Mostrando las entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

viernes, abril 16, 2010

Las cinco fases de escuchar a tus vecinos

¡Ya está! Me saqué la modorra de encima. A escribir…

Una de las bellezas de nuestra sobrevalorada vida moderna es que nos permite vivir en cómodos apartamentos ubicados en edificios (reservando las arcaicas moradas unitarias para los estratos más altos y más bajos de la sociedad) donde la creciente pérdida de intimidad que los inquilinos de las viviendas van sufriendo se hace más evidente a medida que las torres se vuelven más y más altas y las paredes menos y menos gruesas. Por si el título no lo dejó claro, estamos (desde la cuarta línea ya pueden ser considerados cómplices del crimen) hablando de escuchar a quienes viven en los habitáculos contiguos al nuestro cumplir el vil acto que en las sagradas escrituras del Kama Sutra se define como “ponerla”.

El sexo es hoy como siempre la necesidad más básica de quienes reconocen que garantizar la supervivencia de la especie es la razón por la que estamos en el mundo. Al mismo tiempo, es también la necesidad más básica de quienes reconocen el ponerla, o recibirla en todo caso, es la razón por la que estamos en este mundo. Debido a que ese rango abarca un porcentaje presumiblemente alto de la población mundial (decir “todos” es un poco exagerado, asumo que habrá quince personas que prefieren priorizan el escribir un libro, plantar un árbol o jugar al World of Warcraft), no sorprende que la práctica sea tan común entre los seres humanos, aún en ambientes tan escaso de privacidad como el baño de un avión, la fila H del cine y el sillón del living con tu vieja (¿por qué? Porque le encanta). A pesar de los grandes avances que ha hecho el individuo social en aceptar la realidad de que otra gente también la pone, y siempre mucho más seguido que vos, y con tu vieja; una prueba indirecta de este suceso como puede ser el escuchar a alguien dar evidencia concreta de ese hecho durante dos horas seguidas en el apartamento de al lado aún desencadena en nosotros una serie de reacciones perfectamente divisibles en cinco fases para comodidad del lector.

Fase 1: Negación

Se escucha un ruido extraño a través de la pared y lo primero que queremos pensar es en que la vecina no está haciendo lo que a nosotros nos gustaría estar(le) haciendo. Las excusas que tratamos de imponernos como “es una ventana que está abierta” o “es una película”, quedan rápidamente descartadas cuando el ruido de la ventana suena extrañamente parecido al nombre, apellido y número de seguro del señor del sexto piso. A esa altura sólo queda dejar lugar a la aceptación o convencerse de que se trata de un intento de homicidio e irse a dormir con la conciencia tranquila.

Fase 2: Ira

“¡Desubicados!”, piensa nuestro yo hipotético, “Gritar de esa forma sin consideración por los demás inquilinos”. La situación nos parece una vergüenza, una afrenta, un escupitajo en la cara a la moral y a los valores sociales. Hasta que nos damos cuenta que si fuera uno es ser que estuviese llenando el formulario, importaría poco y nada el que él o ella lo grite en los tímpanos de todos tus habitantes contiguos. Es más, si a vos querido lector, tu vecino te encarara a la mañana siguiente de una noche de lujuria desenfrenada, sus apelaciones al respeto y decoro sonarían tan fuera de lugar como los Teen Angels haciendo de teloneros en un recital de la Renga.

Confío en la honestidad intelectual de las 15 personas a las que les llegará esto como una cadena de Spam (reenvíalo a otras 15 o tus vecinos la van a poner todas las noches con lujo de gritos de acá hasta que te mudes a la Patagonia). Ustedes saben que la bronca es por envidia, frustración o porque no tenés ningún huequito en la pared para espiar. Lo que nos lleva a…

Fase 3: Curiosidad

De pronto ya no negás el ruido, mucho menos te resulta molesto. A esta altura estás irremediablemente desvelado y la falta de programación decente en la tele a esas altas horas (a menos que tengan Premium, en ese caso pueden ver a sus vecinos en el canal 548. En el 549 está tu vieja) hacen de quedarse escuchando los ya familiares gemidos la opción más llamativa. Al prestar atención se reconocen tonos, modos, reacciones de ese big bang que ocurre a escasos metros tuyos. El interés se agudiza, se eriza la piel, empiezan las fantasías. El juego empieza.

Fase 4: Diversión

La pared ya un estorbo casi inútil. Escuchás todo con lujos de detalles y ya pensaste en tirar abajo la pared y poner un vidrio para invitar a tus amigos la próxima. La fantasía se dispara para todos lados y la imagen llega a ser más nítida que el HD del televisor/I-pod de Steve Jobs.

Fase 5: Comunicación

Si hubiese una audiencia empezarías un relato, pensás, solo para darte cuenta de que internet ES una audiencia y la computadora un micrófono. Buscás a cualquier amigo que esté conectado y le contás todo lo que está pasando, compartís los detalles, creás una trama… a los 5 minutos ya tenés un guión para venderle a playboy. Sólo te falta abrir un blog sobre tu experiencia, imprimir remeras con la leyenda “Yo escuché a mis vecinos. Sabés perfectamente de qué te hablo… no te hagas el dobolu” y abrir un grupo de fans de Facebook que prometa fotos de Pamela David en bolas si llega a los 4302863 miembros.

A la mañana siguiente te encontrás con el novio de tu vecina en la puerta de abajo del edificio. Vos sabés que él sabe que vos sabés, lo tenés escrito en la cara… todo culpa del alcohol y de que había un marcador cerca, pero resistís el impulso de llamarlo campeón y palmearle la espalda porque en el fondo sabés que no deberías saber lo que él sabe que sabés (si te mareaste volvé al principio del párrafo, tomá aire y volvé a arrancar. La salud es lo primero). A los pocos segundos el impulso pasa y, sin mirarlo a los ojos te escabullís de su presencia. Tres noches después el ciclo vuelve a comenzar.

lunes, junio 23, 2008

La importancia de ser boludo

Pequeño ensayo que escribí para una materia de la facultad y del cual me sentí particularmente orgulloso, lo cual no signifique que esté bueno, solo que no me dieron ganas de borrar todo registro de su existencia después de que lo entregué.

Me encontraba en un café en París, un pequeño rincón de barrio que se esconde bajo un arco y cuya fachada cae sobre la rue Jean Giraudaux. De pronto, mientras hundía mi rostro en la taza de café con leche que el local tuvo la gentileza de prepararme para acceder a mis, para ellos, excéntricos gustos, escuché a mis espaldas: “Y sí boludo”. Ya está. “Porteño clavado” pensé. Más allá del acento, o de ese tonito que tiene poco de canchero y mucho de soberbio que tipifica al bonarense en el exterior, la marca registrada del “boludo” fue la prueba más concluyente, aún más que si el misterioso hablante me hubiera ventilado el pasaporte en la cara.

