Mostrando las entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

lunes, febrero 16, 2009

Capítulo 10: Fetos

Tras mucho tiempo de inactividad vuelve la novela que supo conmover a las masas y a las masitas. Sé que muchos de sus lectores originales ya perdieron el interés después de tener que esperar tres años para una ráfaga de chistes malos que a lo sumo les brinda distracción por unos 15 minutos, pero no puedo negar que sigue siendo divertido escribirla. Como me pasé toda la noche escribiendo y revisando capítulos viejos para que la historia guarde un mínimo de coherencia espero que la disfruten. Sino, quejensé a su gusto, la respuesta les llegará en 8 o 9 meses como todos mis posts.

Tal vez fue la sospechosa ausencia de muebles, tal vez el hecho de que había un inodoro y una cama en la misma habitación, o tal vez el que una de las paredes tuviese barrotes y que a través de ellas pudiera ver a un guardia afuera junto a un cartel que rezaba: "si puede leer esto, usted está en una celda"; pero algo en mi fina intuición me indicaba que me encontraba en algún tipo de prisión… o en la casa de un anfitrión con un sentido del humor tan perverso como su gusto para decorar.
No sabía cuanto tiempo había pasado desde el oscuro desenlace que siguió a mi encuentro con La Mosca, pero la inmunda peste que emanaba de mi cuerpo me permitió suponer que se trataba de más de unas pocas horas… o unos pocos días. Al parecer mi sistema, demasiado ocupado en sobrevivir a la sorpresiva presencia de 3 kilogramos de cocaína en su interior, no se había molestado en problemas menores como el de devolverme a la conciencia.
Lo primero que noté fue que, contrariamente a lo que sucede en general cuando se despierta en el interior de una celda, mi cuerpo no poseía nuevas heridas y mi recto parecía no haber sido vejado por algún preso de manos grande y alma sensible. De hecho, la mayoría de las mutilaciones que había sufrido durante los últimos capítulos, habían desaparecido sin dejar cicatriz de su presencia, salvando la ausencia del pedazo de oreja que McBride había tenido el placer de hacer volar. Nótese inmediatamente que la sorpresa del descubrimiento estuvo lejos de suscitar mi alegría. La evidencia de que mis captores no solamente no habían contribuido a incrementar el número de muestras en el museo del maltrato en el que se había convertido el conjunto de mis órganos, sino que incluso se habían preocupado por limpiar las obras de otros artistas sólo llevaba a una conclusión posible sobre su identidad: Fuerzas Especiales.
Las Fuerzas Especiales de Tareas de Orden (FETO) eran lo que en una novela policial hecha y derecha, y por ende yanqui, sería el FBI. Pero la utilización de una policía, y por consiguiente un país y una locación geográfica, real en esta historia hubiese traído tantas confusiones de trama y juicios legales que habría mandado por el caño todos los intentos de ambientar el relato en un escenario tan ambiguo y maleable como es la ciudad de la que ya no recuerdo el nombre. En el pasado, más de una vez había debido enfrentarme a sus legiones por temas tan triviales como la falta de detalles en un informe, mis conexiones con el bajo mundo de la city y el secuestro extorsivo. Ahora que ya no pertenecía oficialmente a la fuerza, la cosa sólo podía ponerse peor.
Con la paulatina recuperación de mi memoria, la imagen de los gentiles hombres armados que habían obligado a mi cerebro a perder el 30 por ciento de su capacidad de un saque coincidió con el recuerdo que yo tenía de los uniformados de las Fuerzas. Como si aún faltara evidencia, la prueba final para mi brillante deducción la aportaba el hecho de que una operación en la que el primer objetivo primero había sido arrestar a los presentes en la escena y no organizar una pelea de cuchillos para ver quien se apropiaba de la merca no podía ser producto de una inteligencia local.
Descubierta la identidad de mis captores sólo podía esperar. Afortunadamente previamente a mi última incursión al mundo real había terminado de desaparecer toda la evidencia que me comprometiera con el considerable inventario de crímenes en los que me había involucrado durante los años de bonanza, desde la caza de elefantes por las calles de los suburbios hasta la organización de torneos de batallas de pókemons. Descartados los posibles testigos por exceso de muerte en sus archivos policiales, me creí salvado de toda acusación que pudiera manchar mi buen nombre. La conclusión me tranquilizó lo suficiente como para permitirme un momento de descanso. Encendí mi pipa, que por obra de la necesidad escénica había aparecido en mi mano, y me senté en el duro colchón de una de las camas para comenzar a pensar. La mentira de McBride sobre los hábitos drogones de Margaret que me había conducido al escondrijo de La Mosca no dejaba de rondarme en la cabeza y si algo nos han enseñado los grandes maestros de la deducción es que para despejar la mente no hay nada mejor que intoxicar los pulmones.

No habrían pasado quince minutos desde el comienzo de mi meditación cuando una poderosa voz llamó a mi puerta. Frente a mí, cortado verticalmente por los barrotes, la figura del capitán Estaban D. Ramírez, sub-jefe de las FETO, se me presentaba como una visión mitológica. Mitad policía, mitad hombre, esa criatura de leyenda me observaba con sus ojos azules como queriendo deducir de donde corno había sacado yo la pipa y cómo hacía para fumar sin tabaco ni fuego. El hecho es que yo fumaba.
Ramírez golpeó de nuevo los barrotes con su macana, que es siempre mejor que una travesura, intentando llamar mi atención que en ese momento se concentraba con todas mis fuerzas en cualquier cosa que quitara de mi rango visual a aquel ángel de la desgracia. No porque temiera las consecuencias sino porque creí que tal vez aún no hubiera superado el trauma que le causó aquel desafortunado incidente obra del cual me vi obligado a acostarme con su hija, su esposa, su madre y su perra.
- Robredo…- dijo finalmente el corpulento oficial mientras daba señas al mudo guardia de que le permitiera el acceso a mis aposentos.
Me sorprendí de que me hubiera llamado por mi nuevo nombre y no por el de "Reverendo Hijo de Puta", como habituaba hacer continuamente en el pasado, aunque yo nunca adherí a la fe protestante y mucho menos me ordené. Esa muestra de cariño sólo podía significar que algo más importante que su venganza personal me había llevado ante su presencia. Decidí que en lo inmediato lo aconsejable era no suscitar su ira.
-¡Capitán! Tanto tiempo…- vociferé en tono amigable - ¿Cómo está la familia?
- Tan enferma de sífilis como la dejó la última vez inspector. – respondió con una calma tal que le habría helado la sangre a Disney. - ¿Sabe por qué está aquí?
- Porque un gigante uniformado me voló la conciencia contra una pila de cocaína, enviándome a un viaje místico que lamentablemente concluyó acá.
- Veo que no perdió su humor. Veamos si se ríe cuando acabemos. – continuó el impasible capitán mientras se quitaba los guantes y tomaba la macana por el lado fino.
- ¿Acabar? Me parece un poco rápido pasar a esa fase. Recién nos estamos poniendo al día. Si quiere acabar por qué mejor no trae a su muj… -
El repentino golpe en la boca del estómago me dejó sin aliento, cortando mi respiración y dejando mi fino chiste suspendido en el aire como una mariposa a la que un sable samurái le corta las alas.
- Basta de idioteces, Robredo. – musitó el agresor.- ¿Dónde está Melany Bonanzini?
- En el circo, si Dios es misericordioso.
Un nuevo golpe desencajó mis entrañas. Esta vez del guardia que había ingresado junto al oficial. Me pregunté para qué se habían tomado la molestia de acomodarme si igualmente iban a ejercer sobre mí el curioso deporte de la brutalidad policíaca. Luego supuse que simplemente no querrían haberse lastimado practicando con un cuerpo deformado.
- ¿Dónde está la chica, Robredo? Si dice todo ahora lo desmayaremos antes de seguir. – ofreció con una asquerosa sonrisa de satisfacción.
- Debería haber seguido con la estrategia amable, sabe que estoy en contra de toda forma de violencia. Sobretodo si es contra mí y mis amados riñones.- atiné a decir en medio de una ráfaga de puntapiés que impactaron entre mis piernas. Afortunadamente, después del tercero ya había perdido toda sensibilidad en esa zona.
Tras un par de horas de lo mismo, el único resultado visible era el cansancio de los agentes, quienes resoplaban faltos de aire mientras yo los miraba inocentemente entre los pedazos inflamados de mi rostro. Quince minutos con "El Elegante" McBride habrían sido más que suficientes para que yo confesara haberlo secuestrado incluso a él. En comparación, la paliza de los muchachos era como cuando descubrís que tu vecina tuvo sexo contigo sólo para conocer a tu hermano: en apariencia tenés que fingir que te duele, pero en el fondo no te importa.
- Cambiemos de estrategia capitán.- insinué. – ¿Por qué mejor no me explican por qué creen que yo tengo a la chica?
Corto tanto de recursos como de aire, Ramírez decidió acatar mi plan de juego.
- No sabemos exactamente de qué nació su interés por ella, aunque viendo sus antecedentes y el dinero de la familia nada sería sorprendente. Hace días pidió información en el Bar de Gino sobre la muchacha, la siguió durante un encuentro con un joven y luego se encontró con el capo mafioso "Panino" Gordicelli para acordar su participación y porcentaje de ganancia en el secuestro. En algún momento entre aquel encuentro y su arresto la joven Bonanzini desapareció. Ahora, sea usted un buen detective y deduzca por nosotros quien lo hizo.- concluyó el oficial, soltando una carcajada que no fue secundada por su compañero, quien ya se encontraba desmayado por falta de aire desde el comienzo del relato.
- El mayordomo sin dudas. – respondí triunfante. – Al menos él tendría más motivos que yo para secuestrar a ese error de la naturaleza. Y hablando de errores… ¿Qué rol juega en su perfecto cuadro Aurelio Hárisson?
- ¿Quién? – Preguntó extrañado el capitán.
- Tony. – vociferé, rezando porque mi arbitraria imposición de sobrenombre hubiese trascendido los límites de la realidad textual, alternado el conocimiento de todos los personajes de mi universo literario. – El gordito idiota que estuvo conmigo en todas esas travesías que usted menciona.
- No sea estúpido Robredo, si sabemos lo que hizo también sabemos que lo hizo sólo. Sus fantasiosas mentiras no pueden ayudarlo esta vez – respondió el capitán.
Por un momento realmente temí que los traumas de mi infancia finalmente hubiesen hecho mella en mi conciencia obligándome a ver una alucinación formada por todos mis males sufridos con el cuerpo del Tigretonio. Luego me di cuenta que si yo estaba equivocado, nada podía salir de aquello que fuera bueno para mí, por lo tanto debía ser un complot u obra de duendes invisibles, a los cuales siempre he considerado mis más acérrimos enemigos.
- Yo no invento capitán. No secuestré a ese feto infrahumano ni hice nada que no fuera por orden del mismo Bonanzini, a través de su asistente Tony. Ahora, si vamos a hablar de mentiras fantasiosas empecemos por su perra, y si vamos a hablar de perras empecemos por su mujer que…
Nuevamente mi elocuente discurso fue cortado en seco por un golpe de Ramírez.Ya se disponía a atacar áreas más sensibles de mi cuerpo cuando una voz que me sonó angelical, pero que más bien se parecía a lo que suena cuando un taxista tiene un pollo atorado en la garganta, sonó a sus espaldas y lo paró en seco.
- Quieto Ramírez. El idiota es mío.

viernes, junio 06, 2008

Capítulo 9: El fantasma, la bruja y el Armando

Después de meses de espera, 3 hijos, 4 operaciones de cambio de sexo, 2 trabajos y una cadera artificial que me provocó escozor en el esfínter, he aquí el 9º capítulo de la novela más absurda de este blog. También la más realista, coherente, sudorosa, ciclotímica, alemana, cincelada y cuanto adjetivo se les ocurra. Que disfruten.

