos y pasos pero el mareo del golpe y el sorpresivo exceso de estupefacientes en mi cuerpo me impidió comprender claramente que sucedía. Lo último que alcancé a ver fue a un hombre de nieve y un arco iris escabulléndose por una puerta en el suelo. Apenas quise levantarme, una fuerte mano me obligó nuevamente a besar el polvo, aunque no nos conocíamos bien ni habíamos llegado a la tercera cita. Finalmente mi conciencia cedió y me encontré navegando en el peligroso mar de la sobredosis.
Estaba en un bosque, y en el centro del bosque había un águila, y en la pata del águila había una uña, y en la uña de la pata había mugre, pero el hecho es que estaba en un bosque. Frente a mí un hombre sin rostro me mostraba una pastilla roja y una azul, en un claro plagio de una película cuyo creador debía pasar la mayor parte del tiempo en el estado en que yo me encontraba.
- ¿Quién sos?- le pregunté al hombre con ganas de saber por donde respiraba sin fosas nasales.
- Soy el Armando.- respondió él solemnemente.
- ¿Y qué hacés acá?
- Justifico el título del capítulo.- dijo, y sin más desapareció en una nube de humo beige.
miércoles, mayo 21, 2008
Adicción
Por más que buscaba su reflejo no lograba encontrarlo, a cambio el espejo solo le devolvía una versión sucia y malgastada de sí mismo. Las ojeras ahora eternas, los cabellos sucios y revueltos bajándole por una cara marcada por las arrugas. Arrugas que habían surgido muy pronto, marcando un rostro envejecido joven, torturado por el paso de alguna calamidad que hubiese depositado en él 10 años en uno. Una vez más negó su figura. En el fondo de su inconciente, la certeza de que aquella figura patética que le presentaban en el espejo era él mismo, pujaba desde el fondo de su ser por derribar la represión que su mente, y en parte los restos de su amor propio, ejercían fieramente desde hacía más de 4 años.
Lentamente, con movimientos que apenas alteraban la realidad junto a él, fue acercando las manos al agua que desde hacía minutos corría incansable por el aire, disfrutando el instante de libertad antes de regresar a la cárcel de los tubos. Al alejar de sí sus manos, nuevamente evitó notar el desgaste y mugre que reflejaban la autenticidad del reflejo. Poco a poco sintió al líquido entrando en contacto con su piel, reviviéndola apenas de las penurias de la noche, un toque de vida en la sequía de su cuerpo.
Aún no comprendía sus movimientos, actuando solamente por el impulso irrefrenable de la costumbre matinal. Costumbre que había mantenido a pesar de que en realidad ya pasaban de las 5 de la tarde y el Sol, verdad irrefutable, escondíase ya entre los edificios que se elevaban sobre la ciudad. “Welcome to the jungle”, pensó divertido observando aquellos gigantes de acero atacar con sus puntas el culo del cielo. La melodía de esa canción que no conocía resonaba en su cabeza desde sabe Dios que instante de la noche anterior. Siguió sonriendo, aunque no comprendía ya por qué.
La erupción llegó de improviso y lo tomó a traición, descargando todo el jugo intestinal sobre las manos que aún colgaban delante de él bajo la cascada de agua. Algo, en lo que en un primer momento creyó ver una hamburguesa, aterrizó sobre sus pies descalzos e hizo de ellos su morada, al menos hasta que su reacción por fin alcanzó a sus extremidades y alejó la sustancia de sí con una certera patada.
Limpióse, por reflejo, el vómito de sus brazos, sin sentir asco realmente, solo el recuerdo de que en una situación así debería sentirlo. “Ser humano” pensó que era ese recuerdo, aunque ahora se sentía más humano que nunca “solo y mediocre, igual que todo ser en este mundo que dedique más de dos minutos de su vida a mirar a su alrededor y darse cuenta de que no hay nadie”. Estos nefastos pensamientos lo atravesaban de cuando en cuando, viajando por sus arrugas prematuras como si se trataras de un tren de original traza y destino indefinido. Un dejo de ira había comenzado a nacer en algún punto lúcido de su mente, expandiéndose con peligrosa velocidad y amenazando con desencadenar un entero despertar.
Se apresuró a mojar las áreas de su cuerpo que más reclamaban el pase del agua y abandonó el baño aún a medio vestir. Los pequeños puntos rojos brillaban en la parte interior de su codo, riendo divertidos por la lluvia pasajera.
De inmediato comenzó a revolver las pilas de ropa y basura que inundaban el cuarto único contiguo al baño, al principio con fingidas tranquilidad y seguridad de que sabía exactamente lo que hacía. Muy pronto la desesperación se hizo evidente, la claridad de la conciencia se hacía cada vez más intensa. Palabras, viejas palabras, terribles palabras de un mundo de recuerdos antes vacíos ahora se llenaban de significado e intentaban arrancarlo de la realidad que por tanto tiempo había mantenido existente. Finalmente encontró la aguja, pero el paquete estaba vacío.
“¿Cómo?” era la palabra que retumbaba en su cabeza “¿Cómo?” ¿Cuándo había terminado? ¿Cómo no se había dado cuenta? Maldijo a Dios y a todo lo que se le pareciera mientras las pilas de inutilidades volaban nuevamente por los aires, inútilmente, el paquete estaba vacío y no podría conseguir otro hasta horas, o tal vez días después. Desesperado tomó el teléfono y marcó el número de confianza. Todo inútil, no habría nada hasta el día siguiente.
Minutos más tarde ya se encontraba lamiendo los restos de polvo que habían quedado adheridos al piso del baño y entraba en el trance somnoliento de la adicción. El placer lo invadió una vez más, cerrando la puerta al rincón conciente que una vez más se hundió entre los vahos de la droga.
Una hermosa mujer lo rodea con su cuerpo desnudo sumergiéndolo en un relajante éxtasis. Sus brazos, sus piernas, su rostro, todo es perfecto y a la vez inmaterial… una fantasía que su mente le impone como escape de la realidad. Ella no lo ama, no lo quiere, no lo necesita, y sin embargo de eso lo convence. Lo atrapa, lo sumerge, lo ahoga, lo mata.
Poco después el placer terminaba, marcado por el regreso del fuerte dolor en su vientre que una vez más lo obligó a vomitar. Hincado sobre sus rodillas mientras soportaba los esfuerzos de su estómago por expulsar lo que quedaba de comida sobre el resto de su cuerpo, pensó en su situación, su vida. El efecto de la droga no se había disipado lo suficiente como para permitir que el reflejo de conciencia resurgiera nuevamente. Sin embargo lograba recordar entre incoherencias algunos rasgos de su existencia previa a que la adicción lo atrapara entre sus fieras garras.
Tal vez si dejaba todo aquello, tal vez si la dejaba, tal vez… pudiese volver a se como antes…
Inmediatamente se descubrió recostado nuevamente contra el piso, rogando por un poco de polvo que lo alejara una vez más de la cordura para sumergirlo en su pasión fatal.