Tanto en el interior o el exterior del país, dondequiera que se haya oído hablar de la Argentina, o a un argentino, se escuchó la palabra fatídica. Y es que el vocablo se halla tan impregnado en el habla cotidiana, particularmente de los jóvenes, que no escucharlo mencionado al menos dos o tres veces en el transcurso de una oración parece casi un insulto. Ironía suprema si tenemos en cuenta que el sentido original de la palabra, sentido del que aún hoy en día no se halla escindido, es justamente un insulto.

Y es que, como afirma José Edmundo Clemente: “Las palabras tienen un impulso, un sentido, que muchas veces concluye por alterar la significación primaria”[1]. Esta frase parece hecha a la medida para describir el vocablo mencionado, y eso que cuando se escribió originariamente el texto no se usaba aún ni en su sentido original. ¿Cómo es posible, se preguntan muchos, que una palabra pueda ser al mismo tiempo ofensiva y cariñosa? Y es que este segundo sentido es el que se ha ganado el “boludo” a fuerza de pura presencia. Hoy en día el boludo es el amigo, el compañero, la persona con la que se tiene confianza. Uno no gasta un “boludo” con desconocidos. Éstos tienen que ganarse el derecho a ser insultados.

Este amor por la contradicción, tan característico en el porteño como el fútbol, el barrio o mi querido café con leche, es la base de ésta y muchas más ironías que se plantea el lenguaje de estos pares rioplatenses. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el secreto no está en el insulto en sí mismo, sino en la forma y el lugar en que se expresa, y la elección adecuada del término. Es a lo que Borges se refiere al decir: “Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperatura no igual”.[2] Un “boludo” soltado en un momento equivocado y con un tono poco propicio puede acarrear graves consecuencias. Aunque el insulto ha perdido énfasis por culpa del desgaste, el orgullo de un porteño sigue siendo tan susceptible como para ser herido aún por esta palabra/estandarte.

El origen del término en sí mismo es muy simple: el insulto, como casi toda creación vulgar argentina, sale de una referencia a los genitales masculinos, aduciendo que su tamaño influiría en su intelecto de una forma que nos resulta tanto incomprensible como irrefutable. Tal es la fuerza del saber popular. Así el “boludo”, originariamente, se convierte en el tonto, el estúpido, el que no entiende, o simplemente el que hace las cosas mal, el esclavo del error. ¿Cómo es que de tal calibre de atributos se pasó a la muletilla cariñosa de la que antes hacíamos mención?

Cabe destacar que con el tiempo el adjetivo se popularizó también para referirse a las mujeres con idéntica intención, sin embargo al mismo tiempo se establece la pregunta de a que atributo femenino se puede hacer referencia al catalogar a una chica de “boluda”. Problema del idioma que fue solventado en pos de la igualdad de sexos y del derecho a ser insultados por igual, podemos suponer.

Una vez más recurrimos a Clemente en búsqueda de una frase que ilumine nuestro razonamiento: “La modificación etimológica que experimenta una palabra a través de su historia es el resultado del contacto vivo con sus hablantes”.[3] Así, el creador del término se constituye en sus mismos usuarios, que a fuerza de repetición, lo envistieron de un nuevo significado que solo puede ser interpretado en la sociedad donde se forjó.

Haciendo uso de la ya establecida polisemia de la palabra, se podría argumentar, después de escuchar hablar por cinco minutos a cualquier espécimen representativo de la población de la ciudad, que en ésta todos los habitantes son “boludos”. Pequeño juego malicioso que sin embargo conlleva una gran verdad: el que no entiende que es “boludo”, claramente no es porteño. Es decir, que si alguien al ser calificado de tal tomara el adjetivo por ofensa, obviamente sería un intruso desconocedor de la simpatía con la que se lo trata al ser referido de esa forma.

Así, el “boludo” es prueba de pertenencia a la capital, sea si se enuncia, sea si se lo recibe. Por lo tanto, solo aquel que pueda ser llamado “boludo” con sinceridad y aprecio, podrá decir de sí mismo que es un verdadero porteño.

Esta posición que hoy ostenta esta palabra, como marca registrada del ser ciudadano y papel de presentación en el exterior, no fe siempre la misma. En el pasado el “che” era un documento mucho más valedero que cualquier papel para identificar un nacido en suelo nacional. Hoy, esa posta se ha pasado, y aunque a muchos no les guste el envase en que se presenta, debido a su significado original, cabe destacar que este también es una expresión de los tiempos que corren, en los cuales este tipo de palabras se ha naturalizado tanto en nuestra habla que quien no las utiliza forzosamente es muchas veces tachado de poseer excesiva sensibilidad, o un dejo de desprecio sobre una forma de expresarse que a la mayoría se le hace natural.
Más allá de la forma, es importante el saber reconocer los propios caracteres que conforman al ser nacional. Se hace necesario dejar de lado el prejuicio hacia una palabra que, como muchas otras que hoy se usan sin pudor alguno, está cerca de olvidarse de su pasado oscuro y se afirme como simple expresión de ser porteño. Y no está lejos, si no es que no ha llegado ya, el día en que se diga sin remanses: si ser porteño es ser “boludo”, entonces “boludo” soy.

[1] Borges, Jorge Luis y Clemente, José Edmundo, El lenguaje de Buenos Aires, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1963, Página 79
[2] Íbidem, Pag. 25
[3] Íbidem, Pag. 82

martes, diciembre 04, 2007

Casi Perfecto

Un poco de semi poesía depresiva para alegrar un poco el día. La verdad que no sé de donde me salió esto, ni siquiera sé si está bueno o es cualquier cosa. Igual espero que les guste, a ver si alguno se siente identificado, yo por lo pronto no. Saludos

El cielo se cubre de blanco. Las nubes se funden en una, se abrazan con su miles de brazos buscando una sola forma que cubra el cielo entero. Parece nieve caída en un mundo opuesto al nuestro, y pienso que tal vez seamos nosotros los que estamos al revés, viviendo en nubes que se unen y se deshacen, en un caos infinito de formas y tonos de blanco y negro que jamás tiene fin.