Retornados una vez más al bar de Gino, me pregunté si el autor no estaría pensando transformar esta historia en una película de tan bajo presupuesto que requiriera el repetir tantas veces un mismo escenario o si simplemente su capacidad creativa se había agotado en apenas 24 páginas del word; pero mis cavilaciones fueron interrumpidas por los quejidos constantes de Tony, quien no parecía haberse repuesto del todo de nuestro encuentro con McBride.
Casper nos observaba con sus ojos lechosos, tal vez dudando entre si prohibirnos de una vez la entrada o simplemente echar nuestros cuerpos al mar, mientras refregaba incansablemente el mismo vaso de vidrio que ya debía haber perdido 1 o 2 milímetros de espesor. Al mismo tiempo, yo me debatía entre pedirle ayuda o no. El caso ya estaba resuelto, no tenía sentido el seguir excavando un pozo cuando ya se había encontrado el agua... Un agua marrón y claramente contaminada, pero agua al fin. Sin embargo esa curiosidad innata que caracteriza a la raza de los detectives, y que tan a menudo se confunde con su también innata estupidez, todavía no había muerto del todo en mí, obligándome a seguir con la investigación de un caso que de este punto en adelante solo podía traerme problemas.
Cuando finalmente la mano del cuasi-fantasma se detuvo por un instante para recuperarse de los calambres, supe que era el momento de lanzar mi pregunta.
- Casper, ¿qué sabés de una mujer a la que llaman la Mosca?
Inmediatamente el vaso se estrelló contra el piso. Las manos temblorosas del tabernero habían perdido la capacidad de movimiento y su rostro se hallaba completamente deformado por lo que parecía ser un rastro de rubor.
- ¿Cómo supiste de ella?- Alcanzó a decir tras repetidos balbuceos.
- Por “el Elegante” McBride.- dije, mientras Tony estallaba en nuevos sollozos al escuchar el odiado nombre.
De pronto el rostro de Casper perdió todo rastro de rubor, incluso parecía más pálido que nunca.
- ¿McBride?- gritó con un pavor que se podía palpar en el aire. - ¿Cuándo volvieron a soltar a ese demente? Debería estar en África, ¡o en el infierno! ¡O en Disney por el amor de Dios!
- Aparentemente es el sobrino del Panino y se está encargando de su negocio.- dije, coreado por más gemidos de la bola de grasa húmeda en que se había convertido mi compañero.
El tabernero tuvo que sentarse para asimilar la noticia. Aparentemente su cuerpo también había sufrido las artes de Jeff, y la noticia de su regreso era para él peor que el anuncio del inicio de la temporada de caza de albinos. Aún así, no dejó de extrañarme que el hombre con la mayor red de información de la ciudad no hubiese recibido la noticia de la llegada de un sujeto como McBride. O su retorno se trataba de una operación muy reciente y perfectamente encubierta, o Casper se hacía más merecedor del Oscar de lo que jamás habría podido imaginar. De cualquier forma me prometí no bajar la guardia con él de ahí en adelante, promesa que olvidé segundos después, cuando me invitó a una cerveza a cambio de mayores detalles.
Varias cervezas y explicaciones después, Casper parecía aún más preocupado, pero todavía no del todo dispuesto a llevarnos al paradero de la Mosca. Según él, sería inútil entrevistarla pues dudaba que se tomase el riesgo de venderle droga a la hija de un hombre que en esta ciudad era semejante a una botellita descomunal de Raid.
- Y aunque lo haga, ¿por qué debería molestarse en darles información a ustedes?
- No subestimes mis poderosas artes de convencimiento, además para eso es que venís con nosotros
- Eso es otro tema, ¿en qué parte de su retorcido cerebro se le ocurrió que yo iba a estar dispuesto a ayudarlo?
- En la misma parte en que se me ocurrió la ingeniosa idea de contarle a Jeff quien me ayudó a encontrar su escondite.
Una vez más la sombra del pánico recorrió su rostro. Y más rápido de lo que un adolescente tarda en redecorar el baño, todo deseo de oponerse a mi voluntad desapareció de su ser.
Por miedo a ver mi amenaza cumplida, Casper decidió cerrar su bar temporalmente y acompañarnos en ese mismo momento. Algunos clientes no estaban tan dispuestos a ceder su posición, como un viejo que parecía haber adquirido una suerte de simbiosis con el asiento u otro que golpeó a Tony salvajemente un par de minutos antes de que una de las botellas que Casper y yo lanzábamos desde una prudente distancia lograra hacer impacto con su cabeza.
Minutos más tarde, un destartalado Caspermóvil nos conducía por las callejuelas de la ciudad, evitando cuanto patrullero pudiese identificar la ya antiguamente vencida patente y haciendo todo lo posible por descargar a sus ocupantes contra las puertas en cada curva cerrada que le presentase una oportunidad. Increíblemente logramos alcanzar nuestro destino sin una nueva demostración de las artes vomitivas de Tony.
Cuando a uno le dicen que va a visitar el antro de una mujer a la que llaman “la Mosca”, uno espera encontrarse con una tienda estilo voodoo, donde se cultivan las artes negras y se pueden encontrar entrañas y huevos de distintos seres colgando de las paredes como decoración. De la misma forma que espera que la dueña sea una inmensa negra vestida con sus ropas de nigromante africana y hablando en una lengua que parece haber sido inventada para ser pronunciada solo por cobayos drogados. Este prejuicio es perfectamente comprensible en una sociedad ebria de cine hollywoodense o que ha jugado demasiado al Monkey Island, sin embargo los estereotipos de nada sirven en una ciudad donde hasta los niños de jardín llevan una magnum 47 metida en los pantalones.
En virtud de lo dicho, entré a lo que en un primer momento me pareció el interior de una tienda de caramelos, pero que resultó ser también de bizcochos y unas apetitosas tartas de las cuales me serví unas 4 porciones antes de que la dueña del local apareciera tras el mostrador. La enorme bruja voodoo de mis sueños parecía más bien una Heidi con varios años de más pero que todavía se piensa que el abuelo sigue vivo en la casa de la montaña. Su cara, impresionantemente sonriente, estaba dibujada por mares de maquillaje que intentaban darle un todo infantil pero que más bien la convertían en un mellizo de Michael Jackson. Todo a su alrededor parecía adquirir un tono de empalagosidad tal que estaba seguro que si hubiese lamido el piso por el que caminaba habría comprobado que era más dulce que todas las tortas que reposaban en mi estómago. Tras una atenta inspección gustativa comprobé que mi suposición era falsa, pero las migas de brownie que encontré entre la pelusa del suelo me dejaron satisfecho.
- ¡Gaspar! ¿Que haces aquí? – preguntó con su, obviamente, melosa voz imitando pésimamente un dudoso acento madrileño.
- Traigo las 10 plagas de Egipto... ¿Qué te parece que hago?
- Es que habías dicho que ya no querías verme, después de que le vendí aquella pequeña cantidad de heroína al hijo del abogado...
- ¿Pequeña cantidad? ¡El tipo murió de sobredosis! ¡Y antes pagarme! Creeme que no estaría acá si fuera por mí. Pero estos caballeros tienen un par de preguntas para vos y una buena dosis de amenazas para mí.
- ¿Qué haces trayendo a la basura de tu bar a este lugar? ¿Sabes lo que cuesta mantener la fachada? ¿Imagínate si alguien los ve aquí y avisa a la policía?
- ¿Qué te importan los policías si ya te los encamaste a todos? Te digo que necesitan un par de datos, dales lo que quieren y nos olvidamos de que alguna vez estuvimos acá.
- ¿Tan fácil es para tí olvidarte de mí? Maldito perro. ¿Por qué debería ayudarte a tí? ¿Qué has hecho por mí? ¡Nada! Un par de erecciones fallidas y clientes inservibles, eso es todo.
- Hija de... ¡Ahora son inservibles! Pero antes vos... y si te agarro ahora... ¡Vení para acá! – rugió tomándola con fuerza de la cintura, al tiempo que clavaba sus blancuzcos labios en el lago de maquillaje que cubría la cara de La Mosca.
Durante varios minutos observé con disgusto como el arco iris de colores pasaba de un rostro al otro mezclándose con la saliva y algo marrón que chorreaba del techo. Cuando la escena adquirió un tono no apto para menores, ni mayores, ni ningún ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, debí apartar mi vista para devolver todas las tortas ingeridas a su lugar original en las bandejas.
Una vez finalizada la turbia ceremonia, noté que Tony se había desmayado sobre un charco de un elemento demasiado sospechoso como para arriesgarse a acercarse. Mientras yo intentaba devolverlo a sus sentidos picándolo con una vara a una prudente distancia, los desagradables amantes se devolvieron a sus ropas entre silenciosas miradas de deseo.
Consumado el acto y satisfecha, o casi, la informante, nos conduzco a la parte trasera de su pequeña tienda, a la cual llamaba “mi pequeño oasis de felicidad”. La felicidad en cuestión estaba desparramada por toda la habitación en paquetes de unos 2 kilos. Aquella imagen fue suficiente para comprender que el ingrediente secreto de las tortas que poco antes habían hecho el camino de ida y vuelta por mi sistema digestivo tenía poco de amor y mucho de Colombia, y por qué durante la última media hora había escuchado una voz relatando cada acción mía con dudosa redacción y pésima ambientación de escena.
- Pues bien- dijo la falsa gallega - ¿qué puedo hacer por ustedes?
- Darme 10 más de esas tortas y no sacarte la ropa nunca más.- respondí con total sinceridad. Por el momento el caso había pasado a tener tanta importancia como el hecho de que Tony se hubiese desmayado con la nariz hundida en nieve mágica.
- ¿Qué quieres decir con 10 más?
- Como decía, ¿qué me podés decir de una tal Magalí Bonanzini?
- Melany...- masculló Tony desde las profundidades de su inconciente.
- ¿Quién? - inquirió la mujer.
- ¿Gordita? ¿Petisa? ¿De 15 años, pero más parecida a un jugador de rugby galés que a una adolescente excitada?
- Imposible, ninguno de mis clientes tiene más de 12 años.
No pude esconder la sorpresa, porque era muy poco probable que un bicho desfigurado como era la hija de Bonanzini pudiera pasar por menos de 43.
- Es posible que McBride te haya mentido para sacarte de encima.- aportó Casper, quien por fin había logrado devolver su rostro a su color supernatural.
- Si hubiese querido sacarme de encima me hubiese transformado en un tapado de piel.- opiné con incomprensible ironía, aunque la duda ya se había instalado en mí y empezaba a armar el complejo turístico.
- ¿Entonces por qué?
Eso fue lo último que pude escuchar antes de que un fuerte golpe en la espalda me disparara de cara contra la pila de cocaína sobre la que respiraba Tony. De inmediato se escucharon gritos y pasos pero el mareo del golpe y el sorpresivo exceso de estupefacientes en mi cuerpo me impidió comprender claramente que sucedía. Lo último que alcancé a ver fue a un hombre de nieve y un arco iris escabulléndose por una puerta en el suelo. Apenas quise levantarme, una fuerte mano me obligó nuevamente a besar el polvo, aunque no nos conocíamos bien ni habíamos llegado a la tercera cita. Finalmente mi conciencia cedió y me encontré navegando en el peligroso mar de la sobredosis.
Estaba en un bosque, y en el centro del bosque había un águila, y en la pata del águila había una uña, y en la uña de la pata había mugre, pero el hecho es que estaba en un bosque. Frente a mí un hombre sin rostro me mostraba una pastilla roja y una azul, en un claro plagio de una película cuyo creador debía pasar la mayor parte del tiempo en el estado en que yo me encontraba.
- ¿Quién sos?- le pregunté al hombre con ganas de saber por donde respiraba sin fosas nasales.
- Soy el Armando.- respondió él solemnemente.
- ¿Y qué hacés acá?
- Justifico el título del capítulo.- dijo, y sin más desapareció en una nube de humo beige.

lunes, noviembre 12, 2007

Capítulo 8: "El Elegante"