Y aquí estamos de nuevo, juntos, mirando el cielo que se mueve debajo de nosotros, con sus nubes danzantes, con su fondo azul y perfecto, el mismo azul perfecto que me mira cada vez que miro en tus ojos. Tus terribles ojos. Quisieran que fueran como aquel otro cielo, el de aquella tarde, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. Como tú. Como quisiera que fueras tú.

Tu beso me despierta de mis ensueños y vuelvo a tu lado. Ahí están tus ojos, clavados en mí como agujas, con esa mirada infernal que no puedo dejar de odiar. Y sin embargo la miro, te miro, sintiendo aún el calor encendido por tus labios en la comisura de los míos. Tan cerca, pienso, y a la vez tan lejos, triste ironía que no cansa de repetirse. Y suspiro, pobre iluso, como siempre por un momento creí que esta vez no sería igual.

Tomando coraje giro a mi cuerpo hacia ti. Ahí está esa maraña de cabellos que el viento revuelve, como queriendo castigar tu belleza y solo haciéndola más evidente. Detrás de tu pelo descubro ese rostro que el viento intentaba ocultar. La nariz altiva y perfecta, la frente lisa y extensa. Tu sonrisa, falsa. Tus ojos, terribles.

No soporto la idea de que estés tan cerca sin ser mía, y al mismo tiempo esa cercanía es mi pequeño trofeo, pues en ese rincón del mundo perdido, en ese instante en que las nubes se funden en un blanco perfecto eres mía. Simplemente mía. Lo repito tanto que casi parece verdad. Casi...

Dejo escapar la palabra sin pensarlo. Tal vez, inconcientemente busco tu reacción que llega inevitablemente. ¿Casi que? Casi eres mía, pienso, casi me besas, casi estamos juntos. Pero no, nada de eso es realidad. El encanto del momento se rompe en la nada y eso te respondo, nada. Eso soy yo, nada. Me arrepiento de haberme dejado llevar nuevamente. Pongo mi mano en tu rostro para tranquilizarte y otra vez despierto esa sonrisa tan dulce, tan hermosa y tan falsa que hace de tu rostro una pintura perfecta. Casi perfecta.

Me incorporo para irme. Siento en tu cuerpo la sorpresa de la separación, tal vez un poco de alivio. Ya mi presencia no te hace feliz y sé que esta tarde sin tiempo, mirando el cielo nublado, llegará pronto a su fin. Demasiado pronto, pienso, cuando siento que tu mano toma la mía para reclamar una despedida. No quiero, no puedo. Mil excusas que quieren evitar el dolor de tus palabras cruzan mi mente, inútilmente. Finalmente tendré que rendirme a tus deseos y escuchar tus razones, tu lógica, tus mentiras.

El cielo blanco se tiñe de negro, amenazando a la tierra con la furia de sus lágrimas. El cuadro perfecto ahora llora al saber que no estás aquí para contemplarlo. Ahora solo miro como el gran cielo blanco se desarma en un caos de espuma, devorándose a si misma bajo la furia de los vientos. Veo tu figura de espaldas deslizándose lejos, rápida, libre.


Pienso en el cielo de nubes y en ese mundo sobre el nuestro, opuesto, en el que existe un instante al que podemos llamar perfecto. Y me pregunto si en la nieve que cubre aquel lugar, si estuviésemos tirados allí en vez de aquí, observando el césped del parque sobre nosotros, si sin un casi que sofoque las esperanzas de un sí, sería posible que al despertar de mis ensueños tu beso fuera a mis labios. No sería una ilusión llamarte mía, y el tenerte sería el todo que vacíe la nada. Si tal vez estuviésemos allí en vez de aquí, podría ser feliz, aunque fuera solo en el instante en que las nubes se unen en un blanco perfecto.

Ahora ya no veo el cielo reflejado en tus ojos, ya no siento tu cuerpo pegado al mío, ni tu beso que me despierte del ensueño y me devuelva a tu lado. Ya no estás, y el cielo ya no es uno, no es nada. Sin embargo tu sombra sigue allí. Y cuando cierro los ojos, y mi mente me lleva a pensar en ti, lo único que veo nuestro cielo, tu cielo, un cielo blanco espuma, calmo, vacío, perfecto. O casi.

lunes, diciembre 04, 2006

El Campo

No hay mucho que decir, mis excusas para la tardanza ya las conocen, usen la que quieran.

El Campesino se levanta al amanecer como cada día. El mundo le entrega una nueva mañana de sol, bañada por el rocío de la humedad primaveral. Allí apostado sobre el árbol del jardín canta un pequeño pájaro, el ritmo su música atrapa al Campesino y termina de expulsarlo del reino de los sueños. Se viste, despacio, sintiendo el aire a su alrededor como el alma propia, un soplo de vida que huele a libertad. Se toma unos segundos para disfrutar el instante en que una suave brisa penetra por la ventana y le atraviesa el cuerpo, como una flecha apasionada infunde fuerza en su espíritu.
Tras calzarse las botas besa a su esposa durmiente entre los cabellos. Luego besa su vientre abultado, señal de la vida que lleva dentro y a la que pronto podrá llamar hijo. Sonríe al pensar en aquella vida que crecerá en la libertad del campo, ese campo que hoy cultiva para él. El Campesino se dirige a la cocina ya vestido para preparar su desayuno. Saborea el pan horneado el día anterior, pero aún cálido, mientras la leche tibia moja sus labios sedientos.
Todo lo hace lentamente, no tiene prisa, sabe que el campo no va a moverse hasta que termine, y que seguirá allí durante todo el día de trabajo, “no hay apuro”, “todo a su tiempo”, esos son sus lemas. Nada lo obliga a dejar de disfrutar el pequeño y sencillo placer que significa el desayuno. Finalmente baja la taza vacía, satisfecho. Tras lavar todo lo usado se dirige pesadamente a la puerta, listo para enfrentar el día de trabajo. Cruza el umbral y sale.
La hermosura del campo se extiende ante sus pies como un manto de flores, a pesar de que nada ha comenzado a crecer aún ya se puede sentir la vida futura palpitando bajo la tierra. Respira profundamente una vez más, como queriendo hacer del campo parte de sí mismo, un solo ser, uniéndose en un lazo único bajo el sol de la primavera. El campo pasa a ser mucho más que la fuente del alimento, de la ganancia, el campo es la vida misma, es la razón en sí misma del por qué de la vida.
Termina las tareas habituales en poco tiempo, la rutina y el rocío facilitan tanto su trabajo que apenas siente la carga. Insatisfecho con lo poco trabajado en el día se dirige a preparar el almuerzo a su esposa. Mientras cocina una nueva idea cruza su mente, tomar el arado y preparar nueva tierra para la cosecha, el campo jamás se agota, y conforme las cosechas aumentan sus fuerzas y tiempo de trabajo crecen al compás.
Con el arado atado al buey comienza la ardua tarea de trazar los surcos que serán la cuna del alimento de sus hijos. La esperanza de alimentos futuros lo motiva a acelerar su trabajo. No siente la carga, no siente el cansancio, jamás se agota, como el campo.
Al llegar a la tercera pasada, hacia el centro del laberinto de surcos, el arado se detiene de golpe. El Campesino imagina una piedra o huesos de algún animal, pero tampoco se sorprende al ver un brazo esquelético saludándolo desde la tierra. La mano empuña una pistola oxidada que aún parece humear por el calor de la descarga. El Campesino suspira y va en busca de la pala guardada en el cobertizo.
Su mujer al verlo cavar se apresta a alcanzarle dos tablas firmes junto a los clavos y un rosario, el cual reza de principio a fin mientras el Campesino devuelve al cuerpo a la tierra que lo vio nacer, sobe el montículo erige con las tablas una cruz a modo de lápida. Tras terminar el rosario su esposa se retira silenciosa, dejándolo solo con sus pensamientos.
El Campesino voltea y observa las demás cruces solitarias que se erigen en el campo. Cientos de hermanos muertos que vertieron su sangre por hacer del campo una patria libre. Es esa sangre la que abona la tierra, la que limpia el agua, la que hace llover y salir el sol. Pues es la sangre del sacrificio que tantos hicieron para que sus hermanos pudieran vivir en paz. El campo pagó su libertad con esa sangre de sus hijos, y es a aquellos hijos que quedaron que hoy se entrega sin condiciones. Y de esa tierra nacerán nuevos hijos, que poblarán el campo que sus padres les han entregado con sus vidas.
Tomando el arado nuevamente en sus manos, el Campesino rodea el suave montículo que yace bajo la cruz. El trabajo aún no termina, porque el trabajo no es solo suyo, sino de todos los hijos de la tierra, de todos los mártires del campo.