Sentado con las manos apoyadas sobre su vientre, intentaba aparentar una calma reflexiva que habría sido más creíble en la figura de un babuíno no esterilizado. Sin embargo, segundos después de haber penetrado nosotros en la habitación ya había perdido toda noción de nuestra presencia y embarcose en la tarea de formar un pequeño ejército de bolas de papel con las que luego acribilló certeramente todos los desafortunados ornamentos de la habitación, incluido Tony, al que parecía haber confundido con la media estatua de Buda que se encontraba a sus espaldas. Aprovechando una temporal ausencia de proyectiles, intenté interrogarlo sobre Meredith, pero pronto debí aceptar que toda aquella travesía había sido un intento desesperado e inútil. La mente del Panino se encontraba en una dimensión en la que nada importaban ya las drogas, los territorios, ni aún esa persecución en la que había invertido tanto tiempo y recursos.
Entonces comprendí que no había forma de que aquel hombre cuya cordura parecía haberle alquilado su piso a una familia de enfermedades mentales pudiese estar al frente de aquella organización que tan efectivamente lograba eludir todo intento por encontrar su localización. El Panino, al menos temporalmente, se había visto obligado a pasar la antorcha.
Antes de que pudiese tan siquiera abrir la boca para preguntar quien era aquella mente suprema que había logrado idear un plan que solo otra de idéntica grandeza como la de vuestro humilde servidor sería capaz de defenestrar, la respuesta llegó por sí misma, en la forma de Jeff “el Elegante” McBride.
- Buenas tardes inspector.- dijo su voz de niño a nuestras espaldas, al tiempo que el martilleo de un revólver sonaba lo suficientemente alto como para hacernos desistir de cualquier intento de resistencia que pudiésemos oponer. Medida por demás inútil ya que la sola presencia de aquel hombre había bastado para helar mi sangre, aunque lamentablemente no logró el mismo efecto sobre el sistema urinario de Tony.
No se cuanto tiempo pasó aquel hombre observándonos antes de que lográramos percatarnos de su presencia. Lo cierto es que compartir la habitación con el Elegante por más de 5 minutos era algo que estaba muy lejos de alcanzar el grato placer que produce una pesadilla. El problema con aquel hombre, a diferencia de los miles otros que también habían sentido el calor de mi sangre sobre sus manos, era que se trataba de un artista de la tortura, capaz de doblegar a militares, guerrilleros, criadores de abejas y lesbianas feministas en tan solo un par de horas.
Pero lo peor de aquel ser era que disfrutaba de su trabajo, y nunca faltaba quien afirmase que aquel abrigo color piel del que nunca se desprendía estaba hecho con recuerdos que arrancaba de sus queridas víctimas. Aunque de haber sido cierto también el número de víctimas que se le atribuía habría tenido suficientes recuerdos como para tres colecciones de abrigos, un yate y una isla en la costa del Perú.
- Jeff, tanto tiempo sin verte, pensé que estabas en el África masacrando misioneros, ¿cómo viniste a parar a este lugar?- dije intentando no imaginar que pedazo de mi cuerpo arrancaría esta vez si se encontraba en ánimos de jugar. Afortunadamente esta vez para el peor de los casos contaba con un depósito de carne, lo suficientemente grande como para saciar su sed de sangre, a escasos metros de mí que en aquel momento intentaba disimular el hecho de que estaba creando una nueva formación lagunosa en esa misma oficina.
- Estaba, estaba, pero tuve que volver al recibir un llamado de los colaboradores del Panino pidiendo mi asistencia- dijo manteniendo su sonrisa sarcástica, observándome entre divertido y expectante, como si el encontrarme ahí significase para él una especie de absurdo chiste del destino en favor de su propia diversión. Su explicación, sin embargo, no lograba convencerme. Por más que entre el Elegante y el Panino siempre había habido buenas relaciones el primero no tenía experiencia alguna en el negocio de la droga, y el primero no tenía razones para cederle su posición a un novato, por más respetable que fuera su sádica reputación.
Adivinando mi pensamiento, Jeff se apiadó de mi ignorancia y me reveló un hecho hasta entonces poco conocido en el mundo del crimen.
- Después de todo.- dijo como continuando la frase anterior – mi tío Gordicelli siempre me ha tenido en muy alta consideración.-
Intenté no pensar que clase de abominable ser humano podía ser el que pusiera en relación indirecta a aquellos dos excelentes ejemplos de lo que no debe ser humano, pero la figura de Silvia Suller en su pleno esplendor invadió igualmente mi pobre y virgen cerebro. A pesar de mi sorpresa la explicación era convincente: el Panino jamás confiaría en nadie que no fuera de su propia familia, y el Elegante tenía la suficiente astucia como para mantenerlo con vida a pesar de su lamentable estado.
Otra desagradable sonrisa me arrancó de mis cavilaciones sobre Jeff, el panino, Silvia Suller y los pandas gigantes.
- ¿Y bien Robredo, que puedo hacer por usted hoy? ¿O vino solo para recordar lo que hicimos en el frigorífico hace un par de años?
El solo recuerdo de aquella fatídica noche en la que mis testículos adquirieron más formas que una bola de plastilina, condenándome posiblemente a una dolorosa aunque nada despreciable esterilidad, rindió mis últimas esperanzas de oponerme al profundo terror que el Elegante provocaba en mí. Sabía perfectamente que si no creía mi historia sodomizaría mi cuerpo con placer sin darme tiempo siquiera de comprender que estaba sintiendo dolor. En menos de 5 minutos ya había relatado los hechos con lujo de detalles morbosos e innecesarios halagos hacia su virilidad.
Durante un breve instante temí que no fuera a creerme. A pesar de que sostenía aún su terrible sonrisa, su semblante había cambiado ligeramente y parecía estar meditando. Si alguno de ustedes es aún lo suficientemente inocente como para creer que esto era una buena señal créanme que lo último que uno quiere es darle a un torturador sanguinario es un algo en que pensar mientras tiene un arma en la mano. Finalmente bajó el arma. Su sonrisa había vuelto a ser tan asquerosa como antes pero parecía no tener intenciones malévolas. Seguramente había visto la gran oportunidad que encerraba el prestar un servicio a uno de los hombres más poderosos de la ciudad, oportunidad que momentáneamente parecía ser lo bastante importante como para aplacar su sed de sangre.
- Muy bien detective, digamos que le creo.- dijo midiendo sus palabras para que sonaran lo suficientemente generosas - ¿Cómo me beneficia a mí el darle información?
- Bueno, para empezar tendrías mi gratitud...- Otro chiste genial desperdiciado en un tipo sin sentido del humor. – Pero bueno, supongamos que el señor Bonanzini se enterara de que un cierto grupo distribuidor de drogas pervirtió a su querido intento de hija... yo creo que no podría dejar que esos malhechores siguieran tranquilamente en actividad y arruinando las vidas de otros jóvenes, ¿no te parece?
Una bala pasó silbando a milímetros de mi cabeza, llevándose como recuerdo un considerable pedazo de oreja. Mientras yo me contenía de la tentación de retorcerme de dolor observé como la mano temblorosa de Jeff se iba calmando lentamente. El hecho de que se tratase de alguien tan conocido había resultado levemente beneficioso por una vez, casi como encontrarse con el director de tu escuela en un bar nudista. A pesar del pavor que el Elegante inspiraba en mí yo sabía perfectamente que una falta de respeto lo desestabilizaría, y un pedazo de oreja menos bien valía la pena si lograba desestabilizar a mi oponente. Segundos después del disparo una decena de hombres entraban apuntando a la habitación pero su jefe les indicó que se retiraran. El Panino mientras tanto seguía sin inmutarse, ocupado como estaba en dar un discurso a los retratos de la pared de su derecha.
- No creo que esté en posición de faltarme el respeto con ese tipo de amenazas Robredo.- rugió el Elegante apretando los dientes.
- No quise faltarte el respeto Jeff, solo te aclaraba como está la situación, y el hecho de que mi cabeza siga sin huecos de bala demuestra que entendiste mi punto después de todo.
- Tu cabeza sigue sin huecos porque disparé sin mirar.- admitió recuperando su semblante tranquilo, aunque aún apretaba los dientes.
- Entonces tendré que agradecer a mi buena suerte.- dije riendo mientras intentaba no perder el conocimiento. – Igualmente comprenderás que si decidís ayudarnos el señor Bonanzini también sabría encontrar la forma de recompensarte. Él sabe que un caballero como vos no sería capaz de lastimar a una inocente joven...
Su sonrisa enigmática volvió a adornar su rostro, noté también una extraña mueca en su expresión. Como si reprimiera una burla que rogaba por escapar de su boca. De cualquier forma la mueca si disipó apenas volvió a hablar.
- Si lo hubiese planteado de esa forma desde un principio aún tendría su oreja entera. Ahora bien, acepto ayudarlo pero recuerde que me debe un favor y que se lo cobraré cuando mejor me venga.
- Tony estará muy feliz de pagártelo.- contesté aprovechando que mi compañero estaba tendido sin sentido desde el momento del disparo. – Ahora decime lo que sepas.
- La chica anda en las drogas desde hace poco, usó nuestros distribuidores hasta que nos dimos cuenta de quien era y obviamente dejamos de suministrarle el producto. Sin embargo de alguna forma sigue obteniéndolo. Si el hombre que vieron con ella no es su dealer actual creo que su mejor opción es probar con la Mosca. Se trata de una mujer que trabaja de forma independiente con jóvenes de la alta sociedad. Vende un producto de alta calidad a precios elevados y solo trabaja con clientes que nosotros y los dueños de los demás territorios rechazamos. La chica es una presa perfecta.
- ¿Y pensás que esta mujer estará dispuesta a darnos más información?
- Seguramente, si pueden pagarla por supuesto. Le convendría llevar a Cásper, aparentemente anda en muy buenos términos con ella.
La sola idea del cuerpo fantasmal de Cásper penetrando a una mujer me provocó arcadas, sin embargo la situación parecía ir tomando color, aunque la pista seguía tan frágil como antes.
- Supongo que tendré que volver al bar de Gino entonces. Muchas gracias por la colaboración Jeff, sabía que podías ser un hombre gentil cuando no hay una sierra en tus manos.
- Puedo ser un hombre razonable. Ahora, le recomiendo que se apresure a salir por la ventana, mi mano está rogándome desde hace más de una hora que le permita apretar el gatillo y ya no siento ningún deseo de resistirme.
Apenas tuve tiempo de tomar a Tony por la cintura y saltar rompiendo las tablas que tapiaban la ventana antes de que 5 disparos se perdieran sobre mi cabeza buscando provocar nuevos orificios en mi maltratado cuerpo. Mientras caía pude darle una última mirada al Panino, quien ahora se encontraba callado contemplando el techo de la habitación, casi parecía estar pensando. Tan atrapado quedé por esa imagen que no me di cuenta que estaba cayendo desde un segundo piso. Afortunadamente un vagabundo logró amortizar nuestra caída, aunque sacar su cabeza de entre las nalgas de Tony luego costó más esfuerzo del que uno pudiera suponer.