domingo, setiembre 10, 2006

Puerta Cerrada

¿Cómo es esto? ¿Dos posts en un día? ¿Se habrá vuelto loco? Sí, pero de eso hace ya mucho tiempo, ya deberían haberse acostumbrado. El hecho es que el anterior no cuenta como post hecho y derecho porque es un video y porque no es solamente obra mía. Además tengo que cumplir con una promesa, y para mí la promesa es tan sagrada como el día de la marmota. Es por eso que hoy, por segunda vez, les presenta la obra del día.
Este texto en realidad ya apareció publicado en un foro pero al releerlo me gustó bastante, así que tras corregirle un par de severos errores de ortografía fue publicado.

Espera solo en la habitación vacía observando la puerta cerrada, aguarda porque ese alguien por fin la cruce y lo encuentre allí sentado, esperando por ella, la mujer con la que todas las noches sueña. Mira la puerta y piensa: "Hoy será el día, hoy la veré por fin, y ella me reconocerá como yo a ella, porque sé que ella también sueña conmigo cada noche." Y así en los sueños se encuentran, se conocen, se aman y se unen en uno solo, pero jamás se tocan, jamás se hablan, jamás se miran realmente. No es una ilusión pero tampoco es algo cierto, y él espera por el día en que ella cruce aquella puerta y el sueño ya no sea necesario. Aún así él jamás la abre, teme salir pues ella podría no encontrarlo, teme perderla, teme arriesgarse a salir de la habitación y descubirir que ella no existe. Por eso aún espera, por eso aún sueña, porque teme dejar ir el sueño y que este jamás vuelva. Y así vive esperando eternamente por una mujer que aún no conoce, por un amor que aún no siente, encerrado en la habitación.
Del otro lado de la puerta una mujer espera. Espera por aquel hombre de sus sueños, aquel que la ama cada noche y desaparece cada mañana. Y mira sentada la puerta sin atreverse a abrirla.

Dedicado a Maki, porque le prometí que le dedicaría mi próximo trabajo y yo soy un hombre de palabra (y ahora de video también).

sábado, agosto 05, 2006

Renuncia

Vamos a ver, esto no tiene mucho sentido ni siquiera para su propio creador así que ahorrénse los comentarios (que igual no creo que fuesen a aparecer) diciendo que no entendieron un soto porque es más que previsible. Ahora, si sí llegan a entenderlo les ruego que me expliquen por favor. Desde ya muchas gracias.
BTW: También ahorrénse comentarios como "tincho ¿estás estás bien de la cabeza?" porque también los voy a ignorar.