Capítulo 7: Máxima intimidad

Tras haber rematado el capítulo anterior con un chiste pésimo y sin sentido, decidí, junto a mi fiel ejército de alucinaciones, que para poder dilucidar de una vez mi primer caso (que aparentemente iba también a convertirse en el más largo y trabajoso de mi brillante carrera) debía atenerme al único hecho sobre el que no parecían tener dudas ni los topos ciegos del zoológico del centro: la relación de Morgany con las drogas. Afortunadamente mis largos y corruptos años en la policía me habían puesto en contacto con más de un vendedor de polvo mágico de nieve, por lo que no tardé en dar con la dirección temporal del famoso Gordicelli, el enanísimo capo distribuidor de toda la pasta y harina del sur de la ciudad. El “Panino”, como todos lo llamaban tanto por su afición a los sandwiches de mortadela y limón como por su obsesión con los álbumes de figuritas de los personajes de Disney (se dice que una vez asesinó a sangre fría a un niño de 8 años por un “bambi en cuatro” en perfectas condiciones, resultando después que ya tenía unas 15... la mortadela puede tener terribles efectos en la memoria... en fin), el Panino y yo jamás nos habíamos llevado bien. Fuera que yo le pasara información sobre sus clientes a sus rivales o porque él me enviara al hospital por un mes sin siquiera enviarme un ramo de flores, jamás habíamos podido confraternizar, sin embargo su memoria funcionaba cada vez peor por lo que verlo nuevamente después de tanto tiempo sería como un primer encuentro.
La nueva casa de Gordicelli parecía erigirse invisible sobre un terreno baldío. Me tomó minutos deducir que la casa que hasta poco antes había albergado al pequeño capo mafioso ya no existía. Sin pistas y con un hambre de la san bondiola, dejé que el gordo Tony me invitara a comer una vez más. A todo esto el recipiente de estupidez y grasa que se hacía llamar mi empleador estaba de lo más contento con el supuesto misterio que ahora, vaya uno a saber como, rodeaba al asunto y no dejaba de fantasear sobre doncellas raptadas y mafiosos malvados, mientras un chorro de mayonesa resbalaba por sus cachetes abultados por años de crímenes contra la salud. Por como hablaba y comía, parecía que en cualquier momento iba a tener un orgasmo oral. Por suerte pude escapar al baño antes de verlo suceder. A mi regreso me horroricé con la visión de un par de personas sentadas cerca nuestro vomitando incontrolablemente. Otros simplemente habían optado por el suicidio antes que correr el riesgo de ver algo así suceder nuevamente. Tony parecía estar absolutamente orgulloso de sí mismo por lo que no solo pagó sin protestar sino que además me regaló un muñequito de Darth Vader en bikini que vendían en el almacén frente al restaurante.
Estando necesitado de información sobre el paradero del Panino, caminé con Tony hasta el estacionamiento de escoria social de Cásper. A pesar de la tierna broma que se había jugado a costa de mis órganos días antes, ya no sentía ningún deseo de agarrar su cabeza y meterla abajo de un martillo neumático, atraer a todas las ratas de la ciudad sobre su cuerpo mientras que el payaso triste de los sims le invade la despensa, y echar sus restos a los indigentes famélicos del parque Medaunpesojefe... no, absolutamente ninguno.
Viéndome ya recompuesto y acompañado por un chanchito alcancía viviente, puso su mejor cara de hombre honesto y bueno, comparable a la de Chuky Dennerty en “un hombre honesto y bueno 2, la venganza del subíndice violador”, película muy interesante que logré ver en la tele de un vecino gracias a un par de binoculares que le robé a un ciego. Igualmente él no los iba a necesitar.
- ¡Inspector!- dijo Cásper jovialmente mientras tanteaba abajo del mostrador en busca de su escopeta, en caso de que mis intenciones fuesen poco diplomáticas. -¿Le sirvió la información que le di?- agregó con la inocencia de un niño... un niño homicida neonazi miembro del Ku-Klux-Klan.
- No tengas miedo, por más que seas un traidor hijo de un contingente de containers cargados de mierda no te voy a hacer nada, es más, te traje un nuevo negocio.- respondí utilizando mi actitud de falso duro que tan poco me ayudaba en estas situaciones.
Los ojos de Cásper brillaron ante la posibilidad de exprimir todo dólar que mi acompañante estuviese cargando consigo. De inmediato desistió de su intención de transformar mi encéfalo en queso gruyère y escuchó nuestro pedido.
Después de que hube relatado nuestras peripecias matutinas, agregando detalles insignificantes como la marca de goma de mascar que masticaba un perro cimarrón mientras se volteaba un poste de luz y exagerando de modo obsceno la forma en que yo había rescatado a esas calientes modelos rusas de las garras de un asaltante, le comentamos nuestro desacierto al dar con el paradero del enano Panino.
- Lo que más me sorprende es que tus contactos te hayan dado direcciones tan acertadas, ese lugar fue la casa del Panino durante solamente una semana y estuvo ahí hasta hace dos días. Aparentemente se metió con alguien de categoría muy superior y tiene que volar constantemente de un lugar a otro para evitar ser capturado.- afirmó dándose aires de gran entendido.
- Y por supuesto el gran y omnisciente dueño del bar de Gino puede decirnos donde se está quedando actualmente.- repliqué yo con sarcasmo suficiente para asesinar una ballena de Groenlandia.
- En realidad tengo una dirección, pero es muy posible que ya haya pasado a otro lugar. Con la estrategia que el enano mantiene se asegura de sembrar la duda sobre toda información que hable de su paradero. Solo sus colaboradores más cercanos son informados de los futuros traslados. Pero parece que hoy es tu día de suerte viejo amigo, porque puede que haya otra solución a sus problemas.
- Dispara.- durante una fracción de segundo temí que su pésimo sentido del humor lo llevara al asesinato, pero por suerte la escopeta no se movió de su lugar.
- En la mesa detrás de ustedes, y ya casi medio ebrio, está uno de esos fieles asistentes.- su dedo lechoso señaló a nuestras espaldas a un hombre grueso de estatura media al que pude reconocer como Cris “Tina” Burrow, el cobrador de Panino. Recordé penosamente las numerosas veces en que sus manos habían tenido más de mi sangre sobre ellas que la que había en todo mi cuerpo. Aún en ese estado el escuchar su sobrenombre no dejaba de arrancarme fugaces sonrisas entre golpe y golpe.
- Te veo después, acá o en el infierno.- dije a Cásper a modo de despedida, bien sabiendo que si moría e iba al infierno no habría forma de que lo encontrara entre tanta gente.
Con mi fiel Tony cuidando mis espaldas me senté en la mesa junto a Tina y puse en su mano una copa de cerveza, recientemente servida y mezclada con orina de mi cosecha personal.
- ¡Tina! Tanto tiempo sin verte. ¿Como te ha ido?- anuncié mientras me sentaba en el asiento opuesto al suyo. Su respuesta fue una mirada asesina que puedo helar mi sangre, si no hubiese estado tan caliente por el vodka que acababa de ingerir, la hazaña que me proponía realizar necesitaba de toda mi astucia y de la mitad de mi consciencia.
- ¿Cómo? ¿Desaparezco un par de años y ya se olvidan todos de quién soy? Vamos, mi cara fue la que te dejó esa cicatriz en el nudillo cuando me dejaste medio desangrado en este mismo bar... buenos tiempos...
La expresión de Tina cambió levemente como si intentara concentrar sus pocas neuronas disponibles en recordar mi rostro. Finalmente esbozó una leve sonrisa y asintió, justo antes de desplomarse nuevamente sobre la mesa tras depositar grandes cantidades de vómito en su bebida. Minutos después ya se había incorporado nuevamente y bebía de su cerveza a grandes sorbos, ante el gesto de profundo desagrado de Tony, Cásper y todos los presentes que habían observado mi obra.
La atmósfera se iba tornando cada vez más amigable. Tina y yo recordábamos viejos tiempos, viejos compañeros, gente que había muerto de causas poco probablemente naturales, hacía ya mucho tiempo. Mientras tanto Tony seguía pagando un trago tras otro para nuestro amigo, al cual cada vez se le aflojaba más la lengua y cada vez tenía menos posibilidades de regresar vivo a su casa. Así nos fuimos enterando de que el Panino de hecho se había metido en un problema mucho más grande de lo que estaba acostumbrado a manejar, algo que sin duda se relacionaba con algunos de los peces más gordos de la ciudad. Sin embargo, nadie sabía que clase de amenaza había recibido, ni quién la había formulado, para atemorizarlo al punto de querer borrar sus huellas a toda costa.
Ya iba oscureciendo. Las calles se convertían rápidamente en depósitos de los seres más bajos y repugnantes de la sociedad como prostitutas, drogadictos y las ancianas que contratan para hacer los avisos en teve-compras testeando un producto que ni siquiera pueden pronunciar. Justamente fue uno de estos parásitos el que se nos acercó a mí y a Tony, mientras cargábamos al semiconsciente gangster hasta su hogar provisional, para que le explicáramos el funcionamiento del tertergoister, una herramienta para el hogar con el poder de sacar a cualquier mayor de 90 años de su senilidad. Deshacerse de ella fue fácil en cuanto le demostramos con pruebas irrefutables que en sus manos solo había un pájaro muerto a medio digerir.
El plan, aunque nos había costado varias decenas de cervezas más de lo supuesto, había funcionado perfectamente. Una vez más me enorgullecí de mi habilidad por robar grandes ideas de películas que solo yo, y un par de adolescentes granulientos de Taiwan a los que jamás conoceré, hemos visto. Sin embargo en la susodicha película jamás mostraban al héroe teniendo que soportar la serenata del poroto que nos dedicó Tina. Si no hubiese tenido las manos ocupadas en cargarlo y en rascarme el boliche, no habría dudado en rellenar mi cuerpo con el contenido de su pistola... y la mierda que mal sonó esa frase.
Finalmente llegamos ante las puertas de lo que aparentaba ser un burdel de pésima categoría, pero una vez dentro descubrimos que se trataba de un prostíbulo de cuarta. Al tener a Tina como nuestro mugriento y ebrio pasaporte no tuvimos problemas para dejar atrás la aduana de la puerta, consistente en un ex luchador mexicano (aparentemente el ser nicaragüense le daba más confianza al pelear) y el enano de circo más grande del mundo. Como nuestro vomitado amigo gangster comenzaba a ser una carga inútil, además de maloliente, decidimos abandonarlo cerca de lo que alguna vez quiso ser un retrete, pero no aprobó el curso de manejo y tuvo que conformarse con ser un hueco en el piso. Por suerte antes de hundir su cabeza entre las heces de algún flatulento ser humano, alcanzó a indicarnos donde se encontraba la oficina del Panino.
En realidad una habitación con solamente un escritorio y una cama en la que aún había una pareja practicando el fino arte del masoquismo, merecía aún menos el título de oficina que la mía, sin embargo allí estaba el pequeño gran Panino, fumando opio y discutiendo con un invisible ejército de bufandas grises. Es realmente lamentable ver a un hombre al que se le ha tenido respeto caer en ese tipo de decadencia. En la mitad de su arenga a los inexistentes pedazos de lana, se le quebró la voz y se declaró vencido, tras lo cual un breve momento de lucidez le indicó que había un par de extraños en la habitación que lo observaban con una indisimulada mezcla de pavor y morbo. De forma sorprendentemente ágil para un hombre de su Ecuador, trepó a la destartalada silla que se acomodaba detrás del escritorio y clavó su mirada en nosotros.

martes, octubre 17, 2006

Capítulo 6: El arte del acoso

Muchos dijeron que era imposible, otro dijeron que ya me había rendido, la mayoría me llamó pajero de mierda (no sin razón)... pero hoy estoy aquí para demostrarles a todos que los que no creyeron en mí que estaban equivocdos, y se los voy a refregar en la cara por el resto de sus vidas. En definitiva, hoy, tras 6 meses y medio de trabajos intensivos, llega el nuevo capítulo de la novela!! ........ bueno, no era una noticia taaaan importante pero al menos una aclamación podían hacer no? manga de desconsiderados. En fin, quiero agradecer a Fer, Pau, Nacho y todas esas personas que me hincharon las pelotas para que siguiera con esta historia y no la abandonara como hago con todo lo demás. Los dejo con el relato, que lo disfruten.

Me despertó dos días después un terrible timbrazo a las 7 de la madrugada. Yo estaba tirado encima del escritorio cubierto con el diario que en mi última incursión al mundo real había robado a algún vagabundo, y una vez más no tenía la más mínima intención de levantarme. Pero la insistencia del visitante, y el fuerte olor a orina que desprendía el periódico, terminaron por convencerme.
Arrastré mi dolorido y enfermo cuerpo hasta la puerta y dejé que el peso de mi mano girase el pestillo de la puerta. Segundos después ingresaba a la habitación nada menos que un muy alegre gordo Tony, arruinando con su pestilencia a felicidad el hermoso ambiente de desolación y muerte reinante. La gente feliz siempre destruye los buenos momentos. Notando mi deplorable estado Tony se aventuró a preguntar:
- ¿Se encuentra bien?
- Por supuesto- respondí – La hemorragia interna es uno de mis pasatiempos favoritos-
Los desafío a encontrar una respuesta más ingeniosa.
Tony parecía preocupado, pero mi sonrisa medio desdentada alcanzó para infundirle nuevos ánimos.
- Bueno, ¿entonces está pronto para comenzar el seguimiento de hoy? – exclamó exuberante. Si hubiese podido mover mi cabeza lo hubiese mordido.
- Creo que sería mejor la próxima semana, como verá me encuentro un poco indispuesto.- Como una señal divina, en ese preciso instante comencé a escupir sangre.
La cara de decepción de Tony logró animarme por breves instantes, pero inmediatamente recuperó su desagradable optimismo.
- Vamos inspector, si usted parece estar más en forma que nunca. Vamos, lo invito a un trago, eso lo reanimará.
Son muchas las cosas que extraña un hombre que ha caído en la miseria: la luz eléctrica, el pan caliente sobre la mesa, las prostitutas libres de sífilis, caminar por la calle con el culo limpio. Pero la que sin duda más apremia tanto al ex obrero como al ex explotador de obreros es la posibilidad de ingerir alcohol, aquella bebida mágica que logra hacerle olvidar a instantes el asqueroso olor a estiércol del que está hecha su vida.
No hace falta decir que la posibilidad de una borrachera en plena mañana a cuenta de un gordito boludo que no sabía en que se estaba metiendo bastaron para renovar mis fuerzas lo suficiente para que me incorporara, unas gotas del néctar de la resaca harían el resto del trabajo curativo.
En menos de lo que canta un colibrí estábamos ambos sentados en la barra de un bar cercano al lugar donde se suponía que iniciaríamos el seguimiento. Tony parecía no aguantar tan bien la bebida como su grasosa figura sugería, por lo que apenas después del 5º trago ya había bailado sobre la mesa, atacado a vagabundo que lo confundió con su primo segundo, besado una monja y vomitado sobre los zapatos de un coreano que pasaba por ahí.
Cuando pareció haberse calmado un poco aproveché para inquirir sobre aquellas cosas que un hombre jamás cuenta a menos que piense que se lo esté contando a un topo parlanchín gigante, afortunadamente aquel era el caso. Así supe que era nativo de Georgeville, un pueblo jamás ha sido y jamás será importante para esta historia por lo que no vale la pena ni nombrarlo, como ya está nombrado pásenlo por alto. Sus padres al parecer fueron buenas personas, esperaron hasta que supiese cocinar solo antes de mandarlo a vivir con su bisabuela parapléjica para que cuidara de ella, lo cual hizo durante 3 años hasta que murió, aunque realmente había muerto 5 años antes sin que nadie notara la diferencia. A los 18 años la familia Bonanzini, la cual recientemente había cerrado su fábrica de trampas para osos en el lugar condenándolo a la ruina, le ofreció pagar sus estudios como acto de caridad, para luego emplearlo como trabajador explotado, con plan dental, seguro médico y un garche gratis con la dama de la compañía, ingenioso doble sentido que no debe ser pasado por alto. Fue con esta mujer, a la cual llamaban Gervasio, que Tony perdió finalmente su virginidad, junto con su salud y su autoestima, incursionando en el mundo del sexo, experiencia corta pero sin duda útil ya que el deseo de alejarse por siempre de ese monstruo gonorreico lo impulsó a subir peldaños en la compañía hasta que por fin el señor Pedo consideró que tenía las aptitudes necesarias, es decir ser el único abogado recibido legalmente en toda la empresa, para convertirse en su asistente legal.
Según él, el señor Pedo Bonanzini era un gran hombre, rodeado de pésimas compañías y malos consejeros; muchos de sus negocios sonaban turbios pero él luchaba valientemente por transformarlos en actividades legales. Muchas veces debía ensuciarse las manos, pero solo con quienes lo merecían realmente. De él Tony había aprendido que no todo en la vida es blanco o negro, también hay orientales y latinos, y ni hablar de los esquimales. Así que las veces que algo parecía turbio en sus negocios Tony lo veía como parte inevitable del mundo empresarial. Íntimamente era un hombre bueno y cariñoso que apenas si golpeaba a su mujer una vez por semana, engañándola solo porque ella no podía satisfacer su gran virilidad. Además era un excelente jugador de “chancho va”, metralletista olímpico y fumador empedernido. Jamás he escuchado mejores palabras para describir a un mafioso.
Fue esta serie de grandes desaventuras y pequeñas catástrofes lo que lo llevó hasta los zapatos vomitados del chino en ese bar, y a todo el mundo de posibilidades que se abriría ante él a partir de entonces. Todo gracias al que les habla… escribe… a menos que estén escuchando la versión en casette, si es así quiere decir que el libro tuvo relativo éxito y que yo estoy nadando en dinero, o lo estaría si no estuviese muerto… ja, ahora los dejé con la intriga.
Cuando hube bebido suficiente como para no recordar cuanto había bebido, procedí a despertar a Tony, quien ahora se abrazaba tercamente a un gato que había muerto de asfixia tras forcejear valientemente por recuperar su libertad.
- Tony, ya es hora de movernos o vamos a perder a la pendeja.- dije al tiempo que lo pateaba gentilmente en los testículos.
- msffdfjghf.- fue su respuesta y – Ay ay ay, que dolor.- cuando hube retirado mi pie de su entrepierna.
Una vez recompuesto Tony y comido algo a sus expensas salimos a la soleada calle para iniciar nuestra pequeña persecución. Era a esa hora que la joven Melany salía de su costoso colegio para dirigirse a su supuesta clase de baile finlandés, pero el hecho de que no supiese hacer ni un Schrumut inverso había hecho entrar en sospecha a su padre, además de otros hechos secundarios como sus cambios de humor, sus horarios irregulares, la cocaína encontrada en su cuarto o el hecho de que ella hubiese publicado en su página web un poema pseudo-dark titulado “Me drogo en vez de ir a clase de baile Finlandés”, el cual recibió un premio por el uso más creativo de la palabra “putrefacción”.
Dada la descripción otorgada por mi compañero de investigación, y a partir de entonces también de borracheras, esperaba ver a una hermosa muchacha vestida de negro cuyo hermoso cuerpo estuviese siendo lentamente carcomido por el gusano de la adicción. Sin embargo grande fue mi sorpresa cuando Tony me señaló a un monstruo horripilante que parecía haber sido engendrado por hienas mutantes del pacífico sur. “Ah, se refería a esa etapa de Picasso…” fue todo lo que mi cerebro pudo pensar, dado el estado de semi ebriedad reinante. Realmente era la personificación del Güernica, el único cuadro de que conozco de ese autor, aunque nunca lo vi, tal vez no se parezca, no sabría decirles. Se preguntarán como no había visto su rostro antes en alguna de las fotos que sin duda estaban en los dos archivos que tenía sobre ella en mi oficina, o tal vez no lo hagan… me quedo con el no y seguimos sin problemas.
La muchacha estaba sola y parecía esperar a alguien. Su presencia se fue quedando sola en la puerta del edificio a medida que los otros jóvenes que aparentemente llevaban vidas más llenas de emociones iban abandonando el lugar. El gordo y yo continuamos espiándola desde la calle opuesta, tomando yo breves intervalos para expulsar el alcohol y sangre aún presentes en la orina en la pared de un restaurante Esloveno. Había llegado a escribir los primeros tres versos del estribillo de “Love me do” cuando Tony llamó mi atención. Un muchacho de entre 20 y 40 años se había acercado a la joven y ahora platicaba amistosamente con ella al tiempo que intentaba manosearla un poco, reflejo natural de todo hombre que se considere tal. Tony por supuesto estaba horrorizado. Afortunadamente logré impedir que interviniera apuntándole con mi arma descargada, no por piedad sino por falta de presupuesto para balas.
Tras minutos de cortejo la feliz pareja se alejó velozmente, al tiempo que nosotros nos poníamos tras su pista a unos escasos metros de distancia. Al trotar por media ciudad con el rechoncho Tony a mi lado me sentí como una de esas figuras novelescas a quienes jamás les falta un compañero subido de peso que los haga quedar estéticamente bien. ¿Qué sería de Don Quijote sin su Sancho? ¿De Holmes sin Watson? ¿De Tinelli sin Larry? ¿Del pollito sin la vaca? Es un hecho, los compañeros gordos son la última moda, y yo había conseguido uno de la mayor calidad prácticamente gratis.
El dúo delante de nosotros seguía caminando casi sin hablar y echando funestas miradas suspiciosas a diestra y diestra de nuevo. Grande fue mi sorpresa cuando pasaron por alto un sinnúmero de albergues transitorios y terrenos baldíos que habrían sido lugares más que apropiados para saciar las ansias carnales que sin lugar a dudas en mi sórdida mente eran el motivo de aquel encuentro. Es más, no se detenían en ningún lado, simplemente avanzaban continuamente dando vueltas y giros y apenas intercambiando palabra un par de veces por cuadra. Mi atenta, aunque alterada, mirada tampoco había logrado ver ningún tipo de intercambio de paquetes ni dinero. Era una situación desesperante, 2 horas caminando sin cometer un mísero crimen, debía ser un récord en la ciudad. Finalmente se detuvieron frente al mismo lugar del que habían partido sin que yo lograra obtener un solo dato claro para mi investigación. Justo cuando creí que el día hubiese sido mejor aprovechado si me hubiese dedicado a plagiar autógrafos de Jennifer López las palabras de despedida alcanzaron mis oídos.
- La semana que viene a la misma hora.- dijo él en un artificial tono de misterio.
- Bueno… pero… ¿estás seguro que va a estar todo bien? ¿No corro peligro?- preguntó esa abominación de la naturaleza que se hacía llamar mujer. Estaba temblando como un mamut epiléptico durante la noche de las luces.
- Vos tranquila nena- la elección de palabras denotaba que se trataba de un tipo duro – mientras mantengas cerrada la boquita y hagas tu trabajo nadie se va a dar cuenta.
- Está bien… confío en vos- quiso agregar algo más pero el hombre ya se alejaba con paso apresurado.
Solo cuando él hubo desaparecido tras la esquina ella retomó la compostura y, asegurándose de que nadie la viera, aunque estando en la mitad de la calle la podía ver hasta el espía sueco escondido en el sótano del bar de Gino, dio tres fuertes inhaladas a un polvo blanco que guardaba en un sobrecito en su bolso.
- Que decepción, tantas horas de trabajo solo para verla pasear con un extraño que no abusó de ella, probablemente se arrepintió tras verla de cerca, y descubrir que su única adicción es la harina Blancaflor.- Exclamó Tony en un intento por figurar de nuevo en los diálogos.
- Sinceramente no creo que el autor podría haberte hecho más imbécil, pero es comprensible, así yo no quedo tan mal.- dije pacientemente. Tras un breve seminario sobre la cocaína y sus usos proseguimos con nuestro análisis.
- Es una lástima enterarse así de esto, el señor Bonanzini se va a decepcionar mucho cuando sepa que sus sospechas eran correctas.- suspiró. – Supongo que con esto concluyen sus servicios. El caso se cierra ¿no?
Hoy en día creo que habría hecho mejor quedándome callado y aceptando los hechos, el dinero y el sándwich gratis, pero en el momento algo en mí que podría denominarse tanto instinto de detective como estupidez crónica me llevó a decir: - Me parece que aún hay algo que no cierra en todo esto.- y por una vez afortunadamente no se trataba del cierre del pantalón de Tony.

domingo, abril 02, 2006

Capítulo 5: Actividades extracurriculares

Bueno, lo pongo aparte porque si sigo sumando en el otro nadie se va a gastar en leerlo asumiendo que no hay nada nuevo. Como podrán apreciar este capítulo es mucho más lasrgo que los anteriores así que para todos los que me putearon porque no salía el quinto (que serán como mucho 2 personas), un "Já" grande como mi ego. Disfrútenlo (o mueran).