Suenan pasos huecos en el interminable pasillo. El eco rebota contra infinitas paredes llegando a oídos de todos los presentes. Nadie se mueve, nadie levanta la mirada, ya es costumbre escuchar tales pasos y no vale la pena distraerse con ellos. Cada uno sigue con su trabajo, con la mirada fija en su computadora escribiendo y escribiendo sin parar. Solamente uno levanta la vista, alerta a la sombra que se proyecta contra la pared y avanza por su pasillo. El hombre resopla buscando coraje suficiente para levantarse. Parece dudar, mira a su alrededor buscando algo que lo convenza de desistir, pero nada hay en aquel pequeño cubículo que vaya a añorar algún día. Fija sus ojos en el sencillo cartel de bronce con letras plateadas que rezan “Lorenzo Martínez” que descansa sobre su pecho; una pequeña sonrisa parece dibujarse en la comisura de sus labios al releer su nombre. Ya no tiene dudas.
Sale de su celda y comienza a caminar en persecución de la sombra misteriosa que avanza cada vez más rápido hacia una enorme oficina en el fondo del pasillo, de todos los pasillos. Martínez apura el paso temiendo perder la oportunidad de atrapar la figura antes de que se escurra entre el laberinto de cubículos que conforman la enorme habitación. Muchos rostros se giran ahora para verlo, parecen sorprenderse de tan cruel atentado a la rutina diaria, mas nadie se disturba por más de unos pocos segundos, inmediatamente todos regresan a su trabajo negando lentamente con la cabeza. Parecieran saber lo que sucede, lo que no saben es cuanto se equivocan.
Martínez alcanza a la sombra apenas a unos metros de la gran oficina. Pone su mano sobre el hombro de la figura alada y de traje con cierta duda, temor tal vez, como si su acto fuese algo inapropiado, una ofensa tal vez. El ángel de traje se gira lentamente con una sonrisa afable y falsa, sostiene en su mano una taza de café eternamente humeante aún intacto, quien sabe desde hace cuantos siglos. Martínez es quien abre el diálogo.
- Disculpe señor Johnson, ¿tendría un minuto para hablar conmigo?
- Desde luego Lorenzo- replica el otro con un tono afable y confianzudo – siempre tengo tiempo para usted. Dígame pues ¿qué necesita?
- Preferiría pasar a su oficina si no es molestia.
El semblante del ángel parece perder por un momento su apariencia de absoluta tranquilidad, como si el pedido del hombre rozara ya el borde del atrevimiento.
- Por supuesto.- dice recuperando su sonrisa impecable – adelante, pase usted.
Abre la puerta en cuya ventana se leen claramente en letras negras el rótulo “Director general y absoluto” y deja pasar al joven hombre. Pues Martínez tiene poco más de 18 años, a pesar de que en aquel lugar parece ya un hombre maduro, marcado por el tiempo, la experiencia y el cansancio.
La oficina es un palacio comparada al humilde cubículo en que trabajan Martínez y sus miles de millones de compañeros. Una lujosa alfombre roja de casi una hectárea de área recubre el suelo sin dar lugar a una sola imperfección. Las paredes rosa están recubiertas casi totalmente por incontables diplomas, documentos y cartas enmarcadas llevando todas en su base el mismo nombre: “Adolfo Cupido Johnson”. El señor Cupido Johnson los mira con orgullo y satisfacción mientras avanza entre medio de las numerosas obras de arte, plantas, columnas y adornos varios; dirigiéndose al escritorio que se encuentra en el centro de tan impresionante escenario. Detrás del mueble cuelga del invisible techo el escudo de la compañía, representado por el famoso arco y sus dichosas flechas envenenadas. El director general y absoluto se sienta en el hermoso sillón de cuero, indicándole a Martínez que haga lo mismo en una miserable sillita de mimbre que se encuentra en el lado opuesto.
El empleado parece ahora intimidado por tanta magnificencia y duda si es él quien debe dar inicio a la conversación. Finalmente tras varios minutos plagados de guerras de miradas y falsas toses es el Director quien habla primero.
- Si es para esto que usted me pidió reunirse conmigo Lorenzo, puede tomar una fotografía mía y hacerlo el resto del día.- Se regodea de su pésimo chiste con una amplia sonrisa, invitando al otro a hacer lo mismo. Martínez permanece serio, decidido por fin a hablar.
- En realidad señor Johnson…
- Por favor llámeme Cupido.- interviene el otro sin borrar su asquerosa sonrisa. – Ha sido mi nombre durante siglos y espero que la suma de un nuevo apellido (temas puramente burocráticos, se lo aseguro) debería cambiar eso.
Esta vez Martínez sí sonríe un poco para sí mismo, luego continúa. – En realidad señor Cupido estoy aquí para presentar mi renuncia.
Las palabras caen como un balde de agua helada sobre el director, quien no encuentra palabras para replicar tal afirmación. La escena se congela nuevamente, el empleador sin saber que decir y el empleado observando el efecto de sus palabras con una extraña mezcla de satisfacción y temor. El señor Cupido Johnson respira profundamente y toma de uno de los cajones del escritorio un archivo en cuya tapa brilla el nombre de su interlocutor, tras escrutarlo brevemente lo deja cerrado sobre el escritorio.
- ¿Renunciar ha dicho Lorenzo?- exclama finalmente el señor Cupido sin poder ocultar su sorpresa pero intentando no aparentar enojo alguno – Según los registros usted es un buen empleado, no particularmente destacado pero cumplidor, al parecer ha presentando varias quejas en cuanto a las retribuciones por su trabajo y hay quienes se han quejado del ojo crítico con que ve muchas de las decisiones que toma la compañía pero eso es bastante normal para todos los empleados, nada tan grave como para justificar tal decisión. ¿Por qué querría usted renunciar? ¿Qué motivos tiene?
- Simplemente no he recibido de esta compañía las satisfacciones que esperaba obtener cuando ingresé a ella hace ya varios años.
- No tantos, no tantos Lorenzo, fíjese que es usted un hombre muy joven aún, ¿cómo sabe si esas satisfacciones no están aún por venir? Muchos de los empleados más satisfechos han tardado muchos más años de los que usted ha vivido en lograr su objetivo. Y ahora usted, un hombre con todo el futuro por delante quiere echar eso por la borda después de solo un par de insatisfacciones que ni siquiera han sido muy traumáticas que digamos.
- Reconozco que aún no he visto ni lo mejor ni lo peor que encierra este lugar, y que mis fracasos pueden parecer insulsos a la mayoría de los que los analicen, pero son prueba más que suficiente para darme cuenta de que aquí yo no tengo ningún futuro.
En el rostro del Señor Cupido se dibuja una mueca de disgusto, después de milenios de excelente cumplimiento del deber un muchachito recién salido de la cuna osa poner en duda todo su trabajo. Sabe que no puede permitirlo.
- Mire Lorenzo- dice recuperando su falso tono cordial y su asquerosa sonrisa- usted no es el primero en plantearme la misma situación, aunque sí uno de los más jóvenes, y debo decirle que todos aquellos hombres y mujeres que han querido dejar la compañía han terminado regresando a nuestras filas, sabiendo que este es su lugar y que aquí se cumple su destino. Es inútil que se marche.
- ¿Está diciendo que no puedo irme por propia elección? ¿Piensa obligarme a permanecer aquí por la fuerza?- dice Martínez enarcando una ceja. Conoce muy bien el efecto que tendrán sus palabras, ha preparado cuidadosamente cada una de ellas para asegurarse de que cumplan su objetivo. Con estas preguntas desea desarmar a su oponente de cualquier tono amenazador que pueda llegar a tomar. La estrategia surte efecto.
- ¡Por supuesto que no!- Exclama el director con un rastro de miedo en su voz. – Aquí cada uno entra y sale por la propia voluntad. Yo no lo he amenazado de nada, simplemente le explico lo que ha sucedido con los anteriores casos parecidos al suyo.
- Pues entonces si ellos pudieron regresar yo también puedo hacer lo mismo si es que llego a darme cuenta de que he cometido un error, ¿no le parece?
- Pero no será lo mismo Lorenzo, esas personas nunca pudieron retomar su anterior espíritu de trabajo. Nunca fueron las mismas. Yo le digo esto para prevenirlo, quiero ayudarlo a que no cometa un grave error. No me vea como un enemigo aquí, yo estoy de su lado.
- ¿Realmente?- replica Martínez con sorna. Ya ha perdido el miedo y la timidez. Ya no hay vuelta atrás. – Pensé que lo que usted quería era un nuevo diploma colgando de sus infinitas paredes.
- ¡No se haga el listo conmigo muchachito!- Vocifera Cupido dando lugar a la cólera por primera vez en mucho tiempo. – ¡Usted no sabe nada! Cree que por unos míseros fracasos propios tiene derecho a arruinar mi trabajo y mi reputación. Cree que sus intereses están más allá de los de la compañía. Claro que sí, ¿usted es muy importante no? ¿Si no sale todo como usted quiere simplemente renuncia? Yo digo ¿quién carajo se cree que es? Aquí hay millones de empleados que sufrieron todos los males y decepciones que se pueda usted imaginar, pero aquí siguen, luchando por lo que quieren, para alcanzar sus metas, y tal vez algún día lograrán su recompensa. Sé que hay muchos que la obtienen sin merecerlo pero yo no hice las reglas, solo las cumplo. Dígame por favor quien mierda le da derecho a usted para quejarse de esas reglas, de mí y de toda esta maldita empresa. Si quiere renunciar por lo menos tenga una razón valedera y no me venga con idioteces sobre el sufrimiento y el dolor porque de eso ya he escuchado demasiado. Aquí todos sufren, pero no me diga que al final no vale la pena el sufrimiento por aquella esperanza de que las cosas lleguen a buen término.-
Con una vena del cuello a punto de estallar el director Cupido Johnson permanece quieto, rojo en cara, observando a aquel muchacho que logró hacerlo montar en cólera en apenas media hora.
- El problema…- replica Martínez sin perder la serenidad. -… es que yo ya no tengo esa esperanza de la que habla. Ya no busco alcanzar ningún objetivo, ni siquiera lo tengo. Simplemente estoy aquí pasando el tiempo, amargando mi existencia cada vez más sin llegar a nada. Si paso otro día aquí voy a morir de pura frustración. No sé si es la decisión correcta, no sé si algún día me veré obligado a volver. Pero por lo pronto necesito dejar este lugar, me enferma, me destruye, ya no puedo más, siento que no es mi lugar. Es por ello que me marcho, no porque el fracaso me atemorice, sino que es la falta de fracasos y logros, la falta de todo lo que ya no soporto. Por eso creo que lo mejor sea renunciar, así tal vez logre comprender que es lo que no funciona conmigo y si algún día regreso podré cumplir con mi destino o como quiera usted decirle. No culpo a la compañía ni a usted, me culpo a mi mismo por mis limitaciones. Así que no tema por su orgullo ni el de este lugar, tema simplemente que no haya más como yo que desertan sin razón aparente.
- Desearía en cambio que hubiese más como usted Lorenzo.- Dice al fin el señor Cupido suspirando. – A pesar de que aún no entiendo su posición admiro su honestidad, que es lo que más hace falta en este negocio en estos días. Vaya, sé que ya no se puede hacer nada para evitar su partida, parece usted demasiado resuelto. Espero que tenga suerte en su búsqueda o lo que sea que emprenda allí afuera y sepa que si desea regresar su lugar siempre estará disponible. Tal vez esta no sea la última vez que nos veamos.
- Sí, tal vez…- Concluye Martínez sonriendo. No es una sonrisa de victoria, ni tampoco de alegría, no es nada realmente, solo un momento de comprensión hacia su enemigo. – Adiós señor Cupido.
Sale de la oficina sin escuchar la respuesta. Martínez se dirige apresuradamente a su cubículo ante la mirada de asombro de miles de compañeros. Algunos lo ven con temor, como creyendo que se trata de un ente extraño y dañino. Otros con comprensión, saben lo que siente y quisieran poder hacer lo mismo, pero por el temor o la esperanza les impide hacerlo. Otros, lo ignoran, como creyendo que tal decisión no puede ser en serio y que lo verán volver en pocas horas, tal vez así será. Pero nadie lo mira como si fuese a extrañarlo, será solo uno menos, un lugar vacío entre las sombras de miles de millones de otros cubículos. Ninguna mirada añora su permanencia, ninguna le pide que se quede. Eso es suficiente para decidir a Martínez, si nadie lo necesita nada tiene que hacer allí. Llega a su escritorio y observa sus pocas cosas, preguntándose si debe llevarse algún recuerdo. Niega tristemente, no hay nada allí que valga la pena recordar. Con un leve gesto desprende el cartelito de bronce de su pecho y lo deja en su lugar. Al observarlo allí un último pensamiento cruza su mente: “Tal vez”. Sonríe, esta vez de alegría, tal vez… tal vez algún día haya esperanza para él. Y con ese pensamiento se encamina hacia la salida, tarareando a momentos una triste canción de amor.