Ningún detective frustrado que quiera ser reconocido como tal puede vagar por las calles de la gran ciudad sin un sobretodo viejo y derruido, es prácticamente una ley universal. Nadie jamás se ha atrevido a oponerse a ella por miedo a contrariar poderes que se encuentran más allá de su comprensión. Sin embargo, a mí no me alcanzaba la guita ni para una foto del impermeable, así que mandé al carajo la ley universal y me puse un buzo negro y un gorro de lana. Más que un detective parecía el marine del commandos (Nota del autor: si usted nunca ha jugado al commandos solo imagínese un francés con buzo negro y gorro de lana, no es tan difícil).
El día era frío y nublado, poco adecuado para la época pero perfecto para que nadie se ponga a criticar mi manera de vestir. Pocas habían sido las veces, durante los meses que precedieron la llegada del caso, en las que había salido de mi pequeño mundo. En general esas cortas incursiones eran principalmente para buscar provisiones y para descargar el balde que servía de desaguadero de mi baño. Debido a esto ya nadie en las calles recordaba mi rostro, y muchos menos mi nombre, de la época cuando era un simple policía barrial; así que lo primero que debía hacer era renovar las viejas conexiones con los siempre útiles informantes y los siempre desagradables soplones. Para encontrar un poco de ambos no había mejor lugar que el Bar de Gino, aquel antro que solía proveerme el alcohol donde ahogar mis penas y los baños para sacarlas completamente de mi sistema.
El Bar de Gino aún se mantenía de pie en la mitad de una cuadra plagada de casas abandonadas, puteríos, firmas legales y demás antros llenos de inmundicia humana. El dueño del lugar, un sujeto flaco y pálido llamado Cásper, había sido en una época lo más cercano que había tenido de un amigo, por el simple hecho de que me daba bebida gratis a cambio de información, la cual la mayoría de las veces resultaba ser equivocada o simplemente inventada. Cásper tenía una enorme red de informantes por todo el bajo mundo de la ciudad, nada sucedía en esas calles sin que él lo supiera, gracias a ella podía saber cualquier cosa, desde la ubicación del juguete perdido del pequeño Timmy hasta la identidad del asesino de Kennedy, pero su información siempre tenía un precio, un precio que yo por supuesto no podía, ni estaba dispuesto a pagar.
Entré al bar disimuladamente, los ex policías nunca contamos con demasiado amor entre la clase de gente que concurre a un bar de mala muerte ya que inspiramos igual asco pero ya no tenemos una comisaría entera para protegernos. A pesar de mis temores nadie pareció reconocerme, tal vez estuviesen esperando a que llegara al centro del bar para así cortarme la retirada y destrozar mi pobre cuerpo entre todos pero para cuando llegué a la barra no había sucedido nada así que me di por salvado y di pequeños saltitos de alegría. Me senté en la barra y busqué al dueño con la mirada. Estaba ocupado atendiendo a un par de sujetos con sobretodos negros, lentes negros, sombreros negros y podría apostar a que estaban usando ropa interior de los Teletubbies. Apenas Cásper me vio sentado en el último banco de la barra su rostro se iluminó con malicia y antes de que pudiese decirle una sola palabra él exclamó:
- ¡Oficial García! ¡Hace tanto tiempo que no lo veía por aquí!
No tuve tiempo de hacer nada, centésimas de segundos después de que terminara la frase una botella de whisky cuyo sabor aún puedo recordar se estrelló contra mi rostro y la mitad de los sujetos que infestaban el lugar, junto con un par de ratas que pasaban por ahí, se abalanzaron sobre mí y me sacaron el alma a fuerza de golpes. 10 minutos después todos olvidaron por qué me estaban golpeando y volvieron a sentarse.
Con mucho esfuerzo logré incorporarme y sentarme nuevamente en mi banquito, años de golpizas y hemorragias internas me habían dado una especial capacidad en recuperarme fácilmente de este tipo de ataques.
- Sos un hijo de puta.- le dije con todas las ganas a Cásper, transgrediendo todas las reglas de la literatura y utilizando un insulto criollo en vez de un “bastardo”, “maldito” o “pillín”.
- Yo solo quería saludar a un viejo amigo al que no veía desde que se le metió en la cabeza ser uno de esos detectives privados que viven la vida en blanco y negro.- al ver la expresión de mi cara agregó –Además te la debía por la última vez, cuando me pasaste el dato sobre el cargamento de droga de los belgas de la calle Panecillos. A los colombianos no les cayó demasiado bien cuando descubrieron que acababan de secuestrar un cargamento de harina, y encima de mala calidad. Terminé tragando más agua de inodoro que el pez dorado que vive adentro.- El infeliz siempre tenía una de esas viejas anécdotas para echarme en cara.
- Bueno, bueno, no sabías que era tan rencoroso. Pensé que el dato era cierto y que sería un buen regalo de despedida- mentí descaradamente.
- Me imagino. Pero aún así, olvidemos el pasado, ¿qué lo trae por aquí señor detective “Robredo”?- puso especial énfasis al pronunciar mi falso apellido.
- Mi primer caso. Se trata de la hija de un eminente hombre de negocios que se metió en el mundo de la droga y su papi cree que eso le dará una mala imagen para la campaña.
- Se trata de la familia Bonanzini, ¿no?- dijo tranquilamente.
- ¿Sabés algo?
- Tengo un par de contactos que saben bastante, pero te va a costar.
- ¿No puede ser un regalo de reencuentro de viejos amigos?- le pregunté poniendo mi mejor cara de perrito mojado, ante lo cual Cásper dio un respingo de asco.
- Para empezar, no veo nada en nuestra relación que se asemeje a una amistad. Segundo, el regalo es lo que te acaban de repartir los muchachos hace un rato.
- ¡Sangre en los riñones! Que detalle, no te hubieses molestado.- le dije haciendo uso de mi fabuloso sarcasmo. Después agregué: - ¿Cuál es tu precio? Plata tengo poca pero te puedo pagar con algún favor de esos que tanto necesitás.
- En realidad sí hay algo que necesita de tus capacidades. Un hombre extranjero, que obviamente no sabe como funcionan las cosas en esta ciudad, me pidió un par de datos que yo muy gentilmente le suministré. Lamentablemente hace un par de meses que dicho señor se viene olvidando de pagarme lo que me debe y bueno, pensé que debía enviarle algún recordatorio. Yo no puedo ensuciarme las manos mezclándome en esos asuntos, es malo para el negocio, pero si vos lo hacés te paso la información que necesitás gratis.
No lo pensé dos veces, en general Cásper vendía su información a un precio mucho más alto, una ocasión así no era para desaprovecharse.
- Muy bien, es cosa resuelta. ¿Quién es el señor en cuestión y cuánto te debe?
- Acá tenés el nombre y la dirección.- dijo pasándome una servilleta escrita con pésima caligrafía. – La cantidad es de 10.000 dólares, en efectivo.
Ahora entendía por qué Cásper cambiaba valiosa información por ese favor, conseguir 10.000 dólares de alguien es cosa de jugarse la vida en esta ciudad.
La dirección no era muy lejos así que una vez más caminé. La dirección me llevó ante las puertas de una casa bastante grande, protegida por rejas y un gran portón custodiado por un solitario hombre. A él me dirigí.
- Disculpe estimado señor, estoy aquí para hablar con el señor Fibrosa, ¿sabe usted si se encuentra en este momento?
El tipo, descolocado por mi extremadamente educada forma de hablar dudó un segundo, luego, utilizando el mismo tono educado, preguntó -¿Y por qué desea usted, gentil señor, hablar con mi empleador, el señor Fibrosa?
- Vengo de parte de un tabernero de nombre Cásper quien, muy a mí y su pesar, desea recordarle al señor Fibrosa la deuda que este tiene con él por cierto servicio que le ha prestado.
- Espere un momento.- dijo el cortés guardia mientras tomaba su radio y repetía exactamente lo que yo acababa de decirle. Tras una breve espera durante la cual escuchó la contestación del otro lado de la radio me miró.
Antes de darle tiempo a que dijera nada hablé yo: - Disculpe, ¿le molestaría mucho que fuese solo en la cara? Es que tengo los riñones un poco débiles.
- No hay problema.- contestó. Tras lo cual me golpeó despiadadamente en el rostro con su puño, armado con una serie de anillos de acero.
Como dentro de todo se ve que le había caído bien solo me pegó un par de veces más hasta que perdí el conocimiento. Cuando desperté habían pasado un par de horas y la sangre que había salpicado por toda la vereda ya estaba seca. Me incorporé sin dificultad y me dirigí a ver a la única persona que podía ayudarme en una situación como esa.
Ese hombre era Jeremy Anderson, un ex convicto inglés de 2 metros, cuyo puño solamente era más grande que la cabeza de la mayoría de las personas. Después de muchos años de haber trabajado para distintos jefes, los cuales siempre terminaban presos, muertos o simplemente no le pagaban suficiente, Jeremy descubrió que la mejor forma de hacer valer sus múltiples talentos era haciendo favores a cambio de dinero. No importaba si se trataba de tráfico de droga, asesinato o golpear a algún pervertido sexual, él siempre cumplía, nunca hacía preguntas y más valía que uno le pagara lo que le habían prometido. Contrariamente a o que uno pensaría a primera vista era un tipo bastante inteligente, hasta tenía un diploma de Oxford en letras y asesinato serial. A pesar de que nunca le faltaba trabajo vivía con escaso dinero, principalmente porque invertía gran parte de su fortuna en alcohol, prostitutas, coimas y jugando al Counter Strike en cybercafés. Sabía como funcionaban las cosas en la ciudad y hasta se podría decir que varias de las leyes callejeras que todos seguían habían sido impuestas por él. Lo conocí en mi época de policía, en una ocasión en que lo habían arrestado por un total de 24 crímenes de los que resultó inocente mediante coimas y más coimas. A mí, que me había tocado el turno de guardia mientras él estaba encerrado, me había tomado un cierto cariño y cuando salió libre me ofreció sus servicios para cuando los necesitara. Más de una vez lo había llamado para que cumpliera actos de venganza personal que yo era demasiado cobarde para realizar.
Jeremy no tenía residencia fija, dormía cada noche en un lugar diferente, pero por esas horas de la tarde se lo podía encontrar en la esquina de las calles Tetra y Cantautor, esperando a que su cyber favorito abriese sus puertas. Allí estaba cuando, habiendo recuperado el uso de mis piernas, llegué al bendito cruce de calles.
- Hola Jeremy, ¿cómo has estado?- lo saludé tímidamente.
- ¿Y vos quien sos?- me preguntó con voz áspera.
- ¿No te acordás del policía pelotudo que te pasaba las porno a la celda una vez que estuviste en cana?- dije adoptando un tono más confianzudo.
- Aaaa, sos vos García. ¿Cómo va todo? Escuché que ahora sos uno de esos detectives chantas.
- Exactamente, y ahora me lamo Robredo, no García, ya hay como 40 detectives García en esta ciudad, tengo que diferenciarme.
- Muy bien, pero basta de presentaciones, vamos al grano.- dijo cortante - ¿Qué te trae por aquí?
- Te tengo un pequeño negocio rápido de cobro de deudas de parte de Cásper.
- ¿Cuánto va a tardar? Esto ya abre.- indicó el local a sus espaldas con su macizo pulgar.
- No más de 30 minutos. Son 100 mangos fáciles.
- Muy bien. Vamos.
Nos encaminamos nuevamente hacia la casa del señor Fibrosa, interrumpiendo la marcha solamente para tomarme el tiempo de escupir un poco más de sangre. Una vez frente a la reja saludé gentilmente al guardia antes de que Jeremy lo estampara contra el piso tan fácilmente como uno se raja un pedo. A continuación trepó ágilmente la reja y mientras yo lo seguía torpemente se deshizo otros dos guardias armados y entró a la casa bajando la puerta de una patada. Yo entré tranquilamente siguiendo el ruido de golpes y muebles destrozados, ocasionalmente se oía algún grito. Me detuve frente a una puerta cerrada desde donde se podía escuchar claramente la conversación.
- Pague lo que le debe a Cásper señor.
- Yo no le debo nada... (Grito de dolor).
Durante unos 5 minutos me dediqué a ver los cuadros en las paredes de la sala conjunta a aquel provisorio cuarto de torturas. El mirar pinturas de barcos navegando al tiempo que escucho los quejidos de algún hombre poderoso realmente me tranquiliza. En realidad llamar a Jeremy había mi plan sido desde un principio, solo había hecho esa ridícula primera a visita al señor Fibrosa porque necesitaba tener una excusa para después haber utilizado la violencia, de otra forma hubiese perjudicado a Cásper. Podré ser un imbécil en muchas cosas pero conozco muy bien las reglas de la calle.
Cuando por fin finalizó la tortura Jeremy salió limpiándose la sangre del señor Fibrosa, quien aparentemente había quedado inconsciente, que manchaban su ropa. Me entregó una bolsa de supermercado con billetes de distintos valores adentro.
- Está todo, lo conté yo mismo.- me dijo Jeremy. No me atreví a contarlo nuevamente, hay que estar loco para contradecir a un tipo como él.
- Muy bien, nos vemos entonces.- le respondí al tiempo que le entregaba dos billetes de 100 de la bolsa.
Me encaminé hacia el Bar de Gino sintiéndome orgulloso de mí mismo, mi sentido de supervivencia en las calles no estaba del todo oxidado. Cuando llegué al bar Cásper me recibió con una sonrisa y una cerveza espumosa.
Tras contar el dinero y notar los 200 faltantes simplemente preguntó: -¿Jeremy?
- Sip.- contesté mientras saboreaba mi cerveza.
- Buena elección. Fácil, barato y rápido.
Una vez guardado el dinero y terminada la birra, Cásper me entregó una carpeta con todo lo que necesitaba saber sobre las actividades extracurriculares de la señorita Bonanzini y personas a las que podía dirigirme para conseguir más información.
- Adiós. Un día de estos vuelvo por acá.-dije al tiempo que me llevaba toda la comida de la barra que estuviese a mi alcance.
- Un gusto hacer negocios contigo.
De nuevo en mi querida oficina revisé un poco la información que me había dado Cásper. De pronto vi sobre mi escritorio los papeles que me había dejado Tony y me asaltó una gran duda. Comparé los dos pares de hojas y pude comprobar que eran exactamente iguales, sin duda Cásper era quien había proporcionado la información al señor Bonanzini y el muy hijo-de-su-madre-que-se-llama-Clotilde no me dijo nada.
“Bueno, por lo menos me tomé una cerveza gratis” pensé al mismo tiempo que masajeaba los múltiples moretones y heridas que cubrían mi cuerpo.

domingo, marzo 05, 2006

Uno de detectives

Después de muchos poemas, historias, cuentos cortos, anécdotas y demás boludeces que este blog ha presentado he aquí su primera novela. Por supuesto que esto está recién empezado, solo están los dos primeros capítulos, pero a medida que pase el tiempo iré agregando lo que vata escribiendo, ¿y quien sabe? Tal vez algún día hasta la termine. Mientras tanto ojalá que disfruten de esta pequeña creación y que me ayuden a saber si realmente vale la pena darle una continuación. Saludos, el autor (osea yo).

Título de la novela: En progreso

Capítulo 1: Humos de la oficina

Estaba solo en mi oficina que por aquella época se encontraba en el 4º piso de un edificio ubicado en el cruce de la calle del infierno con la avenida del demonio, una de las zonas más alegres de la ciudad. Bandas de vándalos, adolescentes adictos a la coca y probablemente a la popsi, infestaban el lugar como ratas en una quesería, las metáforas nunca fueron mi fuerte. Por las noches las calles estaban desiertas pues todos sabían que el diablo caminaba por la calle del infierno, rumbo a una licorería a tres cuadras de la plaza donde se ponía en pedo y armaba una joda tremenda, eso sí, era una joda diabólica. En aquel barrio las mujeres no podían tener hijos, sin embargo muchos sospechaban que eso se debía más a los desechos radiactivos diseminados por las calles que a la presencia diabólica. Nunca se supo de una mujer de aquella zona que antes de cumplir los 16 años no fuese violada por el mismísimo Satanás, aunque sorprendentemente el presunto Lucifer siempre terminaba llamándose también Carlitos o Fabio. En fin, era una zona bastante agradable una vez que uno se acostumbraba al poderoso aroma fétido que distinguía al barrio.
Y allí me encontraba yo, balanceándome en mi silla y pensando cuanto tiempo más tardaría en caerme, cuando por fin alguien llamó a la puerta. Es difícil describir la alegría que uno siente cuando, después de meses sin que aparezca un maldito cliente, alguien toca la puerta. También es difícil describir la paja que a uno le da levantarse después de meses de no mover el culo de la silla ni para dormir, mucho menos pa comer. En fin, tras varios minutos de esfuerzo logré caerme de la silla, y un par de minutos más tarde ya había logrado levantarme. Cuando alcancé la puerta tanta era la emoción que sentía que no pude contener las ganas de ir al baño. Unos cuantos minutos después volvía a estar frente a la puerta detrás de la cual un impaciente cliente, no sin razón, azotaba la puerta con furia. Finalmente extendí mi huesuda mano y abrí la puerta.
Frente a mí apareció la figura de una mujer de unos 30 años, rubia, de labios carnosos, para hacerla más corta: estaba que se partía en ocho, y lo que es mejor, parecía tener mucha guita. Me miraba como si me tratase de un chicle en la suela de su costoso zapato, asqueroso pero imposible de separarse de él, se notaba a un kilómetro que me tenía ganas. Todo era perfecto, esta era la razón por la que había entrado a la escuela de detectives, para que una hermosa rubia me encargara alguna misión pedorra que llevaría a cabo arriesgando mi vida inútilmente varias veces y como recompensa se casaría conmigo y me llevaría a vivir a su mansión para que nunca más en mi vida tuviese que mover un dedo que no fuera el que sirve para cambiar el canal del televisor de 50 pulgadas con el control remoto. Mi vida estaba resuelta.
Mientras fantaseaba con todos los castillos de cartas que construiría una vez que esa hermosa rubia me mantuviese, su angelical voz me interrumpió de súbito.
- ¿Este no es el consultorio del Dr. Hemorragia no?- Mis castillos de cartas se vinieron abajo.
- No. Me temo que se encuentra dos pisos más arriba- dije muy educadamente mientras pensaba “Maldita bastarda, dame tus millones”.
- Muchas gracias…- se quedó oliendo el aire mientras pensaba en alguna frase ocurrente para rematar la conversación -… que olor tan peculiar hay aquí ¿no le parece?-
- Es todo el barrio- respondí poniendo mi mejor cara de matador y tratando de no pensar que el olor en realidad provenía de la atrocidad que acababa de realizar en el baño. Igualmente continué mintiendo – con el tiempo uno se acostumbra.-
- Debes ser un hombre muy duro para soportarlo.- dijo poniendo su mejor cara de gato. Ya no era joda, esta mina me estaba tirando onda posta, nunca hubiese creído que podía ser posible, la sola idea de que mi maravillosa fantasía se hiciese realidad me hacía dar saltos de alegría… literalmente. Tal vez fue eso, o el hecho de que se dio cuenta que yo no estaba usando pantalones, lo que la hizo salir corriendo escaleras arriba. “Igualmente no habría funcionado” fue lo que me dije para sentirme mejor.
Con los pantalones nuevamente puestos y la seguridad de que nadie volvería a tocar la puerta en por lo menos una semana decidí regresar a mi extremadamente entretenida actividad de balancearme en mi silla. Hacer eso realmente libera mi niño interno, el cual generalmente se encuentra en un oscuro lugar de mi mente consumiendo crack y haciéndome creer que mi infancia fue algo mejor que el infierno que viví en el maldito orfanato de Childrenmeat. Cada una de las cicatrices de mi espalda corresponde a una noche pasada en ese asqueroso lugar… tan frío… tan solo… daban ganas de tomar un cuchillo y masacrar a todos y cada uno de esos hijo de… Volviendo a nuestra historia, me encontraba una vez más en mi oficina, solo, sin trabajo y con la seguridad de que la situación no cambiaría por un largo tiempo o hasta que por fin alguno de mis enemigos imaginarios lograra acabar con mi miserable existencia. El sonido de un nuevo golpe sobre la puerta fue lo último que esperaba escuchar, sin embargo allí estaba.
Tal fue la sorpresa que perdí control de mi silla y caí estrepitosamente al suelo. Esta vez logré reincorporarme con una agilidad digna de un anciano con cadera artificial. En esta ocasión no titubeé al abrir la puerta aunque, por si se trataba de la rubia de antes, me aseguré de que mis pantalones estuviesen en su lugar. Todo en orden.
Para mi enorme decepción tras la puerta había un hombre gordo de edad avanzada y escasa talla, que vestía un sobretodo beige, como odio ese color, nunca entiendo si es amarillo o marrón, da igual, no viene al caso. Era sin duda el exacto opuesto de la mujer que había venido antes, y lo que era peor, parecía no tener dinero, y lo que era aún peor, parecía haberse dado cuenta de que el olor que impregnaba la habitación no era el que venía de la calle. Recé con todas mis fuerzas que fuese otro paciente perdido del Dr. Hemorroides. No sé por que siempre recurro al rezo en situaciones inútiles.
- ¿Es usted el Detective Robredo, especialista en crímenes paranormales?
- Soy yo. ¿Quién me busca?- Respondí intentando imitar la actitud de algún personaje famoso de dudoso origen.
Tanto mi apellido como mi especialización los había inventado en un intento desesperado por darme un toque de distinción de los demás detectives con oficinas en un cuarto piso de un edificio en un barrio que huele peor que un caballo muerto. Intento que naturalmente demostró ser un rotundo fracaso a la hora de conseguir clientes.
- Mi nombre es Aurelio Hárisson, mucho gusto señor… perdón, Detective Robredo- confesó, al tiempo que estrechaba mi mano. La cual luego limpié disimuladamente con mi pantalón. – Estoy aquí para ofrecerle un caso.-
Realmente me costó un enorme esfuerzo contenerme de abrazar y besar a ese tipo, más aún del que me costó con la rubia. No podía creer lo que mis oídos veían, mi primer caso. Aleluya, ¡Aleluya!
- Pase a mi oficina por favor para discutir los detalles del caso.- dije cuando recuperé la capacidad de hablar.