martes, mayo 16, 2006

Despertar

Hace casi dos meses que no aparece nada por acá y decir que ando escaso de tiempo sería como decir que Uruguay este año pega la vuelta olímpica en Alemania. La verdad es que lo que escasea es la inspiración así que si no les gusta este último trabajo o no le encuentran un sentido me importa un huevo batido con vanilla porque, como dijo algún viejo sabio, "es lo que hay". Saludos.


Acostado en la cama comienza a despertar, el sueño placentero que vive se va desvaneciendo lentamente. Las imágenes se ofuscan y pierden su color a medida que la consciencia regresa a su ser. El rostro de aquella mujer desaparece con una sonrisa calma y una palabra en sus labios que no alcanza a oír. Ve figuras corriendo, niños jugando tal vez, y siente que esa felicidad se le escapa de entre el cuerpo. Pasan ante él miles de caras y sentimientos que recuerda haber sentido en ese corto tiempo, todo es parte de él, y todo lo abandona ahora pues el despertar llega, implacable y terrible.
Siente que sus ojos se abren por sí mismos ante una luz cegadora y hermosa que lo invita a alejarse del mundo en que aún está sumergido. Pero él no quiere despertar, se rehúsa a dejar inconcluso un sueño tan placentero, pues la historia no tiene aún final y más que nada desea vivir en ese mundo hasta el último instante. Su despertar es similar a una tormenta, la ve acercarse y nada puede hacer para detenerla, por más que huya y se esconda siempre llegarán las nubes, la lluvia y la muerte sobre él.
Justamente es la muerte lo que él teme, la muerte de ese sueño al que jamás volverá tras el despertar. Teme que ese mundo pase al olvido, que todo lo que significa, todo lo que es, desaparezca apenas abra sus ojos. Por eso lucha desesperadamente contra lo inevitable, se niega a aceptar su inminente destino y se revuelve una y otra vez con el único deseo de llevarse una parte de ese lugar, un simple recuerdo, una palabra, un nombre.
De pronto su mano alcanza el sueño, y roba ese nombre de ese mundo, esa sola palabra que vale todo el sueño entero, el nombre que le quita el miedo y le infunde el valor para enfrentar el despertar. Ese nombre que fue todo en el sueño, el centro mismo de su existencia, con ese nombre en su memoria puede por fin dejarse llevar del otro lado, y dejar morir el sueño que tanto amó. O más bien es el quien muere en el despertar, pues el sueño continúa sin él presente, notando apenas su ausencia. El sueño es el mismo, solo falta un nombre. Camina ahora sin miedo hacia la luz, el despertar llega finalmente pero el ya no lo teme, sonríe y se repita una y otra vez el nombre por el que tanto ha luchado. Nada más necesita.

El doctor abre lentamente la puerta y deja salir a la mujer que con dulces ojos llenos de lágrimas saluda por última vez el cuerpo su marido. El doctor dice que no se rindió en ningún momento, que luchó hasta al final para seguir con vida y que solo al final cuando la vida se escapaba de su cuerpo pronunció una palabra sola, tan clara como la luz que lo iluminaba, un nombre, el nombre de ella, seguido de un último suspiro. De todo cuanto existe en este mundo se ha llevado consigo lo más preciado.

jueves, marzo 02, 2006

Hipódromo

No sé si esto entra dentro del rubro "cuentos en joda" o "cuentos para pensar", capas en los dos, lo dejo a su criterio.

Los competidores están en posición de largada, el objetivo a la vista, la pista despejada, todo listo para comenzar. La bandera está alta y los músculos se tensan, cada milésima de segundo cuenta al momento de ganar, por eso una buena salida es lo más importante.
Baja la bandera y comienza la carrera, los 4 adversarios salen bastante parejos, con ligera ventaja de “Remera blanca” gracias a su sorprendente agilidad al esquivar los primeros obstáculos que se cruzan en su camino.
“Rugbier” va quedando atrás por culpa de un impertinente que se le acerca a pedirle fuego, ¡pero esperen! Con un certero manotazo aleja al obstáculo y retoma terreno.
Ay, ay, ay, “Gorrita” parece estar teniendo problemas al acercarse a la barra, pierde ventaja con los múltiples borrachos que le cortan el paso. Tal parece que toda esperanza está perdida para él, pero aún no se rinde, los milagros son siempre posibles.
¡Increíble maniobra de “Punky” al deslizarse por el borde de la tarima! Le saca dos cabezas a “Rugbier” y “Remera blanca” que persisten en su intento por llegar primeros. “Gorrita” sigue último perdiendo aun más terreno.
“Rugbier” se acerca a “Remera verde” de costado… ¡y lo saca de su camino! ¡Sí señores, jamás visto! “Remera blanca” se cruzó en el camino de “Rugbier” y este lo sacó volando. Parece que todo se decidirá entre él y “Punky” ahora.
“Punky” va perdiendo terreno pero sigue a la cabeza, ya no queda mucho terreno, parece que va a llegar… ¡Una mujer se cruza en el camino y se la lleva puesta! ¿Aprovechará “Rugbier” esta ventaja? ¡No! Tropieza con “Punky” y termina también en el suelo, que tragedia señores…
Y “Gorrita” vuelve de entre los muertos para reclamar su título. Salta por encima de sus rivales abatidos… ¡Y llega a la meta! Que carreras señores, que carrera… “Gorrita” está ahora hablando con la muchacha, veamos si consigue llevarse el premio.
- Hola, ¿Cómo te llamás?
- Laura, ¿Vos?
- Joaquín… ¿Querés ir a charlar un rato?
- Bueno, dale.
Un justo premio para un justo vencedor… Vamos ahora a la 3ª carrera del boliche “Tatú”, las apuestas están 5 a 1 para “Pelo negro”, 3 a 1 para “Bufanda”, 2 a 1 para…

miércoles, octubre 19, 2005

La Pausa

El señor camina por la calle con aire apurado, seguramente está llegando tarde a algún lado. Camina apenas apoyando los pies, casi corriendo, ¿si el reloj no para, por qué él debería hacerlo? Los negocios, las calles, las personas… todo pasa desapercibido a su lado a una velocidad anormal, no tiene tiempo para fijarse en nada, cada segundo de distracción es un segundo perdido, y el señor odia perder el tiempo, porque sabe que jamás lo recuperará ni le darán nada a cambio por él, por eso debe aprovecharlo al máximo, no permitir que se le escape un solo segundo de la billetera.
Cada paso que da se siente más pesado, sabe que podría ir mucho más rápido, caminar es solo una pérdida de tiempo, debería viajar en automóvil, o mejor aún, en helicóptero, así no perdería ni un solo segundo en hacer aquel molesto viaje.
Mira a su alrededor buscando algún camino que lo lleve más rápido a su destino, solo ve una pequeña plaza olvidada. A falta de un mejor camino decide atravesarla, allí podrá apurar un poco el paso. Marcha decidido cruzando la calle, sabiendo que no puede esperar a que pasen los autos, cruza decidido entre ellos, el tiempo ganado bien vale el riesgo.
Sin embargo al pisar el primer espacio verde siente algo diferente, ya no está tan apresurado como antes, el tiempo parece correr más despacio, ya no lo persigue sino que camina lentamente a su paso. El señor aminora el paso, ya no siente los pies pesados, se siente libre, como si flotara en el aire, cada paso es un enorme salto que lo eleva en el aire lentamente y lo aleja del mundo y de las preocupaciones.
Comienza a fijarse en lo que lo rodea, las flores que parecen sonreír a su lado, los tristes árboles que lo atrapan con sus ramas, todos lo invitan a detenerse, a mirarlos y jugar con ellos. Más a lo lejos ve la ciudad, pero es una imagen borrosa, como si en realidad se encontrara a kilómetros de distancia. Su ritmo acelerado ya no lo altera, ahora está escondido del mundo real, protegido de todo, a salvo del mundo. El tiempo ya no tiene sentido, solo siente esa libertad del momento, un escape de la realidad.
De pronto cae de nuevo en la fría acera, ya ha atravesado todo el parque. Pero, ¿Cuánto ha tardado? Podrían haber pasado horas, días enteros, ya no le importa, sigue respirando esa sensación de libertad aún ahora. Ya no lo preocupa el tiempo o, mejor dicho, ahora sabe en qué vale realmente la pena invertirlo. Ahora el señor camina observando todo a su alrededor, todo le parece igual de hermoso que en aquel parque. Las cosas cobran un nuevo significado, ya nada es igual que antes. Ya no corre, camina despacio, prestando atención a todo cuanto lo rodea. Cada segundo es importante, y por eso lo aprovecha al máximo.