Capítulo 2: El último de la lista

Por más que el capítulo anterior pueda dar esa impresión, no siempre fui un exitoso detective, enemigo del crimen y de las frases rebuscadas. Yo también fui joven e inexperto, yo también soñaba con algún día ser un abogado exitoso, un astronauta o el director de películas porno. Pero el destino fue cruel conmigo, mis padres me abandonaron después de que una adivina gitana borracha les develara que entes de mi duodécimo cumpleaños cometería tales atrocidades que harían que Edipo pareciese un pan de Dios. Francamente no los culpo, sé que solo querían lo mejor para ellos mismos. Tras días de pasar de un hogar a otro llegué al orfanato Childrenmeat. Durante toda mi vida adulta he intentado olvidar las innumerables torturas que sufrí en ese lugar, y no tengo las más mínima intención de recordarlas ahora.
El deficiente sistema educativo de ese matadero de sueños solo me permitía aplicar a los trabajos más bajos y sucios en la zona más pobre de la ciudad. De todos ellos el destino quiso que eligiese el peor, policía. La idea de tener un arma entre mis manos y la enorme cantidad de alcohol presente en mi organismo la noche después de que fui liberado del orfanato alcanzaron para convencerme de que se era el trabajo perfecto para mí.
Contaba con unos 16 años cuando ingresé en la academia. Tenía la perfecta ilusión de que algún día me darían mi placa y mi arma y saldría a combatir a los malhechores de la ciudad por uno o dos días, tras lo cual me pegarían un balazo que me dejaría incapacitado de por vida, viviendo de una hermosa pensión pagada por el gobierno que el mundo me enseñó a odiar. Poco después descubrí que eso raramente sucede, en esta ciudad recibir un balazo significa la muerte, instantánea y prematura. Los pocos que sobrevivían eran trasladados a las oficinas de alguna comisaría, donde trabajaban 16 horas por día, perdiendo tanto su capacidad para pensar como su voluntad para vivir. En resumen, solo uno de cada diez policías en esta ciudad llegaba vivo al retiro, y yo comenzaba a pensar que tal vez no hubiese elegido la mejor opción, debería haberme convertido en un empleado promedio de oficina como quería mi papá, antes de abandonarme en un baño químico de un recital de Heavy Metal.
Dicho esto no es para sorprenderse que en la academia aceptasen a cualquier clase de sicótico maniático con una claras tendencias suicidas y depresión casi permanente, no me refiero a mí por supuesto, mis tendencias suicidas nunca fueron muy serias. El curso en sí era bastante sencillo, se trataba de una serie de entrenamientos básicos en armas, interrogación de testigos, insultos ocurrentes, yoga, arte y manualidades, abuso de autoridad y corrupción, de ahí en más todo el resto se aprendía en la calle o viendo una serie de videos instructivos. No hace falta decir que no llegué a destacarme en ninguna de esas disciplinas, aunque muchos opinaban que mis puteadas eran geniales.
Tras varios años en el fantástico mundo de la policía citadina, una noche desperté en el piso de un bar del centro y descubrí que estaba desperdiciando mi vida. No me avergüenza decir que pasé gran parte del resto de la noche sentado en la barra llorando prendido a una botella de whisky que estaba seguro que no podría pagar… en realidad sí me avergüenza un poco, pero ya es muy tarde para borrar lo que está escrito, además me da mucha paja. Ya estaba listo para abandonar el bar y huir de la ciudad cuando un oficial de más o menos mi misma edad se sentó a mi lado y pidió un trago con tal alegría que me hizo dudar de si realmente era un policía. Intrigado, me acerqué a él y empezamos a charlar sobre la vida, la muerte, la responsabilidad de ser policía y la matanza de ballenas en el sur de Argentina. Se llamaba Pepe Canova y había hecho a instrucción apenas pocos meses antes que yo, al parecer odiaba ese trabajo casi tanto como yo odio la salsa golf por lo que no lograba explicarme e motivo de su felicidad. El tipo era bastante simpático, cosa que me desagradó bastante, igualmente pude soportar la conversación el suficiente tiempo como para sentirme en confianza y preguntar:
-¿A qué se debe tanta alegría compañero?- dije mientras me mandaba otro trago de lo que fuere que estuviese tomando en ese momento.
-A que esta mañana pedí una transferencia. Abandono las calles compadre.- Nos llamábamos con esos sobrenombres porque ninguno de los dos lograba recordar bien el nombre del otro. Lo cual, tras 3 horas de conversación, se había vuelto bastante grotesco.
-¡Brindo por eso!- grité mientras levantaba con mi mano el cenicero, creyendo que se trataba de mi bebida, ya se pueden imaginar lo que sucedió cuando quise tomar otro trago. -¿A qué departamento te vas?-
-¡Al glorioso departamento de detectives privados!- gritó y soltó una carcajada que sonó algo así como una carcajada perfectamente común y corriente por lo que no le veo sentido a esta inútil aclaración.
No pude evitar escupir las colillas de cigarrillos que había en mi boca en la cara del pobre Pepe, no solo por el asco de sentir la ceniza sobre la lengua, sino también por la sorpresa.
-Creí que el trabajo de detective privado era el peor de lo peor. No solo no te pagan el maldito sueldo regular sino que también uno tiene que trabajar solo y ocuparse de todo el papeleo. Aparte de la libertad para asesinar impunemente a cuanto punga se te cruce por la calle, no le veo absolutamente ninguna ventaja.
-Amigo, yo pensaba lo mismo, pero acercate un poco que te voy a contar un secreto.-
Yo pensé que el tipo era medio raro y me estaba tirando onda, sin embargo lo único que hizo fue darme una charla que cambiaría el rumbo de mi vida. Eso e intentar cholearme la billetera que igual estaba vacía.
Me contó que el trabajo del detective privado consistía principalmente en tratar casos que los clientes no se atrevían a llevar a la policía regular, a veces por vergüenza, muchas más veces porque se trataba de algo ilegal. Por eso pagaban bastante mal por el servicio, pero muy bien para que mantuviesen la boca cerrada. Otra ventaja de esta profesión según mi compañero, era el poder actuar al margen de la ley pero teniendo siempre una placa a mano para zafar de varias situaciones incómodas de ser necesario. Tenía que admitir que la propuesta era bastante interesante, aunque en ese momento hasta el trabajo de muñeco de pruebas de vehículos me habría parecido bastante interesante. Sin embargo lo que terminó de convencerme fue su frase final:
-Lo mejor del trabajo de detective privado son sin duda las rubias ricachonas. Cualquiera que haya visto una película de detectives, o una parodia basada en una de ellas, sabe con seguridad que en algún momento de la vida de un detective una atractiva mujer rubia le ofrecerá un caso muy boludo para que este resuelva fácilmente y como recompensa lo mantendrá de por vida con sus millones. Ese es el destino del detective privado.- concluyó antes de caer desmayado sobre la barra.
No necesitaba agregar nada más, yo ya estaba en camino a solicitar el registro de detective privado. Aunque tuve que esperar un par de horas frente a la estación porque el tal Pepe me había manoteado las llaves.
Sin embargo todo resultó mucho más complicado de lo que esperaba, ya que aparentemente Pepe no era el único que conocía los beneficios del oficio. Una vez que hube anotado mi nombre noté que había otros 14 aspirantes antes de mí. Yo era el último de una larga lista de fracasados y perdedores que buscaban salir de su miseria con ese supuesto trabajo soñado. Como en mi departamento solo daban una de esas licencias cada año desde el comienzo supe que si quería ganar el puesto debería recurrir al fino arte del sabotaje, es decir, lograr que cada uno de los aspirantes cuyos nombres estaban antes que el mío desapareciesen de la lista.
El primero en irse fue el mismísimo Pepe, quien había caído en coma alcohólico la misma noche en que me develó el secreto de la felicidad policíaca. Para deshacerme de los demás tuve que dar uso a mi poderosa imaginación. En los meses sucesivos fueron muchos los accidentes que ocurrieron en la estación. El agente Dedorans, por ejemplo, fue atropellado por un automóvil mientras dirigía el tráfico, suplantando a un semáforo que había sido oportunamente saboteado. Otro ejemplo es el de la agente Tyler, quien fue atacada por una horda de gatos atraídos por el fuerte olor a pescado que despedía su uniforme. Admito que no todos estos accidentes que supe hacer provocar fueron tan ingeniosos, pero todos fueron efectivos. Al momento de otorgar el puesto de detective privado, aunque más que un puesto era una liberación, mi nombre era el único en la lista.
En una pequeña ceremonia, en la que no faltaron globos y pasteles envenenados, me dieron mi diploma junto con mi nueva placa y una pistola aún más vieja que la anterior, aunque metía mucha más facha. Luego de despedirme con lágrimas en los ojos de mis antiguos superiores y varios colegas que me odiaban profundamente, busqué en los clasificados un apartamento ubicado en la zona caliente de la ciudad y me encontré con el 4º piso que ustedes ya tuvieron el placer de conocer. Pocos días después mudé allí todas mis cosas, planté el culo en el sillón y comencé a hamacarme esperando la llegada de una hermosa ricachona rubia, o por lo menos de un caso.