miércoles, setiembre 21, 2005

Ira

Caminaba por la ciudad como si nada, sin destino fijo, uno más en la marea de gente que recorre las calles día a día. No se por qué me eligió justo a mí, no tenía nada en especial, había varias personas alrededor mío que habrían servido mucho mejor para sus propósitos. Sin embargo fui yo quien, al quedarme parado esperando a que cambiara el semáforo, sentí algo frío y metálico que se apoyaba en mi espalda al tiempo que una voz profunda me susurraba al oído “Si hacés algo te mato”. Una ola de terror invadió mi cuerpo.
El asaltante me obligó a cruzar la calle, al tiempo que sus amenazas impregnaban mis oídos hasta dejar en mi cerebro solo espacio para el miedo. Yo miraba sin cesar a las personas que pasaban a mi lado, ¿cómo podía ser que no vieran lo que sucedía? ¿Acaso, no era obvio? ¿Acaso no veían el arma que presionaba contra mi espalda? Ahora que lo pienso, tal vez sí lo veían, pero por miedo o por indiferencia miraron a otro lado creyendo que no sería más que un simple robo, un simple susto para la pobre víctima. Me gustaría que ahora supieran lo equivocados que estaban.
Caminamos un par de cuadras hasta llegar a un callejón donde las luces habían dejado de funcionar hacía mucho tiempo, no se veía una sola alma alrededor. Aún permanecía detrás mío mientras su brazo impedía que me girara para ver su rostro, lo cual me asustaba todavía más. Por fin nos detuvimos en la mitad del callejón, donde la falta total de luz hacía imposible que nos vieran. El ladrón me ordenó vaciar mis bolsillos. Yo hasta el momento había creído que se conformaría con las pocas monedas que llevaba en los bolsillos o, en el peor de los casos, se llevaría mis zapatos también. Sin embargo por su reacción al ver tan poco dinero pude comprender que aquello no terminaría allí.
Comenzó a preguntarme sobre mi casa, si tenía dinero allí, que tan lejos quedaba. Al mismo tiempo no dejaba de repetir que no intentara nada estúpido y que si hacía lo que me decía no sucedería nada. Pero el tono de su voz había cambiado, parecía casi tan asustado como yo. En ese momento pensé que si no huía las cosas solo se pondrían peor para mí.
Aprovechando un segundo de distracción empujé con todas mis fuerzas hacia atrás y pude sentir el filo del metal cortar mi espalda. Apenas vi al ladrón caer al suelo me abalancé sobre él y de un golpe le quité la navaja de la mano. Sin embargo él no tardó en reaccionar, sentí su puño chocar contra mi rostro al tiempo que yo golpeaba el suyo. Continuamos forcejeando por varios minutos, ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Mi mano se cerró sobre una gran piedra tirada en el suelo e instintivamente golpeé al ladrón en el cráneo. Por fin dejó de moverse, su cuerpo se desplomó a mi lado mientras respiraba con dificultad. Lo único que podía ver era la sangre que brotaba de entre sus cabellos, quería irme de allí cuanto antes. Pero de pronto recordé todo el miedo que había sentido, la impotencia y la vergüenza que había sufrido. Podía sentir la ira y el odio recorriendo mi cuerpo. Tomé nuevamente la piedra y comencé a golpear con furia la cabeza de mi atacante, hasta que su respiración cesó y me levanté temblando con las manos bañadas en sangre.
Entonces, a pesar de la oscuridad, pude ver por primera vez el rostro del ladrón. Yo creí que vería algún borracho o un vagabundo, sin embargo solo pude ver a un chico que no tendría más edad que yo. La piedra resbaló de mis manos y cayó al suelo con un ruido sordo.

martes, agosto 30, 2005

El Sueño del Pibe

Cambiando otra vez de estilo, esto es narrado de una forma un poco más poética ¿Qué es más poético que el fútbol?. Es medio cortito porque estoy con los trimestrales así que no tengo mucho tiempo.

El vestuario va quedando atrás, se empiezan a escuchar las voces del público, no puede creer que está realmente allí. La camiseta le brilla sobre el pecho, los colores lo ciegan, el sueño se hizo realidad, toda su vida esperando y ese momento finalmente está allí. Realmente no podría ser más feliz.
Recuerda perfectamente esos días en los que practicaba el fútbol de barrio, cuando maravillaba a sus amigos bailando con la pelota entre las piernas. Tan lejos habían quedado aquellos días, sin embargo ahora los recuerda como si fuese ayer, tal vez fue ayer, tal vez aún está durmiendo en la casa de sus padres y sueña que está allí, parado como ahora, esperando salir a la cancha.
Pero no, esto no es un sueño, o al menos ya no lo es, es la realidad que por fin ha llegado, su destino se ha cumplido. Muchas fueron las noches que pasó entrenando, corriendo, sufriendo para ser el mejor. Los años pasaron y él siguió sin rendirse, cada nuevo obstáculo era un nuevo éxito, cada nuevo club era una nueva esperanza, cada pelota en sus pies era un nuevo paso hasta aquel lugar soñado.
Ya sale a la cancha, el corazón no deja de latir con fuerza, comienza a llorar, esto no puede ser realidad, es demasiado feliz. Los hinchas aclaman eufóricos la entrada del equipo, los gritos vitorean los nombres de cada jugador. Cuando llega el suyo no lo puede creer, ya está, es un sueño, ahora mismo se va a despertar. Abre los ojos y la cancha sigue ahí, sus compañeros le sonríen desde fuera del túnel, invitándolo a compartir la gloria.
Camina temblando hacia el centro de la arena mientras los ejércitos se preparan para pelear. Observa a sus rivales, tan felices como él de estar allí, ahora no importa quien ganará, este es momento hay que disfrutarlo, puede que no vuelva a repetirse. De pronto ese sentimiento de paz lo abandona, ahora se siente inundado por el deseo de victoria, ahora sabe que tiene que ganar, se lo debe a él mismo y se lo debe a la gente.
Ve al árbitro que se acerca a los capitanes, el clásico ritual se repite una vez más, como en todas las canchas en el mundo sucede el saludo. El público calla y siente que se acerca el momento, disfruta los últimos segundos de tranquilidad. Admira al estadio en todo su esplendor, miles de personas se agrupan solamente para verlos jugar. El juez da el pitido inicial, el grito del público rompe el silencio. El Mundial de Fútbol comienza.