Capítulo 3: Tony presenta su caso

No se como me daba la cara en esa época para llamar ese antro lúgubre e inmundo “oficina”. Era una habitación bastante pequeña que servía de oficina, dormitorio, cocina, comedor, living, sala de billar, prostíbulo y ocasionalmente de baño. Las pocas partes de las paredes que no estaban cubiertas por moho dejaban ver un color que en alguna época supo ser amarillo pero que ahora más parecía ser algo salido del ano de un elefante diarreico. Los únicos muebles que había allí eran el indispensable escritorio, el cual también servía de cama y mesa, un archivo para guardar la información sobre los más increíbles misterios que por aquellos años contenía la más grande colección de pornografía que cualquiera de ustedes haya tenido el lujo de imaginar. También había una heladera, generalmente vacía, un par de fotos de antepasados de otras personas y una con mi cara pegada sobre la de alguien que estaba abrazando al que hacía de Larry en los tres chiflados. Otro pequeño cuarto armado por mí mismo en una esquina servía de baño, aunque rara vez era utilizado por alguien que no fueran las ratas.
En esta inmunda pocilga fue donde recibí a mi primer cliente al cual, por comodidad de todos y por paja mía, de ahora en adelante llamaré “Tony” o “gordo Tony” y en ocasiones “Tigretonio”.
Invité a Tony a sentarse en el piso porque el único asiento disponible era mi sillón, y bueno… era mi sillón carajo. Él rechazó amablemente la invitación y se quedó parado.
- ¿De qué se trata el caso?- inquirí decidido a hacer todo lo posible por parecer el talentoso profesional que no era ni nunca iba a ser.
- Bueno…- comenzó a decir el gordo, visiblemente intimidado por mi actitud.
- No me haga perder el tiempo.- interrumpí antes de que pudiese pronunciar otra palabra – vaya al grano-
Más que plantar una actitud de duro estaba poniendo a Tony bastante incómodo pero por alguna razón me sentía muy satisfecho de mi mismo, sin duda debido a los estupefacientes que había estado inhalando un par de horas antes. Eso explicaría también por qué en ese momento veía cinco Tonys en vez de uno.
- ¿Conoce usted a la familia Bonanzini?-
- Por supuesto- respondí.
Por supuesto que no la conocía.
- Entonces no debo molestarlo en explicarle la situación que vive hoy en día esa familia.-
A pesar de que mi capacidad de razonamiento estaba seriamente disminuida logré reaccionar a tiempo y formular una brillante replica digna del mismísimo Cherloc Jolms.
- Creo que no vendría mal repasar todos detalles desde sus bases, Tony.-
- ¿Por qué me llama Tony?- preguntó sorprendido – Mi nombre es Aurelio.-
- Lo llamo así por comodidad del lector-
- ¿Lector? ¿De que diantres habla?
- No tengo tiempo de ponerme a explicar el concepto de ente de ficción, solo acepte el hecho de que de ahora en adelante usted es Tony y siga con su explicación.-
Tony, aparentemente admirado por mi brillante retórica volvió a su relato.
- Yo soy el abogado de la familia Bonanzini y cuento con la confianza del señor Marco Pedo Bonanzini para esta clase de asuntos delicados… Así que me encargó de contactarlo a usted específicamente para este trabajo.-
Sinceramente me estaba cansando de tanta vuelta. Me moría por saber de que mierda se trataba el caso y el gordo divagaba de tal forma que llegué a sospechar que él también había consumido su buena dosis de porro.
- Prosiga.- dije simplemente a ver si se apuraba un poco.
- Muy bien. Como ha de saber la familia Bonanzini es una de las más ricas de la ciudad.- la cosa se ponía interesante – El señor Marcos hace varios años se hizo cargo de la compañía tras la muerte de su padre y en poco tiempo la convirtió en una de las empresas más lucrativas del mundo a pesar de su poca experiencia en el negocio de los waffles. La señora Olivia también proviene de una prestigiosa familia pero no se interesa en los negocios, es famosa por sus fiestas y sus obras de beneficencia. El hijo mayor, Michelle, estudia en la universidad de Green Beach, y muy pronto se recibirá con todos los honores.- hasta acá la familia era un estereotipo viviente, de esos que aparecen una y otra vez en miles de series iguales que uno nunca se cansa de ver con la triste esperanza de que por una vez en la vida se trate de algo distinto.- La hija Melany sin embargo es la oveja negra de la familia…- Todos mis sentidos se agudizaron.
- ¿Hay una hija? ¿Por casualidad es rubia y está más buena que la barbie Malibú?- dije con mi mejor cara de violador abusivo.
- No sé a que se refiere pero la señorita Melany tiene 17 años, es morocha y su cara podría compararse con cualquier obra de picasso. ¿Por qué lo pregunta?-
- Por nada.- dije haciéndome el boludo, aparentemente Tony no era muy vivo que digamos y no se había dado cuenta de mis morbosas intenciones.-Prosiga.- repetí. Ya empezaba a gustarme esa palabra.
- Bueno, Melany es justamente la razón por la que necesitamos sus servicios.-
Me abstuve de la enorme tentación de decir de nuevo “prosiga”.
- Verá,- continuó Tony – no es ningún secreto que el señor Bonanzini está a punto de lanzar su candidatura a la alcaldía de la ciudad y que con su reputación intachable si victoria es casi segura.-
No solo era la primera vez que escuchaba el apellido Bonanzini, sino que nunca había escuchado palabras tales como candidatura, alcaldía y reputación. Pero pensé que si preguntaba que garcha era todo eso el gordo Tony dudaría de mi sobreestimado intelecto.
En su lugar pregunté -¿Cómo se relaciona esto con Mellon? ¿Y como es que en el registro civil les permitieron a sus padres ponerle semejante nombre?
- Querrá decir Melany…-
- Ni yo sé lo que quiero decir a esta altura…-
- El hecho es que Melany se ha estado juntando con jóvenes de muy mala reputación, drogadictos, bandas de punk, irlandeses, Ashlee Simpson… ya se puede hacer una idea.- hizo una breve pausa para eructar – en especial ha estado tratando un conocido vendedor de droga del bajo mundo. Ya se imaginará el impacto que podría tener esto en a campaña de su padre si sale a la luz Esto es estrictamente confidencial, así que le ruego que no lo cuente a nadie o nos veremos obligados a demandarlos- agregó, frustrando mi fugaz fantasía de contar todo a la primera revista de chismes y chimentos que se cruzase en mi camino.
- ¿Y qué es lo que usted propone que yo haga?- esa era la primera pregunta coherente que yo había realizado en toda la entrevista.
- Usted deberá seguirla a los lugares que ella frecuenta, averiguar quienes son sus amigos, que come, donde come, como come, sus intereses, sus sueños, su visión del mundo moderno y principalmente si realmente consume drogas. Si esto último resulta ser verdad su padre intervendrá y se ocupará personalmente.-
Debo admitir que en el momento me sentí un tanto decepcionado. Después de tanto misterio esperaba que el trabajo resultara ser algo un poco más interesante. Igualmente lo único en lo que quería en aquel momento era averiguar lo más importante.
- ¿Cuánto hay?-
- ¿Disculpe?- preguntó sorprendido. Sin duda este tipo nunca había salido de su maldita oficina de dos por dos.
- La remuneración, ¿de cuánto sería?- pregunté esforzándome por encontrar un sinónimo que pudiese entender sin poner cara de boludo hasta descifrar mis palabras.
- ¿Cuál es su tarifa habitual?
Nunca había necesitado tener una antes.
- 20.000 dólares.
- Le daremos 200 pesos, en patacones, hasta 50 pesos para gastos personales, un sándwich de milanesa y el señor Marco podrá abusar sexualmente de usted cuando mejor le venga.
- ¿Dónde firmo?- dije sin dudar… era aún mejor de lo que había esperado en un principio. Francamente sentía que estaba estafando al pobre multimillonario y su ingenuo abogadillo.
- Aquí mismo- respondió ofreciéndome una servilleta de papel donde se hallaban escritas un par de puteadas y un “firme aquí”, seguido por una línea punteada absolutamente torcida. Me apresuré a estampar m autógrafo sobre el papel.
- Muy bien. Todo listo. Ah, lo olvidaba. Yo personalmente lo vendré a visitarlo periódicamente para evaluar su progreso y llevar las novedades al señor Bonanzini.- dijo el gordo entusiasmado. Como si la idea de salir regularmente de su pequeño infierno laboral opacara totalmente el hecho de que tendría que pasar la gran mayoría de ese tiempo de libertad en mi enorme y diabólico infierno laboral.
Mientras Tigretonio se dirigía hacia la puerta aproveché para pegar un pequeño saltito de alegría, retomando inmediatamente mi falsa postura seria.
- Adiós. Que la fuerza te acompañe.- dije imitando el diálogo de alguna película cuyo nombre no voy a mencionar para evitar cargos de plagio.
- Hasta pronto entonces, detective… aquí tiene toda la información que puede serle útil para seguirle el rastro a Melany.- dijo sacando un manojo de hojas de su portafolio e invitándome a tomarlas.- Por lo que más quiera, no permita que ella note su presencia, también recuerde que…- en este punto me aburrí de tanta charla inútil y me quedé dormido. Al despertar Tony había desaparecido, junto con la rosquilla rancia que tenía guardada en un cajón y el manojo de papeles estaba sobre mi escritorio. Era hora de ponerme manos a la obra o de dormir. Elegí dormir.

Capítulo 4: Sándwiches, sexo y sorpresas

Durante tres días esperé impacientemente el regreso de Tony con mi adelanto para así poder comenzar mi “seguimiento de actividades del sujeto”, mejor conocido como “acoso”. Cualquier detective respetable y dedicado a su trabajo habría aprovechado ese tiempo de espera para comenzar a moverse y realizar sus propias averiguacones sobre el objetivo y así lograr causar una mejor impresión ante el cliente, haciéndole saber que su dinero no sería gastado en vano. Yo dediqué ese tiempo a ver como una mancha de humedad se extendía por la pared de mi oficina devorando todo lo que encontrara a su paso, sembrando el caos, el moho y el terror. Realmente es fascinante lo que el hombre puede llegar a encontrar interesante siempre y cuando sea la alternativa a hacer su bendito trabajo.
Cuando finalmente apareció Tony la mancha había alcanzado las épicas proporciones de un metro cuadrado y yo no podía imaginarme cual sería su destino una vez que recubriese toda la pared, su ambición no parecía tener límites. Tony, quien extrañamente no compartía mi interés por aquella gran historia, me abstrajo de mis pensamientos y me devolvió a la triste y penosa realidad.
- Aquí le traigo su adelanto- dijo Tony al tiempo que exhibía en su mano un pequeño fajo de billetes y un sándwich de jamón y queso.
- Habíamos quedado en milanesa.- dije sorprendido.
- ¿No hablará en serio? Era una simple broma detective. Este es mi almue…- dijo, demasiado tarde, ya me había abalanzado sobre la presa, haciéndola desaparecer en cuestión de segundos.
- Espero que este incumplimiento me exima del servicio sexual.- dije intentando fingir algo de compostura y con la cara aún manchada de mayonesa.
Tony se limitó a observarme extrañado, como dudando si estaba hablando en serio o simplemente le seguía el juego a su pequeña broma de pésimo gusto. Finalmente me entregó el dinero, al tiempo que me preguntaba cuanto había avanzado en la investigación.
- Hice algunas averiguaciones.- respondí vagamente. Tony pareció darse por satisfecho.
Al parecer por esta vez había zafado, sin embargo el gordo no parecía tener la más mínima intención de irse y permitirme volver a dedicarme a mi querida mancha de humedad.
- Detective…- balbuceó en un tono apenas perceptible al oído humano, o por lo menos al infrahumano, en mi caso – ¿le molestaría mucho si uno de estos días me permitiese acompañarlo en su trabajo?- No lo podía creer. El peor de mis miedos acababa de llegar a mí en forma de un gordito estúpido.
Porque por supuesto que hasta ese momento yo no tenía la más mínima intención de seguir a la drogona esa, solo para comprobar lo que sus padres ya sabían. Simplemente pensaba perder el tiempo durante una o dos semanas y luego notificarle a los papis que su querida hijita tenía un problema. Ellos, muy agradecidos, me entregarían mi paga y yo me sentiría satisfecho por haber contribuido a hacer de este mundo un lugar mejor. Y ahora este gordo infame quería mandar todo por el caño con esa propuesta indecente, pero yo no me rendiría fácilmente.
- ¿Tienen miedo de que no haga mi trabajo como se debe?- dije intentando sonar indignado.
- Por supuesto que no.- exclamó Tony. Parecía estar muy nervioso, casi asustado, de lo que iba a decir a continuación. – Es que… siempre admiré el trabajo de detective, todo ese misterio y acción es algo que no se ve en la vida de un simple abogado. Este trabajo tiene algo de glamoroso, algo que me atrae inmensamente. Discúlpeme si lo he ofendido pero es que no podía dejar pasar esta oportunidad.- Lo soltó todo de corrido y al final tuvo que volver a tomar aire como si el admitir todo eso le hubiese costado un gran esfuerzo.
Mi primera reacción fue mirar a mi alrededor buscando algo que tan siquiera tuviese pinta de glamoroso, con un obvio fracaso. Luego caí en la cuenta de que el gordo se acababa de inventar una de las excusas más rebuscadas que había tenido el lujo de oír. Sinceramente en ese momento me percaté de que había subestimado a Tony, a pesar de que parecía tener una inteligencia que no superaba la de un chimpancé pasado de sidra, había logrado elaborar una mentira a la que nada podía replicar, porque si le decía que no sospecharía que no pensaba hacer nada de lo que me estaba pagando por hacer. No me quedaba otra opción más que aceptar y pensar que hacer después de darle un rato a la pipa.
- No hay ningún problema entonces.- dije esgrimiendo mi peor falsa sonrisa, mientras que internamente le deseaba al gordo una muerte lenta y dolorosa.
- Vendré en un par de días, ¿le parece bien?- preguntó lleno de felicidad. Parecía que le acababan de decir que se había curado de la gastroenteritis.
- Muy bien, nos vemos.- respondí mientras lo escoltaba afuera y le cerraba la puerta en la cara.
- ¡Muchas gracias!- escuché gritar desde el otro lado.
No podía creer mi buena suerte. El gordo, a pesar de su ingenioso plan, acababa de darme la oportunidad de fugarme a Dinamarca con los 50 mangos que ya me había pagado y salir impune. Sin embargo, mientras me dirigía a mi escritorio para buscar mis pocas pertenencias, sentí que algo estaba mal. Yo no me había hecho detective por unos míseros 50 pesos, había razones que iban mucho más allá de esa pequeña suma de dinero, razones que finalmente me hicieron abandonar mi plan de escape y resignarme a realizar el trabajo que me había sido encomendado. 200 razones en patacones valían el esfuerzo.